El romanticismo inglés

Justo Fernández López


PRERROMANTICISMO

Durante los siglos XVIII Y XIX, Inglaterra es el escenario de todas las revoluciones europeas: la industrial y la del romanticismo. El país acoge a los héroes revolucionarios y a los perseguidos de otros países: franceses, polacos, húngaros, italianos, alemanes, a pesar de ser un país conservador con una monarquía parlamentaria.

Allan Ramsay (1686-1758) coleccionó numerosas baladas de amor y de francachela que se convertirán muy pronto en un arsenal de temas románticos medievales generalizados entre el pueblo.

Alexander Pope (1688-1744), nacido y muerto en Londres, es considerado uno de los mejores poetas ingleses del siglo XVIII. Fue un poeta clasicista, hábil, correctísimo artífice del verso, pero deja frío. Era un poeta aristocrático y católico en un país protestante. Él fue quien acabó de refinar y perfeccionar la poesía inglesa, imprimiéndole la corrección constante como norma principal. Continuó la obra de Dryden, y dejó tras de sí toda una cohorte de poetas correctos. Byron, su más ferviente admirador, lo proclamó “el más perfecto de todos los poetas y quizá de todos los hombres”; dice que para él es “como el cristianismo de la poesía inglesa”.

En la época de Pope brillaron otros poetas, como Edward Young (1683-1765), capellán de Jorge II y el autor de The Complaint or Night Thoughts, obra publicada en 1742 y que tuvo su momento de celebridad no sólo en Inglaterra, sino en toda Europa. Pensamientos nocturnos es una obra cargada de meditaciones fúnebres. Young es quien introduce en la poesía romántica europea el tema de la noche y de la Luna.

Al clasicismo de Pope le sucede una época de transición, en la que las literatura inglesa presenta varias tendencias algo confusas y difíciles de estudiar, pero destaca la tendencia de la poesía al romanticismo y el auge de la novela. Los clásicos hallan su último representante en Samuel Johnson (1709-1784). Algunos poetas de esta época lograron dejar más o menos honda huella con su vuelta a la naturaleza: James Thomson (1700-1748), quien redescubre la inocencia de la naturaleza salvaje y de la vida rural en libertad a los poetas británicos a través de su poema Las Estaciones; Oliver Goldsmith (1728-1774); Thomas Gray (1716-1771); William Cowper (1731-1800), preocupado por el amor a la Naturaleza, a los animales y a la vida rural; Georg Crabbe (1754-1832). William Blake (1757-1827) es un poeta raro, original y muy desequilibrado. Le caracteriza la vuelta a la absoluta sinceridad, a la espontaneidad efusiva y a la libertad.

Thomas Gray (1716-1771) compone el poema Volvamos a la Naturaleza, evocación de un viejo sueño celta. Su fama es debida, principalmente, a su Elegía en un cementerio de la aldea (1751), cuya obra inicia el tono melancólico que caracterizará posteriormente a la poesía romántica. Tanto él como Edward Young pertenecen al grupo de los llamados poetas de cementerio por cultivar este tipo de poesía lúgubre.

La pasión por lo exótico: Imbuidos de un nuevo espíritu de libertad, los escritores románticos de todas las culturas ampliaron sus horizontes imaginarios en el espacio y en el tiempo. Regresaron a la edad media en busca de temas y escenarios y ambientaron sus obras en lugares como las Hébridas de la tradición ossiánica, como en la obra del poeta escocés James MacPherson, o el Xanadú oriental evocado por Coleridge en su inacabado Kubla Jan (1797). Una obra decisiva fue la recopilación de antiguas baladas inglesas y escocesas realizada por Percy Thomas; sus Reliquias de poesía inglesa antigua (1765) ejercieron una influencia notable, tanto formal como temática, en la poesía romántica posterior. La nostalgia por el pasado gótico se funde con la tendencia a la melancolía y genera una especial atracción hacia las ruinas, los cementerios y lo sobrenatural.

El verdadero y trascendental innovador fue el mayor de los poetas escoceses, Robert Burns (1759-1796), que llegó a ser en su país el más popular de los poetas. Se inspiró en la ingenua poesía y en la música del pueblo. Fue, sin proponérselo, uno de los principales representantes del prerromanticismo en Europa; pero también uno de los predecesores de la verdadera poesía moderna.

James Macpherson (1738-1796) se hizo famoso con sus Fragments of Ancient Poetry translated from the Gaelic (1760), así como con dos obras más Fingal (1761) y Temora (1763), que presentó como traducciones de las poesías escritas por un antiguo bardo céltico llamado Ossián; al final publicó The Works of Ossian (Los trabajos u obras de Ossián), en 1765.

Atribuyó sus Poemas gaélicos a un supuesto poeta celta de los siglos II y III llamado Ossián. En ellos exaltan los sentimientos primitivos (el amor y la venganza) con gran lirismo. Los estudios modernos tienden a creer que Macpherson había recogido realmente baladas gaélicas de Ossián, pero las adaptó a la sensibilidad contemporánea alterando el carácter y las ideas originales e introduciendo mucho material propio. A pesar de ello su influjo en toda Europa, y más aún en la escuela romántica, ya se había cumplido. Ossián alcanzó un enorme prestigio entre los románticos europeos, que lo tuvieron por una especia de Homero medieval. Sus versos fueron lectura favorita de los románticos como Walter Scott, de Lord Byron, de los autores alemanes del Sturm und Drank, de Goethe y de Herder. Ossián sirvió también de inspiración a Espronceda (poema épico Óscar y Malvina. Imitación del estilo de Ossián).

Los poemas fueron traducidos y se divulgaron por toda Europa cuando se descubrió que era un fraude, y que Macpherson era el verdadero autor de los poemas. Sin embargo, la influencia no fue menor; en los Poemas de Ossián, encontramos un mundo de fantasía y aventuras, héroes, dioses nórdicos, brumas ligeras y heladas, tempestades, vientos desencadenados y fantasmas. En Ossian se recogía todo lo que las literaturas nórdica y céltica encierran de visiones fúnebres, de esplendores y de misticismo. Gales, Irlanda, Escocia, Dinamarca, Noruega, es decir, todos los países célticos y los países germánicos sirvieron de fuente de inspiración, y se admiró a todos los bardos, desde los druidas galos hasta los sagas escandinavos.

ROMANTICISMO

Inglaterra es considerada la cuna del Romanticismo, al igual que el Renacimiento había surgido en Italia, el Barroco en España o el Neoclasicismo en Francia. El Romanticismo comenzó en Inglaterra casi al mismo tiempo que en Alemania. Con una fuerte tradición prerromántica ya en el siglo anterior, la literatura inglesa de la primera mitad del XIX se caracteriza por sus grandes poetas y por la novela histórica.

En el siglo XVIII ya habían dejado sentir un cierto apego escapista por la Edad Media y sus valores de falsarios inventores de heterónimos medievales como James Macpherson o Thomas Chatterton, pero el movimiento surgió a la luz del día con los llamados Poetas lakistas (Wordsworth, Coleridge, Southey), y su manifiesto fue el prólogo a la segunda edición de las Baladas líricas (1800), escrito por los poetas ingleses William Wordsworth y Samuel Taylor Coleridge, aunque ya lo habían presagiado en el siglo XVIII Young con sus Pensamientos nocturnos o el originalísimo William Blake.

En este prólogo a las Baladas líricas, se destaca la importancia del sentimiento y la imaginación en la creación poética y se rechazan las formas y los temas literarios convencionales. El romanticismo, que surge como una reacción contra el racionalismo de la ilustración y el clasicismo, confiere prioridad a los sentimientos, a la fantasía, la imaginación y el sueño. El principal motivo conductor de la literatura romántica inglesa es el choque entre la realidad y el deseo. El fracaso y la incapacidad de luchar con el mundo real llevan la literatura romántica hacia la evasión a tiempos pasados o lugares remotos, a menudo exóticos.

Vuelven la mirada a la literatura medieval, la nobleza se interesa por las ruinas medievales transformando sus propiedades en castillos a la usanza gótica. Miran al pasado del que provienen sueños de nostalgia y recuerdo de lo que fue. Muchos de los románticos ingleses provienen de regiones que fueron víctimas del capitalismo expansivo inglés: Escocia, País de Gales, Irlanda. Ensalzan a héroes populares, inadaptados, mendigos, vagabundos y aventureros, y cantan la naturaleza, la humilde aldea, las ruinas evocadores de tiempos pasados.

El periodo romántico en Inglaterra va de 1790 a 1830. En él quedan las huellas de la Revolución francesa y aquella tendencia hacia la vuelta a la naturaleza, en la poesía, que ya apuntaban Thomson, Cowper, Crabbe, Gray y Burns y que representa uno de los rasgos principales del romanticismo. El placer que proporcionan los lugares intactos y la creencia en la inocencia de los habitantes del mundo rural se observa por primera vez como tema literario en la obra Las estaciones (1726-1730), del poeta escocés James Thomson. Esta obra se cita a menudo como una influencia decisiva en la poesía romántica inglesa y su visión idílica de la naturaleza, una tendencia liderada por el poeta William Wordsworth.

Los escritores ingleses de principios del XIX rechazan la sociedad burguesa e industrializada, para evadirse en el paisaje rural, el pasado histórico o países exóticos. Su nuevo lenguaje literario está basado en el sentimiento y lo irracional, la subjetividad y la libertad del artista frente a toda regla. El desencanto generalizado de los románticos con la organización social se plasmó a menudo en la crítica concreta de la sociedad urbana. Ya Rousseau había afirmado que las personas nacen libres, pero la civilización las encadena. Este sentimiento de opresión se expresó con frecuencia en la poesía, como revela la obra del visionario inglés William Blake (1757-1827), quien en su poema Milton (1808) habla de los “oscuros molinos satánicos” que comenzaban a desfigurar la campiña inglesa; o el largo poema de Wordsworth El preludio (1850), que alude a “las sofocantes y atestadas guaridas urbanas donde el corazón humano enferma”.

El gusto por la vida rural se funde generalmente con la característica melancolía romántica, un sentimiento que responde a la intuición de cambio inminente o la amenaza que se cierne sobre un estilo de vida. Esta vuelta a la naturaleza se convertirá ahora en programa estético de un innovador: el culto a la naturaleza, así como la primacía de la voluntad individual sobre las normas sociales de conducta, la preferencia por la ilusión de la experiencia inmediata en cuanto opuesta a la experiencia generalizada, y el interés por lo que estaba lejos en el espacio y el tiempo.

El Romanticismo inglés arranca en 1798 con las Baladas líricas, compuestas por William Wordsworth (1770-1850) y Samuel Coleridge (1772-1834). Cuatro de las composiciones del tomo son de Coleridge, mientras que las diecinueve restantes son de Wordsworth. El prólogo de esta obra está considerado como el manifiesto del Romanticismo inglés; sus poesías, de lenguaje sencillo. Estos dos jóvenes poetas se vieron impulsados a la actividad creadora por la Revolución Francesa, algunos de cuyos ideales fueron la afirmación de la libertad, el espíritu y la unidad sincera de la raza humana.

Wiliam Wordsworth (1770-1850) cree que ni hay un lenguaje especial para la poesía, ni asuntos que para ella estén reservados. Se puede hablar en verso de todo lo que forma parte de la conversación, empleando el mismo lenguaje que el coloquial. Acostumbrado a vivir y a componer sus versos en plena naturaleza, no en su gabinete de estudio, transmite en su poesía un profundo sentimiento hacia ella. Empezó su vida bajo la influencia y los entusiasmos juveniles de la Revolución francesa, pero la nueva tiranía y los horrores de la revolución fueron desengañándole, hasta convertirse en un conservador por convencimiento, que no desea más revolución ni más reforma que la poética por él representada: cultura, amor a la naturaleza y a lo humilde.

Tras viajar por Francia y Alemania, se instala definitivamente en el Lake Discrict de Inglaterra, en el distrito o comarca de los lagos, donde murió. Esta región dio el nombre a los llamados poetas lakistas, que compusieron entre 1798 y 1815 los primeros poemas de tendencia claramente romántica. Considerados parte del movimiento romántico, ni siguieron ninguna escuela de pensamiento o práctica literaria conocida por entonces. Formaron este grupo, junto a William Wordsworth (1770-1850), Samuel Taylor Coleridge (1770-1834) y Robert Southey (1774-1843). Vivieron junto a los lagos del Noroeste de Inglaterra, en la zona de Lake District (Cumbria), inspirándose en los encantos de su naturaleza. Fue Thomas Gray (1716-1771) el primer poeta que llamó la atención sobre esta hermosa región. Otros poetas y escritores visitaron la región de los lagos o tuvieron amistad con otros que residían allí. Entre ellos están Percy Bysshe Shelley (1792-1822), Sir Walter Scott (1771-1832),  Nathaniel Hawthorne (184-1865), John Keats (1795-1812).

Samuel Taylor Coleridge (1772-1834), poeta, crítico y filósofo inglés, fue, junto con su amigo William Wordsworth, uno de los fundadores del Romanticismo en Inglaterra y uno de los lakistas. Sus obras más conocidas son Lyrical Ballads (1798), con su famosa Rima del anciano marinero, Kubla Khan (1816), ambientada en un oriente antiguo y lleno de ritos mágicos, y Christabel (1816), cuento con aire de cuento gótico. El mérito de Coleridge como poeta radica en haber rechazado los lugares comunes y la literatura artificial de su tiempo, haber consultado la naturaleza, y llamado la atención sobre la Edad Media. Si Wordsworth se inspira en las cosas sencillas de la vida cotidiana, Coleridge recurre al pasado como un tiempo misterioso y fantástico.

El Romanticismo inglés alcanza su máximo esplendor con Lord Byron, Shelley y Keats, conocidos como los poetas «satánicos», por su rebeldía y su inadaptación a la sociedad de la época. Los tres tuvieron una muerte prematura lejos de Inglaterra tras una vida atormentada y errante. Estos poetas románticos de la segunda generación fueron revolucionarios hasta el final de su carrera, a diferencia de Wiliam Wordsworth, Samuel Taylor Coleridge y Walter Scott, que cuando llegaron a una edad madura renunciaron a sus ideales de juventud.

Lord Byron (1788-1824) logró una enorme fama en su tiempo, en parte por su escandalosa existencia, en parte por sus extensas obras. Lord Byron es uno de los ejemplos de una personalidad en lucha trágica contra la sociedad. Fue el prototipo del poeta romántico y fue tenido en vida por el primero de los poetas de su tiempo, pasando a ser considerado más tarde como de segundo orden, mientras Shelley y Keats, que él oscurecía, ganaban cada día más en la estimación de la crítica: ya no se decía en Inglaterra, por este orden, Bayron, Shelley y Keats, sino Shelley, Byron, Keats, y para muchos, Shelley, Keats, Bayron. Sus primeras composiciones poéticas son plenamente románticas, como Las peregrinaciones de Childe Harold (1812), que narra los viajes del melancólico protagonista por el sur de Europa, o El corsario, leyenda en verso con héroe individualista y rebelde. Su obra maestra es el extenso e incompleto Don Juan (1819), sobre el famoso conquistador. En ambos poemas buscó su inspiración en Andalucía. Logró inspirar a un poeta como Núñez de Arce, en su poemita La última lamentación de Lord Byron. Se le discuten la imaginación y el sentimiento, pero no su regia ironía.

Así como Byron fue lo que podría llamarse un poeta popular, al alcance de todos los lectores, no lo fueron ni Shelley ni Keats, pero sobre todo Keats.

Percy Bysshe Shelley (1792-1822), amigo y compañero de viajes de Lord Byron, abandonó a su esposa y a su patria para recorrer Europa y murió ahogado en un naufragio. Fue un hombre de imaginación desbocada, ateo acérrimo y declarado, revolucionario, socialista violento, que ponía la poesía al servicio de sus ideas demoledoras de la sociedad en que vivía, siendo hijo de un acaudalado baronet. Los que le conocían lo describen como un alma candorosa, un hombre noble, lleno de encanto personal, un idealista soñador que no predicaba por odio alguno. Pudo hacer y pensar lo que quiso gracias a una pensión paterna.

Al poeta excepcional es al que rinde hoy fervoroso homenaje la crítica, y menos a lo que pensara, creyera o se figurara creer. En su obra plasmó un gran idealismo, matizado por una profunda melancolía. En su Prometeo liberado (1920) expresa sus dos ideas principales: que el enemigo era la tiranía de gobernantes, las costumbres y las supersticiones, y que la bondad inherente del ser humano eliminaría, el mal del mundo y lo elevaría al reino eterno del amor trascendental.

Entre sus obras más famosas se encuentran Ozymandias, Oda al viento del Oeste, A una alondra y La máscara de Anarquía, poemas líricos que destacan por su musicalidad y abundantes metáforas. También compuso una elegía titulada Adonais (1821), inspirada por la muerte de Keats y escrito en su honor, el más joven de los grandes románticos. A Byron lo entiende todos, mientras que a Shelley serán siempre muchos los que no puedan seguirle sin perderse.

Percy Schelley estuvo casado con Mary W. Shelley (1797-1851), autora del relato de género gótico Frankenstein o El moderno Prometeo.

John Keats (1795-1821), uno de los principales poetas británicos del romanticismo, murió a los veinticinco años de edad, habiendo sido objeto de burlas y desprecios por una parte de sus contemporáneos, para quedar luego clasificado entre los inmortales de todos los países. Tan improbable creyó haber alcanzado la gloria que, al morir, mandó que se grabara en su tumba este epitafio: “Aquí yace alguien cuyo nombre fue escrito en el agua”. Lo que dejó escrito ha formado escuela de mayor importancia que las de sus contemporáneos.

Su fama se debe a sus poemas breves, recogidos en sus Odas: Oda al ruiseñor (1819), Oda a la melancolía (1819), Oda a la indolencia (1819), así como Lamia y otros poemas (1819). El primer verso de su poema mitológico Endymion: un romance poético (1817) caracteriza a este poeta: A thing of beauty is a joy for ever (“un objeto bello es un placer perpetuo”). La poesía de Keats es, por encima de la de los demás románticos, una respuesta a las impresiones sensoriales desprovista de toda filosofía moral o social.

La narrativa histórica es uno de los géneros románticos preferidos, por la atracción hacia tiempos pasados y el deseo de evasión. Su creador es

Walter Scott (1771-1832) comenzó su carrera literaria como poeta, pero su producción poética fue decayendo, debido al genio de lord Byron, y casi cesó en absoluto a partir de 1814. Poseía un amplio conocimiento de las leyendas y las baladas medievales. Tras una labor de recopilación de antiguas baladas de su Escocia natal, escribió una serie de poemas narrativos en los que glorificaba las virtudes de la sencilla y vigorosa vida de su país en la Edad Media.

Sus traducciones de romances góticos alemanes, en 1796, le crearon una cierta reputación como traductor, que aumentó cuando publicó su edición de las baladas Juglaría de la frontera escocesa, entre 1802 y 1803. Su primer poema extenso, El canto del último juglar (1805), obtuvo un notable éxito, y después de él escribió una serie de poemas narrativos románticos, de la que forman parte Marmion (1808), La dama del lago (1810), Rokeby (1813) y El señor de las islas (1815).

Sus novelas, ambientadas en la Edad Media principalmente, tienen un tono rebelde y nacionalista. Tuvieron gran éxito y fueron imitadas en toda Europa. Promovieron un amplio interés por las tradiciones de Escocia, y en el resto de occidente el culto a los valores y la historia medieval, que caracterizó al romanticismo. Numerosos compositores pusieron música a sus textos, entre ellos Donizzetti, que escribió la ópera Lucia di Lamermoor basándose en su novela, y Schubert. Sus personajes y héroes no están idealizados, sino que son presentados con realismo en episodios y situaciones de la vida diaria. De las numerosas novelas que escribió destacan Ivanhoe y Quintin Durward, cuyos protagonistas, muy del gusto romántico, luchan contra la tiranía o la opresión.

La obra y figura de Walter Scott contribuyó a la introducción del romanticismo en España e Hispanoamérica a través de los escritores, literatos y políticos españoles que, por defender ideas liberales, tuvieron que marcharse al exilio huyendo del absolutismo de Fernando VII. Entre los muchos escritores que recibieron su influencia pueden destacarse los españoles José de Espronceda, Larra, la cubana Gertrudis Gómez de Avellaneda, el venezolano José Antonio Echevarría y el ecuatoriano José Joaquín Olmedo.

En Inglaterra, al igual que en Alemania, el Romanticismo comienza siendo prorrevolucionario, pero se vuelve conservador cuando comienzan las luchas contra Napoleón, para dar un nuevo viraje hacia los primitivos ideales revolucionarios una vez pasada la guerra.

En Inglaterra, la antítesis entre Clasicismo y Romanticismo había perdido su razón de ser desde la segunda mitad del siglo XVIII porque no había sino literatura romántica.

«El Romanticismo inglés arrancaba en lo esencial de la reacción de los elementos liberales contra la revolución industrial, mientras el francés procedía de la reacción de los estratos conservadores contra la revolución política. La conexión del Romanticismo con el prerromanticismo fue en Inglaterra mucho más estrecha que en Francia, donde la continuidad entre ambos movimientos se vio totalmente interrumpida por el clasicismo del período revolucionario. En Inglaterra hubo entre el Romanticismo y la revolución industrial triunfante por completo, la misma relación que entre el prerromanticismo y los estadios preparatorios de la industrialización de la sociedad. El Deserted Village, de Goldsmith, Satanic Mills de BLake, y Age of Despair, de Shelley, se expresa un temperamento esencialmente idéntico. El entusiasmo de los románticos por la naturaleza es tan inconcebible sin la separación de la ciudad frente al campo como su pesimismo sin el abandono y la miseria de las ciudades industriales. Son completamente conscientes de lo que está ocurriendo, y ven muy bien lo que significa la transformación del trabajo humano en mera mercancía. [...]

Después de la terminación de la lucha contra Napoleón, Inglaterra, si no agotada en modo alguno, queda por lo menos debilitada y desorientada en lo intelectual; o sea, en unas circunstancias especialmente propicias para hacer que la sociedad burguesa sobrase conciencia de lo problemático de las bases de su existencia. El Romanticismo más juvenil, la generación de Shelley, Keats y Byron, es el mantenedor de este proceso. Su humanitarismo sin concesiones constituye su protesta contra la política de explotación y opresión; su modo de vida inconvencional, su ateísmo agresivo y su carencia de prejuicios morales son las distintas formas de su lucha contra la clase que dispone de los medios de explotación y opresión. El Romanticismo inglés, incluso en sus representantes conservadores, en Wordsworth y Scott, es en cierto modo un movimiento democrático tendente a la popularización de la literatura.»  [Arnold Hauser: Historia social de la literatura y el arte. Madrid: Ediciones Guadarrama, 1968, vol. II, p. 398-399]

INGLATERRA Y ESPAÑA - INFLUENCIAS

Edward Young y Samuel Richardson, jalones decisivos en el desarrollo de la poesía nocturna y la novela sentimental, eran bien conocidos en España antes de 1800. Cuando llegó el romanticismo, los escritores españoles ya los habían leído y asimilado. Su influjo se ejerció a través de los neoclásicos y prerrománticos. En las disputas entre Böhl de Faber y Joaquín de Mora (1814) se designa a los románticos como ossiánicos, lo que se repetirá en el semanario El Europeo (1823-1824). Hasta 1826, Lord Byron apenas se menciona en España. En 1825 Blanco White se refería a él como desconocido todavía en España. Larra no lo menciona y Espronceda lo empieza a imitar tardíamente (1837).

Más repercusión tuvo en España Walter Scott, como creador de la leyenda versificada y de la novela histórica fue imitado. Su popularidad fue inmensa y hasta el neoclásico Alberto Lista se rindió a ella. Se observa influencia de Ivanhoe sobre Los bandos de Castilla, de López Soler, y sobre Sancho Saldaña, de Espronceda.

«España estuvo aún más de moda, si cabe, en Inglaterra que en Francia. Y no es de extrañar si se tiene en cuenta la estrecha vinculación de ambos países durante la guerra de la Independencia [1808-1814], así como la llegada a Londres de un núcleo extenso y permanente de emigrados liberales, entre los que había hombres de gran talla intelectual. Todo ello suscitó un gran interés por la cultura española, que se manifestó de diversas maneras: viajes, traducciones, estudios hispánicos, temas españoles, y hasta la creación de una cátedra de español en la Universidad de Londres (1828), que regentó inicialmente Alcalá Galiano.» (Navas-Ruiz 1973: 64-65)