José de Espronceda (1808–1842)

Textos


A un ruiseñor

Canta en la noche, canta en la mañana,
ruiseñor, en el bosque tus amores;
canta, que llorará cuando tú llores
el alba perlas en la flor temprana.

Teñido el cielo de amaranto y grana,
la brisa de la tarde entre las flores
suspirará también a los rigores
de tu amor triste y tu esperanza vana.

Y en la noche serena, al puro rayo
de la callada luna, tus cantares
los ecos sonarán del bosque umbrío;

y vertiendo dulcísimo desmayo
cual bálsamo suave en mis pesares,
endulzará tu acento el llanto mío.
 


Himno de la Inmortalidad

 

¡Salve, llama creadora del mundo,
Lengua ardiente de eterno saber,
Puro germen, principio fecundo
Que encadenas la muerte a tus pies!

Tú la inerte materia espoleas,
Tú la ordenas juntarse y vivir,
Tú su lodo modelas, y creas
Miles seres de formas sin fin.

Desbarata tus obras en vano
Vencedora la muerte tal vez;
De sus restos levanta tu mano
Nuevas obras triunfante otra vez.

Tú la hoguera del sol alimentas,
Tú revistes los cielos de azul,
Tú la luna en las sombras argentas,
Tú coronas la aurora de luz.

Gratos ecos al bosque sombrío,
Verde pompa a los árboles das,
Melancólica música al río,
Ronco grito a las olas del mar.

Tú el aroma en las flores exhalas,
En los valles suspiras de amor,
Tú murmuras del aura en las alas,
En el Bóreas retumba tu voz.

Tú derramas el oro en la tierra
En arroyos de hirviente metal;
Tú abrillantas la perla que encierra
En su abismo profundo la mar.

Tú las cárdenas nubes extiendes,
Negro manto que agita Aquilón;
Con tu aliento los aires enciendes,
Tus rugidos infunden pavor.

Tú eres pura simiente de vida,
Manantial sempiterno del bien;
Luz del mismo Hacedor desprendida,
Juventud y hermosura es tu ser.

Tú eres fuerza secreta que el mundo
En sus ejes impulsa a rodar,
Sentimiento armonioso y profundo
De los orbes que anima tu faz.

De tus obras los siglos que vuelan
Incansables artífices son,
Del espíritu ardiente cincelan
Y embellecen la estrecha prisión.

Tú en violento, veloz torbellino
Los empujas enérgica, y van;
Y adelante en tu raudo camino
A otros siglos ordenas llegar.

Y otros siglos ansiosos se lanzan,
Desparecen y llegan sin fin,
Y en su eterno trabajo se alcanzan,
Y se arrancan sin tregua el buril.

Y afanosos sus fuerzas emplean
En tu inmenso taller sin cesar,
Y en la tosca materia golpean,
Y redobla el trabajo su afán.

De la vida en el hondo Oceáno
Flota el hombre en perpetuo vaivén,
Y derrama abundante tu mano
La creadora semilla en su ser.

Hombre débil, levanta la frente,
Pon tu labio en su eterno raudal;
Tú serás como el sol en Oriente,
Tú serás como el mundo, inmortal.


El canto del cosaco

Donde sienta mi caballo los pies
no vuelve a nacer yerba.

Atila

CORO

¡Hurra, cosacos del desierto! ¡Hurra!
La Europa os brinda esplédido botín:
Sangrienta charca sus campiñas sean,
de los grajos su ejército festín.
 

¡Hurra, a caballo hijos de la niebla!
Suelta la rienda a combatir volad:
¿Veis esas tierras fértiles? las puebla
gente opulenta, afeminada ya.

Casas, palacios, campos y jardines,
todo es hermoso y refulgente allí,
son sus hembras celestes, serafines,
su sol alumbra un cielo de zafir.
¡Hurra, cosacos del desierto...

Nuestros sean su oro y sus placeres,
gocemos de ese campo y ese sol;
son sus soldados menos que mujeres,
sus reyes viles mercaderes son.
 

Vedlos huir para esconder su oro,
vedlos cobardes lágrimas verter...
¡Hurra! volad, sus cuerpos, su tesoro
huellen nuestros caballos con sus pies.
¡Hurra, cosacos del desierto...

 

Dictará allí nuestro capricho leyes,
nuestras casas alcázares serán,
los cetros y coronas de los reyes
cual juguetes de niños rodarán.

¡Hurra! Volad a hartar nuestros deseos,
las más hermosas nos darán su amor,
y no hallarán nuestros semblantes feos,
que siempre brilla hermoso el vencedor.
¡Hurra, cosacos del desierto...

 

Desgarraremos la vencida Europa,
cual tigres que devoran su ración;
en sangre empaparemos nuestra ropa,
cual rojo manto de imperial señor.

Nuestros nobles caballos relinchando
regias habitaciones morarán;
cien esclavos, sus frentes inclinando,
al mover nuestros ojos temblarán.
¡Hurra, cosacos del desierto...

 

Venid, volad, guerreros del desierto,
como nubes en negra confusión,
todos suelto el bridón, el ojo incierto,
todos atropellándoos en montón.

Id en la espesa niebla confundidos,
cual tromba que arrebata el huracán,
cual témpanos de hielo endurecidos
por entre rocas despeñados van.
¡Hurra, cosacos del desierto...


Nuestros padres un tiempo caminaron
hasta llegar a una imperial ciudad;
un sol más puro es fama que encontraron,
y palacios de oro y de cristal.

Vadearon el Tíber sus bridones;
yerta a sus pies la tierra enmudeció;
su sueño con fantásticas canciones
la fada de los triunfos arrulló.
¡Hurra, cosacos del desierto...


¡Qué! ¿no sentís la lanza estremecerse
hambrienta en vuestras manos de matar?
¿No veis entre la niebla aparecerse
visiones mil que el parabién nos dan?
 

Escudo de esas míseras naciones
era ese muro que abatido fue;
la gloria de Polonia y sus blasones
en humo y sangre convertidos ved.
¡Hurra, cosacos del desierto...


¿Quién en dolor trocó sus alegrías?
¿Quién sus hijos triunfante encadenó?
¿Quién puso fin a sus gloriosos días?
¿Quién en su propia sangre los ahogó?
 

¡Hurra, cosacos! ¡Gloria al más valiente!
Esos hombres de Europa nos verán:
¡Hurra! nuestros caballos en su frente
hondas sus herraduras marcarán.
¡Hurra, cosacos del desierto...


A cada bote de la lanza ruda,
a cada escape en la abrasada lid,
la sangrienta ración de sangre cruda
bajo la silla sentiréis hervir.
Y allá después en templos suntuosos,
sirviéndonos de mesa algún altar,
nuestra sed calmarán vinos sabrosos,
hartará nuestra hambre blanco pan.
¡Hurra, cosacos del desierto...


Y nuestras madres nos verán triunfantes,
y a esa caduca Europa a nuestros pies,
y acudirán de gozo palpitantes,
en cada hijo a contemplar un rey.

Nuestros hijos sabrán nuestras acciones,
las coronas de Europa heredarán,
y a conquistar también otras regiones
el caballo y la lanza aprestarán.

¡Hurra, cosacos del desierto! ¡Hurra!
La Europa os brinda espléndido botín,
sangrienta charca sus campiñas sean,
de los grajos su ejército festín.

 


El mendigo

 

Mío es el mundo: como el aire libre, 
 Otros trabajan porque coma yo; 
 todos se ablandan si doliente pido 
 Una limosna por amor de Dios. 
   
 El palacio, la cabaña
                      Son mi asilo, 
 Si del ábrego el furor 
 Troncha el roble en la montaña, 
 O que inunda la campaña 
 El torrente asolador.  
   
                      Y a la hoguera 
                      Me hacen lado 
                      Los pastores 
                      Con amor, 
                      Y sin pena
                      Y descuidado 
                      De su cena 
                      Ceno yo. 
                      O en la rica 
                      Chimenea,  
                      Que recrea 
                      Con su olor, 
                      Me regalo 
                      Codicioso 
                      Del banquete  
                      Suntüoso 
                      Con las sobras 
                      De un señor. 
   
 Y me digo: el viento brama, 
 Caiga furioso turbión;
 Que al son que cruje de la seca leña,  
 Libre me duermo sin rencor ni amor.  
    
 Mío es el mundo: como el aire libre,  
 Otros trabajan porque coma yo;  
 todos se ablandan si doliente pido
 Una limosna por amor de Dios.  
    
 Todos son mis bienhechores,  
                      Y por todos  
 A Dios ruego con fervor;  
 De villanos y señores
 Yo recibo los favores  
 Sin estima y sin amor.  

                      Ni pregunto  
                      Quiénes sean,  
                      Ni me obligo
                      A agradecer;  
                      Que mis rezos  
                      Si desean,  
                      Dar limosna  
                      Es un deber.  
                      Y es pecado  
                      La riqueza,  
                      La pobreza  
                      Santidad;  
                      Dios a veces  
                      Es mendigo,  
                      Y al avaro  
                      Da castigo  
                      Que le niegue  
                      Caridad.
    
 Yo soy pobre y se lastiman  
 Todos al verme plañir,  
 Sin ver son mías sus riquezas todas,  
 Que mina inagotable es el pedir.  

 Mío es el mundo: como el aire libre,  
 Otros trabajan porque coma yo;  
 todos se ablandan si doliente pido  
 Una limosna por amor de Dios.  
    
 Mal revuelto y andrajoso,
                      Entre harapos  
 Del lujo sátira soy,  
 Y con mi aspecto asqueroso  
 Me vengo del poderoso,  
 Y a donde va tras él voy.  
    
                      Y a la hermosa  
                      Que respira  
                      Cien perfumes,  
                      Gala, amor,  
                      La persigo
                      Hasta que mira,  
                      Y me gozo  
                      Cuando aspira  
                      Mi punzante  
                      Mal olor.  
                      Y las fiestas  
                      Y el contento  
                      Con mi acento  
                      Turbo yo,  
                      Y en la bulla  
                      Y la alegría  
                      Interrumpen  
                      La armonía  
                      Mis harapos  
                      Y mi voz:
    
 Mostrando cuán cerca habitan  
 El gozo y el padecer,  
 Que no hay placer sin lágrimas, ni pena  
 Que no transpire en el medio del placer.  
    
 Mío es el mundo: como el aire libre,
 Otros trabajan porque coma yo;  
 todos se ablandan si doliente pido  
 Una limosna por amor de Dios.  
    
 Y para mí no hay mañana,  
                      Ni hay ayer;
 Olvido el bien como el mal,  
 Nada me aflige ni afana;  
 Me es igual para mañana  
 Un palacio, un hospital.  

                      Vivo ajeno  
                      De memorias,  
                      De cuidados  
                      libre estoy;  
                      Busquen otros  
                      Oro y glorias,  
                      Yo no pienso  
                      Sino en hoy.  
                      Y do quiera  
                      Vayan leyes,  
                      Quiten reyes,  
                      Reyes den;  
                      Yo soy pobre,  
                      Y al mendigo,  
                      Por el miedo  
                      Del castigo,  
                      Todos hacen  
                      Siempre bien.  
    
 Y un asilo donde quiera  
 Y un lecho en el hospital  
 Siempre hallaré, y un hoyo donde caiga
 Mi cuerpo miserable al espirar.  
    
 Mío es el mundo: como el aire libre,  
 Otros trabajan porque coma yo;  
 Todos se ablandan, si doliente pido  
 Una limosna por amor de Dios.

 


EL REO DE MUERTE

¡Para hacer bien por el alma

del que van a ajusticiar...

Reclinado sobre el suelo

con lenta amarga agonía,

pensando en el triste día

que pronto amanecerá,

en silencio gime el reo

y el fatal momento espera

en que el sol por vez postrera

en su frente lucirá.

Un altar y un crucifijo,

y la enlutada capilla

lánguida vela amarilla

tiñe en su luz funeral,

junto al mísero reo,

medio encubierto el semblante,

se oye el fraile agonizante

en son confuso rezar.

El rostro levanta el triste

Y alza los ojos al cielo;

tal vez eleva en su duelo

la súplica de piedad:

¡Una lágrima! ¿es acaso

de temor o de amargura?

¡Ay! ¿a aumentar su tristura

vino un recuerdo quizá.

Es un joven y la vida

llena de sueños de oro

pasó ya, cuando aun el lloro

de la niñez no enjugó:

El recuerdo es de la infancia,

y su madre que le llora

para morir así ahora

con tanto amor le crió.

Y a par que sin esperanza

ve ya la muerte en acecho,

su corazón en su pecho

siente con fuerza latir,

al tiempo que mira al fraile

que en paz ya duerme a su lado

y que ya viejo y postrado

le habrá de sobrevivir.

¿Mas qué rumor a deshora

rompe el silencio? Resuena

una alegre cantilena

y una guitarra a la par,

y gritos y de botellas

que se chocan, el sonido,

y el amoroso estallido

de los besos y el danzar.

Y también pronto en son triste

lúgubre voz sonará:

¡Para hacer bien por el alma

del que van a ajusticiar!

Y la voz de los borrachos,

y sus brindis, sus quimeras,

y el cantar de las rameras,

y el desorden bacanal

en la lúgubre capilla

penetran, y carcajadas,

cual de lejos arrojadas

de la mansión infernal.

Y también pronto en son triste

lúgubre voz sonará:

¡Para hacer bien por el alma

del que van a ajusticiar!

¡Maldición! Al eco infausto

el sentenciado maldijo

la madre, que como a hijo

a sus pechos le crió;

y maldijo el mundo todo,

maldijo su suerte impía,

maldijo el aciago día

y la hora en que nació.

II

Serena la luna

alumbra en el cielo,

domina en el suelo

profunda quietud.

Ni voces se escuchan,

ni ronco ladrido,

ni tierno quejido

de amante laúd.

Madrid yace envuelto en sueño,

todo al silencio convida,

y el hombre duerme y no cuida

del hombre que va a expirar.

Si tal vez piensa en mañana,

ni una vez piensa siquiera

en el mísero que espera

para morir, despertar;

que sin pena ni cuidado

los hombres oyen gritar:

¡Para hacer bien por el alma

del que van a ajusticiar!

¡Y el juez también en su lecho

duerme en paz!! ¡y su dinero

el verdugo placentero

entre sueños cuenta ya!

Tan sólo rompe el silencio

en la sangrienta plazuela

el hombre del mal que vela

un cadalso a levantar.

Loca y confusa la encendida mente,

sueños de angustia y fiebre y devaneo

el alma envuelven del confuso reo,

que inclina al pecho la abatida frente.

Y en sueños

confunde

la muerte,

la vida.

Recuerda

y olvida,

suspira,

respira

con hondo afán.

Y en un mundo de tinieblas

vaga y siente miedo y frío,

y en su horrible desvarío

palpa en su cuello el dogal;

y cuanto más forcejea,

cuanto más lucha y porfía,

tanto más en su agonía

aprieta el nudo fatal.

Y oye ruido, voces, gentes,

y aquella voz que dirá:

¡Para hacer bien por el alma

del que van a ajusticiar!

ya libre se contempla,

y al aire puro respira,

y oye de amor que suspira

la mujer que un tiempo amó,

bella y dulce cual solía,

tierna flor de primavera,

el amor de la pradera

que el abril galán mimó.

Y gozoso a verla vuela,

y alcanzarla intenta en vano,

que al tender la ansiosa mano

su esperanza a realizar,

su ilusión la desvanece

de repente el sueño impío,

y halla un cuerpo mudo y frío

y un cadalso en su lugar.

Y oye a su lado en son triste

lúgubre voz resonar:

¡Para hacer bien por el alma

del que van a ajusticiar!


Canción del pirata

 

Con diez cañones por banda,
Viento en popa, a toda vela,
No corta el mar, sino vuela
Un velero bergantín:

Bajel pirata que llaman,
Por su bravura, el Temido,
En todo mar conocido
Del uno al otro confín.

La luna en el mar dela,
En la lona gime el viento,
Y alza en blando movimiento
Olas de plata y azul;

Y ve el capitán pirata,
Cantando alegre en la popa,
Asia a un lado, al otro Europa,
Y allá a su frente Estambul.

«Navega, velero mío,
                    Sin temor;
          Que ni enemigo navío,
          Ni tormenta, ni bonanza
          Tu rumbo a torcer alcanza,
          Ni a sujetar tu valor.

»Veinte presas
                    Hemos hecho
                    A despecho
                    Del inglés,
                    Y han rendido
                    Sus pendones
                    Cien naciones
                    A mis pies.»

Que es mi barco mi tesoro,
Que es mi Dios la libertad,
Mi ley la fuerza del viento,
Mi única patria, la mar.

«Allá muevan feroz guerra
                    Ciegos reyes
          Por un palmo más de tierra:
          Que yo tengo aquí por mío
          Cuanto abarca el mar bravío,
          A quien nadie impuso leyes.
                    »Y no hay playa,
                    Sea cualquiera,
                    Ni bandera
                    De esplendor,
                    Que no sienta
                    Mi derecho,
                    Y dé pecho
                    A mi valor.»

Que es mi barco mi tesoro,
Que es mi Dios la libertad,
Mi ley la fuerza del viento,
Mi única patria, la mar.

«A la voz de “¡barco viene!”
                    Es de ver
          Cómo vira y se previene
          A todo trapo escapar;
          Que yo soy el rey del mar,
          Y mi furia es de temer.

»En las presas
                    Yo divido
                    Lo cogido
                    Por igual.
                    Sólo quiero
                    Por riqueza
                    La belleza
                    Sin rival.»

Que es mi barco mi tesoro,
Que es mi Dios la libertad,
Mi ley la fuerza del viento,
Mi única patria, la mar.

«¡Sentenciado estoy a muerte!
                    Yo me río:
          No me abandone la suerte
          Y al mismo que me condena,
          Colgaré de alguna antena,
          Quizá en su propio navío.

»Y si caigo,
                   ¿Qué es la vida?
                    Por perdida
                    Ya la di,
                    Cuando el yugo
                    Del esclavo,
                    Como un bravo,
                    Sacudí.»

Que es mi barco mi tesoro,
Que es mi Dios la libertad,
Mi ley la fuerza del viento,
Mi única patria, la mar.

«Son mi música mejor Aquilones:
                    El estrépito y temblor
          De los cables sacudidos,
          Del negro mar los bramidos
          Y el rugir de mis cañones

»Y del trueno
                    Al son violento
                    Y del viento
                    Al rebramar,
                    Yo me duermo
                    Sosegado,
                    Arrullado
                    Por el mar.»

Que es mi barco mi tesoro,
Que es mi Dios la libertad,
Mi ley la fuerza del viento,
Mi única patria, la mar.

 

Canto a Teresa

 

Descanza en paz

¡Bueno es el mundo, bueno, bueno, bueno!
              Como de Dios al fin obra maestra,
              Por todas partes de delicias lleno,
              De que Dios ama al hombre hermosa muestra.
              Salga la voz alegre de mi seno
              A celebrar esta vivienda nuestra;
              ¡Paz a los hombres! ¡gloria en las alturas!
              ¡Cantad en vuestra jaula, criaturas!
                    —María, por Miguel de los Santos Álvarez.

¿Por qué volvéis a la memoria mía,
Tristes recuerdos del placer perdido,
A aumentar la ansiedad y la agonía
De este desierto corazón herido?
¡Ay! que de aquellas horas de alegría
Le quedó al corazon sólo un gemido,
Y el llanto que al dolor los ojos niegan
Lágrimas son de hiel que el alma anegan.

¿Dónde volaron ¡ay! aquellas horas
De juventud, de amor y de ventura,
Regaladas de músicas sonoras,
Adornadas de luz de hermosura?
Imágenes ce oro bullidoras.
Sus alas de carmín y nieve pura,
Al sol de mi esperanza desplegando,
Pasaban ¡ay! a mi alredor cantando.

Gorjeaban los dulces ruiseñores,
El sol iluminaba mi alegría,
El aura susurraba entre las flores,
El bosque mansamente respondía,
Las fuentes murmuraban sus amores. . .
¡Ilusiones que llora el alma mía!
¡Oh! ¡cuán süave resonó en mi oído
El bullicio del mundo y su ruido!

Mi vida entonces, cual guerrera nave
Que el puerto deja por la vez primera,
Y al soplo de los céfiros süave
Orgullosa despliega su bandera,
Y-al mar dejando que a sus pies alabe
Su triunfo en roncos cantos, va velera,
Una ola tras otra bramadora
Hollando y dividiendo vencedora.

¡Ay! en el mar del mundo, en ansia ardiente
De amor volaba; el sol de la mañana
Llevaba yo sobre mi tersa frente,
Y el alma pura de su dicha ufana:
Dentro de ella el amor, cual rica fuente
Que entre frescuras y arboledas mana.
Brotaba entonces abundante río
De ilusiones y dulce desvarío.

Yo amaba todo: un noble sentimiento
Exaltaba mi ánimo, y sentía
En mi pecho un secreto movimiento,
De grandes hechos generoso guía:
La libertad con su inmortal aliento,
Santa diosa, mi espíritu encendía,
Contino imaginando en mi fe pura
Sueños de gloria al mundo y de ventura.

El puñal de Catón, la adusta frente
Del noble Bruto, la constancia fiera
Y el arrojo de Scévola valiente,
La doctrina de Sócrates severa,
La voz atronadora y elocuente
Del orador de Atenas, la bandera
Contra el tirano Macedonio alzando,
Y al espantado pueblo arrebatando:

El valor y la fe del caballero,
Del trovador el arpa y los cantares,
Del gótico castillo el altanero
Antiguo torreón, do sus pesares
Cantó tal vez con eco lastimero,
¡Ay! arrancada de sus patrios lares,
Joven cautiva, al rayo de la luna,
Lamentando su ausencia y su fortuna:

El dulce anhelo del amor que aguarda,
Tal vez inquieto y con mortal recelo;
La forma bella que cruzó gallarda,
Allá en la noche, entre medroso velo;
La ansiada cita que en llegar se tarda
Al impaciente y amoroso anhelo,
La mujer y la voz de su dulzura,
Que inspira al alma celestial ternura:

A un tiempo mismo en rápida tormenta
Mi alma alborotada de contino,
Cual las olas que azota con violenta
Cólera impetüoso torbellino:
Soñaba al héroe ya, la plebe atenta
En mi voz escuchaba su destino;
Ya al caballero, al trovador soñaba,
Y de gloria y de amores suspiraba.

Hay una voz secreta, un dulce canto,
Que el alma sólo recogida entiende,
Un sentimiento misterioso y santo,
Que del barro al espíritu desprende;
Agreste, vago y solitario encanto
Que en inefable amor el alma enciende,
Volando tras la imagen peregrina
El corazón de su ilusión divina.

Yo, desterrado en extranjera playa,
Con los ojos extático seguía
La nave audaz que en argentada raya
Volaba al puerto de la patria mía:
Yo, cuando en Occidente el soy desmaya,
Solo y perdido en la arboleda umbría,
Oír pensaba el armonioso acento
De una mujer, al suspirar del viento.

¡Una mujer! En el templado rayo
De la mágica luna se colora,
Del sol poniente al lánguido desmayo
Lejos entre las nubes se evapora;
Sobre las cumbres que florece Mayo
Brilla fugaz al despuntar la aurora,
Cruza tal vez por entre el bosque umbrío,
Juega en las aguas del sereno río.

¡Una mujer! Deslizase en el cielo
Allá en la noche desprendida estrella.
Si aroma el aire recogió en el suelo,
Es el aroma que le presta ella.
Blanca es la nube que en callado vuelo
Cruza la esfera, y que su planta huella.
Y en la tarde la mar olas le ofrece
De plata y de zafir, donde se mece.

Mujer que amor en su ilusión figura,
Mujer que nada dice a los sentidos,
Ensueño de suavísima ternura,
Eco que regaló nuestros oídos;
De amor la llama generosa y pura,
Los goces dulces del amor cumplidos,
Que engalana la rica fantasía,
Goces que avaro el corazón ansía.

¡Ay! aquella mujer, tan sólo aquella,
Tanto delirio a realizar alcanza,
Y esa mujer tan cándida y tan bella
Es mentida ilusión de la esperanza:
Es el alma que vívida destella
Su luz al mundo cuando en él se lanza,
Y el mundo con su magia y galanura
Es espejo no más de su hermosura:

Es el amor que al mismo amor adora,
El que creó las Sílfides y Ondinas,
La sacra ninfa que bordando mora
Debajo de las aguas cristalinas:
Es el amor que recordando llora
Las arboledas del Edén divinas:
Amor de allí arrancado, allí nacido,
Que busca en vano aquí su bien perdido.

¡Oh llama santa! ¡celestial anhelo!
¡Sentimiento purísimo! ¡memoria
Acaso triste de un perdido cielo,
Quizá esperanza de futura gloria!
¡Huyes y dejas llanto y desconsuelo!
¡Oh mujer que en imagen ilusoria
Tan pura, tan feliz, tan placentera,
Brindó el amor a mi ilusión primera! . . .

¡Oh Teresa! ¡Oh dolor! Lágrimas mías,
¡Ah! ¿dónde estáis que no corréis a mares?
¿Por qué, por qué como en mejores días,
No consoláis vosotras mis pesares?
¡Oh! los que no sabéis las agonías
De un corazón que penas a millares
¡Ah! desgarraron y que ya no llora,
¡Piedad tened de mi tormento ahora!

¡Oh dichosos mil veces, sí, dichosos
Los que podéis llorar! y ¡ay! sin ventura
De mí, que entre suspiros angustiosos
Ahogar me siento en infernal tortura.
¡Retuércese entre nudos dolorosos
Mi corazón, gimiendo de amargura!
También tu corazón, hecho pavesa;
¡Ay! llegó a no llorar, ¡pobre Teresa!

¿Quién pensara jamás, Teresa mía,
Que fuera eterno manantial de llanto,
Tanto inocente amor, tanta alegría,
Tantas delicias y delirio tanto?
¿Quién pensara jamás llegase un día
En que perdido el celestial encanto
Y caída la venda de los ojos,
Cuanto diera placer causara enojos?

Aun parece, Teresa, que te veo
Aerea como dorada mariposa,
Ensueño delicioso del deseo,
Sobre tallo gentil temprana rosa,
Del amor venturoso devaneo,
Angélica, purísima y dichosa,
Y oigo tu voz dulcísima, y respiro
Tu aliento perfumado en tu suspiro.

Y aun miro aquellos ojos que robaron
A los cielos su azul, y las rosadas
Tintas sobre la nieve, que envidiaron
Las de Mayo serenas alboradas:
Y aquellas horas dulces que pasaron
Tan breves, ¡ay! como después lloradas,
Horas de confianza y de delicias,
De abandono y de amor y de caricias.

Que así las horas rápidas pasaban,
Y pasaba a la par nuestra ventura;
Y nunca nuestras ansias las contaban,
Tú embriagada en mi amor, yo en tu hermosura.
Las horas ¡ay! huyendo nos miraban,
Llanto tal vez vertiendo de ternura;
Que nuestro amor y juventud veían,
Y temblaban las horas que vendrían.

Y llegaron en fin. . . ¡Oh! ¿quién impío
¡Ay! agostó la flor de tu pureza?
Tú fuiste un tiempo cristalino río,
Manantial de purísima limpieza;
Después torrente de color sombrío,
Rompiendo entre peñascos y maleza,
Y estanque, en fin, de aguas corrompidas,
Entre fétido fango detenidas.

¿Cómo caíste despeñado al suelo,
Astro de la mañana luminoso?
Ángel de luz, ¿quién te arrojó del cielo
A este valle de lágrimas odioso?
Aun cercaba tu frente el blanco velo
Del serafín, y en ondas fulguroso
Rayos al mundo tu esplendor vertía,
Y otro cielo el amor te prometía.

Mas ¡ay! que es la mujer ángel caído,
O mujer nada más y lodo inmundo,
Hermoso ser para llorar nacido,
O vivir como autómata en el mundo.
Sí, que el demonio en el Edén perdido,
Abrasara con fuego del profundo
La primera mujer, y ¡ay! aquel fuego
La herencia ha sido de sus hijos luego.

Brota en el cielo del amor la fuente,
Que a fecundar el universo mana,
Y en la tierra su límpida corriente
Sus márgenes con flores engalana;
Mas, ¡ay! huid: el corazón ardiente
Que el agua clara por beber se afana,
Lágrimas verterá de duelo eterno,
Que su raudal lo envenenó el infierno.

Huid, si no queréis que llegue un día
En que enredado en retorcidos lazos
El corazón, con bárbara porfía
Luchéis por arrancároslo a pedazos:
En que al cielo en histérica agonía
Frenéticos alcéis entrambos brazos,
Para en vuestra impotencia maldecirle,
Y escupiros, tal vez, al escupirle.

Los años ¡ay! de la ilusión pasaron,
Las dulces esperanzas que trajeron
Con sus blancos ensueños se llevaron,
Y el porvenir de oscuridad vistieron:
Las rosas del amor se marchitaron,
Las flores en abrojos convirtieron,
Y de afán tanto y tan soñada gloria
Sólo quedó una tumba, una memoria.

¡Pobre Teresa! ¡Al recordarte siento
Un pesar tan intenso!. . . Embarga impío
Mi quebrantada voz mi sentimiento,
Y suspira tu nombre el labio mío:
Para allí su carrera el pensamiento,
Hiela mi corazón punzante frío,
Ante mis ojos la funesta losa,
Donde vil polvo tu beldad reposa.

Y tú feliz, que hallastes en la muerte
Sombra a que descansar en tu camino,
Cuando llegabas, mísera, a perderte
Y era llorar tu único destino:
Cuando en tu frente la implacable suerte
Grababa de los réprobos el sino;
Feliz, la muerte te arrancó del suelo,
Y otra vez ángel, te volviste al cielo.

Roída de recuerdos de amargura,
Árido el corazón, sin ilusiones,
La delicada flor de tu hermosura
Ajaron del dolor los aquilones:
Sola, y envilecida, y sin ventura,
Tu corazón secaron las pasiones:
Tus hijos ¡ay! de ti se avergonzaran,
Y hasta el nombre de madre te negaran.

Los ojos escaldados de tu llanto,
Tu rostro cadavérico y hundido;
Único desahogo en tu quebranto,
El histérico la de tu gemido:
¿Quién, quién pudiera en infortunio tanto
Envolver tu desdicha en el olvido,
Disipar tu dolor y recogerte
En su seno de paz? ¡Sólo la muerte!

¡Y tan joven, y ya tan desgraciada!
Espíritu indomable, alma violenta,
En ti, mezquina sociedad, lanzada
A romper tus barreras turbulenta.
Nave contra las rocas quebrantada,
Allá vaga, a merced de la tormenta,
En las olas tal vez náufraga tabla,
Que sólo ya de sus grandezas habla.

Un recuerdo de amor que nunca muere
Y está en mi corazón; un lastimero
Tierno quejido que en el alma hiere,
Eco süave de su amor primero:
¡Ay! de tu luz, en tanto yo viviere,
Quedará un rayo en mí, blanco lucero,
Que iluminaste con tu luz querida
La dorada mañana de mi vida.

Que yo, como una flor que en la mañana
Abre su cáliz al naciente día,
¡Ay! al amor abrí tu alma temprana,
Y exalté tu inocente fantasía,
Yo inocente también ¡oh! cuán ufana
Al porvenir mi mente sonreía,
Y en alas de mi amor, ¡con cuánto anhelo
Pensé contigo remontarme al cielo!

Y alegre, audaz, ansioso, enamorado,
En tus brazos en lánguido abandono,
De glorias y deleites rodeado,
Levantar para ti soñé yo un trono:
Y allí, tú venturosa y yo a tu lado,
Vencer del mundo el implacable encono,
Y en un tiempo, sin horas ni medida,
Ver como un sueño resbalar la vida.

¡Pobre Teresa! Cuando ya tus ojos
Áridos ni una lágrima brotaban;
Cuando ya su color tus labios rojos
En cárdenos matices se cambiaban;
Cuando de tu dolor tristes despojos
La vida y su ilusión te abandonaban,
Y consumía lenta calentura
Tu corazón al par de tu amargura;

Si en tu penosa y última agonía
Volviste a lo pasado el pensamiento;
Si comparaste a tu existencia un día
Tu triste soledad y tu aislamiento;
Si arrojó a tu dolor tu fantasía
Tus hijos ¡ay! en tu postrer momento
A otra mujer tal vez acariciando,
«Madre» tal vez a otra mujer llamando;

Si el cuadro de tus breves glorias viste
Pasar como fantástica quimera,
Y si la voz de tu conciencia oíste
Dentro de ti gritándote severa;
Si, en fin, entonces tú llorar quisiste
Y no brotó una lágrima siquiera
Tu seco corazón, y a Dios llamaste,
Y no te escuchó Dios, y blasfemaste,
¡Oh! ¡crüel! ¡muy crüel! ¡martirio horrendo!
¡Espantosa expiación de tu pecado!
Sobre un lecho de espinas, maldiciendo,
Morir, el corazón desesperado!
Tus mismas manos de dolor mordiendo,
Presente a tu conciencia tu pasado,
Buscando en vano, con los ojos fijos,
Y extendiendo tus brazos a tus hijos.

¡Oh! ¡crüel! ¡muy crüel! … ¡Ay! yo entre tanto
Dentro del pecho mi dolor oculto,
Enjugo de mis párpados el llanto
Y doy al mundo el exigido culto:
Yo escondo con vergüenza mi quebranto,
Mi propia pena con mi risa insulto,
Y me divierto en arrancar del pecho
Mi mismo corazón pedazos hecho.

Gocemos, sí; la cristalina esfera
Gira bañada en luz: ¡bella es la vida!
¿Quién a parar alcanza la carrera
Del mundo hermoso que al placer convida?
Brilla radiente el sol, la primavera
Los campos pinta en la estación florida:
Truéquese en risa mi dolor profundo. . .
Que haya un cadáver más ¿qué importa al mundo?

 

Himno al sol

 

Para y óyeme ¡oh Sol! yo te saludo

Y estático ante ti me atrevo a hablarte;

Ardiente como tú mi fantasía,

Arrebatada en ansia de admirarte,

Intrépidas a ti sus alas guía.

¡Ojalá que mi acento poderoso,

Sublime resonando,

Del trueno pavoroso

La temerosa voz sobrepujando,

¡Oh sol!, a ti llegara

Y en medio de tu curso te parara!

¡Ah! si la llama que mi mente alumbra

Diera también su ardor a mis sentidos,

Al rayo vencedor que los deslumbra,

Los anhelantes ojos alzaría,

Y en tu semblante fúlgido atrevidos

Mirando sin cesar los fijaría.

¡Cuánto siempre te amé, sol refulgente!

¡Con qué sencillo anhelo,

Siendo niño inocente,

Seguirte ansiaba en el tendido cielo,

Y extático te vía

Y en contemplar tu luz me embebecía!

 

De los dorados límites de Oriente,

Que ciñe el rico en perlas Oceano,

Al término asombroso de Occidente

Las orlas de tu ardiente vestidura

Tiendes en pompa, augusto soberano,

Y el mundo bañas en tu lumbre pura.

Vívido lanzas de tu frente el día,

Y, alma y vida del mundo,

Tu disco en paz majestuoso envía

Plácido ardor fecundo,

Y te elevas triunfante,

Corona de los orbes centellante.

 

Tranquilo subes del cenit dorado

Al regio trono en la mitad del cielo,

De vivas llamas y esplendor ornado,

Y reprimes tu vuelo.

Y desde allí tu fúlgida carrera

Rápido precipitas,

Y tu rica encendida cabellera

En el seno del mar trémula agitas,

Y tu esplendor se oculta,

Y el ya pasado día

Con otros mil la eternidad sepulta.

 

¡Cuántos siglos sin fin, cuántos has visto

En su abismo insondable desplomarse!

¡Cuánta pompa, grandeza y poderío

De imperios populosos disiparse!

¿Qué fueron ante ti? Del bosque umbrío

Secas y leves hojas desprendidas,

Que en círculo se mecen,

Y al furor de Aquilón desaparecen.

 

Libre tú de la cólera divina,

Viste anegarse el universo entero,

Cuando las aguas por Jehová lanzadas,

Impelidas del brazo justiciero,

Y a mares por los vientos despeñadas,

Bramó la tempestad; retumbó en torno

El ronco trueno y con temblor crujieron

Los ejes de diamante de la tierra;

Montes y campos fueron

Alborotado mar, tumba del hombre.

Se estremeció el profundo;

Y entonces tú, como Señor del mundo,

Sobre la tempestad tu trono alzabas,

Vestido de tinieblas,

Y tu faz engreías,

Y a otros mundos en paz resplandecías.

 

Y otra vez nuevos siglos

Viste llegar, huir, desvanecerse

En remolino eterno, cual las olas

Llegan, se agolpan y huyen de Oceano,

Y tornan otra vez a sucederse;

Mientra inmutable tú, solo y radiante

¡Oh sol! siempre te elevas,

Y edades mil y mil huellas triunfante.

 

¿Y habrás de ser eterno, inextinguible,

Sin que nunca jamás tu inmensa hoguera

Pierda su resplandor, siempre incansable,

Audaz siguiendo tu inmortal carrera,

Hundirse las edades contemplando,

Y solo, eterno, perenal, sublime,

Monarca poderoso dominando?

No, que también la muerte,

Si de lejos te sigue,

No menos anhelante te persigue.

¿Quién sabe si tal vez pobre destello

Eres tú de otro sol que otro universo

Mayor que el nuestro un día

Con doble resplandor esclarecía!!!

 

Goza tu juventud y tu hermosura

¡Oh sol!, que cuando el pavoroso día

Llegue que el orbe estalle y se desprenda

De la potente mano

Del Padre Soberano,

Y allá a la eternidad también descienda,

Deshecho en mil pedazos, destrozado

Y en piélagos de fuego

Envuelto para siempre, y sepultado

De cien tormentas al horrible estruendo,

En tinieblas sin fin tu llama pura

Entonces morirá. Noche sombría

Cubrirá eterna la celeste cumbre;

Ni aun quedará reliquia de tu lumbre!!!

 


El pescador

 

Pescadorcita mía, 
 Desciende a la ribera, 
 Y escucha placentera 
 Mi cántico de amor; 
    Sentado en su barquilla,
 Te canta su cuidado, 
 Cual nunca enamorado 
 Tu tierno pescador. 
   
    La noche el cielo encubre 
 Y acalla manso el viento,  
 Y el mar sin movimiento 
 También en calma está: 
    A mi batel desciende, 
 Mi dulce amada hermosa: 
 La noche tenebrosa
 Tu faz alegrará. 
   
    Aquí apartados, solos, 
 Sin otros pescadores, 
 Suavísimos amores 
 Felice te diré,
    Y en esos dulces labios 
 De rosas y claveles 
 El ámbar y las mieles 
 Que vierten libaré. 
   
    La mar adentro iremos,
 En mi batel cantando 
 Al son del viento blando 
 Amores y placer; 
    Regalarete entonces 
 Mil varios pececillos 
 Que al verte, simplecillos, 
 De ti se harán prender. 
   
    De conchas y corales 
 Y nácar a tu frente 
 Guirnalda reluciente, 
 Mi bien, te ceñiré; 
    Y eterno amor mil veces 
 Jurándote, cumplida 
 En ti, mi dulce vida, 
 Mi dicha encontraré.  
   
    No el hondo mar te espante, 
 Ni el viento proceloso, 
 Que al ver tu rostro hermoso 
 Sus iras calmarán; 
    Y sílfidas y ondinas
 Por reina de los mares 
 Con plácidos cantares 
 A par te aclamarán. 
   
    Ven ¡ay! a mi barquilla, 
 Completa mi fortuna; 
 Naciente ya a la luna 
 Refleja el ancho mar; 
    Sus mansas olas bate 
 Süave, leve brisa; 
 Ven ¡ay! mi dulce Elisa,
 Mi pecho a consolar.

 


A la noche

 

Salve, oh tú, noche serena,

Que al mundo velas augusta,

Y los pesares de un triste

Con tu oscuridad endulzas.

 

El arroyuelo a lo lejos

Más acallado murmura,

Y entre las ramas el aura

Eco armonioso susurra.

 

Se cubre el monte de sombras

Que las praderas anublan,

Y las estrellas apenas

Con trémula luz alumbran.

 

Melancólico rüido

Del mar las olas murmuran,

Y fatuos, rápidos fuegos

Entre sus aguas fluctúan.

 

El majestüoso río

Sus claras ondas enluta,

Y los colores del campo

Se ven en sombra confusa.

 

Al aprisco sus ovejas

Lleva el pastor con presura,

Y el labrador impaciente

Los pesados bueyes punza.

 

En sus hogares le esperan

Su esposa y prole robusta,

Parca cena, preparada

Sin sobresalto ni angustia.

 

Todos süave reposo

En tu calma, ¡oh noche!, buscan,

Y aun las lágrimas tus sueños

Al desventurado enjugan.

¡Oh qué silencio! ¡Oh qué grata

Oscuridad y tristura!

¡Cómo el alma contemplaros

En sí recogida gusta!

 

Del mustio agorero búho

El ronco graznar se escucha,

Que el magnífico reposo

Interrumpe de las tumbas.

 

Allá en la elevada torre

Lánguida lámpara alumbra,

Y en derredor negras sombras,

Agitándose, circulan.

 

Mas ya el pértigo de plata

Muestra naciente la luna,

Y las cimas del otero

De cándida luz inunda.

 

Con majestad se adelanta

Y las estrellas ofusca,

Y el azul del alto cielo

Reverbera en lumbre pura.

 

Deslízase manso el río

Y su luz trémula ondula

En sus aguas retratada,

Que, terso espejo, relumbran.

 

Al blando batir del remo

Dulces cantares se escuchan

Del pescador, y su barco

Al plácido rayo cruza.

 

El ruiseñor a su esposa

Con vario cántico arrulla,

Y en la calma de los bosques

Dice él solo sus ternuras.

 

Tal vez de algún caserío

Se ve subir en confusas

Ondas el humo, y por ellas

Entreclarear la luna.

 

Por el espeso ramaje

Penetrar sus rayos dudan,

Y las hojas que los quiebran,

Hacen que tímidos luzcan.

 

Ora la brisa süave

Entre las flores susurra,

Y de sus gratos aromas

El ancho campo perfuma.

 

Ora acaso en la montaña

Eco sonoro modula

Algún lánguido sonido,

Que otro a imitar se apresura.

 

Silencio, plácida calma

A algún murmullo se juntan

Tal vez, haciendo más grata

La faz de la noche augusta.

 

¡Oh! salve, amiga del triste,

Con blando bálsamo endulza

Los pesares de mi pecho,

Que en ti su consuelo buscan.

 

Canción de la muerte

 

Débil mortal no te asuste
mi oscuridad ni mi nombre;
en mi seno encuentra el hombre
un término a su pesar.
Yo, compasiva, te ofrezco
lejos del mundo un asilo,
donde a mi sombra tranquilo
para siempre duerma en paz.

Isla yo soy del reposo
en medio el mar de la vida,
y el marinero allí olvida
la tormenta que pasó;
allí convidan al sueño
aguas puras sin murmullo,
allí se duerme al arrullo
de una brisa sin rumor.

Soy melancólico sauce
que su ramaje doliente
inclina sobre la frente
que arrugara el padecer,
y aduerme al hombre, y sus sienes
con fresco jugo rocía
mientras el ala sombría
bate el olvido sobre él.

Soy la virgen misteriosa
de los últimos amores,
y ofrezco un lecho de flores,
sin espina ni dolor,
y amante doy mi cariño
sin vanidad ni falsía;
no doy placer ni alegría,
más es eterno mi amor.

En mi la ciencia enmudece,
en mi concluye la duda
y árida, clara, desnuda,
enseño yo la verdad;
y de la vida y la muerte
al sabio muestro el arcano
cuando al fin abre mi mano
la puerta a la eternidad.

Ven y tu ardiente cabeza
entre mis manos reposa;
tu sueño, madre amorosa;
eterno regalaré;
ven y yace para siempre
en blanca cama mullida,
donde el silencio convida
al reposo y al no ser.

Deja que inquieten al hombre
que loco al mundo se lanza;
mentiras de la esperanza,
recuerdos del bien que huyó;
mentiras son sus amores,
mentiras son sus victorias,
y son mentiras sus glorias,
y mentira su ilusión.

Cierre mi mano piadosa
tus ojos al blanco sueño,
y empape suave beleño
tus lágrimas de dolor.
Yo calmaré tu quebranto
y tus dolientes gemidos,
apagando los latidos
de tu herido corazón.

 

La desesperación

 

Me gusta ver el cielo
con negros nubarrones
y oír los aquilones
horrísonos bramar,
me gusta ver la noche
sin luna y sin estrellas,
y sólo las centellas la tierra iluminar.

Me agrada un cementerio
de muertos bien relleno,
manando sangre y cieno
que impida el respirar,
y allí un sepulturero
de tétrica mirada
con mano despiadada
los cráneos machacar.

Me alegra ver la bomba
caer mansa del cielo,
e inmóvil en el suelo,
sin mecha al parecer,
y luego embravecida
que estalla y que se agita
y rayos mil vomita
y muertos por doquier.

Que el trueno me despierte
con su ronco estampido,
y al mundo adormecido
le haga estremecer,
que rayos cada instante
caigan sobre él sin cuento,
que se hunda el firmamento
me agrada mucho ver.

La llama de un incendio
que corra devorando
y muertos apilando
quisiera yo encender;
tostarse allí un anciano,
volverse todo tea,
y oír como chirrea
¡qué gusto!, ¡qué placer!

Me gusta una campiña
de nieve tapizada,
de flores despojada,
sin fruto, sin verdor,
ni pájaros que canten,
ni sol haya que alumbre
y sólo se vislumbre
la muerte en derredor.

Allá, en sombrío monte,
solar desmantelado,
me place en sumo grado
la luna al reflejar,
moverse las veletas
con áspero chirrido
igual al alarido
que anuncia el expirar.

Me gusta que al Averno
lleven a los mortales
y allí todos los males
les hagan padecer;
les abran las entrañas,
les rasguen los tendones,
rompan los corazones
sin de ayes caso hacer.

Insólita avenida
que inunda fértil vega,
de cumbre en cumbre llega,
y arrasa por doquier;
se lleva los ganados
y las vides sin pausa,
y estragos miles causa,
¡qué gusto!, ¡qué placer!

Las voces y las risas,
el juego, las botellas,
en torno de las bellas
alegres apurar;
y en sus lascivas bocas,
con voluptuoso halago,
un beso a cada trago
alegres estampar.

Romper después las copas,
los platos, las barajas,
y abiertas las navajas,
buscando el corazón;
oír luego los brindis
mezclados con quejidos
que lanzan los heridos
en llanto y confusión.

Me alegra oír al uno
pedir a voces vino,
mientras que su vecino
se cae en un rincón;
y que otros ya borrachos,
en trino desusado,
cantan al dios vendado
impúdica canción.

Me agradan las queridas
tendidas en los lechos,
sin chales en los pechos
y flojo el cinturón,
mostrando sus encantos,
sin orden el cabello,
al aire el muslo bello...
¡Qué gozo!, ¡qué ilusión!

 


El estudiante de Salamanca

Parte primera

 

Sus fueros, sus bríos,
sus premáticas, su voluntad.
Quijote.- Parte primera.
   Era más de media noche,
antiguas historias cuentan,
cuando en sueño y en silencio
lóbrego envuelta la tierra,
los vivos muertos parecen,
los muertos la tumba dejan.
Era la hora en que acaso
temerosas voces suenan
informes, en que se escuchan
tácitas pisadas huecas,
y pavorosas fantasmas
entre las densas tinieblas
vagan, y aúllan los perros
amedrentados al verlas:
En que tal vez la campana
de alguna arruinada iglesia
da misteriosos sonidos
de maldición y anatema,
que los sábados convoca
a las brujas a su fiesta.
El cielo estaba sombrío,
no vislumbraba una estrella,
silbaba lúgubre el viento,
y allá en el aire, cual negras
fantasmas, se dibujaban
las torres de las iglesias,
y del gótico castillo
las altísimas almenas,
donde canta o reza acaso
temeroso el centinela.
Todo en fin a media noche
reposaba, y tumba era
de sus dormidos vivientes
la antigua ciudad que riega
el Tormes, fecundo río,
nombrado de los poetas,
la famosa Salamanca,
insigne en armas y letras,
patria de ilustres varones,
noble archivo de las ciencias.
Súbito rumor de espadas
cruje y un ¡ay! se escuchó;
un ay moribundo, un ay
que penetra el corazón,
que hasta los tuétanos hiela
y da al que lo oyó temblor.
Un ¡ay! de alguno que al mundo
pronuncia el último adiós.

El ruido

cesó,

un hombre

pasó

embozado,

y el sombrero

recatado

a los ojos

se caló.

Se desliza

y atraviesa

junto al muro

de una iglesia
y en la sombra
se perdió.

   Una calle estrecha y alta,
la calle del Ataúd
cual si de negro crespón
lóbrego eterno capuz
la vistiera, siempre oscura
y de noche sin más luz
que la lámpara que alumbra
una imagen de Jesús,
atraviesa el embozado
la espada en la mano aún,
que lanzó vivo reflejo
al pasar frente a la cruz.

   Cual suele la luna tras lóbrega nube
con franjas de plata bordarla en redor,
y luego si el viento la agita, la sube
disuelta a los aires en blanco vapor:

   Así vaga sombra de luz y de nieblas,
mística y aérea dudosa visión,
ya brilla, o la esconden las densas tinieblas
cual dulce esperanza, cual vana ilusión.

   La calle sombría, la noche ya entrada,
la lámpara triste ya pronta a expirar,
que a veces alumbra la imagen sagrada
y a veces se esconde la sombra a aumentar.

   El vago fantasma que acaso aparece,
y acaso se acerca con rápido pie,
y acaso en las sombras tal vez desparece,
cual ánima en pena del hombre que fue,

   al más temerario corazón de acero
recelo inspirara, pusiera pavor;
al más maldiciente feroz bandolero
el rezo a los labios trajera el temor.

   Mas no al embozado, que aún sangre su espada
destila, el fantasma terror infundió,
y, el arma en la mano con fuerza empuñada,
osado a su encuentro despacio avanzó.

   Segundo don Juan Tenorio,
alma fiera e insolente,
irreligioso y valiente,
altanero y reñidor:
   Siempre el insulto en los ojos,
en los labios la ironía,
nada teme y toda fía
de su espada y su valor.

   Corazón gastado, mofa
de la mujer que corteja,
y, hoy despreciándola, deja
la que ayer se le rindió.
   Ni el porvenir temió nunca,
ni recuerda en lo pasado
la mujer que ha abandonado,
ni el dinero que perdió.

   Ni vio el fantasma entre sueños
del que mató en desafío,
ni turbó jamás su brío
recelosa previsión.
   Siempre en lances y en amores,
siempre en báquicas orgías,
mezcla en palabras impías
un chiste y una maldición.

   En Salamanca famoso
por su vida y buen talante,
al atrevido estudiante
le señalan entre mil;
   fuero le da su osadía,
le disculpa su riqueza,
su generosa nobleza,
su hermosura varonil.

   Que en su arrogancia y sus vicios,
caballeresca apostura,
agilidad y bravura
ninguno alcanza a igualar:
   Que hasta en sus crímenes mismos,
en su impiedad y altiveza,
pone un sello de grandeza
don Félix de Montemar.

   Bella y más segura que el azul del cielo
con dulces ojos lánguidos y hermosos,
donde acaso el amor brilló entre el velo
del pudor que los cubre candorosos;
tímida estrella que refleja al suelo
rayos de luz brillantes y dudosos,
ángel puro de amor que amor inspira,
fue la inocente y desdichada Elvira.

   Elvira, amor del estudiante un día,
tierna y feliz y de su amante ufana,
cuando al placer su corazón se abría,
como el rayo del sol rosa temprana;
del fingido amador que la mentía,
la miel falaz que de sus labios mana
bebe en su ardiente sed, el pecho ajeno
de que oculto en la miel hierve el veneno.

   Que no descansa de su madre en brazos
más descuidado el candoroso infante,
que ella en los falsos lisonjeros lazos
que teje astuto el seductor amante:
Dulces caricias, lánguidos abrazos,
placeres ¡ay! que duran un instante,
que habrán de ser eternos imagina
la triste Elvira en su ilusión divina.

   Que el alma virgen que halagó un encanto
con nacarado sueño en su pureza,
todo lo juzga verdadero y santo,
presta a todo virtud, presta belleza.
Del cielo azul al tachonado manto,
del sol radiante a la inmortal riqueza,
al aire, al campo, a las fragantes flores,
ella añade esplendor, vida y colores.

   Cifró en don Félix la infeliz doncella
toda su dicha, de su amor perdida;
fueron sus ojos a los ojos de ella
astros de gloria, manantial de vida.
Cuando sus labios con sus labios sella
cuando su voz escucha embebida,
embriagada del dios que la enamora,
dulce le mira, extática le adora.
 


Himno al dos de mayo
 

¡Oh! ¡Es el pueblo! ¡Es el pueblo! Cual las olas
del hondo mar, alboratado brama;
las esplendentes glorias españolas,
su antigua prez, su independencia aclama.

Hombres, mujeres vuelan al combate;
el volcán de sus iras estalló:
sin armas van, pero en sus pechos late
un corazón colérico español.

La frente coronada de laureles,
con el botín de la vencisa Europa,
con sangre hasta las cinchas los corceles
en cien campañas, veterana tropa,

los que el rápido Volga ensangrentaron,
los que humillaron a sus pies naciones,
sobre las pirámides pasaron
al galope veloz de sus bridones,

a eterna lucha, a desigual batalla,
Madrid provoca en su encendida ira,
su pueblo inerme allí entre la metralla
y entre los sables reluchando gira.

Graba en su frente luminosa huella
la lumbre que destella el corazón;
y a parar con sus pechos se atropella
el rayo del mortífero cañón.

¡Oh de sangre y valor glorioso día!
Mis padres cuando niño me contaron
sus hechos ¡ay! y en la memoria mía
santo recuerdo de virtud quedaron!!

"Entonces indignados, me decían,
cayó el cetro español pedazos hecho;
por precio vil a extraños nos vendían,
desde el de CARLOS profanando lecho.

La corte del monarca disoluta,
prosternada a las plantas de un privado,
sobre el seno de impura prostituta,
al trono de los reyes ensalzado.

Sobre coronas, tronos y tiaras,
su orgullo solo, y su capricho ley,
hordas, de snagre y de conquista avaras,
cada soldado un absoluto rey,

fijo en España el ojo centelleante,
el Pirene a salvar pronto el bridón,
al rey de reyes, al audaz gigante,
ciegos ensalzan, siguen en montón".

Y vosotros, ¿qué hicistéis entre tanto,
los de espíritu flaco y alta cuna?
Derramar como hembras débil llanto
o adular bajamente a la fortuna;

buscar tras la extranjera bayoneta
seguro a vuestras vidas y muralla,
y siervos viles, a la plebe inquieta,
con baja lengua apellidar canalla.

¡Canalla, sí, vosotros los traidores,
los que negáis al entusiasmo ardiente,
su gloria, y nunca vistéis los fulgores
con que ilumina la inspirada frente!

¡Canalla, sí, los que en la lid, alarde
hicieron de su infame villanía,
disfrazando su espíritu cobarde
con la sana razón segura y fría!

¡Oh! la canalla, la canalla en tanto,
arrojó el grito de venganza y guerra,
y arrebatada en su entusiasmo santo,
quebrantó las cadenas de la tierra:

Del centro de sus reyes los pedazos
del suelo ensangrentado recogía,
y un nuevo trono en sus robustos brazos
levantando a su príncipe ofrecía.

Brilla el puñal en la irritada mano,
huye el cobarde y el traidor se esconde;
truena el cañón y el grito castellano
de INDEPENDENCIA y LIBERTAD responde.

¡Héroes de mayo, levantad las frentes!
Sonó la hora y la venganza espera:
Id y hartad vuestra sed en los torrentes
de sangre de Bailén y Talavera.

Id, saludad los héroes de Gerona,
alzad con ellos el radiante vuelo,
y a los de Zaragoza alta corona
ceñid que aumente el esplendor del cielo.

Mas ¡ay! ¿por qué cuando los ojos brotan
lágrimas de entusiasmo y de alegría,
y el alma atropellados alborotan
tantos recuerdos de honra y valentía,

negra nube en el alma se levanta,
que turba y oscurece los sentidos,
fiero dolor el corazón quebrante,
y se ahoga la voz entre gemidos?

¡Oh levantad la frente carcomida,
mártires de la gloria,
que aún arde en ella y con eterna vida,
la luz de la victoria!

¡Oh levantadla del eterno sueño,
y con los huecos de los ojos fijos,
contemplad una vez con torvo ceño
la verguenza y baldón de vuestros hijos!

Quizá en vosotros, donde el fuego arde
del castellano honor, aun sobre vida
para alentar el corazón cobarde,
y abrasar esta tierra envilecida.

¡Ay! ¿Cuál fue el galardón de vuestro celo,
de tanta sangre y bárbaro quebranto,
de tan heroica lucha y tanto anhelo,
tanta virtud y sacrificio tanto?

El trono que erigió vuestra bravura,
sobre huesos de héroes cimentado,
un rey ingrato, de memoria impura,
con eterno baldón dejó manchado.

¡Ay! Para erir la libertad sagrada,
el príncipe, borrón de nuestra historia,
lamó en su auxilio la francesa espada,
que segase el laurel de vuestra gloria.

Y vuestros hijos de la muerte huyeron,
y esa sagrada tumba abandonaron,
hollarla ¡oh Dios! a los franceses vieron
y hollarla a los franceses les dejaron.

Como la mar tempestuosa ruge,
la losa al choque de los cráneos duros
tronó y se alzó con indignado empuje,
del galo audaz bajo los pies impuros.

Y aún hoy hélos allí que su semblante
con hipócrita máscara cubrieron,
y a LUIS PELIPE en muestra suplicante,
ambos brazos imbéciles tendieron.

La vil palabra ¡intervención! gritaron
y del rey mercader la reclamaban;
de vuestros timbres sin honor mofaron
mientras en su impudor se encenagaban.

Tumba vosotros sois de vuestra gloria,
de la antigua hidalguía,
del castellano honor que en la memoria
sólo nos queda hoy día.

Hoy esa raza, degradada, espuria,
pobre nación, que esclavizarte anhela,
busca también por renovar tu injuria
de extranjeros monarcas la tutela.

Verted juntando las dolientes manos
lágrimas ¡ay! que escalden la mejilla;
mares de eterno llanto, castellanos,
no bastan a borrar nuestra mancilla.

Llorad como mujeres, vuestra lengua
no osa lanzar el grito de venganza;
apáticos vivís en tanta mengua
y os cansa el brazo el peso de la lanza.

¡Oh! en el dolor inmenso que me inspira,
el pueblo entorno avergonzado calle;
y estallando las cuerdas de mi lira,
roto también, mi corazón estalle.

 


Óscar y Malvina
Imitación del estilo de Ossián

(A tale of the times of old)

  
LA DESPEDIDA 


 Magnífico Morvén, se alza tu frente 
 De sempiterna nieve coronada; 
 Al hondo valle bramador torrente 
 De tu cumbre enriscada 
 Se derrumba con ímpetu sonante,
 Y zumba allá distante. 
 La lira de Ossián resonó un día 
 En tu breñosa cumbre: 
 Tierna melancolía 
 Vertió en la soledad, y repetiste
 Su acento de dolor lánguido y dulce, 
 Como el recuerdo del amante triste 
 De su amada en la tumba. 
 El eco de su voz clamando guerra 
 Al rumor del torrente parecía,
 Que en silencio retumba. 
 Aun figuro tal vez que las montañas 
 De nuevo esperan resonar su acento, 
 Cual muda la ribera 
 De las olas que tornan,
 El ronco estruendo y el embate espera. 
 ¿Dónde estás, Ossián? ¿En los palacios 
 De las nubes agitas la tormenta, 
 O en el collado gira allá en la noche 
 Vagorosa tu sombra macilenta?
 Siento tierno quejido, 
 Y oigo el nombre de Óscar y de Malvina 
 Del aura entre el rüido, 
 Si el alta copa del ciprés inclina; 
 Y al resonar el hijo de la roca,
 Cuando su voz se pierde 
 Cual la luz de la luna entre la niebla, 
 Mi mente se figura 
 Que escucho tus acentos de dulzura. 
 Miro el alcázar de Fingal cubierto
 De innoble musgo y yerba, 
 Y en silencio profundo sepultado 
 Como la noche el mar, el viento en calma. 
 ¿Do las armas están? ¿Dónde el sonido 
 Del escudo batido?
 ¿Do de Carril la lira delicada, 
 Las fiestas de las conchas y tu llanto, 
 Moina desconsolada? 
 Blando el eco repite 
 Segunda vez el nombre de Malvina
 Y el de su dulce Óscar: tiernos se amaron, 
 Gime en su losa de la noche el viento, 
 Y repite sus nombres que pasaron. 
    Óscar de negros ojos, en las paces 
 Dulce su corazón como los rayos
 Del astro bello precursor del día, 
 Y fiero en la batalla de la lanza, 
 A la suya seguía 
 La muerte que vibraba su pujanza. 
    Llamó al héroe la guerra
 Que el tirano Cairvar fiero traía, 
 Y su Malvina hermosa 
 Tierno llanto vertiendo le decía: 
 «¿Dónde marchas, Óscar? Sobre las rocas, 
 Donde braman los vientos,
 Me mirarán llorar mis compañeras: 
 No más fatigaré vibrando el arco 
 Por el monte las fieras, 
 Ni a ti cansado de la ardiente caza 
 Te esperaré cuidosa,
 Ni oiré ya más la voz de tus amores, 
 Ni mi alma estará nunca gozosa. 
 '¿En dónde está mi Óscar?' a los guerreros 
 Preguntaré anhelante, 
 Y ellos pasando junto a mí ligeros
 Responderán: '¡Murió!'». Dice, y expira  
 En sollozos su acento más süave  
 Que del arpa el sonido,  
 al vislumbrar la luna  
 En solitario bosque y escondido.
    «Destierra ese temor, Malvina mía  
 -Óscar responde con fingido aliento-;  
 Muchos los héroes son que Fingal manda:  
 Caiga el Fiero Cairvar y yo perezca,  
 Si es forzoso también; mas tú, Malvina,
 Bella como la edad de la inocencia,  
 Vive, que ya destina  
 Himnos el barco a eternizar mi gloria.  
 Mis hazañas oirás y entre las nubes  
 Yo sonreiré feliz, y vagaroso
 Allá en la noche fría  
 Bajaré a tu mansión; verás mi sombra  
 Al triste rayo de la luna umbría».  
    Y dice y se desprende de los brazos  
 De su infeliz Malvina;
 A pasos rapidísimos avanza,  
 Y a la llama oscilante  
 De las hogueras del extenso campo  
 Brillar se ven sus armas cual radiante,  
 Rápida exhalación. Yace en silencio
 El campamento todo,  
 Y sólo al eco repetir se siente  
 El crujir al andar de su armadura  
 Y el blando susurrar del manso ambiente.  
    Cual por nubes la luna silenciosa 
 Su luz quebrada envía  
 Trémula sobre el mar que la retrata,  
 Que ora se ve brillar, ora perdida  
 Pardo vellón de nube la arrebata,  
 Cielo y tierra en tinieblas sepultando;
 Así a veces Óscar brilla y se pierde,  
 La selva atravesando.  
    
EL COMBATE


    Cairvar yace dormido  
 Y tiene junto a sí lanza y escudo,  
 Y relumbra su yelmo
 Claro a la llamarada reluciente  
 De un tronco carcomido,  
 Casi despojo de la llama ardiente,  
 Mitad de él a cenizas reducido.  
    «Levántate, Cairvar -Óscar le grita-; 
 Cual hórrida tormenta  
 Eres tú de temer, mas yo no tiemblo:  
 Desprecio tu arrogancia y osadía;  
 La lanza apresta y el escudo embraza,  
 Álzate pues, que Óscar te desafía.»
    Cual en noche serena  
 Súbito amenazante, inmensa nube  
 La turbulenta mar de espanto llena,  
 Se levanta Cairvar, alto cual roca  
 De endurecido hielo.
 «¿Quién osa del valiente  
 -En voz tronante grita-  
 Ora turbar el sueño, y quién irrita  
 La cólera a Cairvar armipotente?»  
    «Vigoroso es tu brazo en la pelea,
 Rey de la mar de aurirrolladas olas  
 -Óscar de negros ojos le responde-,  
 . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .  
 Hará ceder tu indómita pujanza.»  
    Como el furor del viento proceloso  
 Ondas con ondas con bramido horrendo
 Estrella impetuoso,  
 Los guerreros ardiendo se arremeten  
 Y fieros se acometen.  
    Chispea el hierro, la armadura suena:  
 Al rumor de los golpes gime el viento,
 Y su son, dilatándose violento,  
 Al ronco monte atruena.  
    Cayó Cairvar como robusto tronco  
 Que tumba el leñador al golpe rudo  
 De hendiente hacha pesada,
 Y cayó derribada  
 Su soberbia fiereza,  
 Y su insolente orgullo y aspereza.  
    Mas ¡ay! que moribundo  
 Óscar yace también: ¡triste Malvina!
 Aún no los bellos ojos apartaste  
 Del bosque aquel que le ocultó a tu vista,  
 Y del último adiós aún no enjugaste  
 Las lágrimas hermosas,  
 Tú más dulce a tu Óscar que las sabrosas
 Auras de la mañana,  
 Siempre sola estarás; si entre las selvas  
 Pirámide de hielo  
 Reverbera a la luna,  
 En tu ilusión dichosa
 Figurarás tu amante,  
 Pensando ver su cota fulgurosa;  
 Pasará tu delirio  
 Y verterás al llanto de amargura  
 Sola y desconsolada...
    «¡Ay! ¡Óscar pereció!», gemirá el viento  
 Al romper la alborada,  
 Y al ocultar el sol la sombra oscura  
 De la noche callada.  
 


A Jarifa en una orgía

 

Trae, Jarifa, trae tu mano, 
    Ven y pósala en mi frente, 
    Que en un mar de lava hirviente 
    Mi cabeza siento arder. 
       Ven y junta con mis labios
    Esos labios que me irritan, 
    Donde aún los besos palpitan 
    De tus amantes de ayer. 
   
       ¿Qué la virtud, la pureza? 
    ¿Qué la verdad y el cariño?  
    Mentida ilusión de niño 
    Que halagó mi juventud. 
       Dadme vino: en él se ahoguen 
    Mis recuerdos; aturdida, 
    Sin sentir, huya la vida;  
    Paz me traiga el ataúd. 
   
       El sudor mi rostro quema, 
    Y en ardiente sangre, rojos 
    Brillan inciertos mis ojos, 
    Se me salta el corazón.
       Huye, mujer; te detesto, 
    Siento tu mano en la mía, 
    Y tu mano siento fría, 
    Y tus besos hielo son. 
   
       ¡Siempre igual! Necias mujeres, 
    Inventad otras caricias, 
    otro mundo, otras delicias, 
    ¡O maldito sea el placer! 
       Vuestros besos son mentira, 
    Mentira vuestra ternura, 
    Es fealdad vuestra hermosura, 
    Vuestro gozo es padecer. 
   
       Yo quiero amor, quiero gloria, 
    Quiero un deleite divino, 
    Como en mi mente imagino,  
    Como en el mundo no hay; 
       Y es la luz de aquel lucero 
    Que engañó mi fantasía, 
    Fuego fatuo, falso guía 
    Que errante y ciego me tray. 
   
    ¿Por qué murió para el placer mi alma,
 Y vive aún para el dolor impío? 
 ¿Por qué, si yazgo en indolente calma, 
 Siento en lugar de paz árido hastío? 
   
    ¿Por qué este inquieto abrasador deseo? 
 ¿Por qué este sentimiento extraño y vago
 Que yo mismo conozco un devaneo, 
 Y busco aún su seductor halago? 
   
    ¿Por qué aún fingirme amores y placeres 
 Que cierto estoy de que serán mentira? 
 ¿Por qué en pos de fantásticas mujeres
 Necio tal vez mi corazón delira, 
   
    Si luego en vez de prados y de flores 
 Halla desiertos áridos y abrojos, 
 Y en sus sandios o lúbricos amores 
 Fastidio sólo encontrará y enojos?
   
    Yo me arrojé, cual rápido cometa, 
 En alas de mi ardiente fantasía, 
 Do quier mi arrebatada mente inquieta 
 Dichas y triunfos encontrar creía. 
   
    Yo me lancé con atrevido vuelo
 Fuera del mundo en la región etérea, 
 Y hallé la duda, y el radiante cielo 
 Vi convertirse en ilusión aérea. 
   
    Luego en la tierra la virtud, la gloria 
 Busqué con ansia y delirante amor,
 Y hediondo polvo y deleznable escoria 
 Mi fatigado espíritu encontró. 
   
    Mujeres vi de virginal limpieza 
 Entre albas nubes de celeste lumbre; 
 Yo las toqué, y en humo su pureza
 trocarse vi, y en lodo y podredumbre. 
   
    Y encontré mi ilusión desvanecida, 
 Y eterno e insaciable mi deseo; 
 Palpé la realidad y odié la vida: 
 Sólo en la paz de los sepulcros creo.
   
    Y busco aún y busco codicioso, 
 Y aún deleites el alma finge y quiere; 
 Pregunto, y un acento pavoroso 
 «¡Ay! -me responde-, desespera y muere. 
   
    »Muere, infeliz: la vida es un tormento,
 Un engaño el placer; no hay en la tierra 
 Paz para ti, ni dicha, ni contento, 
 Sino eterna ambición y eterna guerra. 
   
    »Que así castiga Dios el alma osada, 
 Que aspira loca, en su delirio insano,
 De la verdad para el mortal velada, 
 A descubrir el insondable arcano.» 
   
       ¡Oh, cesa! No, yo no quiero 
    Ver más, ni saber ya nada; 
    Harta mi alma y postrada,
    Sólo anhela el descansar. 
   
       En mí muera el sentimiento, 
    Pues ya murió mi ventura, 
    Ni el placer ni la tristura 
    Vuelvan mi pecho a turbar.
   
    Pasad, pasad en óptica ilusoria, 
 Y otras jóvenes almas engañad; 
 Nacaradas imágenes de gloria, 
 Coronas de oro y de laurel, pasad. 
   
    Pasad, pasad, mujeres voluptuosas,
 Con danza y algazara en confusión; 
 Pasad como visiones vaporosas 
 Sin conmover ni herir mi corazón. 
   
 Y aturdan mi revuelta fantasía 
 Los brindis y el estruendo del festín,
 Y huya la noche y me sorprenda el día 
 En un letargo estúpido y sin fin. 
   
       Ven, Jarifa; tú has sufrido 
    Como yo; tú nunca lloras; 
    mas, ¡ay triste!, que no ignoras
    Cuán amarga es mi aflicción. 
       Una misma es nuestra pena, 
    En vano el llanto contienes... 
    Tú también, como yo tienes, 
    Desgarrado el corazón.