El influjo de Nietzsche en España

Justo Fernández López

 

«Recordemos que, hacia 1910, existen en toda Europa dos grandes actitudes ante la vida. La una, que proviene ante todo de Nietzsche, pero también de Dilthey, de Bergson y de Klages, trata de afirmar la vida como fuerza todopoderosa que todo lo penetra. Sus poetas son, como subraya Bollnow, Hermann Hesse en su juventud y, sobre todo, Hoffmannsthal y Stefan Georg. Yo agregaría a estos el fino miniaturista que fue el vienés Peter Altenberg. Por otro lado, comienza a afirmarse, bajo la influencia de Kierkegaard, la gran corriente que considera que la existencia es insegura, incierta, trágica; que el hombre está en medio de ella desamparado, solo; que junto a la fuerza omnipresente de la vida concierne al ser humano la realidad inexorable de la muerte, Esta corriente, que alcanza su punto culminante en Heidegger y en Jaspers, y llega en sus derivaciones francesas a Sartre, Camus, Gabriel Marcel, etc., tiene en el arte sus figuras cumbres en Kafka y en Rilke. Entre nosotros, la primera de estas actitudes ha sido representada por Ortega y Gasset; la segundo, por Miguel de Unamuno.» [Rof Carballo, Juan: Entre el silencio y la palabra. Madrid: Aguilar, 1960, p. 98-99]

 

Friedrich Nietzsche (1844-1900), filósofo, poeta y filólogo alemán, cuyo pensamiento está considerado como uno de los más radicales, ricos y sugerentes del siglo XX. Nietzsche fue un escritor prolífico, sus obras filosóficas más importantes son: El origen de la tragedia (1872), La gaya ciencia (1882), Así habló Zaratustra (1883-1891), Más allá del bien y del mal (1886), La genealogía de la moral (1887), El ocaso de los ídolos (1889), El Anticristo (1896), La voluntad de poder (1901) y Ecce homo (1908).

Para Nietzsche, los valores tradicionales de la tradición cristiana pertenecen a una “moralidad esclava”, para débiles y resentidos. Nietzsche quería crear valores nuevos que llevaran al nacimiento del “superhombre” (Übermensch), el hombre autónomo, creador, independiente, seguro, individualista, que afirma la vida. El superhombre es un creador de valores, un ejemplo activo de fuerza e independencia de alguien que no está “envilecido” por la docilidad cristiana. Todo acto o proyecto humano está motivado por la “voluntad de poder”,  poder sobre uno mismo, algo que es necesario para la creatividad. La ejemplaridad del hombre superior, las “minorías selectas”, debe regir y orientar a la masa.

La recepción de Nietzsche en España fue especialmente intensa entre 1898 y 1914, especialmente en los hombres del 98 y de la generación de Ortega.

«España no ha dejado nunca de recibir influencias externas, ha sabido siempre asimilarlas a su naturaleza –salvo temporales excepciones–, y de lo ajeno y lo propio ha engendrado frutos mejor o peor sazonados, según el estado de su energía generatriz, no siempre coincidente con el de su vigor como nación.

Es erróneo querer explicar la mayor permeabilidad de España a influencias exteriores (filosóficas, científicas, literarias, etc.) como testimonio de su propia decadencia. Los siglos XV y XVI están cuajados de influencias italianas y aun en el XVII Quevedo, por ejemplo, compendia una pluralidad de solicitaciones por los varios lados europeos sin mengua alguna del propio poder creador. Asciende luego a preponderante y casi exclusiva la influencia de Francia en el siglo XVIII (¿en qué pueblos no se verifica lo mismo?), y el siglo XIX trae a España los más diversos vientos: de Francia, de Inglaterra, de Alemania, etc. En el último cuarto de ese siglo comparecen nuevos focos de irradiación cultural y sobre todo literaria: Rusia, Norteamérica, Escandinavia y, después, Hispanoamérica. En el complejo encrucijamiento de estas corrientes internacionales, o mejor, interculturales, destacan sobre el fondo crepuscular del siglo declinante ciertas figuras en las que se condensan direcciones espirituales nuevas y atractivas: Zola, Tolstoy, Ibsen, Nietzsche, Verlaine. Son los astros supremos de la constelación fin de siglo, cuyo resplandor se extiende sobre la España que piensa y siente, hasta por lo menos el tercer lustro de nuestra centuria. Poco más acá de 1910 el fulgor del patriarca naturalista, del anarquista cristiano y del renovador dramaturgo nórdico entre en fase de apagamiento, mientras la estrella de Verlaine sigue luciendo aunque sin alumbrar rutas nuevas. Sólo el brillo de Nietzsche se mantiene alto; sólo a él afluyen sucesivas aproximaciones; sólo en torno a su luz fomentan nuevas aspiraciones o se creen llamadas a vuelos distintos mentes españolas abiertas a la vida de la cultura aquende el umbral de 1900.

Con esto queda ya indicado que de la influencia irradiada por esos cinco genios finiseculares la de Nietzsche es la más duradera y, con la de Zola y la de Verlaine, una de las más potentes.» [Gonzalo Sobejano: Nietzsche en España. Madrid: Gredos, 1967, p. 19-20]

En 1900 se traduce el primer libro de Nietzsche al español. Con el comienzo del siglo XX, los intelectuales españoles parecen sentir de modo urgente la conveniencia de ponerse al corriente de los logros de la cultura europea. Ante el desastre de la pérdida de las últimas colonias en 1898, la apertura a Europa y la voluntad de “europeización” significó el deseo de conocer y asimilar pensadores críticos y revolucionarios como Nietzsche. Y con el “krausismo”, España había empezado a tomar contacto con el pensamiento germánico. Lo que no significó que España se orientara ahora sólo hacia Alemania, pasando por alto Francia. A través de Francia llegan a España Nietzsche, la novela rusa y la producción de Ibsen. Es la generación de Ortega (1914) la que llevará a cabo un alejamiento de la cultura francesa en beneficio de la alemana, sobre todo en Filosofía. En la primera Guerra Mundial (1914-1918), los intelectuales españoles se pusieron de parte de los aliados, lo que no significa dar la espalda a Nietzsche, si tenemos en cuenta que en muchos aspectos Nietzsche era antigermánico y tenía vocación mediterránea.

«Desde 1893, año en que algunos intelectuales de Barcelona, entre ellos el poeta Joan Maragall, comienzan a informar sobre Nietzsche, aún desconocido en España y mal conocido en toda Europa, hasta por ejemplo 1959, feche en que José Bergamín cierra su libre acerca de las “fronteras infernales de la poesía” con un ensayo sobre Nietzsche y su infierno, se suceden en España generaciones literarias en cuyos representantes más valiosos ha dejado el creador de Zaratustra desiguales pero patentes vestigios. Así, en Ganivel, Unamuno, Maeztu, Bajora, Azorín, Ortega y Gasset, Gómez de la Serna, Pérez de Aya, Bergamín, Ledesma Ramos. [...]

Además de prolongada, la influencia de Nietzsche en la literatura española es intensa. Lo es considerablemente en la generación de 1898, hasta el punto de que algún crítico propuso al pensador alemán como guía ideológico de esa generación. La influencia decae luego en gran parte, pero adquiere también matices nuevos, entre los hijos del 98, experimentando un desvío político, sin llegar a perderse literariamente, entre los nietos, y pasando a una fase de crítica recordación entre algunos de los últimos escritores llegados a su madurez.

En la controversia con el cristianismo, en el replanteamiento de los valores morales y vitales, en la comprensión de los motivos fundamentales del obrar, en la aversión hacia la democracia y el socialismo, en el anhelo de una sobrehumanidad futura, en el culto a la voluntad de poderío, en la visión del tiempo y de la eternidad, desapego al romanticismo, condenación de la decadencia sin lograr rebasarla, interpretación de las artes y en otros variados aspectos secundarios, la huella de Nietzsche se trasluce, con mayor o menor precisión y hondura, en muchos escritores españoles cuya aportación es imprescindible para medir la trayectoria de nuestra literatura en este siglo.» [Gonzalo Sobejano: Nietzsche en España. Madrid: Gredos, 1967, p. 10]

«Nietzsche conmovió a jóvenes y viejos (“Clarín”, por ejemplo, entre los últimos) y no solamente a la bohemia literaria; imprimió nuevos ímpetus a un gran sector de la vida espiritual, sin llegar a apoderarse de ella íntegramente ni mucho menos a incidir en la vida material. Sus ideas ayudaron, sí, al mejor entendimiento de cierta filosofía vitalista, por Ortega representada. Renovó Nietzsche los modos de comprensión psicológica. Dio a la literatura impulsos. Contribuyó a encauzar la política por trayectorias nuevas, aunque al fin ineficaces. Pero Nietzsche, es claro, no pudo cambiar el contenido del conocimiento, ni de él arranca una nueva era para el mundo español (precisamente para el mundo español cuanto de progresivo para la colectividad se realiza en el siglo XX no parte de Nietzsche), ni tampoco se puede atribuir a Nietzsche la superación de una atrofia en la vida cultural, sino únicamente subrayar la parte notable que en ella desempeñó cierto sector, no siempre bien interpretado, de su pensamiento.» [o. cit., p. 151-152]

La disposición anímica depresiva de la juventud hacia 1898 contrasta con la aptitud energética de las ideas nietzscheanas.

«La pérdida de las Antillas fue la muerte de la confianza en nosotros mismos: el renunciamiento de todo un pueblo. Pero aquella predicación –remota– del reformismo germánico: el clarinazo de un nuevo rexurrexit en los oídos de nuestra desesperación.» [E. Jiménez Caballero en 1927]

Fue el movimiento modernista de Barcelona el que dio a conocer a Federico Nieztsche en España. Joan Maragall fue el primero en llevar a cabo las primeras versiones de Nietzsche al catalán: “Muy pronto será el filósofo, el sociólogo poeta a la moda”.

Nietzche fue uno de los pensadores más difundidos y más influyentes de primeros del siglo XX.

El influjo de Nietzsche en los modernistas españoles

«Los modernistas no se salen ni pon un momento de los supuestos cristianos. Inspirados, más que por Nietzsche o D’Annunzio, por Verlain y la poesía francesa simbolista, saturada de catolicismo sincero o tergiversado, expresan el dilema paganismo-cristianismo en un constante trasiego de las tentaciones de aquél a las consoladores sugestiones de éste. No pueden ni quieren deshacerse del sentimiento del pecado. Juegan con la inmoralidad y con la violencia, pero o se aproximan auténticamente a Cristo, como Darío; o acatan cínicamente el prestigio de las formas eclesiásticas, como Valle-Inclán; o desembocan en un anticristianismo cristiano en casi todos sus argumentos, como Trigo; o retornan, tras escarceos levemente heréticos, al seno de las conveniencias, más que de las razones, cristiano-occidentales y nacionales, como Benavente, como Marquina (éste, de seguro, con más buena fe que aquél).

La influencia de Nietzsche sobre los modernistas españoles no es, en resumen, profunda, continua ni trascendental, pero sí bastante notable. Contribuye a la introducción de algunas actitudes principales del filósofo alemán a la poesía, la novela y el teatro españoles de comienzos de siglo: actitudes todas ellas contrarias a las que dominaban en la literatura anterior, que era moralizadora, respetuosa de la tradición, blandamente democrática, más atenta al hombre de la calle que al individuo extraordinario, opaca en las formas y desposeída de estético entusiasmo. Sin el influjo de Nietzsche, el modernismo español hubiera sido quizá mero neorromanticismo sentimental y formal. Con tal influjo, aprestó ciertos elementos de vitalismo, energía, rebeldía y alacridad que los sucesores podrían tomar como puntos de arranque hacia nuevas conquistas. Pero también en las generaciones siguientes pudo grabarse, por virtud de los personajes tan despóticos como religiosamente observantes de Valle-Inclán, el ejemplo de una española voluntad de dominio sin congruencia con la historia real.» [Gonzalo Sobejano: Nietzsche en España. Madrid: Gredos, 1967, p. 257-258]

El influjo de Nietzsche en los hombres del 98

«En el plano metafísico es donde, naturalmente, la influencia resulta más tenue”. Sin embargo, el ideal del eterno retorno repercute hondamente en Unamuno, hambriento de inmortalidad personal; sugiere a Azorín inquietantes variaciones alrededor del concepto de vivir como “ver volver”; provoca comprensivos comentarios en Antonio Machado, poeta del tiempo.

El trásito del siglo XIX al XX, a pesar del renacimiento del idealismo, es época de ateísmo y de increencia en todo el mundo. El “Dios ha muerto” nietzscheano se encuentra en la mayoría de los hombres del98 de una o de otra manera. Ganivet identifica a Dios con el alma autocreada, previa la pérdida o abandono de la fe. Unamuno, ateo, se hace un Dios equivalente a la voluntad de ser eterno, y predica la fe en la fe, entendiendo por fe la esperanza, el puro deseo de que Dios exista. Actitud semejante es la de Antonio Machado. En Baroja y Azorín el silencio acerca de Dios es la mejor prueba de que para ellos no cuenta.

Pero si el ateísmo de estos escritores puede deberse a la crisis general de la época, su posición ante el cristianismo viene mediatizada indudablemente por la lectura de Nietzsche. Miran el cristianismo como religión decadente, morbosa, hostil a la vida, fúnebre y cargada de tristeza y resignación infecunda el Maeztu y el Azorín jueniles. Ganivet salva el cristianismo por lo que de estoico y español hay en su ética y en la tradición nacional que lo encauza. Y si Unamuno no perdona a Nietzsche las “calumnias” contra Jesucristo y su doctrina, su apología no escasea en categorías nietzscheanas, hasta el punto de hacer de Cristo el superhombre en arquetipo.

Dentro del ámbito moral ocupa el influjo de Nietzsche más dilatada área. Los escritores del 98 tienden por todos los caminos, y ésta es acaso su inclinación más común y más fuerte, hacia el incremento del valor Vida. En anteponer la Vida a la Razón estriba la intrínseca anarquía de todos ellos. Unamuno es quien da a esta común aspiración desarrollo más filosófico y formulaciones más categóricas: mentira vital, locura quijotesca, el sueño es vida, las verdades deben decirse cuando más inoportunas, dar da cada uno lo mío, fe en lo que sea, sentimiento trágico de la vida como agonía entre lo vital y lo racional. Pero sus compañeros coinciden con él en mucho. Maeztu y Baroja repiten que la vida no es justa ni injusta, buena ni mala, sino necesaria. Baroja invita a una labor de inmoralización, para acabar con la idea de pecado. Azorín adopta una moral contingente y relativista, dedicándose a revisar valores de acuerdo con la escala de la vida. Tratan muchos de situarse por encima del bien y del mal o dentro de lo que es común a ambos; pero su amoralismo resulta a menudo un inmoralismo antiburgués violento cuando no artificioso. Amoralidad es inocencia vital, y la inocencia vital no es posible en el clima nihilista de entonces. Se invertirán, pues, los valores demoliendo para ello algunos de los principios cristianos que informaban las costumbres morales de la época. Si los modernistas, para eliminar la “moralina”, recurrían a una mezcla blasfema de misticismo y carnalidad, los noventiochistas apelan a la dureza aprendida en Zaratustra. [...]

La moral de estos hombres tiene una proyección política vasta y honda. La mayoría, comprometidos a una crítica rigurosa del siglo XIX y sus prolongaciones, multiplican las manifestaciones de desprecio a la democracia, burocracia, parlamentarismo, socialismo. Si algún nombre general puede dárseles es el de anarcoaristócratas. Los modernistas eran más bien aristocraticistas; los hombres del 98 empiezan confesando un anarquismo intelectual clamoroso, pasan luego algunos a posiciones aristocratizantes, pero no abandonan nunca del todo la arbitrariedad, el individualismo anárquico, la iconoclastia de la juventud. Odian la democracia, temen al socialismo; no por odio o temor al pueblo, sino por odio a la representación del pueblo por la burguesía de los politicastros, y por temor a la lenta absorción del pueblo en la burguesía de los funcionarios. Consecuentemente se burlan de los simulacros electorales, de la garrulería parlamentaria, del socialismo rebañego. Solitarios entre y contra la mediocridad. Glorificadores de la individualidad enérgica y descollante. De la anarquía máxima están predispuestos siempre algunos a acceder al máximo de autoridad concentrado en un hombre. Entre algunos escritores (Maeztu, Salaverría, Burguete, Azorín a rachas) se da incluso una vocación militarista y dictatorial.

El individualismo anarcoaristocrático de los hombres del 98, tan embebido en el ideario de Nietzsche, se define en una palabra: Voluntad. Ganivet diagnostica la enfermedad de España, “abulia”, y crea un Hércules moral y un escultor prometeico de su alma. Unamuno opone al “marasmo” la energía orientada al porvenir, el instinto de invasión y de ser más, la caridad dominadora. Frente a la “parálisis” española se lanza Maeztu a predicar la voluntad de afirmación y ascendo, dando la batalla a la “decadencia”, Azorín fía en la voluntad. Baroja finge y exalta al hombre de acción. Y recordemos el Valor, de Burguete; la Afirmación española, de Salaverría; el Futurismo, de Alomar; el Entusiasmo, de Diego Ruiz. [...]

Cumbre de la nueva moral y de la nueva voluntad de poder es el superhombre. Sólo Baroja y Azorín dejaron de intentar plasmaciones sobrehumanas en su obra, aunque Baroja definiera aquel ideal como símbolo del Occidente frente al Oriente e infundiera modestos rasgos de superhombre a algunos de sus hombres de acción. Los demás ensayan alguna equivalencia. [...]

Y, finalmente, la estética de Nietzsche, y su estilo, encontraron no débil eco en estos sus tempranos lectores españoles. Maeztu y Azorín propagaron la apreciación del arte por la óptica de la vida. Ganivel, Unamuno, Azorín, Baroja y otros entendieron la cultura como unidad de estilo, al modo de Nietzsche. Y el estilo de éste, su manera de comprender y de expresar la belleza, ganó discípulos en España. [...]

La influencia fue, por cuanto hemos visto, profunda, continua hasta en los que más modificaron sus rutas, y de su trascendencia no es posible dudar. El desvío del cristianismo y de la moral tradicional, iniciado casi en bloque por el 98, es recogido y continuado por la generación siguiente, que refuerza el credo aristocrático. La revisión de los valores desde el punto de vista vital engendra una verdadera revolución estimativa que llega hasta muy lejos. En política bastará mencionar las dictaduras del siglo XX y rememorar la actitud observada ante ellas por varios noventayochistas, para orientarse. El “problema de España”, modalidad nacional que toma la crítica del nihilismo nietzscheana en nuestro suelo, sigue discutiéndose hoy.

Y literariamente, a favor del influjo de Nietzsche el horizonte español experimentó, sin duda, ensanche y alteraciones de importancia. Con Unamuno y Machado la poesía se hizo meditativa y trascendente. Poblose la novela de personajes voluntariosos, aventureros, arrogantes, complicados, vividores de la decadencia y del peligro. La prosa se enriqueció con formas ensayísticas y aforísticas de gran novedad y atractivo, y por un camino se fue haciendo evangélica, patética, sacerdotal, hasta configurar un lenguaje político; por otro camino, se flexibilizó y densificó, perdiendo la gravedad filistea, conquistando aquella energía ligera que no esta en Schopenhauer ni en Tolstoy, pero que sigue siendo uno de los dones más fecundos del escritos Nietzsche, del poeta.» [o. cit., p. 480-285]

El influjo de Nietzsche en la generación de 1914

«Los pensadores más fecundos de este tiempo –Ortege, D’Ors– centran el sentido último de su filosofía en el intento de superar la antítesis Razón-Vida, y, aunque el primero mucho más ligado al vitalismo de Neitzsche que el segundo, ni uno ni otro prescinde de las exigencias impuestas por ese vitalismo. La teoría orteguiana de la perspectiva está en relación más estrecha de lo que se ha admitido con el perspectivismo planteado en Der Ville zur Macht. Y, por otra parte, la imagen del eterno retorno es objeto de curiosidad y sugestión para la concepción de la filosofía de la cultura de Eugenio D’Ors y origen de poderosas y últimas vivencias poéticas para el autor de La estación total y Animal de fondo. Ortega y D’Ors, no obstante el vitalismo en que se fundan, reaccionan contra toda tentativa de fomento del irracionalismo unamuniano. [...]

Los argumentos nietzscheanos contra el cristianismo siguen reflejándose ahora, ya sea que Ortega (como de otra manera, D’Ors) combate las perspectivas antivitales del ascetismo, ya sea que el joven Gómez de la Serna o la nube de los novelistas eróticos clamen contra las represiones y resentimientos del ánima cristiana.

La moral se muestra vinculada a Nietzsche notoriamente. Prevalece la norma de la fidelidad a la tierra y al propio ser, contra toda especie de mandamientos, y la virtud como fuerza y maestría vital y artística oscurece el concepto tradicional de virtud como obediencia al Bien. Ortega, la personalidad que imprime sello a toda la época, cifra el sentido moral en la nobleza o distinción y recomienda constantemente el punto de vista del llegar a ser lo que se es, no el deber ser esto o lo otro. Tanto él como, a nivel más bajo, Gómez de la Serna o un Pérez de Ayala, creen que el enriquecimiento del pulso vital, la confortación de la sensación de vivir, valen más que las virtudes de la moderación: templanza, prudencia, paciencia, obediencia. De todos modos se aprecia en la mayoría de los hombres de esta generación una postura menos desafiante que entre sus inmediatos predecesores. No se trata ahora de pelear contra la moral estatuida y derribarla, sino más bien de comprender que la vida, aprovechándose de su don de razonar, entre otros dones, es la única instancia que pueda inspirar la conducta humana.

La proyección socio-política de esa moral predominante tiene un solo nombre: aristocracia. Los borbotones anárquicos de ahora son menos intensos que los anteriores. En cambio, el ideal aristocrático, de superioridad y jerarquía, tiene vasta y valiosa proyección: en Ortega, en D’Ors, en Pérez de Ayala, en Juan Ramón Jiménez. Ya no es individualismo anarcoaristocrático: es aristocratismo radical, fe en la condición desigualitaria de la sociedad, convicción de que sólo guían bien los raros y mejores. Esto puede compendiarse en pocos lemas: “la rebelión de las masas” (Ortega), la “Obra Bien Hecha” y la “Jerarquía” (D’Ors), “la torre de marfil (Gómez de la Serna), “la minoría” (Jiménez).

Este aristocratismo de la generación de 1914 no precisa atacar la democracia ni el filisteísmo burgués con tanta furia como solía hacerse a principios de siglo. Tampoco se apoya en la voluntad de poder y en los valores bélicos con tanto ahínco (la guerra europea ha sido ruda lección inicial). Pero sí está muy de acuerdo con lo acentuado de aquel aristocratismo la obsesión que en estas gentes suscita la idea del superhombre. [...]

Y el estilo de Nietzsche obra mejor que en ningún español en Ortega; por lo mismo que en Ortega no hay remedo, sino fértil asimilación.

Dos peligros, fácilmente heredables de Nietzsche, se perfilan en la generación de 1914: el peligro de que la norma aristocrática desemboque en autoritarismo (voluntad de poder por la violencia) y el peligro de que la exaltación de la vida se convierta en frenética anarquía de los instintos o impulsos (perversión hacia el caos).» [o. cit., p. 616-618]