José Zorrilla (1817-1893)

Leyendas


A buen juez, mejor testigo

Tradición de Toledo

I

Entre pardos nubarrones
Pasando la blanca luna,
Con resplandor fugitivo,
La baja tierra no alumbra.
La brisa con frescas alas
Juguetona no murmura,
Y las veletas no giran
Entre la cruz y la cúpula.
Tal vez un pálido rayo
La opaca atmósfera cruza,
Y unas en otras las sombras
Confundidas se dibujan.
Las almenas de las torres
Un momento se columbran,
Como lanzas de soldados
Apostados en la altura.
Reverberan los cristales
La trémula llama turbia,
Y un instante entre las rocas
Rïela la fuente oculta.
Los álamos de la vega
Parecen en la espesura
De fantasmas apiñados
Medrosa y gigante turba;
Y alguna vez desprendida
Gotea pesada lluvia,
Que no despierta a quien duerme,
Ni a quien medita importuna.
Yace Toledo en el sueño
Entre las sombras confusas
Y el Tajo a sus pies pasando
Con pardas ondas lo arrulla.
El monótono murmullo
Sonar perdido se escucha,
Cual si por las hondas calles
Hirviera del mar la espuma.
¡Qué dulce es dormir en calma
Cuando a lo lejos susurran
Los álamos que se mecen,
Las aguas que se derrumban!
Se sueñan bellos fantasmas
Que el sueño del triste endulzan,
Y en tanto que sueña el triste,
No le aqueja su amargura.

Tan en calma y tan sombría
Como la noche que enluta
La esquina en que desemboca
Una callejuela oculta,
Se ve de un hombre que aguarda
La vigilante figura,
Y tan a la sombra vela
Que entre las sombras se ofusca.
Frente por frente a sus ojos
Un balcón a poca altura
Deja escapar por los vidrios
La luz que dentro le alumbra;
Mas ni en el claro aposento,
Ni en la callejuela oscura
El silencio de la noche
Rumor sospechoso turba.
Pasó así tan largo tiempo,
Que pudiera haberse duda
De si es hombre, o solamente
Mentida ilusión nocturna;
Pero es hombre, y bien se ve,
Porque con planta segura
Ganando el centro a la calle
Resuelto y audaz pregunta:
—¿Quién va?— y a corta distancia
El igual compás se escucha
De un caballo que sacude
Las sonoras herraduras.
—¿Quién va?— repite y cercana
Otra voz menos robusta
Responde: —Un hidalgo ¡calle!—
Y el paso el bulto apresura.
—Téngase el hidalgo— el hombre
Replica, y la espada empuña.
—Ved más bien si me haréis calle—
Repitieron con mesura
—Que hasta hoy a nadie se tuvo
Iván de Vargas y Acuña.
—Pase el Acuña y perdone—
Dijo el mozo en faz de fuga,
Pues teniéndose el embozo
Sopla un silbato, y se oculta.
Paró el jinete a una puerta,
Y con precaución difusa
Salió una niña al balcón
Que llama interior alumbra.
—Mi padre!— clamó en voz baja
Y el viejo en la cerradura
Metió la llave pidiendo
A sus gentes que le acudan.
Un negro por ambas bridas
Tomó la cabalgadura,
Cerróse detrás la puerta
Y quedó la calle muda.
En esto desde el balcón,
Como quien tal acostumbra,
Un mancebo por las rejas
De la calle se asegura.
Asió el brazo al que apostado
Hizo cara a Iván de Acuña,
Y huyeron, en el embozo
Velando la catadura.
II

Clara, apacible y serena
Pasa la siguiente tarde,
Y el sol tocando su ocaso
Apaga su luz gigante:
Se ve la imperial Toledo
Dorada por los remates,
Como una ciudad de gana
Coronada de cristales.
El Tajo por entre rocas
Sus anchos cimientos lame,
Dibujando en las arenas
Las ondas con que las bate.
Y la ciudad se retrata
En las ondas desiguales,
Como en prendas de que el río
Tan afanoso la bañe.
A lo lejos en la vega
Tiende galan por sus márgenes,
De sus álamos y huertos
El pintoresco ropaje,
Y porque su altiva gala
Mas a los ojos halague,
La salpica con escombros
De castillos y de alcázares.
Un recuerdo es cada piedra
Que toda una historia vale,
Cada colina un secreto
De príncipes o galanes.
Aquí se bañó la hermosa
Por quien dejó un rey culpable
Amor, fama, reino y vida
En manos de musulmanes.
Allí recibió Galiana
A su receloso amante
En esa cuesta que entonces
Era un plantel de azahares.
Allá por aquella torre,
Que hicieron puerta los árabes,
Subió el Cid sobre Babieca
Con su gente y su estandarte.
Más lejos se ve el castillo
De San Servando, o Cervantes,
Donde nada se hizo nunca
Y nada al presente se hace.
A este lado está la almena
Por do sacó vigilante
El conde Don Peranzules
Al rey, que supo una tarde
Fingir tan tenaz modorra,
Que, político y constante,
Tuvo siempre el brazo quedo
Las palmas al horadarle.
Allí está el circo romano,
Gran cifra de un pueblo grande,
Y aquí la antigua Basílica
De bizantinos pilares,
Que oyó en el primer concilio
Las palabras de los Padres
Que velaron por la Iglesia
Perseguida o vacilante.
La sombra en este momento
Tiende sus turbios cendales
Por todas esas memorias
De las pasadas edades,
Y del Cambrón y Visagra
Los caminos desiguales,
Camino a los toledanos
Hacia las murallas abren.
Los labradores se acercan
Al fuego de sus hogares.
Cargados con sus aperos,
Cansados de sus afanes.
Los ricos y sedentarios
Se tornan con paso grave,
Calado el ancho sombrero,
Abrochados los gabanes:
Y los clérigos y monjes
Y los prelados y abades
Sacudiendo el leve polvo
De capelos y sayales.

Quédase sólo un mancebo
De impetuosos ademánes,
Que se pasea ocultando
Entre la capa el semblante.
Los que pasan le contemplan
Con decisión de evitarle,
Y él contempla a los que pasan
Como si a alguien aguardase.
Los tímidos aceleran
Los pasos al divisarle,
Cual temiendo de seguro
Que les proponga un combate;
Y los valientes le miran
Cual si sintieran dejarle
Sin que libres sus estoques
En riña sonora dancen.
Una mujer también sola
Se viene el llano adelante,
La luz del rostro escondida
En tocas y tafetanes.
Mas en lo leve del paso,
Y en lo flexible del talle,
Puede a través de los velos
Una hermosa adivinarse.
Vase derecha al que aguarda,
Y él al encuentro le sale
Diciendo... cuanto se dicen
En las citas los amantes.
Mas ella, galanterías
Dejando severa aparte,
Así al mancebo interrumpe
En voz decisiva y grave:

—Abreviemos de razones,
Diego Martínez; mi padre,
Que un hombre ha entrado en su ausencia
Dentro mi aposento sabe:
Y aquí quien mancha mi honra
Con la suya me la lave;
O dadme mano de esposo,
O libre de vos dejadme.—
Miróla Diego Martínez
Atentamente un instante,
Y echando a un lado el embozo,
Repuso palabras tales:
—Dentro de un mes, Inés mía,
Parto a la guerra de Flandes;
Al ario estaré de vuelta
Y contigo en los altares.
Honra que yo te desluzca,
Con honra mía se lave;
Que por honra vuelven honra
Hidalgos que en honra nacen.
—Júralo— exclamó la niña.
—Más que mi palabra vale
No te valdrá un juramento.
—Diego, la palabra es aire.
—¡Vive Dios que estás tenaz!
Dalo por jurado y baste.
—No me basta; que olvidar
Puedes la palabra en Flandes.
—¡Voto a Dios! ¿qué más pretendes?
—Que a los pies de aquella imagen
Lo jures como cristiano
Del santo Cristo delante.—

Vaciló un punto Martínez,
Mas porfiando que jurase,
Llevóle Inés hacia el templo
Que en medio la vega yace.
Enclavado en un madero,
En duro y postrero trance,
Ceñida la sien de espinas,
Descolorido el semblante,
Veíase allí un crucifijo
Teñido de negra sangre,
A quien Toledo devota
Acude hoy en sus azares.
Ante sus plantas divinas
Llegaron ambos amantes,
Y haciendo Inés que Martínez
Los sagrados pies tocase,
Preguntóle:
                    —Diego, ¿juras
A tu vuelta desposarme?—
Contestó el mozo:
                    —¡Sí juro!—
Y ambos del templo se salen.
III

Pasó un día y otro día,
Un mes y otro mes pasó,
Y un ario pasado había,
Mas de Flandes no volvía
Diego, que a Flandes partió.

Lloraba la bella Inés
Su vuelta aguardando en vano,
Oraba un mes y otro mes
Del crucifijo a los pies
Do puso el galán su mano.

Todas las tardes venía
Después de traspuesto el sol,
Y a Dios llorando pedía
La vuelta del español,
Y el español no volvía.

Y siempre al anochecer,
Sin dueña y sin escudero,
En un manto una mujer
El campo salía a ver
Al alto del Miradero.

¡Ay del triste que consume
Su existencia en esperar!
¡Ay del triste que presume
Que el duelo con que él se abrume
Al ausente ha de pesar!

La esperanza es de los cielos
Precioso y funesto don,
Pues los amantes desvelos
Cambian la esperanza en celos,
Que abrasan el corazón.

Si es cierto lo que se espera,
Es un consuelo en verdad;
Pero siendo una quimera,
En tan frágil realidad
Quien espera desespera.

Así Inés desesperaba
Sin acabar de esperar,
Y su tez se marchitaba,
Y su llanto se secaba
Para volver a brotar.

En vano a su confesor
Pidió remedio o consejo
Para aliviar su dolor;
Que mal se cura el amor
Con las palabras de un viejo.

En vano a Iván acudía,
Llorosa y desconsolada;
El padre no respondía;
Que la lengua le tenía
Su propia deshonra atada.

Y ambos maldicen su estrella,
Callando el padre severo
Y suspirando la bella,
Porque nació mujer ella,
Y el viejo nació altanero.

Dos arios al fin pasaron
En esperar y gemir,
Y las guerras acabaron,
Y los de Flandes tornaron
A sus tierras a vivir.

Pasó un día y otro día,
Un mes y otro mes pasó,
Y el tercer ario corría;
Diego a Flandes se partió,
Mas de Flandes no volvía.

Era una tarde serena,
Doraba el sol de occidente
Del Tajo la vega amena,
Y apoyada en una almena
Miraba Inés la corriente.

Iban las tranquilas olas
Las riberas azotando
Bajo las murallas solas,
Musgo, espigas y amapolas L
igeramente doblando.

Algún olmo que escondido
Creció entre la yerba blanda,
Sobre las aguas tendido
Se reflejaba perdido
En su cristalina banda.

Y algún ruiseñor colgado
Entre su fresca espesura
Daba al aire embalsamado
Su cántico regalado
Desde la enramada oscura.

Y algún pez con cien colores,
Tornasolada la escama,
Saltaba a besar las flores,
Que exhalan gratos olores
A las puntas de una rama.

Y allá en el trémulo fondo
El torreón se dibuja
Como el contorno redondo
Del hueco sombrío y hondo
Que habita nocturna bruja.

Así la niña lloraba
El rigor de su fortuna,
Y así la tarde pasaba
Y al horizonte trepaba
La consoladora luna.

A lo lejos por el llano
En confuso remolino
Vio de hombres tropel lejano
Que en pardo polvo liviano
Dejan envuelto el camino.

Bajó Inés del torreón,
Y llegando recelosa
A las puertas del Cambrón,
Sintió latir zozobrosa
Más inquieto el corazón.

Tan galán como altanero
Dejó ver la escasa luz
Por bajo el arco primero
Un hidalgo caballero
En un caballo andaluz.

Jubón negro acuchillado,
Banda azul, lazo en la hombrera,
Y sin pluma al diestro lado
El sombrero derribado
Tocando con la gorguera.

Bombacho gris guarnecido,
Bota de ante, espuela de oro,
Hierro al cinto suspendido,
Y a una cadena prendido
Agudo cuchillo moro.

Vienen tras este jinete
Sobre potros jerezanos
De lanceros hasta siete,
Y en adarga y coselete
Diez peones castellanos.

Asióse a su estribo Inés
Gritando: —¡Diego, eres tú!—
Y él viéndola de través
Dijo: —¡Voto a Belcebú,
Que no me acuerdo quién es!—

Dio la triste un alarido
Tal respuesta al escuchar,
Y a poco perdió el sentido,
Sin que más voz ni gemido
Volviera en tierra a exhalar.

Frunciendo ambas a dos cejas
Encomendóla a su gente,
Diciendo: —Malditas viejas
Que a las mozas malamente
Enloquecen con consejas!—

Y aplicando el capitán
A su potro las espuelas
El rostro a Toledo dan,
Y a trote cruzando van
Las oscuras callejuelas.
IV

Así por sus altos fines
Dispone y permite el cielo
Que puedan mudar al hombre
Fortuna, poder y tiempo.
A Flandes partió Martínez
De soldado aventurero,
Y por su suerte y hazañas
Allí capitán le hicieron.
Según alzaba en honores
Alzábase en pensamientos,
Y tanto ayudó en la guerra
Con su valor y altos hechos,
Que el mismo rey a su vuelta
Le armó en Madrid caballero,
Tomándole a su servicio
Por capitán de Lanceros.
Y otro no fue que Martínez
Quien ha poco entró en Toledo,
Tan orgulloso y ufano
Cual salió humilde y pequeño.
Ni es otro a quien se dirige,
Cobrado el conocimiento,
La amorosa Inés de Vargas,
Que vive por él muriendo.
Mas él, que olvidando todo
Olvidó su nombre mesmo,
Puesto que Diego Martínez
Es el capitán Don Diego,
Ni se ablanda a sus caricias,
Ni cura de sus lamentos;
Diciendo que son locuras
De gentes de poco seso;
Que ni él prometió casarse
Ni pensó jamás en ello.
¡Tanto mudan a los hombres
Fortuna, poder y tiempo!
En vano porfiaba Inés
Con amenazas y ruegos;
Cuanto más ella importuna
Está Martínez severo.
Abrazada a sus rodillas,
Enmarañado el cabello,
La hermosa niña lloraba
Prosternada por el suelo.
Mas todo empeño es inútil,
Porque el capitán Don Diego
No ha de ser Diego Martínez
Como lo era en otro tiempo.
Y así llamando a su gente,
De amor y piedad ajeno,
Mandóles que a Inés llevaran
De grado o de valimiento.
Mas ella antes que la asieran,
Cesando un punto en su duelo,
Así habló, el rostro lloroso
Hacia Martínez volviendo:
—Contigo se fue mi honra,
Conmigo tu juramento;
Pues buenas prendas son ambas,
En buen fiel las pesaremos.—
Y la faz descolorida
En la mantilla envolviendo
A pasos desatentados
Salióse del aposento.
V

Era entonces de Toledo
Por el rey gobernador
El justiciero y valiente
Don Pedro Ruiz de Alarcón.
Muchos años por su patria
El buen viejo peleó;
Cercenado tiene un brazo,
Mas entero el corazón.
La mesa tiene delante,
Los jueces en derredor,
Los corchetes a la puerta
Y en la derecha el bastón.
Está, como presidente
Del tribunal superior,
Entre un dosel y una alfombra
Reclinado en un sillón
Escuchando con paciencia
La casi asmática voz
Con que un tétrico escribano
Solfea una apelación.
Los asistentes bostezan
Al murmullo arrullador,
Los jueces medio dormidos
Hacen pliegues al ropón,
Los escribanos repasan
Sus pergaminos al sol,
Los corchetes a una moza
Guiñan en un corredor,
Y abajo en Zocodover
Gritan en discorde son
Los que en el mercado venden
Lo vendido y el valor.

Una mujer en tal punto,
En faz de grande aflicción,
Rojos de llorar los ojos,
Ronca de gemir la voz,
Suelto el cabello y el manto,
Tomó plaza en el salón
Diciendo a gritos:
—Justicia, Jueces, justicia, señor!—
Y a los pies se arroja humilde
De don Pedro de Alarcón,
En tanto que los curiosos
Se agitan al rededor.
Alzóla cortés Don Pedro
Calmando la confusión
Y el tumultuoso murmullo
Que esta escena ocasionó,
Diciendo:
                    —Mujer, ¿qué quieres?
—Quiero justicia, señor.
—¿De qué?
                    —De una prenda hurtada
—¿Qué prenda?
                    —Mi corazón.
—¿Tú le diste?
                    —Le presté.
—¿Y no te le han vuelto?
                    —No.
—¿Tienes testigos?
                    —Ninguno.
—¿Y promesa?
                    —¡Sí, por Dios!
Que al partirse de Toledo
Un juramento empeñó.
—¿Quién es él?
                    —Diego Martínez.
—¿Noble?
                    —Y capitán, señor.
—Presentadme al capitán,
Que cumplirá si juró.—

Quedó en silencio la sala,
Y a poco en el corredor
Se oyó de botas y espuelas
El acompasado son.
Un portero, levantando
El tapiz, en alta voz
Dijo: —El capitán Don Diego.—
Y entró luego en el salón
Diego Martínez, los ojos
Llenos de orgullo y furor.
—¿Sois el capitán Don Diego—
Díjole Don Pedro— vos?—
Contestó altivo y sereno
Diego Martínez:
                    —Yo soy.
—¿Conocéis a esta muchacha?
—Ha tres arios, salvo error.
—¿Hicísteisla juramento
De ser su marido?
                    —No.
—¿Juráis no haberlo jurado?
—Sí juro.
                    —Pues id con Dios.
—¡Miente!—clamó Inés llorando
De despecho y de rubor.
—Mujer, ¡piensa lo que dices! . . .
Digo que miente, juró.
—¿Tienes testigos?
                    —Ninguno.
—Capitán, idos con Dios,
Y dispensad que acusado
Dudara de vuestro honor.—

Tornó Martínez la espalda
Con brusca satisfacción,
E Inés, que le vio partirse,
Resuelta y firme gritó:
—Llamadle, tengo un testigo.
Llamadle otra vez, señor.—
Volvió el capitán Don Diego,
Sentóse Ruiz de Alarcón,
La multitud aquietóse
Y la de Vargas siguió:
—Tengo un testigo a quien nunca
Faltó verdad ni razón.
—¿Quién?
                    —Un hombre que de lejos
Nuestras palabras oyó,
Mirándonos desde arriba.
—¿Estaba en algún balcón?
—No, que estaba en un suplicio
Donde ha tiempo que expiró.
—¿Luego es muerto?
                    —No, que vive.
—Estáis loca, ¡vive Dios!
¿Quién fué?
                    —El Cristo de la Vega
A cuya faz perjuró.—

Pusiéronse en pie los jueces
Al nombre del Redentor,
Escuchando con asombro
Tan excelsa apelación.
Reinó un profundo silencio
De sorpresa y de pavor,
Y Diego bajó los ojos
De vergüenza y confusión.
Un instante con los jueces
Don Pedro en secreto habló,
Y levantóse diciendo
Con respetüosa voz:

—La ley es ley para todos,
Tu testigo es el mejor,
Mas para tales testigos
No hay más tribunal que Dios.
Haremos... lo que sepamos;
Escribano, al caer el sol
Al Cristo que está en la Vega
Tomaréis declaración.—
VI

Es una tarde serena,
Cuya luz tornasolada
Del purpurino horizonte
Blandamente se derrama.
Plácido aroma las flores
Sus hojas plegando exhalan,
Y el céfiro entre perfumes
Mece las trémulas alas.
Brillan abajo en el valle
Con suave rumor las aguas,
Y las aves en la orilla
Despidiendo al día cantan.

Allá por el Miradero
Por el Cambrón y Visagra
Confuso tropel de gente
Del Tajo a la Vega baja.
Vienen delante Don Pedro
De Alarcón, Iván de Vargas,
Su hija Inés, los escribanos,
Los corchetes y los guardias;
Y detrás monjes, hidalgos,
Mozas, chicos y canalla.
Otra turba de curiosos
En la Vega les aguarda,
Cada cual comentariando
El caso según le cuadra.
Entre ellos está Martínez
En apostura bizarra,
Calzadas espuelas de oro,
Valona de encaje blanca,
Bigote a la borgoñesa,
Melena desmelenada,
El sombrero guarnecido
Con cuatro lazos de plata,
Un pie delante del otro,
Y el puño en el de la espada.
Los plebeyos de reojo
Le miran de entre las capas,
Los chicos al uniforme
Y las mozas a la cara.
Llegado el gobernador
Y gente que le acompaña,
Entraron todos al claustro
Que iglesia y patio separa.
Encendieron ante el Cristo
Cuatro cirios y una lámpara,
Y de hinojos un momento
Le rezaron en voz baja.

Está el Cristo de la Vega
La cruz en tierra posada,
Los pies alzados del suelo
Poco menos de una vara;
Hacia la severa imagen
Un notario se adelanta,
De modo que con el rostro
Al pecho santo llegaba.
A un lado tiene a Martínez,
A otro lado a Inés de Vargas,
Detrás al gobernador
Con sus jueces y sus guardias.
Después de leer dos veces
La acusación entablada,
El notario a Jesucristo
Así demandó en voz alta:
—Jesús, Hijo de María,
Ante nos esta mañana
Citado como testigo
Por boca de Inés de Vargas,
Juráis ser cierto que un día
A vuestras divinas plantas
Juró a Inés Diego Martínez
Por su mujer desposarla?—

Asida a un brazo desnudo
Una mano atarazada
Vino a posar en los autos
La seca y hendida palma,
Y allá en los aires «¡Sí, Juro!»
Clamó una voz más que humana.
Alzó la turba medrosa
La vista a la imagen santa . . .
Los labios tenía abiertos.
Y una mano desclavada.
Conclusión

Las vanidades del mundo
Renunció allí mismo Inés,
Y espantado de sí propio
Diego Martínez también.
Los escribanos temblando
Dieron de esta escena fe,
Firmando como testigos
Cuantos hubieron poder.
Fundóse un aniversario
Y una capilla con él,
Y Don Pedro de Alarcón
El altar ordenó hacer,
Donde hasta el tiempo que corre,
Y en cada año una vez,
Con la mano desclavada
El crucifijo se ve.


 

[La historia: En Toledo, una ciudad de España, vivía el noble don Iban De Vargas en compañía de su hermosa hija Isabel. El padre sorprende al joven Diego Martínez en el aposento de su hija. El ofendido don iban exige a diego que se case inmediatamente o que deje libre a su hija para que profese esta. Don Diego arguye que dentro de un mes partirá a Flandes, a la guerra, y que estará de vuelta al cabo de un año. Prometió a Inés casarse a su retorno.

Desconfiando ella le exige un juramento ante el Cristo de la Vega, al que los Toledanos le tienen gran devoción. Pasaron los días, los meses y pasaron tres años: Don Diego no retornaba, mientras tanto, tras de haber consumado inauditas hazañas de guerra, ascendió a capitán Don Diego. Y de vuelta a España, el Rey lo armó caballero. Don Iban e Inés, que maldicen su estrella, suplican a don diego que cumpla con su juramento. Pero el envanecido capitán niega haber prestado juramento alguno. Inés acude a la justicia.

Por entonces, el gobernador era Pedro Ruiz de Alarcón, hombre justiciero y valiente. “Cercenado tiene el brazo, mas entero el corazón”. El capitán Don Diego juro no haber prometido casarse con Inés. Esta entonces dice que testigo del juramento fue el cristo de la vega. La numerosa comitiva se dirigió al claustro. Ante el Cristo encendieron cuatro cirios y una lámpara.

Todos rezaron quedamente. Un notario, con el capitán a lado, al otro Inés, hizo la pregunta de ley al Cristo De La Vega: “¿juráis ser cierto que un día a vuestras divinas plantas juro a Inés, Don Diego Martínez por su mujer desposarla?”. Una mano vino a posar en los autos, en tanto que a los aires se escucho un “si juro”, con voz mas que humana. Con asombro vio la “turba medrosa” que la imagen tenía abiertos los labios y una mano desclavada. Inés hízose monja y Diego fraile.]

 


El caballero de la buena memoria
Leyenda tradicional


INTRODUCCIÓN
Perdidas de Villalar
en la sangrienta jornada,
de los bravos comuneros
las últimas esperanzas,
sus gavillas por doquiera
rendidas o derrotadas,
el arzobispo Merino
a Toledo gobernaba.
Doña María Padilla
aun con briosa arrogancia,
digna de mejor fortuna
y de más dichosa causa,
a pesar el Arzobispo
y las tropas castellanas,
teníase con sus gentes
defendida en el alcázar,
pues en someterse al Rey
Toledo la más rehacia
ciudad siendo, a ella acudieron
de todas partes de España
cuantos comuneros fieles
a su partido quedaban.
Avivaban en secreto
con astucia y con audacia
la fe de doña María,
y gentes la reclutaban,
noticias proporcionándola,
con dineros y con armas,
los que en la ciudad vivían
y en su fortuna esperaban.
Distinguíase entre todos
doña Elvira de Montadas,
fanatizada al extremo
por políticas patrañas.
De la mujer de Padilla
del valor enamorada,
otra heroína como ella
llegar a ser anhelaba.
Hermosa y rica, de amantes
y galanes rodeada,
mucho la Elvira podía,
mucho la Elvira lograba.
Después que muchos prosélitos
logró inducir por sus gracias,
a un mozo rico y gallardo
con doble intento escuchaba.
Era don Juan de Zamora
mancebo de noble casa,
hijo de una noble viuda
que en el mancebo adoraba.
Seguido había éste siempre
del Emperador la causa,.
y contra los comuneros
combatido en cien batallas;
mas ciego de amor por ella,
y poco ducho en las cábalas
de cortesanos amaños,
en ganarle no dudaba.
Tan sencilla en otro tiempo
como hermosa y como ingrata
esta engañosa sirena,
esta fanática dama,
a don Pedro de Guzmán
tenía muy empeñada,
con mil promesas de amor,
de casamiento palabra.
Mas de ilustrísimo tronco
el de Guzmán siendo rama,
al rey don Carlos primero
asistía en Alemania,
al servicio de un magnate
que iba en boga en la privanza
del bizarro Emperador,
que con su amistad le honraba.
Así las cosas del mundo
se trastornan y se cambian,
y así mudan a las gentes
el tiempo y las circunstancias.
Don Pedro, en la imperial corte
del bullicio se cansaba,
y se doblaba su amor
con el tiempo y la distancia,
y la distancia y el tiempo
el de su Elvira menguaba,
y el diablo de la política,
de su alma se apoderaba.
A su patria y a su amor,
Guzmán con volver soñaba,
y ella soñaba quimeras
de libertad y de patria.
Él, por volver a Toledo
y a los pies de su adorada,
honor, ambición y dicha
desatinado olvidaba.
Ella, por dar con sus hechos
a su nombre eterna fama,
pensaba con necio orgullo
en quiméricas hazañas.
Recordaba su hermosura
él, en ausencia adorándola,
y ella olvidaba su amor
por quien no se lo estimaba.
Servíase la Padilla
y la gente a ella allegada,
de su influencia en el pueblo,
de sus amaños y cábalas;
y creía ser Elvira
el faro de su esperanza,
la fe de sus corazones,
la alcaldesa de su alcázar.
Creía que a una voz suya,
en la ocasión arriesgada
como por doña María
por ella se levantaran;
que todos los comuneros,
en el peligro mirándola,
la regla soberanía
dividirían entrambas.
Y en estos sueños de gloria
la doña Elvira embriagada,
perdía cuanto tenía
y las leyes provocaba.
Así ¡son todos los necios,
a cuanto ignoran se lanzan,
lo que les importa olvidan
y sólo el desprecio ganan.
Y mientra en la rebelión
ella a don Juan empeñaba,
enamorado don Pedro
se volvía para España.
En oculto gabinete
de la habitación de Elvira,
a deshora de la noche
con ella don Juan platica,
y aunque él no entiende palabra
de su enredada política,
porque la adora fanático,
a cuanto exige se obliga.
DOÑA ELVIRA ¿Lo entendéis, don Juan?
DON JUAN Sí a fe.
DOÑA ELVIRA Lo entendiera un escolar.
De todo se os ha de dar
el cuándo, el cómo y por qué.
DON JUAN Yo, Elvira, soy un soldado,
que entre soldados metido,
nunca otra cosa he sabido
que combatir como honrado.
Desde muy niño os amé,
y como os juzgué perdida,
en poner fin a mi vida
como soldado, pensé.
Hoy otra vez me llamáis
en secreto a vuestro lado,
y siento no haber cambiado
de ser, como vos cambiáis.
¿Qué queréis? Si no sé más
que amaros y combatir,
así me habéis de admitir,
o habéis de volver atrás.
DOÑA ELVIRA Así os quiero; que a fe mía,
que cortesanos amores
son sólo amaños traidores
para vencer algún día.
Yo os quiero, don Juan, así,
porque me basta un galán
a quien servir con afán
y de algo me sirva a mí.
DON JUAN Cuánto lo hayáis meditado,
cuánto la suerte os ayuda,
está bien claro sin duda;
pero ¿á qué me habéis llamado?
DONA ELVIRA Bien se conoce ¡por Dios!
que sois un soldado bueno;
el plan es, don Juan, ajeno,
lo que os manden haréis vos.
DON JUAN Y ¿queréis que yo consienta
que a la primera demanda.....
DOÑA ELVIRA Cuando Elvira es quien os manda,
obecerla os va en cuenta.
Pues ella arriesga en un día
cuanto vale y cuanto tiene,
a vos, don Juan, os conviene
fiar causa que ella fía.
O ¿no la amáis?
DON JUAN ¡Por los cielos!
¿Dudaréis de mi cariño,
cuando por vos desde niño
estoy muriendo de celos?
¿Pensáis que la inj asta ley
de una opinión me amedrente,
cuando por vos solamente
soy desleal a mi Rey?
DOÑA ELVIRA Así os quiero, así va bien.
¿Pensáis que sobran ahora
vuestros castillos de Illora,
de Montilla y de Jaén?
Vos, don Juan, sois un valiente
y un honrado castellano,
mas no habéis de cortesano
ni un cabello solamente.
Conque dejaos guiar
por quien sabe más que vos,
y así podremos los dos
hasta la orilla llegar.
Vuestra madre, ya lo sé..
con vuestro amor se disgusta.
DON JUAN Sin duda, Elvira, la asusta
que comprometáis mi fe.
Siempre de los comuneros
fue enemiga.
DOÑA ELVIRA Sí, lo ha sido;
mas ya habéis, don Juan, salido
de la niñez; y os da fueros
para obrar a vuestro antojo
la ley.
DON JUAN Sí que me los da;
mas mi madre.....
DOÑA ELVIRA Callará
si logramos nuestro arrojo
¿Disponéis de mucha gente?
DON JUAN De hasta unas cincuenta lanzas.
DOÑA ELVIRA Y ¿Son gente de esperanzas?
DON JUAN Aguerrida y obediente.
DOÑA ELVIRA Y ¿las tenéis muy distantes?
DON JUAN Traerlas mañana puedo
DOÑA ELVIRA Pues cuidad de que en Toledo
no os vean curiosos antes.
No salgáis, don Juan, de día
y esperad a mi mandato;
si pudiera un mentecato
sospecharlo, nos perdía.
Mas siento gente, aquí entrad;
espero a un hombre que puede,
cuando todo en sombra quede,
sacaros de la ciudad.
Por esa escala moruna,
a una torre vais a dar,
y allí podéis esperar
ocasión más oportuna.

Y así diciendo, mostróle
una entrada doña Elvira,
por do guiaba a la torre
la excusada escalerilla;
y oyendo seña secreta
que por la opuesta la hacían,
abrió y dio paso a un tercero,
siguiendo la escena misma.
Era el tal un hombre viejo,
cuyo exterior parecía
de soldado y mercader
composición peregrina.
Negra y cumplida una capa,
todo su cuerpo envolvía,
mostrándose bajo de ella
el espadón de su cinta.
Y nadie acaso mirándole,
asegurar osaría
si era sangriento bandido
o usurero prestamista,
pues en su torvo semblante
a un mismo tiempo se pintan
la audacia del bandolero
y el temor de quien conspira.
Saludó brusco a la dama,
que a adelantarse lo invita,
y plática tal trabóse
entre aquel hombre y Elvira:
DOÑA ELVIRA Entrad.
EL HOMBRE  Dios os guarde.
DOÑA ELVIRA  Gabriel, bien venido.
¿Venís azorado?
GABRIEL  Sí, a fe.
DOÑA ELVIRA  ¿Qué tenéis?
GABRIEL Tal vez no nos pierdo, por poco, un descuido;
mas no ha sido nada.
DOÑA ELVIRA  ¡Por Dios, que acabéis!
GABRIEL Apenas volvía la calle tortuosa
que entrada secreta nos da al callejón,
la huella de un hombre sentí recelosa;
la faz con la capa cubrí a precaución.
Seguí decidido, mas frente por frente,
con un embozado maldito me dí.
Miró, recatéme, seguí indiferente,
paróse, y a poco, volvió tras de mí.
DOÑA ELVIRA ¡Dios mío!
GABRIEL Yo, astuto, temiendo que un corte
me diera al camino, la esquina gané;
hallé apresurado el oculto resorte,
deshice en la sombra mi sombra, y entré.
DOÑA ELVIRA Mas ¿no conocisteis.....

GABRIEL Algún hidalguillo
que habrá a mis hermanos pedido, a pagar
con un vinculejo o mohoso castillo,
y al paso me pudo por otro tomar.
DOÑA ELVIRA Mas ¿dar con la puerta pudiera?
GABRIEL ¡Imposible!
Vi que sin sospecha adelante pasó.
Mas ¿qué hay de aquel hombre?
DOÑA ELVIRA Ya está.
GABRIEL  Y ¿es posible
que fiel.....
DOÑA ELVIRA Como un muerto.
GABRIEL  Tal le quiero yo.
Y ¿es hombre.....
DOÑA ELVIRA  Bizarro.
GABRIEL  ¿Su gente?
DOÑA ELVIRA  Segura.
GABRIEL Y ¿cuándo.....
DOÑA ELVIRA  Mañana podrá estar aquí,
con tal que la noche, con nieblas obscura,
le ayude al secreto.
GABRIEL Sin duda que sí.
Mas ¿quién me responde....
DOÑA ELVIRA  Yo misma.
GABRIEL Adelante.
DOÑA ELVIRA Amores me tuvo....; niñeces.
GABRIEL ¿Será,....
DOÑA ELVIRA Un buen castellano, soldado ignorante,
que cuanto amorosa le mande, lo hará.
GABRIEL Mirad que los necios.....
DOÑA ELVIRA Son medios muy buenos,
que pueden a planes ajenos servir,
y luego se apartan cual muebles ajenos.
GABRIEL Pensáis cuerdamente, verdad a decir.
Mas pronto veamos a ese hombre, que en vano
serános la astucia sin fuerza mayor.
DOÑA ELVIRA Veréisle, y con maña tracúle a la mano,
y no olvidéis nunca que el cebo es mí amor

Abrió la dama a don Juan
la puerta do se escondía,
y anudóse, terciando él,
la plática interrumpida.
DOÑA ELVIRA Don Juan, llegó ya el momento
de probar vuestra afición,
que abriros mi corazón,
esta misma noche intento.
Delante de vos tenéis
quien órdenes os dará
y las puertas abrirá
a las lanzas que traéis.
Con él lo trataréis todo,
y pues que sois tan mi amigo,
tratar con él o conmigo
del caso, es lo mismo todo.
DON JUAN No hay cosa, señora mía,
que yo no arriesgue por vos;
mas pluguiéramos ¡por Dios!
otra mejor compañía.
DOÑA ELVIRA Mas si, firme en vuestro amor,
como me decís me amáis,
que en sus manos os pongáis
paréceme lo mejor.
DON JUAN Si el fin habéis de ser vos,
me pongo sin vacilar,
y si en ello he de pecar,
que me lo perdone Dios.
GABRIEL (¡Sandio de él! Razón tenía
la Elvira.) ¿Sabréis decir
en cuánto tiempo venir
vuestra gente aquí podría?
DON JUAN Dentro de veinticuatro horas,
aunque hubieran de asaltar
las murallas para entrar.
GABRIEL Como salgan vencedoras
vuestras lanzas, aseguro
que podrá cada soldado
llevar el sable colgado
en cadena de oro puro.
DON JUAN Y no les vendrá muy mal,
porque las contribuciones
hacen que de sus raciones
deba un mes a cada cual.
GABRIEL Y os juro que bien haréis,
que dineros dan soldados.

Hablaron unos momentos
la dama y el prestamista,
y volviéronse a don Juan
con irónica sonrisa.
DOÑA ELVIRA (A Gabriel.)
¿Me entendéis?
GABRIEL (A Elvira.)
Está muy bien.
¿No os parece a vos, don Juan,
que si presa al león le dan,
tomará la que le den?
DON JUAN De esas razones no entiendo,
buen viejo, y a todo andar,
yo me ofrezco a pelear;
lo demás os lo encomiendo.
Y sólo una condición
pongo.
GABRIEL Podéisla decir.
DON JUAN Es que tengo de reñir.
cara a cara, y no a traición.
GABRIEL ¡Oh! Sólo tendréis que hacer
centinela un poco larga,
y, a lo más, dar una carga
si es que se osan defender.
DON JUAN Eso sí.
DONA ELVIRA  Y por premio de ello,
si es que me dejáis contenta.....
DON JUAN Esa esperanza me alienta,
con que por todo atropello.
Rubor me cuesta decillo,
mas por vos, con mi pesar,
la vida pensé pasar.
encerrado en mi castillo.
Vuestra afición cortesana
maldiciendo, solamente
salí a lidiar con mi gente,
por no hacer vida holgazana.
No quise ya ver ni oír
más que lanzas y caballos,
y al cabo, con mis vasallos,
como soldado morir.
Diréis que este amor silvestre
mejor estorba que obliga,
mas necesito o mi amiga
o mi compañía ecuestre.
Pues en el campo, aún muy niño
os adoré, no os asombre
que, aunque sin ventajas, hombre,
aun os conserve cariño.
DOÑA ELVIRA Así os amo yo, don Juan;
que, a la fin, me he convencido
que vos habéis merecido
solo mi amoroso afán;
porque el amor cortesano
es humo, si bien presumo,
y el vuestro es fuego sin humo,
que quema si está cercano.
GABRIEL Vamos, que el tiempo es preciso.
DOÑA ELVIRA El cielo, don Juan, os guarde.
DON JUAN ¿Volveré a veros?
DOÑA ELVIRA Más tarde;
para ello os enviaré aviso.
(A Gabriel.)
(¿Elegí bien?)
GABRIEL Lo confieso;
de ese tronco se hace el puente,
y vadeada la corriente,
le arruina su propio peso.
DOÑA ELVIRA Cuidado con que se arruine.
GABRIEL Pues yo lo he de fabricar,
ya veis que le he de dejar
de modo que a caer se incline.

Y dando en estas palabras
fin a tal conversación,
salió Gabriel, y tras él,
don Juan Zamora salió:
aquel soñando quimeras
de política ambición,
y estotro soñando hazañas
para conseguir su amor.
Mas ¡cuánto los pensamientos
del hombre efímeros son;
un soplo de viento puede
desbaratar el mejor!

Por un estrecho postigo
que da a obscuro callejón,
de casa de doña Elvira
salían ambos a dos,
Gabriel y don Juan Zamora,
con extrema precaución,
para no hacer al salir
innecesario rumor,
cuando, volviendo la esquina,
ante ellos se presentó
un caballero embozado,
que les dijo en ronca voz:
«Sin pasar más adelante,
muestren, hidalgos, quién son,
o cuerpo a cuerpo conmigo
en campo aquí mismo sois.»
Y echando mano al acero,
en medio se colocó
del espacio que dejaba
entre ellos el callejón.
Entre los tres un momento
grave silencio reinó,
que al cabo rompió Gabriel
dando tal contestación:
-Seáis quien fuereis, buen hombre,
necio es tal arrojo en vos,
pues está de parte nuestra,
con la fuerza, la razón.
-Caballeros, está dicho,
repuso el otro: yo estoy
en guardar ese postigo,
pues interesa a mi honor.
-Ved que os podéis engañar.
-Mirad que conozco yo
toda la gente que habita
esta casa; y si no sois
o amigos, o deudos de ella,
contrarios en conclusión
sois míos: conque mostraos,
u os doy por tales si no.
-Como queráis, don Juan dijo;
y asiendo de su espadón
para el embozado fuese,
que a tajos le recibió.
Siguióle Gabriel a poco,
con la pérfida intención
de embestirle de repente
fingiéndose mediador,
mas el caballero incógnito,
conociendo la traición,
y siendo sin duda ducho
en tales lances, se echó
contra la tapia, quedando
cara a cara con los dos.
Don Juan se bate harto bien,
que es muy diestro reñidor,
y lo que en seso le falta,
le sobra en el corazón.
El tiempo de acometerle,
Gabriel aguarda traidor,
cuando le tenga en apuro
de don Juan la decisión;
mas vano, pese a su astucia,
el intento le salió,
porque es mucha la destreza
del osado retador,
y en el momento en que acaso
toca cerca la ocasión
un buen tajo de revés
la muñeca le alcanzó.
Soltó Gabriel un ¡ay! ronco
al repentino dolor;
volvió don Juan la cabeza,
pero tiempo no le dió
el bravo desconocido
para entender la razón
de su grito, porque el pecho
atravesado sintió.
De una distracción el punto
aprovechando veloz,
metióse a fondo el incógnito
y en tierra a don Juan tendió.
Reinó el silencio un momento,
pero al alarmante son
de los gritos de Gabriel,
el barrio se alborotó.
Asomaron por las rejas
ya una antorcha, ya un farol,
diciendo diversas voces:
«¡Al asesino! ¡Al ladrón!
Y una rápida mirada
al caballero bastó
para ver que era don Juan
víctima de su valor.
Echóse, pues, al postigo
por donde salir los vio,
mas encontrando cerrado
por dentro el grueso portón,
y ya de cerca sintiendo
de armas y gentes rumor,
con rapidez silenciosa.
la opuesta esquina ganó.
De política aquí, lector querido,
la narración cansada interrumpamos,
del cuento en mis libros prometido
á la historia más plácida volvamos.
Tan larga introducción precisa ha sido,
para que desde aquí nos entendamos,
pues anudado a ella lo restante,
sigue mi tradición de aquí adelante.

En una granja que las ondas riegan
del espumoso Tajo, y do los daños
de la revuelta popular no llegan,
doña Inés de Zamora hace dos años
que vive retirada,
de mundanos placeres olvidada.
Viuda de un caballero
de ilustrísima cuna,
madre no más de un joven heredero,
y dueña de una pródiga fortuna,
sus bienes administra rectamente,
y cuida el porvenir del hijo ausente.
Noble matrona de costumbres puras
y pensamientos graves,
da gracias al Señor por sus venturas,
y él de su corazón tiene las llaves;
y de su hijo el amor tan solamente
entra en su corazón, vive en su mente.
El hijo, como hidalgo
y en la opulencia y el poder nacido,
pues es forzoso que se ocupe en algo,
sus vasallos valiente ha reunido,
y en el distrito de su misma tierra
a favor de su Rey hace la guerra.
Pérfidas compañías
y torpe inexperiencia,
malearon tal vez, hace ya días,
la política fe de su conciencia,
y, acaso indignos de él, necios amores
le aprestan venideros sinsabores.
Doña Inés no lo ignora,
y aunque mil veces la advirtió severa
el precipicio adonde va, le adora,
y de los años y experiencia espera
que, visto de su amor el desatino,
entre de su deber en el camino.
En la fe de sus padres educada
y ciega lealtad de sus mayores,
temo que su alma joven, conquistada
por los principios sea innovadores,
y engañado su hijo, acaso olvide
lo que su religión y Rey le pide.
Y en este pensamiento embebecida
estaba como siempre, en aposento
de su alquería oculto, y combatida
tal vez por interior presentimiento,
cuando dentro escuchó de su alquería
confuso estruendo y sorda gritería.
De su fiel mayordomo en tono recio
oyó la voz que a alguno amenazaba,
y otra que desconoce, y con desprecio
a sus justas preguntas contestaba;
y abriendo de su cámara la puerta,
salió a ver del rumor la causa cierta.
En los hombros sin capa, sin sombrero
en la cabeza, y agua destilando
de sus ropas, hallóse a un caballero
con sus fieles sirvientes disputando;
mas el supuesto de éstos desmentía
su traje militar y gallardía.
-¿Qué es esto? preguntó la noble viuda.
-Desventuras, señora,
de un amante infeliz, a quien no ayuda
ni el cielo, ni la ingrata a quien adora,
respondió el caballero
en tono de dolor, triste y severo.
-Veo que sois hidalgo en vuestro porte
y arreo militar; mi esposo en vida
lo fue también y frecuentó la corte.
Vuestro afán decid, pues, y si salida
puede dar una dama a vuestro apuro,
de mi escaso favor estad seguro.
-A solas ha de ser, porque aventuras
de nobles caballeros
no fío mucho yo que estén seguras
en lenguas de pecheros;
y acaso serán tales,
que a quien me ayude ser podrán fatales.
-Despejad.-Y saliendo de la estancia,.
dentro de ella con él a su señora
dejaron los criados, y a su instancia
ella volvió, diciendo:-Hablad ahora,
señor soldado; vuestro duelo sepa,
y fiad en que haré cuanto en mí quepa.
-Señora, oídme, pues: Ha un año largo
que con mi Rey partí para Alemania,
al lado suyo con honroso cargo;
y una ingrata mujer dejó en España,
por quien ciego de amor lloré al partirme,
jurándola volver al despedirme;
mas mudóla mi ausencia, y un amigo
que desde la niñez me fue constante
del hecho me escribió, como testigo
que ocupó mi lugar pronto otro amante,
y que en tramas políticas metida,
su suerte a la política va unida;
y otras razones mil, señora, excuso,
pues de vuestra atención veo que abuso.
Volvíme a España enamorado, y ciego
de celos y furor, mas esperando
en volver a encender su amante fuego,
y aun a mi amigo crédito negando.
Llegué a Toledo, y por mis propios ojos
la razón quise ver de mis enojos:
de las nocturnas sombras al abrigo,
entré en su callo y espié su casa.
Señora perdonad si esto que os digo
aún los ojos en lágrimas me arrasa.
-Seguid.
-Vi las ventanas de su cuarto;
mas verlas ¡ay de mí! pesóme harto.
Las sombras vi cruzar tras los cristales
de un hombre que con ella platicaba,
y noté, para colmo de mis males,
que un embozado la mansión rondaba,
y en ella por postigo entró secreto
que en mi ausencia se abrió: y ¡ay! ¿con qué objeto?
En un obscuro callejón desierto
les esperé gran trecho, y aguardara
años cabales hasta verlo abierto,
y hasta que tal infamia ver lograra.
Parecieron, por fin, dos juntamente,
y atajélos el paso airadamente.
Yo no sé qué les dije, mas fui breve,
y mi enojo no bien satisfaciendo
(como a todo un celoso audaz se atrevo),
a estocadas con ambos emprendiendo,
ya fuera mi razón, ya f c Lera el arte,
a uno de ellos pasé de parte a parte.
-¡Desdichado de vos!
-Estoy muy cierto
de que yace sin vida.
Mas las voces del vivo junto al muerto
trajeron gente, y apelé a la huida;
mas sin duda mi pérfido destino
les marcó en las tinieblas mi camino.
-¿Os siguen?
-Sí: corrí sin guía alguna;
pero vi que era inútil mi trabajo
y que me abandonaba la fortuna,
cuando a la orilla me encontré del Tajo.
La justicia detrás y éste delante,
muerte por muerte, la elegí al instante.
Al agua me arrojé desesperado,
y sacóme mi esfuerzo a la otra orilla,
mas al tocarla, en el opuesto lado,
vi llegar de corchetes la cuadrilla.
Por las peñas trepé, y a esta alquería
llegué por fin. Tal es la historia mía.
Ahora, si noble sois, si habéis amado
algún día, señora,
por cuanto hayáis en vida idolatrado,
no me desamparéis en esta hora;
ved que es ciega la furia de los celos,
y vuestra compasión premien los cielos.
-¿Al muerto conocéis?
-No.
-Fue un arrojo;
mas no temáis, que si el Señor me auxilia,
salvo seréis, y lograré el enojo
callar y la razón de su familia.
Venid: voy a ocultaros diligente,
que tal vez oigo ya rumor de gente.
Dineros os dará con un caballo;
partid en cuanto partan, por opuesto
camino, y medio tomaré, si le hallo,
para apartar de vos fin tan funesto.
Venid: pues que fiáis en mi nobleza,
no burlaré ¡por Dios! vuestra franqueza.

Y hablando así la viuda generosa,
en camarín secreto le escondía
mientras entraba en turba tumultuosa
la justicia del Rey por su alquería.

Con grandes voces se meten
por los cuartos adelante
los corchetes y ronderos,
con antorchas y con sables.
«¡Hacia aquí tomó camino!
¡Aquí debió de ampararse!
¡No quede un rincón por verse!
Muchachos, ¡que no se escape!»
Esto en varias direcciones
se oía por todas partes,
y a pretexto de justicia,
se aprestaban al pillaje.
Hormigueaban los curiosos
y los valientes que salen
a ayudar a los que vencen
sin que los avise nadie.
Ya por la atrevida turba
empezaba a susurrarse
si son o no comuneros
los dueños de aquel paraje,
y ya entre ellos empezaba
el caso a comentariarse,
diciendo que el muerto es noble
y de las tropas Reales,
y pues que aquí dan amparo
al que logró asesinarle,
traidores son y rebeldes
los que allí capa lo hacen.
Y comenzaban con esto
los villanos a arrimarse
a los objetos que vían
de peso y transporte fácil.
Ya con voces imperiosas
alborotaba el alcalde
con lo de «entregarle al Rey»,
cuando, de él mismo delante,
por dentro abriendo una puerta,
doña Inés salió a atajarle,
vistiendo luto y cercada
de domésticos y pajes.
Al ver su bizarro porte
y sil severo semblante,
tuviéronse respetuosos,
y ella rompió en voces tales:
-¿Qué busca el Rey en mi casa?
¿Por qué tanta gente trae,
cual si fuera mi alquería
castillo que va a asaltarle?
¿Desde cuándo se acostumbra
que así a los nobles se trate,
y en el nombre de las leyes
sus aposentos se allanen?
La justicia, enhorabuena,
en nombre del Rey, que pase:
mas los villanos del vulgo
que se esperen en la calle.
Señor golilla, al momento
esa gente despejadme,
porque desde vos abajo
no he de responderá nadie
Quedó el alcalde aturdido,
de repente al encontrarse
con una noble matrona
donde supuso jayanes;
y haciendo salir la gente,
con ella a solas quedándose,
en tono de desagravio
empezó por «perdonadme....»
mas la generosa dama
interrumpióle la frase
diciendo:-Oigo a la justicia:
¿Qué tiene el Rey que mandarme?
-Un asesino, señora,
que ha conseguido fugarse
vadeando el río, esconderse
debe por estos parajes.
-Supongo que la justicia
tan poco honor no me hace
que crea que yo le oculto,
contra el Rey por auxiliarle.
-Señora.....
-Podéis entrar
mis cámaras adelante,
-y prender a ese asesino
dondequiera que le hallareis.
-Me basta vuestra palabra:
vuestro nombre y vuestra sangre
conozco, y en quien sois vos
tamaño crimen no cabe;
mas tenéis muchos criados;
sus aposentos dejadme
mirar, por si alguno de ellos
es conocedor del lance.
-Todos son criados viejos,
de quien salgo responsable,
mas cumplid vuestro deber
como quiera que gustareis.
La casa tiene bodegas,
y horno, y pajar, y corrales;
registrad una por una
sus divisiones, alcalde.
Partió el golilla, por obra
a ponerlo, y saludándole
gravemente doña Inés,
volvió en su cuarto a encerrarse.

Mientras abajo el alcalde
la casa revuelve toda,
y registrando las cuadras
va pasando de una en otra,
doña Inés, en su aposento
con el caballero a solas,
de esta manera le dice
con baja voz cautelosa:
-Tomad, caballero, ese oro,
que os bastará por ahora
para poner con la fuga
en cobro vuestra persona.
Un potro abajo os aguarda
que os sacará en pocas horas
del alcance de las leyes:
buscad tierra que os esconda,
que yo quedo tras de vos.
Mas decidme, por la honra
de vuestra fama, ¿le heristeis
en liza leal?
-Señora,
Pedro de Guzmán me llamo,
y nunca en lid alevosa
tomaron parte Guzmanes.
-Con vuestro nombre me sobra,
Guzmán; por un asesino
preguntaron, y mi boca
no mintió cuando os negaba,
ni obré de la ley en contra.
-Señora, podéis jurarlo
sobre las sagradas hojas
del Evangelio; le he muerto
cara a cara, y sin dolosa
estratagema o ventaja
que me fuera valedora;
dos eran en contra mía;
ved si la razón me abona.
-Está bien; y pues la casa
ya esas gentes abandonan,
partid por el lado opuesto,
Guzmán, y el cielo os acorra.
-Y si algún día.....
-Ya basta,
partid.
-Adiós, pues, señora.

Con una mano en la llave
y una lámpara en la otra,
delante del caballero
la dama, a guiarle pronta;
envuelta en cumplida capa
la descompuesta persona,
pronto a seguir el hidalgo
a su noble bienhechora,
sin movimiento quedaron
ambos a dos, tumultuosas
voces oyendo en el patio,
sin que la razón conozcan.
Ayes y gritos de espanto
y maldiciones rabiosas
al mismo tiempo escuchaban,
y conocen que se agolpa
la gente otra vez, pues oyen
de las pisadas monótonas
el rumor, que va creciendo,
y del murmullo la ronca
armonía, y por los vidrios
ven crecer de las antorchas
la luz, que ilumina el patio
do pasa la escena incógnita.
-¿Qué es esto? dijo la dama.
-Sábelo Dios, en voz sorda
la contestó el caballero,
presa de angustia recóndita.
-Esperad, añadió ella;
y acudiendo temerosa
a un corredor que da al patio,
por la ventana se asoma.
Dió un grito que heló en las venas
de Guzmán su sangre toda,
diciendo: «Es él.... ¡Hijo mío!»,
la desdichada matrona.
Corrió el caballero ansioso
a la vidriera, y la atónita
mirada al patio tendiendo,
vio su desventura toda.
En hombros de los criados,
de la ancha herida en la boca
brotando aún la roja sangre,
yace don Juan de Zamora,
y de su traje y su rostro,
por las señas que lo toma
con ojos desencajados
de las inmóviles órbitas,
reconoce el de Guzmán
en el mancebo a quien lloran,
el mismo a quien en la calle
mató por su mano propia.
Cayó en un sillón la viuda
bajo el dolor que la agobia,
de amargo llanto en los ojos
con dos abrasadas gotas,
y de rodillas ante ella
cayó en silencio en la alfombra
el matador caballero,
víctima a inmolarse pronta.
-¿Qué hacéis? le dijo la dama,
así mirándole absorta.
-Matadme, dijo Guzmán;
y en esta palabra sola
comprendiendo por entero
aquella trágica historia,
«¡Maldito seas!» le dijo
la horrorizada matrona.
Duró un momento el silencio
de aquesta escena angustiosa,
que al fin rompió el caballero
con voz apenada y cóncava,
diciéndola: -Dios lo quiere;
cumplid con su ley, señora,
y entregadme a la justicia,
pues en sus manos me arroja.
-Sí, sí, repuso la dama,
desatinada y furiosa,
levantándose: es muy justo,
y cualquier pena es muy corta
para tamaño delito;
caiga en ti su sangre toda.
-Y al corredor dirigióse
para ponerlo por obra;
mas tuvóse de repente,
y con, calma, aunque en faz torva,
díjole: -Jamás un noble
recuerda lo que perdona.
Caballero, levantaos;
la vista consoladora
de ese santo crucifijo
en el corazón me toca;
pues os ampararé ignorando
vuestra culpa y mi congoja,
no es justo que conociéndolas
os abandone traidora.
En nombre de Jesucristo,
que dió su vida en el Gólgota
por salvarnos a los dos,
id libre, Guzmán.
-Señora...
-Id, y que en cuenta me tome
resolución tan heroica,
al llamarme ante su juicio
en mi postrimera hora.

Atónito el caballero,
quiso hablar, mas imperiosa
abrió la-dama la puerta
que fuga le brinda cómoda,
y mostrando con un gesto
una escalerilla lóbrega,
tomóla, asiendo la lámpara,
y el caballero, siguióla.

Volvió a los pocos momentos
pálida y acongojada,
y cayendo arrodillada
ante la imagen de Dios
exclamó, oyendo a don Pedro
que escapaba a toda brida:
«Señor, si ese hombre lo olvida,
tenédmolo en cuenta vos.»

Todo lo devora el tiempo,
todo; y el bien como el mal,
como el vicio la virtud,
se hunden en su obscuridad.
Todo se borra y se olvida,
todo al cabo viene a dar
en la sima del silencio,
en el caos de la edad.
No porque la noble viuda
pudiera olvidar jamás
al hijo de sus entrañas,
al desdichado don Juan;
no, ¡por Dios! En su hora última,
luchando el alma tenaz
por desasirse del cuerpo,
fue éste su postrer afán.
Mas del hijo y de la madre
ninguno respira ya,
que a aquél le mató don Pedro,
y a ésta la mató el pesar.
Mas queda el autor del duelo,
y años transcurridos van
desde aquella horrible noche;
y aquel suceso fatal,
y aquel perdón que debió
del cielo a la gran piedad,
¿quién sabe si en su memoria
borrados al cabo están?
¿Quién sabe si los recuerda
como una aventura más
de su existencia azarosa,
de su vida militar?
¡Tal vez a la corte vuelto
tras largos años Guzmán,
ni de Toledo se acuerda,
ni pensó en volver allá!
De todo el mundo ignorada
la mano que audaz, oculta,
causó la muerte de un hombre
provocándole a lid tal,
preséntase por doquiera
don Pedro, y doquier que va,
recibido es cual merece
caballero tan cabal.
Bien mirado por su Rey,
de grandes en amistad,
sin más familia allegada,
ni deudos por quien mirar
que un mozo de quince abriles,
hermano suyo carnal,
con buen humor, libre tiempo
y oro largo que gastar,
se encuentra en el apogeo
de la dicha mundanal;
y dicen los que le tratan:
«¡Dichoso es al tal Guzmán!»

Y si no lo es, ¡vive Dios
que lo sabe aparentar!
porque es la vida que lleva
un continuo carnaval.
Siempre de un festín en otro
va pasando sin cesar:
o amigos se los aprestan,
o él a amigos se los da.
Las damas de más belleza
le quieren por lo galán;
los hombres más envidiosos,
por lo franco y liberal.
Nadie tiene más apuros
ni aventuras que contar,
nadie más oro prestado,
que nunca cobrar podrá;
mas nadie tiene un amigo
más sincero y más leal,
ni a nadie se halla más pronto
en cualquier necesidad.
Salúdanle los mendigos
con silencioso ademán,
porque saben ya que en él
es no tener el no dar.
Y como en gastar dineros
no va nunca más allá
de lo que pueden sus rentas,
vive sin necesitar
pedir lo que dio prestado
a sus amigos, lo cual
hace que eterna le guarden
incólume su amistad.
Y envídianle los soldados
su brío y porte marcial,
y los cortesanos todos
su noble afabilidad.
Recibe su hermano de él
educación bien cabal,
mas como la suya propia,
educación militar.
Las armas y los caballos
predilección especial
gozan en ánimo de ambos,
y las fiestas de lidiar.
Los toros son y las cañas
su diversión familiar,
la caza y el ejercicio
su remedio universal
para matar el fastidio
y el dolor para calmar.
Y como en tales recreos
aliciente es principal
la compañía de gentes
de activa jovialidad,
todos sus amigos se hacen
alegres hasta cansar,
y a prestarle compañía
todos dispuestos están.
Don Pedro, que hombre es de mundo
y de mente perspicaz,
lo ve, lo calla y lo aprecia
en lo que vale no más;
mas no don Félix, su hermano,
que el mundo conoce mal,
y aun en la amistad se fía,
y fía en la lealtad
de cuantos quieren venderle
un cariño fraternal.
Y aunque sus potros lo montan
y usan sus armar, y van
a todas partes con él,
de él dejándose obsequiar,
ni interés sospecha en ellos,
porque de él es incapaz,
ni sus frases, con sus obras
pondera en balanza igual.
Y este fue su paso en vago,
este el impulso no más
que a triste fin lo condujo
con violencia fatal.

Alto, robusto y de gentil talante,
aunque apenas aún le apunta el bozo,
es, franco de alma y de jovial semblante,
don Félix de Guzmán un bravo mozo.
Sencillo en el vestir, mas ataviado
de la corte a la usanza,
de las damas alcanza,
tal vez, favores, y en secreto amado
es de alguna beldad, sin esperanza.
Tal vez pagado él mismo
de su belleza juvenil, aspira
a un imposible amor que loco admira,
a través de dorado idealismo.
Doña Ana de Alarcón, noble doncella,
es en su corazón la preferida;
mas ésta, desdichada cuanto bella,
a un milanés muy noble prometida
por su familia está, por lazo que ate
políticas discordias elegidas,
aunque la fuerza del dolor la mate.
Hombre es el milanés en tramas ducho,
y hay quien lo juzga de su patria huido,
y que ocultos amaños ha traído,
y en favor de Milán maquina mucho.
Bien recibido de la Corte se halla,
gasta con profusión, y que no tiene
con el Gobierno en sus antojos valla,
dicen, y se susurra por lo bajo
que mucho a España su amistad conviene,
aunque cuesta creerlo harto trabajo.
Don Félix, a quien nadie da pavura,
y que en el milanés ve solamente
una cualquier humana criatura,
va adelante en su amor, harto imprudente,
y prudente anduviera
si a sí mismo no más se lo fiara
y a su lengua pusiera
un candado, que a fe que lo acertara.
Mas tenía un amigo
de quien fiaba sus secretos todos,
que era de él como eterno compañero,
sabedor de sus hechos o testigo.
Joven como él, como él sin experiencia,
de otros varios fiaba sus secretos
y los del buen don Félix. ¡Imprudencia
a que están muchos jóvenes sujetos!
Contaba, pues, sus necios amoríos
e inventaba amorosas aventuras,
y entre sus mal fraguados desvaríos
contaba de don Félix las venturas,
contaba de una dama misteriosa
las encubiertas citas,
y contaba, en la noche silenciosa,
del dichoso don Félix las visitas.
Contaba cómo él solo
el compañero de esas citas era,
y en la inmediata calle,
por si lance fatal aconteciera
por acaso o por dolo,
quedaba las espaldas a guardalle.
Y aunque jamás nombraba la persona
a quien don Félix por la reja hablaba,
en tan nimias señales se paraba,
que a poco que el discreto discurría,
por el sitio y las señas que citaba,
la casa de doña Ana conocía.
Y sabedor en tanto del suceso,
a él nada más don Félix suponía,
y de franqueza le perdió el exceso.

En una lóbrega noche
en que las nieblas ofuscan
la opaca luz que la prestan
las estrellas y la luna;
de esas noches en que el aire
con sordas ráfagas zamba,
por las esquinas rasgándose
y por las torres agudas;
de esas noches que parece
que en hondo caos sepultan
al universo dormido,
y el cielo y la tierra enlutan;
de esas noches que recuerdan
las espantosas y absurdas
consejas de las nodrizas,
con que a los niños asustan;
noches que traen a la mente
los concilios de las brujas,
los conjuros de los magos
y las sombras insepultas,
como tales, en silencio,
a pasos rápidos cruzan
don Félix y el necio amigo
una callejuela obscura,
de la calle de doña Ana
y del Real palacio junta.
En silencio van los dos,
porque a los dos los ocupan
melancólicas ideas,
cual no las tuvieron nunca.
-¿Sabes lo que pienso, Félix?
dijo al pararse en la última
esquina el otro.
-¿Qué piensas?
replicó Félix.
-Que es mucha
necedad ir esta noche
de nuestra doña Ana en busca.
-¿Por qué?
-Porque es imposible
que ella a la ventana acuda.
-¿Por qué?
-Porque supondrá
que con legítima excusa
no vendrás en una noche
en que formidables luchan
airados los elementos.
-Y no lo yerras, sin duda;
mas ya que estamos aquí,
volvernos también, en suma,
sin ver si sale o no sale,
también fuera en mí locura.
-Como quieras.
-En tu sitio
queda, pues.
-Félix, escucha:
¿Ves allí un bulto parado?
-Qué, ¿tienes miedo?
-¿Te burlas,
Félix?
-No; mas como veo
que ese embozado te turba.....
-Dejémosle que se aparte.
-Juzgo cosa más segura
queje hagamos apartar.
-¿A la fuerza?
-¡Qué pregunta!
Si no se aparta de agrado,
A ella es fuerza que recurra.
-Vamos, pues.
-Tú queda inmóvil,
que no necesito ayuda.
-Entiendo.-Y así diciendo,
fuése con planta segura
don Félix al embozado,
que de situación no muda.
Paróse a tres pasos de él,
y con gentil apostura
dirigióle estas palabras
con voz ajena de injuria:
-Hidalgo, si grave empeño
tal vez no os lo dificulta,
dejadme libre un momento
la calle.
-Y ¿qué es lo que busca
en ella vuestra merced?
-Busco una casa.
-¿La suya
tal vez?
-Estime el hidalgo
la cortesía que se usa
con él, y responda atento,
que mi paciencia se apura.
-Perdone el buen caballero,
y echo adelante si gusta.
-Es que os habéis de apartar.
-Si haré.
-Gracias.-Hizo punta
el embozado hacia arriba,
tomando en la calle ruta,
y echó hacia abajo don Félix
hasta ver por las junturas
de la reja de doña Ana
la luz que en el cuarto alumbra.
Pasó por frente a la reja,
volvió a pasar; hizo, en suma,
para llamar su atención
cuanto no fuera hacer pública
con la presencia de un hombre
de doña Ana la conducta;
mas ni se abrió la ventana,
ni se oyó señal alguna.
Ya el corazón se lo prensa
de los celos con la furia,
ya negros y pavorosos
presentimientos le turban,
y ya dudaba afanoso
entre si era o no cordura
el volverse o el quedarse
hasta que verdad descubra,
cuando hacia él, calle adelante,
vio correr con gran premura
a su amigo, que le dice:
-¡Huye, don Félix!
-¡Que huya!
¿De qué?
-El milanés maldito
tenía su gente oculta
para dejarte pasar,
y con mano más segura,
encerrado en esta calle,
abrirte en su centro tumba.
-¿Estás seguro que es él?
-Sí, Félix; sin duda alguna.
-Ganemos, pues, la otra esquina,
que fuera cosa harto dura
morir aquí como perros
a las manos de tal chusma.
Pero mañana, la mía
será la primer figura
que a sus ojos se presente,
y veremos si su astucia
de su corazón desvía
de mi tizona la punta.
Vamos.-Y así pronunciando,
a alejarse se apresuran.
Mas no bien a la otra esquina
tocaban, cuando a ellos juntas
dos espadas se vinieron,
que toparon con las suyas.
Duró la lid un instante,
y ya vencer se figuran,
pues a estocadas los llevan
los dos mancebos con furia,
cuando corriendo llegaron,
con las espadas desnudas,
otros tres por sus espaldas.
Siguió momentos la lucha,
como valientes lidiando;
mas ¿qué el valor les ayuda
donde a traición contra ellos
cinco cobardes se juntan?
Cayó primero don Félix,
y aunque en la tapia se escuda
para lidiar cara a cara,
los ojos ¡ay! se le anublan
con la sangre que derrama,
y a cuchilladas le abruman.
Riñó como bravo el otro,
mas fue inútil su bravura,
pues todos en torno suyo
villanamente se agrupan,
y al cabo de unos momentos
cayó con heridas muchas,
de boca, a impulsos de un tajo
traidor, sentado en la nuca.
Tomaron la calle arriba
los viles, y en voz confusa,
unos a otros, marchando,
que muertos son se aseguran

Amanecía apenas
el inmediato día,
cuando sus horas de quietud serenas
a don Pedro Guzmán interrumpía
siniestra y tumultuosa vocería.
De su casa en la puerta
con aldabadas dobles,
a cuyo impulso sus macizos robles
resistencia oponían, pero incierta,
llamaban tenazmente;
y ya en tropel juntábase de gente,
y ya don Pedro presto,
con prisa airada y soñoliento gesto,
las ropas se vestía,
porque ningún doméstico lo hacía.
Ya de su larga bata
las puntas coge y las presillas ata;
y al balcón se dirige,
cuando un viejo criado
que ha muchos años que su casa rige,
llegó a él con semblante desolado.
-Fermín, ¿qué es lo que pasa,
dijo don Pedro, para ruido tanto,
que parece que a hundirse va la casa?
Y amargo llanto derramando el viejo,
-No salgáis dijo, ¡por el cielo santo!
-Mas ¿qué pasa? ¿Quién es?
-Es la justicia.
-Y en mi casa, ¿qué quiere?
-¡Oh! Con vos nada,
señor, nada con vos.
-Pues, a quién busca?
Fermín, sea cualquiera la noticia
fin me has de decir, por desastrada
que sea, dila pronto.
-¡Sosegaos, señor!
-¡Voto a los cielos,
que valen más que el susto tus recelos!-
Y tal diciendo con airado tono,
dirigióse a la puerta;
mas el viejo Fermín interponiéndose,
con sollozos le dijo interrumpiéndose:
-Vuestro hermano, señor, hoy no ha dormido
dentro de casa.-Y comprendiendo al punto
don Pedro lo demás, lanzó un gemido
arrancado al dolor y la ira junto.
Y apartando al anciano suplicante,
lanzóse por los cuartos adelante.
Al pie de la escalera,
en hombros de unos hombres compasivos,
yacía, desgarrando dé los vivos
el corazón, y de su muerte fiera
con horrendas señales mutilado,
don Félix desdichado.
De siete anchas heridas
por las sangrientas bocas
la vida se lo huyó, y compadecidas
de tan triste espectáculo, pudieran
en lágrimas romper las duras rocas.
La horrible escena de dolor y saña
a que don Pedro se entregó, sin duda
que es a mi pluma extraña:
que a períodos poéticos acuda
para pintarte con verdad, en vano
será, ¡oh caro lector! Llama en tu ayuda
tu propio corazón, y pesa el duelo
que fuera en él si un padre o un hermano
de modo tal te arrebatara el cielo.
Con tan grande dolor, con pena tanta
don Pedro de Guzmán enloquecido,
largo rato anudada en su garganta
sintió la voz, y se esquivó el sonido;
y sobre los despojos
del infeliz hermano
llanto vertieron sus nublados ojos;
trémula y fría separó su mano,
a su dolor cediendo sus enojos;
mas luego que en su mente
volvieron a ordenarse las ideas,
y al corazón ardiente
volvió el valor, un punto adormecido,
su centelleante vista, de repente
tendió por el concurso enmudecido,
diciendo con acento enronquecido.
-¿Quién fue el traidor cobarde
que en un mancebo imberbe todavía
de tan salvajes iras hizo alarde?
Y en derredor tendió fiera mirada
Guzmán, mas nadie le repuso nada.
-¿Todos, dijo don Pedro, aquí lo ignoran?
¡Todos callan! ¡Pardiez! ¿Dónde fue muerto?
¿No hallaron la verdad los que lo lloran,
los que le traen a domicilio cierto?
¿Quién le reconoció? ¿Quién pudo acaso
de quien le recogió guiar el paso?
Volvió a tender en torno su mirada
Guzmán, y nadie le repuso nada.
Entonces, ya con tono descompuesto
y semblante iracundo,
hijo de su pesar justo y profundo,
a un Alcalde de corte que con gesto
impasible y severo le había oído,
cuya ronda a su hermano ha recogido,
dirigióse Guzmán así diciendo:
-Amigo soy del Rey, y pues tan necia
en los crímenes anda la justicia,
sabrá el Rey que su ley se le desprecia,
y que el miedo la tuerce o la malicia.-
Y volviendo la espalda Guzmán, fiero
pidió a Fermín su capa con su acero;
viendo lo cual el juez, tras él echando,
y a Guzmán de los otros apartando,
díjole: -Oídme, pues, buen caballero.-
Y de la estancia fuera,
platicaron los dos de esta manera.
DON PEDRO Decid.
ALCALDE  Con vuestro hermano
otro joven halló, que al par herido
fue con don Félix por la misma mano.
DON PEDRO Y ¿quién es?
ALCALDE  Fue don Carlos de Aguilera.
DON PEDRO ¿Murió también?
ALCALDE  También.
DON PEDRO ¡Oh suerte fiera!
ALCALDE Mas vivió lo bastante
para decir con hálito expirante,
y jurar por la fe de caballero,
y de la eternidad por el gran paso,
de tan traidor y lastimoso caso
el autor verdadero.
DON PEDRO Y ¿quién es, vive Dios!
ALCALDE Antes, don Pedro, de saber su nombre
juradme que escondido en vuestro pecho
le guardaréis, que es hombre
que por bueno pasar puede lo hecho;
y que al Rey solamente
lo habéis de revelar secretamente.
DON PEDRO Sí juro; mas si fuese
el mismo Rey, señor Alcalde, habría
de hacer justicia en sí, o ¡por vida mía,
que puede que me oyese
lo que de nadie oír esperaría!
ALCALDE A la venganza yo no os pongo coto;
mas si no sois del Rey muy grande amigo,
no mováis con quien fue mucho alboroto;
y esto, Guzmán, que os digo,
lo que os puedo decir es, y es mi voto.
DON PEDRO Mas ¿quién es? Acabad.-Y aquí al oído
de don Pedro acercándose el Alcalde,
dijo, y de nadie pudo ser oído:
ALCALDE El milanés que habita en la Embajada
de Inglaterra.-Y don Pedro,
tal nombre oyendo, al lado de la espada
llevó la mano, y con feroz mirada,
-Bien está, dijo al juez: lo entiendo todo.
ALCALDE ¿Solo el Rey lo sabrá?
DON PEDRO Solo, y de modo
que a la historia añadir no podrá nada.
Y los dos apartándose.
para dejar la historia bien redonda,
desde allí cada cual siguió entregándose,
don Pedro a su dolor, y él a su ronda.
Pero puede el discreto
imaginar, que en calma
no podría encerrar dentro del alma
don Pedro de Guzmán este secreto,
y que a vueltas y a solas andaría
más segura buscando
del autor del delito tan infando
fiera venganza en oportuno día,
y que el día fatal quedó aguardando.

Y a la mano en pocos días
la ocasión le vino pronta,
que quien para el mal la busca,
siempre se la encuentra próxima.
Seguido de un escudero
por honor de su persona,
y por ayuda en un caso
de una asechanza traidora,
por fuera de Recoletos
una tarde nebulosa
el de Guzmán se pasea
rumiando tristes memorias.
Víasele entre los árboles
como una siniestra sombra,
el monasterio cruzando
desde una esquina a la otra,
la larga espada en la cinta,
embozada la persona,
descolorido el semblante
y con la mirada torva.
Todo su exterior, en fin,
revela que su alma a solas
en los cálculos se abisma
de meditaciones hondas,
y que una idea inmutable,
íntima y desoladora,
lastima su inquieta mente
y el corazón lo acongoja.
Piensa en su hermano don Félix
y en la más fácil y próspera
ocasión de la venganza
de muerte tan elevosa.
En esto, el Prado adelante,
por dos yeguas voladoras
que lo pacieron la grama
al Guadalquivir en Córdoba,
arrebatada venía
sin camino una carroza,
pues torpe mano, a las yeguas
acosando, desbocólas.
Al punto vio la impericia
Guzmán, cuya generosa
sangre a ayudar le impelía
al que así necio se arroja;
y conociendo que pronto,
dejando la arena cómoda,
se entraran por los vallados
las dos bestias poderosas,
con su escudero lanzóse
por si contenerlas logra,
y aquel peligro desvía
de quien la muerte provoca.
Los que en el carruaje vienen,
gritaron en voces roncas:
«¡Fuera! ¡Fuera!», por si acaso
con el espanto empeoran
los animales, y alcanzan
caída más desastrosa.
Mas a sus voces haciendo
Guzmán las orejas sordas,
como hombre sereno y ducho
en semejantes maniobras,
colocándose a ambos lados,
la vista y la mano prontas
caballero y escudero,
al enfilar la carroza
con un instantáneo arrojo
asiendo las bridas rotas,
a una yegua el caballero,
y el escudero a la otra,
consiguieron, lastimándolas,
pararlas, y a mucha costa.
Saltó en tierra un caballero
a la más estricta moda
equipado, y de presencia
muy bizarra y muy airosa.
Mas al llegarse a don Pedro
a darle gracias, la gola
le aferró con ambas manos
el de Guzmán, con furiosa
voz diciéndole: «¡Asesino,
caiga en ti su sangre toda!»
El milanés (que no era otro),
que aquella sangrienta historia
recordó viendo a don Pedro,
dióse por puesto en la horca.
Mas soltóle el de Guzmán,
y treguas dando a su cólera,
lo dijo: «Hacia aquí apartaos;
veamos si vuestra hoja
corta igualmente de cara
como por la espalda corta.»
Echaron a Recoletos,
y de tapia protectora
amparándose, sacaron
al aire sus dos tizonas.
Perdió el milanés la suya
con muchísima deshonra,
y yendo a herirle don Pedro,
como una espantada zorra
a quien los perros persiguen,
tomó fuga vergonzosa.
Indignado el de Guzmán
viendo con alma tan poca
a quien tan traidoramente
asesina entre las sombras,
echó tras él, ya resuelto
a darle muerte alevosa.
El milanés, conociéndolo,
con intención previsora
ganó u la iglesia la puerta,
y la capilla más próxima.
Entró tras él Guzmán, ciego,
mas a una imagen devota
de Cristo viéndole asido,
de la mujer generosa
se acordó que dio la vida
al matador de Zamora.
Soltó su mano la espada,
con voz descompuesta y cóncava
diciendo al otro, que le oye
con alma y con faz atónitas:
«Idos, que yo os dejo libre;
válgaos la buena memoria
de una mujer que por mí
osó hasta acción tan heroica.»

Y saludando a la imagen
con reverencia piadosa,
dijo: «Hasta aquí mi venganza:
¡Dios me la tenga en memoria!»
Dudándolo todavía,
ve el milanés que abandona
la iglesia, mas de ello al cabo
sus sentidos se cercioran.
Y a su carroza volviendo,
por hazaña milagrosa
contó en la corte el suceso,
que admiró la corte toda.
Y por verdadera hazaña
contada de boca en boca,
a don Pedro apellidaron
El de la buena memoria.