Antonio García Gutiérrez (1803-1884)

Textos


Recuerdos

Volved, alegres sueños,
que de mi edad primera
las gratas ilusiones
besabais con amor.
  ¿Por qué sin vuestro encanto,
en mi desdicha fiera,
ensueños dolorosos
me asaltan con horror?
  ¿Por qué la paz tranquila
de mi tranquilo pecho
cual disipada niebla
huyó de mí fugaz?
  ¿Por qué desde que gimo
en triste amor deshecho
no hay para mí ventura
ni hay para mí alma paz?
  ¡Oh! ¡Nunca por mi daño
tus límites pisara,
infierno de la vida,
inquieta juventud!
  Y antes que mi inocencia
veloz se disipara,
durmiera yo en la tumba
con eterna quietud.
  Volad, mis pensamientos,
en alas de la mente,
y mis recuerdos vagos
de Elisa Acariciad.
  Y como luz hermosa
del ampo refulgente
mostradme los hechizos
de su infeliz beldad.
  Aquel amor sin celos,
sin penas ni amargura,
aquel afan sencillo
del blando corazón.
  Todo era en ella dulce,
perfecta su hermosura,
sus ojos apacibles,
tranquila su pasión.
  Pero murió, y yo ciego,
en tempestad violenta
maldigo ya la ida
sin mi perdido bien.
  Y en procelosa noche
la bárbara tormenta
con honda furia estalla
sobre mi helada sien.
  ¿Por qué ¡oh verdad!, rasgaste
los misteriosos velos
de aquellas ilusiones
de plácida ficción?
  Mentidos paraísos
y nacarados cielos,
¿era mentira y humo
vuestra feliz mansión?
  Aquellas esperanzas
que el alma concebía
al penetrar el mundo
por el fatal dintel,
  todo desvanecido
con el dolor de un día,
irrita los tormentos
de mi pasión cruel.
  El corazón gastado
de dulces sensaciones,
sus férvidas tormentas
se goza en arrostrar.
  Y para más congoja,
mis blandas ilusiones
la realidad horrible
se afana en desgarrar.
  Huyéronse livianas
las nubes vaporosas
que el claro sol cubría
de purpurado tul.
  Y ya negras tinieblas
de sombras temerosas
del limpio cielo empañan
en trasparente azul
  Y pasa un día y otro,
y sin cesar me pierdo
por la gastada senda
de lo que ya no es.
  Y voy, arrebatado
en su inmortal recuerdo,
sus huellas deliciosas
borrando con mis pies
  Sin porvenir, sin gloria
deseperado gimo,
esclavo de la vida
en la prisón servil
  Mis días se resbalan,
y solo y sin arrimo,
la muerte pido al cielo
con ansiedad febril
  ¡Adios recuerdos tristes
de mi fugaz ventura;
adios, afán sencillo
del blando corazón!
  Perdílo todo a un tiempo;
su cándida hermosusra,
sus ojos apacibles,
su tímida pasión.
  Murió, murió, y sin calma,
en tempestad violenta
maldigo ya la vida
sin mi perdido bien.
  Y en procelosa noche,
la bárbara tormenta
con honda furia estalla
sobre mi hela sien.
 


Consejos

Quieres casarte, buen Juan,
y pides con impaciencia
consejos a mi experiencia;
¿no es así? Pues allá van.
Oye: Tiene mil azares
eso de tomar mujer:
por de pronto suelen ser
malos los preliminares.
Estos son ansias, desvelos,
temores, citas, desvíos,
y peloteras y celos.
Amanece con el día
y vela: no hay más recurso.
Y de novio estudia un curso
completo de astronomía.
Decídeste a ser esposo,
y sufres, que es la más negra,
de la veterana suegra
el examen codicioso.
Entra el gasto, es cosa obvia,
y te exprimen sin piedad,
cuando no la vanidad
los caprichos de tu novia.
Llegamos al desposorio;
das el suspirado sí.
¡Gracias a Dios! hasta aquí
has pasado el purgatorio.
Mas preso en el lazo tierno
tu amoroso afán reposa.
¡Ay, Juan! ¡Esto es otra cosa!
¡Como que empiez el infierno!

 


La noche de verano

Hermosa noche, como el alma mía

oscura y melancólica... salud...
Tu balsámico ambiente de ambrosía
dulcifica piadoso mi inquietud.
                                             
¡Ay! que del sol la llama abrasadora     
mis ojos irritados deslumbró... 
Bien hagas tú que blanda y bienhechora    
callando duermes cuando gimo yo.       
                                             
Esa serena luz basta a mis ojos:       
ese triste rumor basta a mi afán:       
silencio y sombras buscan mis enojos        
silencio y sombras anhelando están.      
                                             
Y busco en mi ansiedad, de tu aura fría   
el fantástico arrullo vibrador    
de inefable y dulcísima armonía,      
grato al placer, benéfico al dolor.  
                                             
¡Ahora puedo llorar! de mis querellas
el eco, en tu silencio morirá,
y la tímida luz de tus estrellas
mi llanto solamente alumbrará.
                                             
Lloremos ¡ay! ¡como mujer inerme
de tibia lana al trémulo arrebol!
Lloremos, sí, mientras el mundo duerme,
antes que alumbre mi vergüenza el sol. 
                                             
Venid y suspirando mansamente
céfiros de la noche susurrad     
y por el vago y silencioso ambiente      
los ecos de mis quejas derramad.    
                                             
Venid... pero en silencio voluptuoso,
trémulos, sin murmullos y sin voz,
mientras dormita el mundo perezoso
en breves sueños de ilusión veloz.
                                             
Y llevad a mi bien con mi suspiro
estos cantares de doliente son,
y llevadla el amor en que deliro
y el fuego de mi ardiente corazón.         
                                             
Y oreando su negra cabellera
y el seno que arde en amorosa lid,    
con perezosa calma lisonjera     
en su oloroso lecho os adormid.   
                                             
Soplad lascivos, céfiros de amores,  
con dulce y misterioso susurrar,   
y en jardines bebed blandos olores     
perfumando el ambiente de azahar.   
                                             
¡Hermosa noche! en tu dormir tranquila  
no escuchas, ¡ay! ¡mi lúgubre clamor!
Despierta, ¡oh noche! y a mi hermosa dila
que estoy velando con mortal dolor.
                                             
Mas si los ojos de mi hermoso dueño
tal vez dormidos en la calma están,
haz que me mire en su apacible sueño 
víctima triste de continuo afán.
                                             
Y en ilusión de lánguido embeleso
blanda sonría y se estremezca a par, 
y suspirando, regalado beso
piense en mis labios con ardor clavar.
                                             
Que acaso a la ilusión de los placeres
suele también el corazón latir,
y es blando el corazón de las mujeres  
a esa ilusión de celestial mentir.

 


La fuente

Blanda murmura entre las gayas flores:
sus tallos riega con menudo aljófar: 
plácida alegra la enramada verde, 
fuente sonora.   
                                         
Rauda serpea, en trémulos cambiantes
reflejando del sol la luz dudosa
que de la oscura noche aún no vencida
hiende las sombras.
                                         
En revuelto espiral rueda en la arena
salpicando tu lecho de amapolas:
salta sonando y con tocar suave
mece las rosas.
                                         
Y ríe como ríe la mañana
que de rayos y nubes se corona...
Y al manso arrullo de las auras ledas
bulle y retoza.


La ambición

Huye, ambición, al ostentoso lecho
donde reposa el feble cortesano:
donde divierte su cuidado en vano  
bajo la pompa del dorado techo.
                                       
Airada oprime tu agitado pecho,
en él aborta tu veneno insano,     
y resentido al toque de tu mano
el mundo juzgue a su anhelar estrecho.
                                       
Mas, nunca imprimas en el alma mía
el hidrópico anhelo de grandeza...
Dame la paz en que vivir solía.
                                       
En mi estado infeliz, en mi pobreza,
no desear tan solo apetecía, 
que es para el hombre la mayor riqueza.