Américo Castro Quesada

Justo Fernández López


BIOGRAFÍA

Américo Castro Quesada (1885-1972), filólogo, historiador y erudito español que nació en Brasil y vivió, estudió y trabajó en España. Al terminar la Guerra Civil en 1939, se marchó al exilia a Estados Unidos.

Formó parte de la Institución Libre de Enseñanza, fundada por el pedagogo, escritor y filósofo krausista Francisco Giner de los Ríos (1839-1915)

Se doctoró en Derecho y en Filosofía y Letras con el filólogo e historiador y creador de la escuela filológica española Ramón Menéndez Pidal (1869-1968).

Se adhirió al manifiesto publicado en 1913 por Ortega y Gasset que propugnaba una salida política para España 'superadora del pesimismo noventaiochista'.

Tomó partido por la causa de la República (1931-1936) y al proclamarse la II República en 1931 fue nombrado embajador de España en Alemania, donde se encontraba impartiendo un curso en la universidad de Berlín.

Al final de la Guerra Civil (1936-1939) y derrotada la República, fue desposeído de su cátedra y abandonó España para ejercer como profesor en las universidades de Buenos Aires, Río de Janeiro, Wisconsin y Texas, sucesivamente.

De 1941 a 1953 fue catedrático de la Universidad de Princeton, y en los últimos años de su vida profesor en la de San Diego, California.

En 1970 regresó a España por motivos familiares y falleció en Lloret de Mar, Gerona, en 1972.

Pertenece a una generación de intelectuales que ejercieron su influencia en la vida española hasta acabada la Guerra Civil.

Américo Castro revalorizó la influencia del mundo árabe y judío en la formación de la mentalidad y la cultura española durante la Edad Media.

OBRAS

Fueros leoneses de Zamora, Salamanca, Ledesma y Alba de Tormes (1816)

Lengua, enseñanza y literatura (1924)

El pensamiento de Cervantes (1925)

Un estudio sobre la relación entre Cervantes y el Renacimiento.

La realidad histórica de España (1954)

Es la revisión de España en su historia (1948). Según Américo Castro, España es fruto de la convivencia de cristianos, musulmanes y judíos. Esta novedosa interpretación de la historia de España suscitó una airada respuesta del historiador Claudio Sánchez Albornoz (1893-1984).

Santa Teresa y otros españoles: cómo llegaron a serlo (1965)

Origen, ser y existir de los españoles (1966)

Prosigue la exposición de su tesis sobre la raíz de la España moderna, en la que considera fundamental la aportación semita de judíos y árabes, para la modernidad de la España medieval, punto en el que difiere del profesor Sánchez Albornoz, para más importante que el influjo semita en la cultura española es en los orígenes la aportación romano-cristiana. Se trata de una polémica de las más difundidas entre el mundo académico español.

La Celestina como contienda literaria (1968)


Coherencia vital de la realidad española

«Los españoles tuvieron conciencia vivísima de que su existir era un hacerse y un deshacerse. El rey Fernando el Católico, buen conocedor de su pueblo, le impuso a éste la tarea bélica y señorial que aquel anhelaba y de que sólo era capaz. Vinieron luego las grandes empresas de América y de Europa, y la nación no se sintió fecundada ni satisfecha con ellas, según nos dicen Sepúlveda, Las Casas, Quevedo y... Cervantes, testigos muy calificados todos ellos. Gracián, al final del Barroco, tendrá la impresión de hallarse en un mundo vacío, lo mismo que los ascetas, los autores de novelas picarescas y los personajes del teatro de Calderón.

Mi idea de las castas, sin otro mundo que su conciencia de serlo, tal vez explique tan singular historia. La casta dirigente de los cristianos viejos creyó poder vivir sola, aferrada a su creencia y a su sentimiento de ser superior; al mismo tiempo notaba el vacuum irremediable de su encerramiento personal. Ningún país europeo había producido antes del XVI tal profusión de héroes y caudillos: jugaban con los mayores obstáculos de la naturaleza y ganaban siempre: Cortés, Pizarro, Magallanes, Balboa, Vasco de Gama.

Ellos y muchos frailes de energía igualmente titánica e iluminada por su creencia, consumieron sin resto sus personas como un holocausto a aquella deidad extraña: el integrismo de la persona. Frente al principio filosófico heredado de Grecia de que la realidad es “lo que es”, el español sostuvo que la realidad era lo que él sentía, creía o imaginaba.

El español vivía sin temor y sin sorpresa, pues todo lo que sucedía podía adecuarse con fantasías ya vividas. A las gentes de Cortés, su entrada triunfal en México les pareció un episodio de Amadís, o cosa de encantamiento. La realidad era un simple juego de los encantadores amigos o enemigos.

La voluntad, el valor personal, la creencia y la fantasía llenaban así el lugar de la reflexión y el pensamiento. Así crearon los españoles una manera de vida que no se puede llamar primitiva, porque se fue articulando según una escala de valores ascendentes. El hombre llamado “primitivo” no tiene conciencia del riesgo de serlo, el español, en cambio, siempre supo cuán ardua fuese la tarea de ser español.

El vivir con todo su ser hizo posibles espléndidos resultados, pues la vida total de la persona pudo expresarse en acciones de singular grandeza o en grandes obras de arte. Sin embargo, los españoles sufrieron las consecuencias de la peculiaridad de su vida interior. Sin otros objetivos que los personales, sin ideas objetivas, la “casta” vencedora no devino clase social, no salió del hermetismo y no se produjeron mutaciones sociales desde dentro de la vida española. La Europa desde Carlomagno hasta el siglo XX ha experimentado mutaciones en todos los terrenos, porque hubo hombres que se “desintegraron” personalmente de las creencias en que se hallaban sumidos. Así nació la ciencia, el espíritu investigador europeo, etc.

El español, siempre apegado a la integridad de la persona con sus creencias y valores, desprecia la realidad y se encasilla en su creencia inmóvil.»