Ángel de Saavedra, Duque de RIVAS (1791–1865)

Textos


La niña descoloría

 

Pálida está de amores
mi dulce niña:
¡nunca vuelven las rosas
a sus mejillas!
 

Nunca de amapolas
o adelfas ceñida
mostró Citerea
su frente divina.
Téjenle guirnaldas
de jazmín a sus ninfas,
y tiernas violas
Cupido le brinda.
 

Pálida está de amores
mi dulce niña:
¡nunca vuelven las rosas
a sus mejillas!
 

El sol en su ocaso
presagia desdichas
con rojos celajes
la faz encendida.
El alba en oriente
más plácida brilla;
de cándido nácar
los cielos matiza.
 

Pálida está de amores
mi dulce niña:
¡nunca vuelven las rosas
a sus mejillas!
 

¡Qué linda se muestra
si a dulces caricias
afable responde
con blanda sonrisa!
Pero muy más bellas
al amor convida
si de amor se duele,
si de amor respira.
 

Pálida está de amores
mi dulce niña:
¡nunca vuelven las rosas
a sus mejillas!
 

Sus lánguidos ojos
el brillo amortiguan;
retiemblan sus brazos:
su seno palpita;
ni escucha, ni habla,
ni ve, ni respira;
y busca en sus labios
el alma y la vida...
 

Pálida está de amores
mi dulce niña:
¡nunca vuelven las rosas
a sus mejillas!
 


Con once heridas mortales

 

Con once heridas mortales,
hecha pedazos la espada,
el caballero sin aliento
y perdida la batalla,
manchado de sangre y polvo,
en noche oscura y nublada,
en Ontígola vencido
y deshecha mi esperanza,
casi en brazos de la muerte
el laso potro aguijaba
sobre cadáveres yertos
y armaduras destrozadas.
 

Y por una oculta senda
que el Cielo me depara,
entre sustos y congojas
llegar logré a Villacañas.
 

La hermosísima Filena,
de mi desastre apiadada,
me ofreció su hogar, su lecho
y consuelo a mis desgracias.
 

Registróme las heridas,
y con manos delicadas
me limpió el polvo y la sangre
que en negro raudal manaban.
 

Curábame las heridas,
y mayores me las daba;
curábame el cuerpo,
me las causaba en el alma.
 

Yo, no pudiendo sufrir
el fuego en que me abrazaba,
díjele; "Hermosa Filena,
basta de curarme, basta.
 

Más crueles son tus ojos
que las polonesas lanzas:
ellas hirieron mi cuerpo
y ellos el alma me abrasan.
 

Tuve contra Marte aliento
en las sangrientas batallas,
y contra el rapaz Cupido
el aliento ahora me falta.
 

Deja esa cura, Filena;
déjala, que más me agrabas;
deja la cura del cuerpo,
atiende a curarme el alma".

 


El álamo derribado

 

Gallardo alzaba la pomposa frente,  
 yedras y antiguas parras tremolando,  
 el álamo de Alcides, despreciando  
 la parada nube, y trueno y rayo ardiente;  
 
 cuando de la alta sierra de repente
 desprendido huracán bajó silbando,  
 que el ancho tronco por el pie tronchando,  
 lo arrebató en su rápida corriente.  
 
 Ejemplo sea del mortal que en vano  
 se alza orgulloso hasta tocar la luna, 
 y se juzga seguro en su altiveza:  
 
 Cuando esté más soberbio y más ufano,  
 vendrá un contrario soplo de fortuna  
 y adiós oro, poder, favor, fortuna.
 


Mísero leño

 

Mísero leño, destrozado y roto,
que en la arenosa playa escarmentado
yaces del marinero abandonado,
despojo vil del ábrego y del noto.

¡Cuánto mejor estabas en el soto,
de aves y ramas y verdor poblado,
antes que, envanecido y deslumbrado,
fueras del mundo al término remoto!

Perdiste la pomposa lozanía,
la dulce paz de la floresta umbrosa,
donde burlabas los sonoros vientos.

¿Qué tu orgulloso afán se prometía?
¿También burlarlos en la mar furiosa?
He aquí el fruto de altivos pensamientos.
 


Ojos divinos

 

Ojos divinos, luz del alma mía,
por la primera vez os vi enojados;
¡y antes viera los cielos desplomados,
o abierta ante mis pies la tierra fría!

Tener, ¡ay!, compasión de la agonía
en que están mis sentidos sepultados,
al veros centellantes e indignados
mirarme, ardiendo con fiereza impía.

¡Ay!, perdonad si os agravié; perderos
temí tal vez, y con mi ruego y llanto
más que obligaros conseguí ofenderos;

tened, tened piedad de mi quebranto,
que si tornáis a fulminarme fieros
me hundiréis en los reinos del espanto.
 


Con voz aguardentosa

 

Con voz aguardentosa parla y grita
contra todo Gobierno, sea el que fuere.
Llama a todo acreedor que te pidiere,
servil, carlino, feota, jesuíta.


De un diputado furibundo imita
la frase y ademán. Y si se urdiere
algún motín, al punto en él te injiere,
y a incendiar y matar la turba incita.

Lleva bigote luengo, sucio y cano;
un sablecillo, una levita rota,
bien de realista, bien de miliciano.

De nada razonable entiendas jota,
vivas da ronco al pueblo soberano
y serás eminente patriota.

 


Cual suele en la floresta deliciosa

 

Cual suele en la floresta deliciosa
tras la cándida rosa y azucena,
y entre la verde grana y la verbena
esconderse la sierpe ponzoñosa;

así en los labios de mi ninfa hermosa,
y en los encantos de mi faz serena
amor se esconde con la aljaba llena,
más que de fechas, de crueldad penosa.

Contemplando del prado la frescura
párase el caminante, y siente luego
de la sierpe la negra mordedura:

yo contemplé a mi ninfa, y loco y ciego
quedé al ver de su rostro la hermosura,
y sentí del amor el vivo fuego.
 


El sombrero

Romance

I - La tarde

Entre Estepona y Marbella,
una torre fulminada,
hoy nido de aves marinas,
y en otro tiempo atalaya,
corona con sus escombros
una roca solitaria,
que se entapiza de espumas,
cuando las olas la bañan.
A la derecha se extiende
una humilde y lisa playa,
cuyas menudas arenas
humedece la resaca;
y oculta entre dos ribazos
forma una escondida cala,
abrigo de pescadoras
o contrabandistas barcas.
A este temeroso sitio,
mientras lento declinaba
a ponerse un sol de otoño
entre celajes de nácar,
estando el viento adormido,
la mar blanquecina en calma,
y sin turbar el silencio
de las voladoras auras,
sino el grito de un milano
que los espacios cruzaba,
y los de dos gavïotas,
cuyo tálamo era el agua,
la divina Rosalía,
la hermosa de la comarca,
fugitiva y anhelante
llegó, sudosa y turbada.
Su gentil cabeza y hombros
cubre un pañolón de grana,
dejando ver negras trenzas,
que un peine de concha enlaza;
y de seda una toquilla,
azul, rosa, verde y blanca,
que las formas virginales
del seno dibuja y guarda.
Su gallardo cuerpo adorna
de muselina enramada
un vestido; con la diestra
recoge la undosa falda,
y el pie primoroso y breve,
que apenas su huella estampa
en la movediza arena,
más limpio desembaraza.
Bajo el brazo izquierdo tiene
un envoltorio de nada,
cubierto con un pañuelo,
do el jalde y rojo resaltan.
¡Inocente Rosalía!
¿Qué busca allí?... ¡Temeraria!
¡Cuál su semblante divino,
lleno de vida y de gracia,
desencajado se muestra!...
¡Qué palidez!... ¡Qué miradas!...
Está haciendo, bien se advierte,
un grande esfuerzo su alma.
Sí, los ojos brilladores,
los ojos que tienen fama
en toda la Andalucía,
por su fuego y sus pestañas,
en el peñón, que lejano
apenas se dibujaba
entre la neblina (seña
de mudarse el tiempo), clava.
Dos lágrimas relucientes
sus mejillas deslustradas
queman, un hondo suspiro
del pecho oprimido arranca.
Queda suspensa un momento:
luego de pronto la cara
vuelve a Estepona, temblando:
juzga que una voz la llama.
Y la llama, es cierto... ¡Ay triste!
Mas ¿qué importa? Otra, más alta,
más fuerte, más poderosa,
desde Gibraltar la arrastra.
En el peñasco asentose,
de la hundida torre basa;
miró en torno, y de su seno
sacó y repasó esta carta:
«Sí, mi bien; sin ti la vida
me es insoportable carga;
resuélvete, y no abandones
a quien ciego te idolatra.
»Contigo nada me asusta,
sin ti todo me acobarda;
mi destino está en tus manos:
ten resolución, y basta.
»Resolución, Rosalía,
cúmpleme, pues, tus palabras:
no tendrás que arrepentirte,
te lo juro con el alma.
»En cuanto venga la noche,
volveré sin más tardanza
al sitio aquel que tú sabes,
en una segura lancha.
»Espérame, vida mía;
si no te encuentro, si faltas,
ten como cierta mi muerte.
Corro al momento a la plaza
»de Estepona, allí pregono
mi proscripto nombre, y paga
de mi amor será un cadalso
delante de tus ventanas.»
Se estremeció Rosalía,
no leyó más, y borraban
sus lágrimas abundantes
las letras de aquella carta.
Llévala a los labios fríos,
la estrecha al seno con ansia,
mira al cielo, «Estoy resuelta»,
dice, y se consterna y calla.

Torna al peñón (que parece
una colosal fantasma
con un turbante de nubes,
de nieblas con una faja)
la vista otra vez. La extiende
por la mar, que, muerta y llana,
fundido oro se diría
del sol poniente en la fragua.
Juzga ver un negro punto
que se mueve a gran distancia:
Ya se muestra, ya se esconde.
¿Será?... ¡Oh Dios!... ¿Será?... La escasa
luz del crepúsculo todo
lo confunde, borra y tapa.
Con los ojos Rosalía
los resplandores, que aún marcan
la línea del horizonte,
sigue. Una nube la espanta,
que por el Sur aparece,
oscura y encapotada;
y aún más el ver acercarse
por allí dos velas blancas,
cuyas puntas ilumina
del sol, ya puesto, la llama.

II - La noche

Entró la noche; con ella
despertándose fue el viento.
Y el mar empezó a moverse
con un mugidor estruendo.
Las nubes, entapizando
el oscuro y alto cielo,
la débil luz ocultaban
de estrellas y de luceros.
No había luna; densas sombras
en corto rato envolvieron
tierra y mar. De Rosalía
ya desfallece el esfuerzo.
Arrepentida, asombrada,
intenta... No, no hay remedio.
Cierra los ojos e inclina
la cabeza sobre el pecho.
La humedad la hiela toda,
corto abrigo es el pañuelo;
tiembla de terror su alma,
tiembla de frío su cuerpo.
Si cualquier rumor la asusta,
más sus mismos pensamientos;
pues ni uno solo le ocurre
de esperanza o de consuelo.
Las velas que ha divisado
cuando el sol ya estaba puesto,
la atormentan, la confunden.
Las ha conocido: ¡cielos!
Son, sí, las del guardacosta,
jabeque armado y velero,
terror de los emigrados,
de contrabandistas miedo.

¡Infelice Rosalía!...
A las ánimas de lejos
tocar las campanas oye
de la torre de su pueblo.
¡Oh cuánto la sobresaltan
aquellos amigos ecos!
Parécele que son voces
que la nombran. Gran silencio
reinó después largo espacio.
Las olas, que van creciendo,
llegan a besar la peña,
de Rosalía los tiernos
pies mojan... y no lo advierte:
clavada está. Los destellos
de la espuma que se rompe,
secas algas revolviendo,
la deslumbran. De continuo
la reventazón inciertos,
fugitivos grupos blancos
le ofrecen del mar en medio,
cual pálidas llamaradas.
Ella piensa que los remos
y la proa de un esquife
las causan... ¡Vanos deseos!

Así pasó largas horas,
cuando un lampo ve de fuego
en alta mar, y en seguida
oye al cabo de un momento
¡poumb!... y retumbar en torno
como un pavoroso trueno,
que se repite y se pierde
de aquella costa en los huecos.
Ve pronto hacia el lado mismo
otros dos o tres pequeños
fogonazos; mas no llega
el sordo estampido de ellos.
Otra roja llamarada...
¡Poumb!, otra vez... ¡Dios!, ¿qué es esto?
Repitiéndose perdiose
este son como el primero.
No hubo más: creció furioso
el temporal, y más recio
sopló el Sudoeste; las olas
de Rosalía el asiento
embisten, de agua salobre
la bañan; estar más tiempo
no puede allí: busca abrigo
de la torre entre los restos.
La lluvia cae a torrentes,
parece que tiembla el suelo;
dijérase ser llegada
ya la fin del universo.

III - La mañana

Raya en el remoto Oriente
una luz parda y siniestra;
a mostrarse en vagas formas
ya los objetos empiezan.
Espectáculo espantoso
ofrece Naturaleza,
las olas como montañas,
movibles y verdinegras,
se combaten, crecen, corren
para tragarse la tierra,
ya los abismos descubren,
ya en las nubes se revientan.
Rómpense en las altas rocas
alzando salobre niebla,
y la playa arriba suben,
y luego a su centro ruedan.
Con un asordante estruendo:
silba el huracán, espesa
lluvia el horizonte borra,
y lo confunde y lo mezcla.
La infelice Rosalía,
toda empapada, cubierta
con el pañolón mojado
que, o bien la ciñe y aprieta,
o, agitado por el viento,
le azota el rostro y flamea,
volando ya desparcidas
fuera de él las negras trenzas;
falta de aliento, de vida,
el alma rota y deshecha,
asida de los sillares
se aguanta inmóvil y yerta.
Aparición de otro mundo,
sílfida, a quien maga artera
cortó las ligeras alas,
la juzgaran si la vieran.
Tiende, espantados, los ojos
por el caos: nada encuentra
que socorro o que consuelo
en tal apuro le ofrezca.
Descubre que una gran ola,
que tronadora se acerca,
entre las blancas espumas
envuelve una cosa negra:
de ella no aparta los ojos,
ve que en la playa se estrella,
que al huir deja un sombrero
rodando sobre la arena.
Y una tabla. -Rosalía
salta de las ruinas fuera,
corre allá, mientras las olas
se retiran. No la aterra
otra mayor, que se avanza
más hinchada, más soberbia.
Ve en el madero lavado
los restos de sangre fresca...
Coge el sombrero... ¡infelice!
Lo reconoce... Las fuerzas
le faltan, cae, y al momento
precipítase sobre ella
una salobre montaña,
que la playa arriba entra,
y rápida retrocede,
no dejando nada en ella.
Cual si dar tan solo objeto
de la borrasca tremenda,
lecho nupcial en los mares
a dos infelices fuera;
a templar su furia ronca
los huracanes empiezan;
bajan las olas, la lluvia
se disminuye, y aun cesa.
Rómpese el cielo de plomo,
y por pedazos se muestra
el azul, que ardientes rayos
de claro sol atraviesan.
Ya se aclara el horizonte;
por el lado de la tierra
fórmanlo azules colinas,
que aún en parte ocultan nieblas.
Una línea verde, obscura,
movible, lo forma y cierra
del lado del mar, y asoma
la claridad detrás de ella.
Aunque silba duro el viento,
aunque es la resaca recia,
orna al mundo la esperanza
de prolongar su existencia.

En esto una triste madre
y un tierno hermanillo llegan,
buscando a su Rosalía,
a aquella playa funesta.
Llenos de lodo, empapados,
muertos de cansancio y pena,
tienden en redor los ojos,
y nada, ¡oh martirio!, encuentran.
Al retroceder las aguas,
unas femeniles huellas
de pie breve reconocen
estampadas en la arena...
«¡Rosalía!... ¡Rosalía!»
gritan y no oyen respuesta.
Van a la arruinada torre,
y hállanse sobre una piedra
un envoltorio deshecho
entre fango, espuma y tierra,
y un pañuelo rojo y jalde
que le sirve de cubierta.
 


Letrilla

 

Decidme, zagales,
¿qué fuerza tendrán
los ojos de Lesbia,
que así me hacen mal?
Desde que los vide
ni sé descansar;
perdí mi reposo,
no puedo parar.
Sin duda que fuego
oculto tendrán,
pues, cuando me miran,
me siento abrasar.
Mas no da este fuego
incomodidad,
sino solamente...
no lo sé explicar.
Decidme, zagales,
¿qué fuerza tendrán
los ojos de Lesbia,
que así me hacen mal?
 


El Faro de Malta

 

Envuelve al mundo extenso triste noche,
Ronco huracán y borrascosas nubes
Confunden, y tinieblas impalpables,
                    El cielo, el mar, la tierra:

Y tú invisible te alzas, en tu frente
Ostentando de fuego una corona,
Cual rey del caos, que refleja y arde
                    Con luz de paz y vida.

En vano ronco el mar alza sus montes
Y revienta a tus pies, do rebramante
Creciendo en blanca espuma, esconde y borra
                    El abrigo del puerto:

Tú, con lengua de fuego, aquí está dices,
Sin voz hablando al tímido piloto,
Que como a númen bienhechor te adora,
                    Y en ti los ojos clava.

Tiende apacible noche el manto rico,
Que el céfiro amoroso desenrolla,
Recamado de estrellas y luceros,
                    Por él rueda la luna;

Y entonces tú, de niebla vaporosa
Vestido, dejas ver en formas vagas
Tu cuerpo colosal, y tu diadema
                    Arde al par de los astros.

Duerme tranquilo el mar, pérfido esconde
Rocas aleves, áridos escollos:
Falso señuelo son, lejanas cumbres
                    Engañan a las naves.

Mas tú, cuyo esplendor todo lo ofusca,
Tú, cuya inmoble posición indica
El trono de un monarca, eres su norte,
                    Les adviertes su engaño.

Así de la razón arde la antorcha,
Én medio del furor de las pasiones
O de aleves halagos de fortuna,
                    A los ojos del alma.

Desque refugio de la airada suerte
En esta escasa tierra que presides,
Y grato albergue el cielo bondadoso
                    Me concedió propicio;

Ni una vez sólo a mis pesares busco
Dulce olvido del sueño entre los brazos
Sin saludarte, y sin tornar los ojos
                    A tu espléndida frente.

¡Cuántos, ay, desde el seno de los mares
Al par los tornarán!... tras larga ausencia
Unos, que vuelven a su patria amada,
                    A sus hijos y esposa.

Otros prófugos, pobres, perseguidos,
Que asilo buscan, cual busqué lejano,
Y a quienes que lo hallaron tu luz dice,
                    Hospitalaria estrella.

Arde, y sirve de norte a los bajeles,
Que de mi patria, aunque de tarde en tarde,
Me traen nuevas amargas, y renglones
                    Con lágrimas escritos.

Cuando la vez primera deslumbraste
Mis afligidos ojos, ¡cuál mi pecho,
Destrozado y hundido en amargura
                    Palpitó venturoso!

Del Lacio moribundo las riberas
Huyendo inhospitables, contrastado
Del viento y mar entre ásperos bajíos
                    Vi tu lumbre divina;

Viéronla como yo los marineros,
Y, olvidando los votos y plegarias
Que en las sordas tinieblas se perdían,
                   ¡ ¡Malta!! ¡ ¡Malta!!, gritaron;

Y fuiste a nuestros ojos la aureola
Que orna la frente de la santa imagen
En quien busca afanoso peregrino
                    La salud y el consuelo.

Jamás te olvidaré, jamás... Tan sólo
Trocara tu esplendor, sin olvidarlo,
Rey de la noche, y de tu excelsa cumbre
                    La benéfica llama,

Por la llama y los fúlgidos destellos
Que lanza, reflejando al sol naciente,
El arcángel dorado que corona
                    De Córdoba la torre.

 

Un castellano leal

Romance primero

 

«Hola, hidalgos y escuderos
De mi alcurnia y mi blasón,
Mirad como bien nacidos
De mi sangre y casa en pro.

»Esas puertas se defiendan;
Que no ha de entrar, vive Dios,
Por ellas, quien no estuviere
Más limpio que lo está el sol.

»No profane mi palacio
Un fementido traidor
Que contra su Rey combate
Y que a su patria vendió.

»Pues si él es de Reyes primo,
Primo de Reyes soy yo;
Y conde de Benavente
Si él es duque de Borbón.

»Llevándole de ventaja
Que nunca jamás manchó
La traición mi noble sangre,
Y haber nacido español.»

Así atronaba la calle
Una ya cascada voz,
Que de un palacio salía
Cuya puerta se cerró;

Ya a la que estaba a caballo
Sobre un negro pisador,
Siendo en su escudo las lises
Más bien que timbre baldón,

Y de pajes y escuderos
Llevando un tropel en pos
Cubiertos de ricas galas,
El gran duque de Borbón;

El que lidiando en Pavía,
Más que valiente, feroz,
Gozóse en ver prisionero
A su natural señor;

Y que a Toledo ha venido,
Ufano de su traición,
Para recibir mercedes
Y ver al Emperador.


Romance segundo

 

En una anchurosa cuadra
Del alcázar de Toledo,
Cuyas paredes adornan
Ricos tapices flamencos,

Al lado de una gran mesa,
Que cubre de terciopelo
Napolitano tapete
Con borlones de oro y flecos,

Ante un sillón de respaldo
Que entre bordado arabesco
Los timbres de España ostenta
Y el águila del imperio,

De pie estaba Carlos Quinto,
Que en España era primero,
Con gallardo y noble talle,
Con noble y tranquilo aspecto.

De brocado de oro y blanco
Viste tabardo tudesco,
De rubias martas orlado,
Y desabrochado y suelto,

Dejando ver un justillo
De raso jalde, cubierto
Con primorosos bordados
Y costosos sobrepuestos,

Y la excelsa y noble insignia
Del Toisón de oro, pendiendo
De una preciosa cadena
En la mitad de su pecho.

Un birrete de velludo
Con un blanco airón, sujeto
Por un joyel de diamantes
Y un antiguo camafeo,

Descubre por ambos lados,
Tanta majestad cubriendo,
Rubio, cual barba y bigote,
Bien atusado el cabello.

Apoyada en la cadera
La potente diestra ha puesto,
Que aprieta dos guantes de ámbar
Y un primoroso mosquero,

Y con la siniestra halaga
De un mastín muy corpulento,
Blanco y las orejas rubias,
El ancho y carnoso cuello.

Con el Condestable insigne,
Apaciguador del reino,
De los pasados disturbios
Acaso está discurriendo;

O del trato que dispone
Con el Rey de Francia preso,
O de asuntos de Alemania
Agitada por Latero;

Cuando un tropel de caballos
Oye venir a lo lejos
Y ante el alcázar pararse,
Quedando todo en silencio.

En la antecámara suena
Rumor impensado luego,
Ábrese al fin la mampara
Y entra el de Borbón soberbio,

Con el semblante de azufre
Y con los ojos de fuego,
Bramando de ira y de rabia
Que enfrena mal el respeto;

Y con balbuciente lengua,
Y con mal borrado cerio,
Acusa al de Benavente,
Un desagravio pidiendo.

Del español Condestable
Latió con orgullo el pecho,
Ufano de la entereza
De su esclarecido deudo.

Y aunque advertido procura
Disimular cual discreto,
A su noble rostro asoman
La aprobación y el contento.

El Emperador un punto
Quedó indeciso y suspenso,
Sin saber qué responderle
Al francés, de enojo ciego.

Y aunque en su interior se goza
Con el proceder violento
Del conde de Benavente,
De altas esperanzas lleno

Por tener tales vasallos,
De noble lealtad modelos,
Y con los que el ancho mundo
Será a sus glorias estrecho.

Mucho al de Borbón le debe
Y es fuerza satisfacerlo:
Le ofrece para calmarlo
Un desagravio completo.

Y, llamando a un gentilhombre,
Con el semblante severo
Manda que el de Benavente
Venga a su presencia presto.


Romance tercero

 

Sostenido por sus pajes
Desciende de su litera
El conde de Benavente
Del alcázar a la puerta.

Era un viejo respetable,
Cuerpo enjuto, cara seca,
Con dos ojos como chispas,
Cargados de largas cejas,

Y con semblante muy noble,
Mas de gravedad tan seria
Que veneración de lejos
Y miedo causa de cerca.

Era su traje unas calzas
De púrpura de Valencia,
Y de recamado ante
Un coleto a la leonesa:

De fino lienzo gallego
Los puños y la gorguera,
Unos y otra guarnecidos
Con randas barcelonesas;

Un birretón de velludo
Con un cintillo de perlas,
Y el gabán de paño verde
Con alamares de seda.

Tan sólo de Calatrava
La insignia española lleva;
Que el Toisón ha despreciado
Por ser orden extranjera.

Con paso tardo, aunque firme,
Sube por las escaleras,
Y al verle, las alabardas
Un golpe dan en la tierra.

Golpe de honor, y de aviso
De que en el alcázar entra
Un Grande, a quien se le debe
Todo honor y reverencia.

Al llegar a la antesala,
Los pajes que están en ella
Con respeto le saludan
Abriendo las anchas puertas.

Con grave paso entra el conde
Sin que otro aviso preceda,
Salones atravesando
Hasta la cámara regia.

Pensativo está el Monarca,
Discurriendo cómo pueda
Componer aquel disturbio
Sin hacer a nadie ofensa.

Mucho al de Borbón le debe ,
Aun mucho más de él espera,
Y al de Benavente mucho
Considerar le interesa.

Dilación no admite el caso,
No hay quien dar consejo pueda
Y Villalar y Pavía
A un tiempo se le recuerdan.

En el sillón asentado
Y el codo sobre la mesa,
Al personaje recibe,
Que comedido se acerca.

Grave el conde le saluda
Con una rodilla en tierra,
Mas como Grande del reino
Sin descubrir la cabeza.

El Emperador benigno
Que alce del suelo le ordena,
Y la plática difícil
Con sagacidad empieza.

Y entre severo y afable
Al cabo le manifiesta
Que es el que a Borbón aloje
Voluntad suya resuelta.

Con respeto muy profundo,
Pero con la voz entera,
Respóndele Benavente,
Destocando la cabeza:

«Soy, señor, vuestro vasallo,
Vos sois mi rey en la tierra,
A vos ordenar os cumple
De mi vida y de mi hacienda.

»Vuestro soy, vuestra mi casa,
De mí disponed y de ella,
Pero no toquéis mi honra
Y respetad mi conciencia.

»Mi casa Borbón ocupe
Puesto que es voluntad vuestra,
Contamine sus paredes,
Sus blasones envilezca;

»Que a mí me sobra en Toledo
Donde vivir, sin que tenga
Que rozarme con traidores,
Cuyo solo aliento infesta.

»Y en cuanto él deje mi casa,
Antes de tornar yo a ella,
Purificaré con fuego
Sus paredes y sus puertas.»

Dijo el conde, la real mano
Besó, cubrió su cabeza,
Y retiróse bajando
A do estaba su litera.

Y a casa de un su pariente
Mandó que lo condujeran,
Abandonando la suya
Con cuanto dentro se encierra.

Quedó absorto Carlos Quinto
De ver tan noble firmeza,
Estimando la de España
Más que la imperial diadema.


Romance cuarto

 

Muy pocos días el duque
Hizo mansión en Toledo,
Del noble conde ocupando
Los honrados aposentos.

Y la noche en que el palacio
Dejó vacío, partiendo,
Con su séquito y sus pajes,
Orgulloso y satisfecho,

Turbó la apacible luna
Un vapor blanco y espeso
Que de las altas techumbres
Se iba elevando y creciendo:

A poco rato tornóse
En humo confuso y denso
Que en nubarrones oscuros
Ofuscaba el claro cielo;

Después en ardientes chispas,
Y en un resplandor horrendo
Que iluminaba los valles
Dando en el Tajo reflejos,

Y al fin su furor mostrando
En embravecido incendio
Que devoraba altas torres
Y derrumbaba altos techos.

Resonaron las campanas,
Conmovióse todo el pueblo,
De Benavente el palacio
Presa de las llamas viendo.

El Emperador confuso
Corre a procurar remedio,
En atajar tanto daño
Mostrando tenaz empeño.

En vano todo: tragóse
Tantas riquezas el fuego,
A la lealtad castellana
Levantando un monumento.

Aun hoy unos viejos muros
Del humo y las llamas negros
Recuerdan acción tan grande
En la famosa Toledo.

 


LA VUELTA DESEADA
 

ROMANCE PRIMERO

 

Entre aquellos olivares
que Torreblanca domina,
Y ciñen de un lado y otro
El camino de Sevilla,

Por un atajo atraviesa,
Para llegar más de prisa,
Una carretela verde
Con una gran baca encima;

Toda cubierta de barro,
Tableros, muelles y viga,
De barro seco y reciente
Y de tierras muy distintas.

Cuatro andaluces caballos
Que en torno lodo salpican,
En humo y sudor envueltos,
De ella presurosos tiran;

Y del postillón las voces
Con que los nombra y anima,
Del látigo los chasquidos
Que los acosan y hostigan,

El son de los cascabeles,
Y el de las ruedas que giran
Rápidas, tras sí dejando
Dos huellas no interrumpidas,

Forman estruendo confuso,
Y que viene posta avisan
A los carros y arrieros,
Que hacia un lado se desvían.

Dentro de la carretela
Un hombre aun joven, camina,
Que revuelve a todos lados
La desencajada vista.

Es Vargas: alegre torna
De su patria a las delicias,
Después de vagar seis años
Emigrado en otros climas.

Antiguos amigos halla
En cuantos objetos mira,
y en árboles, tapias, lindes,
Dulces memorias antiguas:

Lo pasado y lo presente
Anudando va, y delira
Entre esperanzas risueñas
Y entre ya pasadas dichas.

        * * *

Trastornos, persecuciones,
Desventuras, injusticias,
En sus más floridos años
Lo arrancaron de Sevilla,

Abandonando riquezas,
Honores, nombre y familia,
Y dejándose allí el alma
En el pecho de Jacinta.

Jacinta, encanto y adorno
De toda la Andalucía;
Y por sus luengas pestañas,
Por su apacible sonrisa,

Por los graciosos hoyuelos
Que avaloran sus mejillas,
Por su cuerpo primoroso
Y por sus formas divinas,

Por su gracia y su talento
Y su modestia expresiva,
El hechizo de los hombres,
De las mujeres la envidia.

Diez y seis años contaba
Cuando Vargas ¡alta dicha!
Logró conmover su pecho
Y agitar su alma sencilla;

Al par que el amable joven
Ardió en la pasión más viva,
Al mirar a una doncella
Tan inocente y tan linda.

En sus puros corazones
Creció desde la hora misma,
Y el trato y correspondencia
Acrecentó en pocos días,

Un primer amor de aquellos
Que las estrella combinan,
Amor que de dos personas
El destino fija.

En los lazos de himeneo
A unirse dichosos iban,
Con el aplauso felice
De sus contentas familias,

Cuando se alzó tronadora
La borrasca embravecida,
Que ¡infelices! confundiólos
Del infortunio en la sima.

* * *

Seis años ¡oh cuan eternos!
Vargas por tierras distintas
Huyó infelice, luchando
Del Destino con las iras,

Sin encontrar de consuelo
Ni de esperanza mezquina,
Un solo sueño de noche,
Un solo rayo de día.

Las extranjeras beldades
Estatuas le parecían;
Las ciudades opulentas
Que el orbe orgulloso admira.

Desiertos… ¡Ay! pero puede
Feliz llamarse en sus cuitas,
Venturoso en su destierro,
Fortunado en sus desdichas.

Creció el amor con la ausencia
En el pecho de Jacinta,
Que la distancia y el tiempo
Al que es verdadero afirman.

De cuando en cuando se cruzan
Papeles que lo acreditan,
Cartas trazadas con llanto,
Cartas con el alma escritas.

 

ROMANCE SEGUNDO

 

Todo el mundo es mudable,
Ni el bien ni el mal son eternos:
La apacible primavera
Sigue al riguroso invierno.

A la obscura noche el día,
Y a la borrasca, que al cielo
Empañó con densas nubes
Y asustó con rudos truenos,

La calma serena y pura.
Así suelen a los tiempos
De desventuras y llantos,
Seguir de paz y consuelo.

Del Rhin en la orilla helada,
Abrumado de sí mesmo,
Vargas proscripto gemía,
Su fortuna maldiciendo,

Cuando noticias recibe
De que la patria le ha abierto
Lar, puertas... Júzgalo absorto
Ilusión de su deseo;

Mas Jacinta se lo escribe,
Y cuanto ella dice, es cierto.
Otra carta …de la madre
De Jacinta … que al momento,

Vuele a Sevilla, le ruega,
En donde dará Himeneo,
El día de su llegada,
A tan constante amor premio.

* * *

No la paloma, que presa
Llora en doloroso encierro,
Si acaso un resquicio mira,
Tiende apresurado el vuelo

Hacia el palomar y nido,
En donde vió el sol primero;
Ni el torrente, a quien contuvo
El malecón interpuesto,

En cuanto lo encuentra roto,
Se arroja a su antiguo lecho,
Y por él se precipita
Hacia la mar, que es su centro,

Tan veloces como Vargas;
Corre, sin tomar resuello,
A Sevilla: los instantes,
Son Para él siglos eternos.

Montes, llanuras, ciudades,
Ríos, Estados diversos
Atrás deja, y los caballos
De tardos acusa y lentos.

Ya salva las altas cumbres
Del nevado Pirineo,
Y entra en España; ya escucha
La lengua de sus abuelos

¿Qué importa? Ni un solo instante
Retarda su raudo vuelo.
Halla a cada paso amigos,
Halla intereses y deudos:

No se para, corre, corre,
Que tiene en Sevilla puesto
Su afán, y hasta que descubra
La Giralda no hay sosiego.

* * *

Apenas ha quince días,
Que en las márgenes del Reno
De su Jacinta la carta
Leyó, juzgándolo sueño;

Y los caños de Carmona
Ve a su siniestra creciendo,
Y a¡ frente la antigua puerta,
Para él la puerta del cielo.

Cualquiera mujer que mira
En mantilla y de paseo,
Que es Jacinta que le espera,
Juzga, y le palpita el pecho.

Al llegar se desengaña
Y en otra que ve más lejos
Jacinta fuera de casa
Está, sí, sale a su encuentro.

Era en punto mediodía:
Entra por fin, Y Molestos
Los guardas el carruaje
Detienen corto momento.

Los maldice y les da oro,
Por que le detengan menos:
"Corre", al potillón le grita,
Y torna a marchar de nuevo.

Por las retorcidas calles
Echa pestes y reniegos
A cada lenta carreta.
A cada corro interpuesto,

Que a templar el paso obliga
De los caballos ligeros,
Y anheloso a verse llega
De la ciudad en el centro.

Oye de fúnebres cantos
El triste son desde lejos,
Se aproxima, y por la calle
Que va a tomar, un entierro

Pasa. Con hachas de cera,
Pobres, vestidos de negro,
Van de dos en dos; los siguen
Las cofradías; a lento

Paso un féretro se acerca,
De un blanco paño cubierto,
Con una palma, y corona
De blancas flores... ¡Agüero

Terrible! que es de doncella
Principal y de respeto
El funeral le parece
Hierve taciturno el pueblo

En derredor. Manda Vargas,
Turbado con tal encuentro,
Que tome por otra calle,
Al postillón. Revolviendo

Este los caballos, torna
Por un callejón estrecho,
Y a la calle ansiada llega
Después de corto rodeo.

Mucha gente en los balcones
Está, mostrando en sus gestos
Sorpresa de que en tal día
Llegue a la casa un viajero.

Párase la carretela;
La puerta está abierta, yermos
El ancho portal y el patio;
Reina en la casa el silencio.

De un salto Vargas se apea,
Corre a la escalera presto,
De ella por un lado y otro
De cera advierte un reguero

Reciente. Veloz la sube,
Abre la mampara...¡Cielos!
Colgada está la antesala
Enreedor Con paños negros

Enlutada una gran mesa
Mira colocada en medio,
Y en sus cuatro ángulos arden,
Sobre cuatro candeleros

De plata, cándidas velas
Consumidas casi: el suelo
Cubren deshojadas flores,
Siemprevivas y romero.

¡Dios!... ¡Pobre Vargas! Absorto,
Sin voz, sin alma, y en hielo
Convertido, ni respira.
Ojos cual los de un espectro

Gira en derredor; se ahoga
Sin respiración su pecho.
Volviendo en sí un corto instante,
Oye llorar allá dentro;

Cuando se abre lentamente
Una puerta, que al momento
Se cierra, y un sacerdote
Que por ella sale, lleno

De lágrimas el semblante
(De dar en vano consuelo
Viene a una madre infelice),
Queda inmoble a Vargas viendo.

Vargas lo mira, y no alienta;
Mas tras de breve silencio
Rompe al cabo, y le pregunta
Con un angustiado esfuerzo,

«¿Dónde está?»... Quedóse helada
Su lengua. Fáltale aliento
Al turbado sacerdote,
Y con agitado aspecto

Alza el rostro, y levantando
La diestra, señala al cielo.
Vargas le comprende; arroja
Un alarido de infierno;

Huye veloz, la escalera
Baja delirante, ciego,
Nada ve, corre cual loco
Por las calles, y muy presto

Desaparece. En Sevilla
La noticia cunde luego
De su llegada: le buscan
Sus amigos y sus deudos.

Todo, todo en vano: algunos
Dan señas de que le vieron
Junto a la Torre del Oro,
Cuando el sol ya estaba puesto.

* * *

En un remanso, que forma
El Guadalquivir, no lejos
De Gelves, a las dos noches
Unos pescadores vieron,

A la luz de escasa luna,
De un joven ahogado el cuerpo,
Vestido aun. Procuraron,
Compasivos, recogerlo;

Pero al llegar con la barca,
Y al agitar con los remos
El agua, veloz corriente
Llevó el cadáver. Suspensos

Siguiéronlo un corto rato
Con los ojos, y muy presto
Fué leve punto en las aguas,
Y de vista lo perdieron.