Ramón de Mesonero Romanos (1803-1882)

Textos


El amante corto de vista

¡Ay cielos! sueño despierto,

pierdo cuando estoy ganando,

soy lince y a oscuras ando,

y en fin, apunto y no acierto.

(Tirso de Molina)

 

«¡Cómo! (exclamará con sorpresa algún crítico al leer el título de este discurso) ¿tampoco los vicios físicos están fuera del alcance de los tiros del Curioso? ¿Ignora acaso este buen señor que no le es lícito particularizar circunstancias que quiten a sus cuadros las aplicaciones generales? ¿Y quién le ha dicho tampoco que sea razonable presentar el ridículo de un vicio físico, por lo menos sin que vaya acompañado de otro moral?»

-Paciencia, hermano, y entendámonos, que quizá no es difícil. Venga usted acá; cuando ciertos vicios físicos son tan comunes en un pueblo, que contribuyen a caracterizar su particular fisonomía, ¿será bien que el descritor de costumbres los pase por alto sin sacar partido de las varias escenas que deben ofrecerle? Si hubiese un pueblo, por ejemplo, compuesto de cojos, ¿no sería curioso saber el orden de la marcha de sus ejércitos, sus juegos, sus bailes, sus ejercicios gimnásticos? ¿Pues por qué no se ha de pintar el amor corto de vista donde apenas hay amante que no lo sea? Por otro lado, ¿quién le ha dicho a usted que esta enfermedad de moda no presenta su aspecto moral? ¿Tan difícil sería probar su origen de la depravación de costumbres, de los vicios de la educación, o de los excesos de la juventud? Conque ya ve usted, señor crítico, que este asunto entra naturalmente en la jurisdicción de mi benigna correa; conque ya usted conocerá que no hay inconveniente en hablar de él... ¿No? pues manos a la obra.

Los ejemplos me salen al paso, y no tengo más que hacer que la elección de uno. Tóquele por hoy la suerte a Mauricio R... y perdone si le hago servir para desarrugar la frente de mis amables lectoras. -¿Y quién es el tal? -El tal, señoras mías, es un joven de veinte y tres años, cuya figura expresiva y aire sentimental descubre a primera vista un corazón tierno y propenso al amor; no es por lo tanto extraño que encontrase gracia cerca de ustedes. Así ha sucedido, pues, y algunas aventurillas en calles y paseos previnieron al joven Mauricio de sus ventajosas circunstancias; mas por desgracia el pobre mancebo tiene un defecto capital, y es el ser corto de vista; muy corto de vista; lo cual le contraría en todos sus planes.

Alto, señoras, no hay que reírse, que mi héroe no lo toma a risa, ni sabe sacar partido como otros muchos de este mismo defecto, para ser más atrevido y exigente, para ostentar sobre su nariz brillantes gafas de oro, o para sorprender con su inevitable lente las miradas furtivas de las damas. Nada menos que eso. Mauricio es sensible, pero muy comedido; y más bien quiere privarse de un placer que causar un disgusto a otra persona. Bien hubiera deseado ponerse anteojos perpetuos, como hacen otros sin necesidad y sólo por petulancia; ¡pero dicen tan mal unos espejuelos moviéndose al precipitado compás de la Mazzovvrka!!! Y Mauricio a los veinte y tres años no podía determinarse a dejar de bailar la Mazzowrka. Buen remedio era por cierto el lente colgante, pero además de la prudencia con que lo usaba, ¿cómo adivinar las escenas que iban a suceder para estar prevenido con él en la mano? Si la hermosa Filis volvía rápidamente hacia él sus bellos ojos, o dejaba caer su pañuelo para darle ocasión de hablar con ella, ¿quién lo había de prever un minuto antes? Si creyendo sacar a bailar a la más hermosa de la sala se hallaba con que se había ofrecido a una momia de Egipto ¿de qué le servía el lente un minuto después? Vamos, está visto que el lente no sirve de nada, y Mauricio, que conocía esto, se desesperaba de veras.

El amor, que por largo tiempo se había complacido en punzarle ligeramente, vino por fin a atravesar de parte a parte su corazón; y una noche en el baile de la marquesa de... Mauricio, que bailaba con la bella Matilde de Laínez no pudo menos de espontanear una declaración en regla. La niña, en quien sin duda los atractivos de Mauricio hicieron su efecto, no se determinó a reprenderle.

Faute d'avoir le temps de se mettre en courroux.

Y he aquí a mi buen mancebo en el momento más feliz del amor, el de mirarse correspondido por la persona amada. Ya nuestros amantes habían hablado largamente; tres rigodones y un galop no habían hecho más que avivar el fuego de su pasión; pero el sarao se terminaba, y el rendido Mauricio renovaba protestas y juramentos, tomaba exactamente la hora y el minuto en que Matilde se asomaría al balcón, la iglesia donde acudía a oír misa, los paseos y tertulias que frecuentaba, las óperas favoritas de la mamá: en una palabra, todos aquellos antecedentes que vosotros, diestros jóvenes, no descuidáis en tales casos. Pero el inexperto Mauricio se olvidaba en tanto de reconocer puntualmente a la mamá y a una hermana mayor de Matilde que estaban en el baile; no hizo alto en el padre de ésta, coronel de caballería; y por último, no se atrevió a prevenir a su amada de la circunstancia fatal de su cortedad de vista. El suceso le dio después a conocer su error.

No bien llegó la hora señalada, corrió al siguiente día a la calle donde vivía su dueña, repasando cuidadosamente las señas de la casa. Matilde le había dicho que era número 12, y que hacía esquina a cierta calle; mas por cuánto la otra esquina, que era número 72, parecióle 12 al desdichado amante, y fue la que escogió como objeto de su bloqueo.

Matilde que le vio venir (ojos femeniles, ¡qué no veis cuando estáis enamorados!) tiró su almohadilla, y saliendo precipitada al balcón ostentó a su amante todas las gracias de su hermosura en el traje de casa; pero en vano, porque Mauricio, situado a seis varas, en la otra esquina, fijos los ojos en los balcones de la casa de enfrente, apenas hizo alto en la belleza que se había asomado al otro balcón. Este desdén inesperado picó sobremanera el amor propio de Matilde; tosió dos veces, sacó su pañuelo blanco; todo era inútil; el amante dolorido la miraba rápidamente, y la volvía la espalda para ocuparse en el otro objeto. Una hora y más duró esta escena, hasta que desesperado el buen muchacho y creyéndose abandonado de su dama, sintió fuertes tentaciones de aprovechar el rato con la otra vecina que tan inmóvil se mostraba. No pudiendo, en fin, resistirlas, y viendo que de lo contrario perdía la tarde del todo, se determinó al cabo (aunque con harto dolor de su corazón) a hacer un paréntesis a su amor, y hablar a la airosa vecina. Dicho y hecho; atraviesa la calle, marcha determinado bajo el balcón de Matilde, alza la cabeza para hablarla; pero en el mismo momento tírale ella a la cara el pañuelo que tenía en la mano (al que durante su furor había hecho unos cuantos nudos), y sin dirigirle una palabra, éntrase adentro y cierra estrepitosamente el balcón. Mauricio desdobló el pañuelo y reconoció en él bordadas las mismas iniciales que había visto en el que llevaba Matilde la noche del baile... Miró después la casa, y alcanzando a ver Visita general, número 12 ¿cómo pintar su desesperación?

Tres días con tres noches paseó en vano la calle; el implacable balcón permanecía cerrado, y toda la vecindad, menos el objeto amado, era fiel testigo de sus suspiros. A la tercer noche se daba en el teatro una de las óperas favoritas de la mamá: colocado en su luneta, con el auxilio del doble anteojo, recorre con avidez el coliseo y nada ve que pudiera lisonjearle; sin embargo, en uno de los palcos por asientos cree ver a la mamá acompañada de la causa de su tormento. Sube, pasea los corredores, se asoma a la puerta del palco; no hay que dudar... son ellas... Mauricio se deshace a señas y visajes, pero nada consigue; por último, se acaba la ópera, espéralas a su descenso, y en la parte más oscura de la escalera acércase a la niña y la dice:

-Señorita, perdone usted mi equivocación; si sale usted luego al balcón la diré... entre tanto, tome usted el pañuelo.

-Caballero, ¿qué dice usted? -le contestó una voz extraña, a tiempo que un menguado farolillo (de los farolillos que alumbran pálidamente las escaleras de nuestros teatros) vino a revelarle que hablaba a otra persona, si bien muy parecida a su ídolo.

-Señora... -¡Calle! y el pañuelo es de mi hermanita.

-¿Qué es eso, niña?

-Nada, mamá; este caballero, que me da un pañuelo de Matilde.

-Señora... yo... dispense usted... el otro día... la otra noche, quiero decir... en el baile de la marquesa de...

-Es verdad, mamá, el señor bailó con mi hermana, y no es extraño que dejase olvidado el pañuelo.

-Cierto, es verdad, señorita, se quedó olvidado... olvidado...

-A la verdad que es extraño; en fin, caballero, damos a usted las gracias.

Un rayo caído a sus pies no hubiera turbado más al pobre Mauricio, y lo que más le apesadumbraba era que en una punta del pañuelo había atado un billete en que hablaba de su amor, de la equivocación de la casa, de las protestas del baile, en fin, hacía toda la exposición del drama, y él no sabía qué suerte iba a correr el tal papel.

Trémulo e indeciso siguió a lo lejos a las damas, hasta que entraron en su casa y le dejaron en la calle en el más oscuro abandono. En balde aplicaba el oído por ver si escuchaba algún diálogo animado; la voz lejana del sereno, que anunciaba las doce, o la sonora marcha de los sucios carros de la limpieza, era lo único que hería sus oídos, y aun sus narices; hasta que cansado de esperar sin fruto, se retiró a su casa a velar y cavilar sobre sus desgraciados amores.

Entre tanto ¿qué sucedía en el interior de la otra casa? La mamá, que tomó el pañuelo para reprender a la niña, había descubierto el billete, se había enterado de él, y pasados los primeros momentos de su enojo, había resuelto por consejo de la hermanita callar y disimular, y escribir una respuesta muy lacónica y terminante al galán con el objeto de que no le quedase gana de volver; hiciéronlo así, y el billete quedó escrito, firmado de letra de mujer (que todas se parecen), cerrado con lacre y oblea, y picado por más señas con un alfiler. Hecha esta operación se fueron a dormir, seguras de que a la mañana siguiente pasaría por la calle el desacertado galán. Con efecto, no se hizo de rogar gran cosa; pues no habían dado las ocho cuando ya estaba en el portal de en frente, sin atreverse a mirar. Estando así, oye abrirse el balcón: ¡oh felicidad! una mano blanca arroja un papelito; corre el dichoso a recibirlo, y encuentra... el balcón se había cerrado ya, y la esperanza de su corazón también.

En vano fuera intentar describir el efecto que hizo en Mauricio aquella serie de desgracias; baste decir que renunció para siempre al amor; pero en fin, era mancebo, y al cabo de quince días pensó de distinta manera, y salió al Prado con un amigo suyo. Era una de aquellas noches apacibles de julio que convidan a gozar del ambiente agradable bajo los frondosos árboles; y sentados ambos camaradas empezaron la consabida conversación de sus amores. Mauricio con su franqueza natural contó a su amigo su última aventura, con todos los lances y peripecias que la formaban, hasta la amarga despedida que sus adversas equivocaciones le habían proporcionado; pero al acabar esta relación sintió un rápido movimiento en las sillas inmediatas, donde entre otras personas observó sentados a un militar y a una joven: arrímase un poco más, saca su anteojo (¡Insensato! ¿por qué no lo sacaste desde el principio?) y conoce que la que tenía sentada junto a él oyendo su conversación era nada menos que la hermosa Matilde. -«¡Ingrata!...» Fue lo único que pudo articular; mientras el papá llamaba a un muchacho para encender el cigarro. -«Yo no he escrito ese billete.» (Esta respuesta obtuvo al cabo de un cuarto de hora.) -«¿Pues quién?...». -«No sé... llévelo usted, a las doce estaré al balcón.»

La esperanza volvió a derramar su bálsamo consolador en el corazón del pobre Mauricio, y lleno de ideas lisonjeras aguardó la hora señalada; corre precipitadamente bajo el balcón: con efecto, está allí; ya mira brillar sus hermosos ojos, ya advierte su blanca mano; ya... Mas ¡oh, y qué bien dice Shakespeare, que cuando los males vienen no vienen esparcidos como espías, sino reunidos en escuadrones! Aquella noche se le había antojado al papá tomar el fresco después de cenar, y era él el que estaba repantigado en la barandilla, no sin grave agitación de Matilde, que le rogaba se fuese a acostar para evitar el relente.

-Bien mío, dijo Mauricio con voz almibarada, ¿es usted?

-Chica, Matilde (la dice el padre por lo bajo) ¿es contigo esto?

-Papá, conmigo no señor; yo no sé...

-No, pues estas cosas, tuyas son o de tu hermana.

-Para que vea usted (continúa el galán amartelado) si tuve motivo de enfadarme, ahí va el billete.

-A ver, a ver, muchacha, aparta, aparta, y trae una luz, que voy a leerlo...

Dicho y hecho; éntrase a la sala mirando a su hija con ojos amenazadores, abre el billete y lee... «Caballero; si la noche del baile de la marquesa pude con mi indiscreción hacer concebir a usted esperanzas locas...»

-Cielos; ¡pero qué veo! ésta es la letra de mi mujer...

-¡Ay, papá mío!

-¡Infame! a los cuarenta años te andas haciendo concebir esperanzas locas...

-Pero papá...

-Déjame que la despierte, y que alborote la casa.

Con efecto, así lo hizo, y en más de una hora las voces, los gemidos, los llantos, dieron que hacer a toda la vecindad, con no poco susto del galán fantasma, que desde la calle llegó medio a entender el inaudito quid pro quo.

Su generosidad y su pundonor no le permitieron sufrir por más tiempo el que todos padeciesen por su causa, y fuertemente determinado llama a la puerta: asómase el padre al balcón: -«Caballero, tenga usted a bien escuchar una palabra satisfactoria de mi conducta.» El padre coge dos pistolas y baja precipitado, abre la puerta: -«Escoja usted», le dice. -«Serénese usted; contesta el joven; yo soy un caballero, mi nombre es N., y mi casa bien conocida; una combinación desgraciada me ha hecho turbar la tranquilidad de su familia de usted, y no debo consentirlo sin explicársela.»

Aquí hizo una puntual y verdadera relación de todos los hechos, la que apoyaron sucesivamente mamá y las niñas, con lo cual calmó la agitación del celoso coronel.

Al siguiente día la marquesa presentó a Mauricio en casa de Matilde, y el padre, informado de sus circunstancias, no se opuso a ello.

Desde aquí siguió más tranquila la historia de estos amores; y los que desean apurar las cosas hasta el fin, pueden descansar sabiendo que se casaron Mauricio y su amada, a pesar de que ésta, mirada de cerca, a buena luz, y con anteojos, le pareció a aquél no tan bella, por los hoyos de las viruelas y algún otro defectillo; sin embargo, sus cualidades morales eran muy apreciables, y Mauricio prescindió de las físicas, no teniendo que hacer para olvidar éstas sino una sencilla operación, que era... quitarse los anteojos.