El movimiento literario alemán

Sturm und Drang

Justo Fernández López


 

Periodos y movimientos literarios en Alemania

Alta Edad Media (750-1100)

Baja Edad Media (1100-1500)

lengua utilizada es el antiguo alemán

entre 1170 y 1230 florece el Minnesang

canciones de amor cortés y poemas épicos: Walter von der Vogelweide

Humanismo y Reforma protestante (1450-1600)

Martín Lutero (1483-1546) traduce la Biblia y crea la lengua estándard

Barroco (1600-1720)

Ilustración (1720-1780)

Christian Thomasius, «padre de la Ilustración alemana»

Filósofos: Christian Wolff y Gottfried Wilhelm Leibniz

Johann Christoph Gottsched (1700-1766) – Ensayo sobre una literatura crítica (1730)

Christoph Martin Wieland (1733–1813), creador del Bildungsroman

Gotthold Ephraim Lessing (1729–1781) – Nathan el Sabio (1779)

Sentimentalismo (1740-1767)

Friedrich Gottlieb Klopstock (1724–1803) – El Mesías (1748–1773)

Sturm und Drang (1765-1785)

Hamann, Herder, Goethe, Schiller

Clasicismo de Weimar (1786-1805)

Goethe (después de su viaje a Italia en 1786), Schiller (muerto en 1805), Hölderlin (puente entre Clasicismo y Romanticismo)

Romanticismo (1799-1830)

Hermanos Schlegel, Tieck, Novalis, Brentano, Eichendorf, Chamizo, Arndt, Uhland, hermanos Grimm, Heine (“el último romántico”)

Biedermeier y Vormärz (1815-1830)

Lanau, Mörike

Realismo (1850-1880)

Naturalismo (1880-1900)


LA ILUSTRACIÓN EN ALEMANIA

Comienza el siglo XVIII en Alemania sin que su literatura haya logrado liberarse de la influencia francesa y hallar su propio camino. La ilustración alemana supuso una síntesis del empirismo y el racionalismo. La imposibilidad de unir "sentimiento" y "pensamiento" así como "cuerpo" y "mente" llevó a Immanuel Kant a una analizar los límites de la “razón pura”.

En Alemania, la Ilustración aparece como Aufklärung o Iluminación y tiene un carácter menos revolucionario y menos irreligioso. De espíritu racionalista, tiene su centro en la corte de Federico II el Grande (1712-1786), rey de Prusia (1740-1786), considerado uno de los déspotas ilustrados más notables de la Europa del siglo XVIII. El filósofo Christian Wolff (1679-1754) divulga el racionalismo de Leibniz y elabora una división de las ciencias filosóficas que fue muy difundida. Su discípulo Gottlieb Baumgarten (1714-1762) creó con su Aesthetica (1750-1758) una nueva disciplina independiente. 

El poder que la Ilustración concede a la razón no es el mismo que le concedía el racionalismo del siglo XVII, pues la Ilustración no se apoya solamente en el racionalismo de Descartes, Spinoza y Leibniz, sino que subraya la importancia de la sensación como medio de conocimiento frente a la especulación racional del siglo anterior. Pero este empirismo no deja de ser un acceso distinto a la realidad que, en el fondo, se supone racional. La Ilustración aunque con elementos racionalistas (cartesianos) toma del empirismo inglés sus elementos más importantes: deísmo, política liberal y parlamentaria, tolerancia religiosa, doctrinas económicas, etc.

Johann Christoph Gottsched (1700-1766)

Formado en el estudio de la antigüedad clásica y de la escuela de Boileau, redujo la poesía a un estrecho sistema cuyo ideal era sólo la práctica del buen gusto, de la corrección, de la pureza de la lengua y del predominio del sentido crítico sobre la inspiración. Gottsched no vio más allá de sus modelos franceses.

Christoph Martin Wieland (1733–1813), creador del Bildungsroman

Wieland parece no aspirar a más que imitar la gracia francesa sin lograrla más que a medias. De admirador de Klopstock pasó a ser admirador de Rousseau, de Voltaire y de Diderot, así como de los ingleses Sterne y Swift. Como dice Madame de Staël, había en su curiosa personalidad un poeta alemán y un filoso francés que andaban a la greña el uno con el otro. Quiso imitar a Cervantes en su novela Son Silvio de Rosalva. Su mejor obra es Oberón, poema romántico y heroico. Sin haber creado una escuela en el sentido estricto del término, Wieland tuvo una gran influencia en la literatura alemana de su época. La cualidad que distingue su obra es un estilo fluido y ligero, una combinación de frivolidad y profundidad poética.

Gotthold Ephraim Lessing (1729–1781) – Nathan el Sabio (1779)

Es el poeta alemán más importante de la Ilustración. Fue crítico, poeta, fabulista en prosa, dramaturgo y polemista irreligioso. Siendo uno de los representantes más sobresalientes de la ilustración alemana, se convirtió en el pionero intelectual de la nueva autoconfianza de la burguesía. El estilo irónico y polemizante es característico de sus escritos teóricos y críticos. En este sentido su característico empleo del diálogo le ayudó a observar cada cosa desde varios puntos de vista e incluso a buscar trazas de verdad en los argumentos de su adversario. Nunca consideró que la verdad fuera algo estático, que alguien pudiera poseer, sino que entendió la búsqueda de la verdad como un proceso de acercamiento.

Su propósito era combatir hasta destruirla la excesiva influencia francesa en la literatura alemana, que acababa por robarle toda fuerza y espontaneidad, toda la personalidad propia que la misma naturaleza del país le estaba reclamando. Se creía que la suma perfección literaria se hallaba solo en Francia y para convencer al público de lo contrario y presentarle otros modelos, Lessing le presentó como ideal los grandes autores ingleses y españoles. Lessing ataca el teatro de Voltaire y de Molière, y reserva toda su admiración para Shakespeare. Llama la atención sobre las teorías de Lope de Vega sobre el teatro nacional y se entusiasma con la originalidad de Dar la vida por su dama, de Matos Fragoso. Los méritos que descubre en esta obra le parecen representativos de las obras españolas de Lope y Calderón, teatro que prefiere al francés.

En su drama filosófico Natan el sabio predica la tolerancia en las luchas religiosas. En su obra maestra Laocoonte trata de fijar los límites entre las artes plásticas y la poesía. El Arte debe sujetarse a la realización de la belleza; lo que caracteriza a la poesía es la acción.

STURM UND DRANG PRERROMANTICISMO (1765-1785)

El tránsito del Barroco a la Ilustración no fue brusco, más que una ruptura significó un relevo. La irrupción de un grupo de jóvenes literatos con obras que rompían con las normas morales y estéticas anteriores, sí fue una revolución: Sturm und Drang (‘Tormenta e impulso’).

Hasta aproximadamente 1770, la literatura alemana se debate entre la influencia francesa y la inglesa. Paralelo al triunfo de la Ilustración nacional (Aufklärung) surge el movimiento prerromántico Sturm und Drang ('Tempestad y pasión' / ‘Tormenta e impulso’ / ‘Tempestad y arrebato’ / ‘Tormenta e ímpetu’). Es un movimiento de rechazo al racionalismo de la Ilustración. La época del Sturm und Drang va de 1765 a 1785, llamada también Geniezeit (la época del genio). Las reflexiones sobre el genio vinieren de Inglaterra (E. Young: Conjectures on original composition, Essay, 1759. Otras influencias vinieron del movimiento pietista y de la Empfindsamkeit en Alemania.

Sturm und Drang (1776) era el título de un drama de Friedrich Maximilian Klinger (1752-1831), amigo de juventud de Goethe, que lo escribe en los años de entusiasmo por Rousseau. Escribe también Die Zwilligen (1776). Esta corriente literaria del Sturm und Drang comenzó con los Fragmente (1767) de Herder y termina con Die Räuber (1781) de Schiller. El movimiento Sturm und Drang se rebela, por patriotismo literario, contra el afrancesamiento neoclasicista. Alemania reaccionó tempranamente contra el neoclasicismo y rechaza la copia de los modelos italianos y franceses, así como al normativismo del neoclasicismo. Los Stürmer odian las reglas clasicistas o toda regla que obstaculice a la expresión de sus pasiones, y propugnan el retorno a la naturaleza, la libertad en los sentimientos y en el arte, con afán de originalidad (teoría del genio). Conceden protagonismo al sentimiento frente a la forma y a la naturaleza, y defiende ante todo la libertad del artista. Se concede a los artistas la libertad de expresar su subjetividad individual y sus emociones en contraposición a las limitaciones impuestas por el racionalismo de la Ilustración y los movimientos asociados a la estética. Los Stürmer estaben contra la literatura y la sociedad del Ancien Régimen. Se opusieron a la Ilustración alemana o Aufklärung y se constituyeron en precursores del Romanticismo.

Con la figura simbólica de Nathan, el sabio judío de Lessing, representante de la Ilustración, contrastaba el Prometeo (1774) de la oda de Goethe, que enfrentaba al genio creador, rebelde e independiente contra todo lo representado por aquel. Frente a los fríos modelos del Neoclasicismo de origen francés, el Sturm und Drang estableció como fuente de inspiración el sentimiento y tuvo como modelos las obras de William Shakespeare y Jean-Jacques Rousseau con su vuelta a la naturaleza.

Johann Georg Hamann (1730-1788)

Hamann, filólogo y pensador protestante, fue precursor del movimiento Sturm und Drang. Tuvo un papel preponderante en el movimiento contra la Ilustración conocido como pietismo que terminó por hacer surgir el Sturm und Drang, movimiento previo al romanticismo. El pietismo fue un luterano, iniciado en Alemania en el siglo XVII y que dura hasta el XVIII, como reacción evangélica contra el intelectualismo y el formalismo dominantes en las Iglesias luterana y calvinista. El pietismo daba más importancia a la experiencia religiosa personal que al formalismo y enfatizaba la lectura y estudio de la Biblia. Criticó la interpretación literal y racionalista de las Escrituras: Dios no habló en la Biblia apelando a la razón, sino en imágenes, símbolos y parábolas. La poesía, la literatura es “la lengua materna del género humano” y es de origen divino. La naturaleza actúa mediante los sentidos, que “ni hablan ni entienden otra cosa que imágenes”. Las imágenes y parábolas, la interpretación imaginativa de la creación y de la naturaleza contienen más verdad que todas las teorías racionalistas ilustradas. La literatura posee, pues, un carácter religioso y el poeta viene a ser un segundo creador.

Hamann fue amigo y, sin embargo, adversario de Immanuel Kant (1724-1804). Hamann se muestra hostil a la Ilustración y al culto a la razón, a la que opone las fuerzas del alma y la actitud totalizadora, contra la tendencia analítica del racionalismo. Defendió la importancia de la poesía primitiva: Homero, la Biblia, Ossión, Shakespeare. Critió la política ilustrada de Federico II el Grande (1712-1786), rey de Prusia (1740-1786), considerado uno de los déspotas ilustrados más notables de la Europa del siglo XVIII.

Hamann influyó en el pensamiento de J. G. Herder (1744-1803), quien fue su discípulo, como también en el de Goethe y Jacobi, en los filósofos Hegel y Schelling y en el músico Mendelssohn.

Johann Gottfried von Herder (1744-1803)

«Todo empieza hacia 1769 con un viaje. El que realiza el filósofo J. G. Herder, que abandona las seguridades de su saber libresco y se lanza a conocer el mundo. Lo que descubre es que el hombre se hace a sí mismo a través de la cultura. Y que es necesario inventar un nuevo hombre. Herder busca un lenguaje que se ajuste a la misteriosa movilidad de la vida, y que más que conceptos busque metáforas.» (Safranski 2009)

Se puede considerar a Herder uno de los puntos de referencia del Prerromanticismo alemán, si bien conserva algunos rasgos de la Ilustración, probablemente por influencia de Immanuel Kant. Herder pone en duda la vigencia de la tragedia griega como modelo de todo teatro, pues para él cada literatura está enraizada en sus concretas circunstancias y sólo se comprende desde ellas. Con ello será uno de los precursores del relativismo cultural, aunque sigue manteniendo la idea -inspirada por Kant y la Ilustración - de la unidad profunda de la Humanidad, que se manifiesta en la diversidad.

Fue líder del movimiento del Sturm und Drang e inspiró a muchos escritores. En su obra Fragmentos sobre la nueva literatura alemana (1767) combate el sentimentalismo y efectismo, abogando por la vuelta a la naturalidad en la poesía, basada en el modelo de lo popular, la palabra libre y espontánea. Aboga por tomar la lengua alemana de sus fuentes. A Herder debió Goethe su hondo conocimiento de Shakespeare, el entusiasmo por Ossián (propio de la época), el concepto de que la poesía es uno de los elementos importantes de la civilización y la familiaridad con la poesía popular. Herder publicó una colección sobre la poesía popular de los diversos países e hizo una traducción libre del Romancero del Cid.

Herder desarrolló la idea de Hamann de que la literatura es la lengua primigenia de la humanidad. Su idea de que la literatura posee un carácter religioso y de que el poeta es un segundo creador, influenció la discusión sobre el genio dentro del movimiento Sturm und Drang, también llamado Geniezeit (la época del genio). Hamann no contemplaba la libertad del genio creador sino en la consonancia de sus sentidos y pasiones con la naturaleza. Herder, sin embargo, se inspiró en el Émile de Rousseau (1762), modelo de novela educativa, para defender la capacidad creadora del genio: el cuerpo es la extensión del alma y no su prisión, hay que liberar las fuerzas creativas en la litetratura, cada pueblo, cada época ha de crear su propia literatura. El genio poético se destaca por "extraer de su sustancia una creación dramática tan natural, grande y original como los griegos hicieron con la suya".

Herder concibió una literatura natural como expresión nacional y colectiva de un pueblo. El lenguaje es una forma de pensamiento –Sobre el origen del lenguaje (1772)–, no es de origen divino, proviene de la naturaleza espiritual del ser humano, no es el vehículo para comunicar el pensamiento, sino el instrumento del pensar mismo; lenguaje, poesía y mitología forman una unidad. Y el lenguaje expresa a la vez al hombre entero y cada una de las lenguas a un pueblo, una personalidad colectiva o carácter nacional que la habla a lo largo de la historia. En su Von deutscher Art und Kunst (Sobre el estilo y el arte alemán, 1773), Herder ensalza el espíritu romántico manifestado en las canciones populares alemanas, la arquitectura gótica y las obras de Shakespeare. Herder se interesó por la poesía céltica del falso Ossián y por las canciones de los pueblos antiguos. No creó grandes obras maestras, pero ayudó al progreso y a la educación de su país, lo que constituía para él el más alto ideal.

Johann Joachim Winckelmann (1717-1768), arqueólogo clásico e historiador de arte, había publicado en 1764 su Geschichte der Kunst des Altertums (Historia del arte de la Antigüedad), en la que examina la historia del arte griego y teoriza sobre sus principios estéticos fundamentales. Este texto clásico influyó de manera notable en muchos escritores y filósofos, incluidos el crítico alemán Gotthold Ephraim Lessing y el poeta Johann Wolfgang von Goethe. Así comienza la historización en la historia del arte. Winckelmann somete los datosa  un esquema evolutivo, orgánico, y postula que la historia del arte ha de enseñar el origen, el desarrollo, la transformación y la decadencia del mismo, así como los distintos estilos de los pueblos, de las épocas y de los artistas.

Por imitación de la historia del arte de Winckelmann, Herder fue el primero que estimuló a pensar históricamente la literatura, a enmarcar la erudición literaria en un esquema evolutivo.

«Impuso a la literatura el supuesto del organicismo (una lenta evolución concebida por analogía al crecimiento animal), asumió el principio de la continuidad (natura non facit saltus) del espíritu y de la historia y con eso emprendió la historia de las formas literarias, de distintos motivos, de la posición del poeta respecto de la humanidad, del carácter nacional o popular de la poesía, etc. Con el cultivo posterior de estas iniciativas la historia de la literatura sale gradualmente del ambiente de las poéticas (acento sobre las reglas, género adecuado, estilo, etc.) y de los simples eruditos, gramáticos y académicos, deja de verse como un pasatiempo y pasa a considerarse en función o en relación con movimientos culturales, con ideas, costumbres, con la nación. Esto, a su vez, es consecuencia del postulado romántico de la unión orgánica de todos los valores espirituales bajo el signo de una evolución universal. Así, tampoco la política podría entenderse cabalmente sin la filosofía o el derecho sin la economía. Es decir, se impone la idea de que la obra no se entiende si no se entiende en sus condiciones históricas (por ejemplo, el roman courtois sin el feudalismo). [...] Para llegar a entender esas condiciones serán necesarias todas las tareas que se ha impuesto la investigación histórico-literaria como la filología, la gramática histórica, las traducciones, las ediciones críticas, la literatura comparada, etc. Como consecuencia, se propagó la curiosidad por la literatura clásica (F. A. Wolf, K. O. Müller, F. Schlegel), por las literaturas europeas antiguas (A. W. Schlegel, los hermanos Grimm), por el sánscrito, por el ciclo artúrico, incluso por una literatura universal que nunca llegó a concretarse adecuadamente.» (Tollinchi 1989: 633-634)

El Congreso de Viena (1814-1815) restablece las fronteras territoriales en toda Europa una vez concluidas las guerras napoleónicas, dando fin así a la hegemonía de Francia en Europa. No obstante, la paz sólo se consiguió mediante el establecimiento del absolutismo como principio básico de la política internacional, impuesto desde la organización de la Santa Alianza, que a partir de septiembre de 1815 y mediante periódicos congresos eliminó todas aquellas manifestaciones que pudieran suponer la implantación en Europa de regímenes liberales o la independencia nacional de aquellos pueblos integrados en las potencias hegemónicas.

«El nacionalismo posterior al Congreso de Viena y los prejuicios políticos consiguientes por fuerza tiñeron intensamente las innumerables historias de la literatura alemana que se intentaron en el curso del siglo. Se buscaba la educación del pueblo, la definición nacional. [...] Hasta que la Scherer en 1883 hizo una ‘ciencia’ de la historia de la literatura y, a la vez, impuso el positivismo con su exaltación de la ciencia natural, del determinismo del medio ambiente y otros factores colectivos y su predilección por las leyes evolutivas y las monografías especializadas. La reacción tiene lugar con los estudios literarios y la Geistesgeschichte de Guillermo Dilthey quien llama la atención sobre la diferencia entre la ciencia natural y las ciencias del espíritu (Erklären y Verstehen), sobre la relación del artista y la época. Su obra determina la aparición de la historia de las ideas, la historia de las formas y los géneros y buena parte de la actividad histórico-literaria posterior.» (Tollinchi, o. c., p. 635-636)

El filósofo Gottlieb Fichte y sobre todo Johann Gottfried Herder acuñan el concepto de Volksgeist (‘espíritu del pueblo’) dentro del marco del nacionalismo romántico: Frente al cosmopolitismo ilustrado, Herder defiende la existencia de naciones diferenciadas, a cada una de las cuales les corresponden unos rasgos constitutivos inmutables (culturales, raciales, psicológicos...) que por lo tanto son ahistóricos y anteriores a los individuos que forman una nación. Esta idea del Volksgeist fue posteriormente adoptada por los hermanos Friedrich y Wilhelm von Schlegel, quienes adaptaron esta idea al estudio de las lenguas, la literatura y el arte. La idea del Volksgeist niega la existencia de normas artísticas y literarias universales, como defendía el Neoclasicismo, y dio importancia los elementos en los que se observa con mayor claridad el espíritu propio de cada nación. Esta idea llevó a la revalorización de la épica medieval, así como del teatro de Shakespeare o Calderón de la Barca, rechazados durante el siglo anterior por no atenerse a las normas aristotélicas.

«Herder y parte del romanticismo alemán defenderán una noción de pueblo como una colectividad genuina que existe independientemente del estado, y no como una asociación artificial. Se trata de una colectividad de individuos a partir de una base lingüística compartida y dotada de una especie de carácter o espíritu colectivo común (Volksgeist). Herder introdujo el término “nacionalismo” aunque abominando de él por arrogante e irracional. A pesar de su idea sobre la igualdad de todas las naciones, el período de resistencia a la hegemonía napoleónica introdujo la idea de una misión especial de la nación alemana. Esta singularidad fue desarrollada por algunos seguidores del filósofo idealista Fichte como algo equivalente a una pretendida superioridad colectiva basada en un sentido excluyente de la ascendencia biológica. En buena parte de las organizaciones del emergente movimiento nacional alemán, la unidad interna y la igualdad se convirtieron en una referencia normativa prevalente frente a las libertades individuales de raíz liberal. [...] La unificación de Italia y de Alemania en las segunda mitad del siglo XIX fue dirigida por los estados territoriales existentes, y no por movimientos nacionales.» (Álvarez Junco et al. 2005: 104-106)

Contra el concepto racionalista de universales propio de la Ilustración, los románticos exaltaron el fenómeno de la singularidad, la diferencia o peculiaridad, en diferentes niveles: del individualismo (que exalta la formación de una personalidad) al carácter de comunidades (nacionalidades, provincias, regiones), el Volkgeist o "espíritu del pueblo". Desde 1767 Herder sostuvo que todo pueblo tenía un carácter único que se manifestaba en todas sus costumbres e instituciones, sus obras de arte y literatura, y que intrínsecamente era valioso por sí mismo ("Fragmentos sobre la nueva literatura alemana"). Esto generó una exaltación de los nacionalismos y el surgimiento del patriotismo cultural, que implicó el estudio completo de las nacionalidades.

A los nacionalismos en la literatura se opusieron en la época los esfuerzos de Goethe por el estudio de una “literatura universal” (Weltliteratur), así como algunos representantes de la “humanidad” de tipo clasicista (Wilhelm von Humboldt) o representantes del idealismo como Hegel. Fue Goethe quien acuñó el término Weltliteratur para indicar una idea de una literatura realmente universal, que implica que todas las literaturas del mundo pueden tener el mismo valor y atractivo.

En 1827 escribía Goethe: "Me gusta echar un vistazo a lo que hacen las naciones extranjeras y recomiendo a cualquiera que haga lo mismo. Hoy día la literatura nacional ya no quiere decir gran cosa. Ha llegado la época de la literatura universal y cada cual debe poner algo de su parte para que se acelere su advenimiento.” "Claro que existe, sí, la literatura universal existe, lo que no existe es la literatura nacional, que es un invento del siglo XIX con fines pedagógicos" (Javier Cercas).

Johann Wolfgang Goethe (1749-1832)

Frei will ich sein im Denken und im Dichten; im Handeln schränkt die Welt genug uns ein. (J. W. von Goethe)

Goethe fue uno de los primeros cultivadores del Sturm und Drang. Tras un viaje a Italia, sin embargo, adoptó un estilo más clásico, sin renunciar a los temas románticos. Se sometió a un proceso autoeducativo: tras haber sido modelo del Romanticismo europeo, comenzó una obra enfocada al equilibrio y la tradición, oponiéndose a su época.

En su Götz von Berlichingen (1773), un drama romántico en prosa sobre un caballero rebelde del siglo XVI, Goethe se propuso imitar la libertad estilística de Shakespeare. La obra, que justifica la insurrección contra la autoridad política, inauguró el movimiento literario conocido como Sturm und Drang). Este drama se alejaba de los modelos franceses anteriores y marcaba una dirección muy distinta; había sido escrito en prosa y bajo la influencia directa de Shakespeare. La obra produjo un efecto revelador: con él se había hallado el verdadero camino que debía seguir el teatro alemán. El espectador podía entusiasmarse con la nobleza del protagonista, indignarse con la vileza de algunos personajes y percibir el alcance social y la actualidad de aquellos cuadros históricos, algo que se avenía perfectamente con el afán revolucionario del momento.

Al año siguiente, en 1774, el nombre de Goethe iba a ser conocido en todo el mundo gracias a la publicación de una novela que apareció bajo el título de Las tribulaciones del joven Werther (Die Leiden des jungen Werther, 1774). Si en la obra anterior Goethe había puesto de manifiesto su íntimo modo de sentir, esta nueva obra mezcla vivencias de su propia vida con un hecho real que causó honda emoción en toda la juventud de la ciudad de Wetzlar, donde vivía el poeta. Esta novela, de un sentimentalismo enfermizo, está inspirada en la tendencia de La Nueva Eloísa, de Rousseau, publicada en 1761, y se adelantó a la época del romanticismo. Esta obra exalta los sentimientos hasta el punto de justificar el suicido por un amor no correspondido, y establece un tono y un estado de ánimo imitado por los autores románticos tanto en sus obras como en su vida personal: una tendencia al frenesí, a la melancolía, al hastío del mundo y a la autodestrucción. En su vejez, Goethe confesó que solo había releído una vez esta obra de juventud y que no volvería a leerla: no quería volver a caer en el morboso estado del que el libro era producto. En el Werther se encuentran presentes casi todas las características fundamentales del Romanticismo. Ejerció una influencia inmensa.

Doctor Fausto es una tragedia cuyo protagonista simboliza la inquietud del ser humano ante el misterio del conocimiento. El argumento recoge una antigua leyenda; en ella, el protagonista, incapaz de alcanzar la verdad última de las cosas, vende su alma al diablo (Mefistófeles) a cambio de un momento de tranquilidad.

Tras su viaje a Roma y Sicilia (“la isla reveladora”), Goethe fue evolucionado hasta renegar del Romanticismo e identificarse con el equilibro clásico grecolatino, lo que puso fin a su tormentosa vida interior. Fue esa la revelación del Clasicismo, verdadera raíz con la que podía identificarse la cultura alemana. Ahora comprendo el sentido del mármol, escribirá en una de sus Elegías romanas.

"La venda se me cae de los ojos", decía el escritor en su fase postrera, inclinado a un clasicismo puro, sin la adulteración de los neoclasicistas franceses. Como producto de esta evolución, nos legó tragedias como Ifigenia en Táuride, Torcuato Tasso y Elegías romanas.

Friedrich von Schiller (1759-1805)

Schiller fue el creador del drama nacional alemán. Su teatro destaca por la profundidad y la sinceridad en el tratamiento de los temas. La obra maestra de Schiller fue Guillermo Tell, prototipo de la resistencia a la autoridad. En poesía destaca el himno A la alegría, que más tarde incluiría Beethoven en su Novena Sinfonía.  La primera época de Schiller es típicamente prerromántica y encaja con las teorías del Sturm und Drang. Es en esta etapa cuando escribe obras como Los bandidos, escrita a los veintidós años, La conjuración de Fiesco, de temática veneciana y Don Felipe, que trata sobre Felipe II de España. Son dramas juveniles en los que Schiller se revela contra las leyes y los prejuicios de la sociedad y defiende ideales de justicia y libertad.

A las creaciones dramáticas de su juventud le siguen una serie de trabajos sobre estética, como Cartas sobre la educación estética del hombre, Callias y Sobre la poesía ingenua y la sentimental. Escribió también Los dioses de Grecia, El ideal de la vida y otras baladas, entre las que destaca La campana, su poema más famoso.

En una estatua en Weimar, aparecen juntos los dos amigos, Goethe y Schiller, entrelazadas las manos, pero aunque aparezcan tan juntos, no son iguales: son de estilos diferentes, pero lo que falta al uno se halla en el otro. Goethe es todo serenidad, universalismo, objetivismo, realidad; Schiller es todo pasión, entusiasmo irreflexivo, patriotismo limitado, subjetivismo, vaga idealidad. Mientras Goethe tiene la suavidad de las amplias líneas curvas llenas de grandeza, Schiller procede por línea recta. Al final de su azarosa vida, Schiller alcanza la serenidad y la perfección que anhelaba. Muere prematuramente a los 46 años.

Diese jugendliche Revolte blieb politisch völlig wirkungslos, dagegen erwiesen sich die Gedanken und Vorstellungen der zur politischen Inaktivität verurteilten Hauptvertreter dieser Richtung als sehr wirkungsvoll für die Literatur der späteren Epochen, für die Klassik ebenso wie für die Romantik, für G. Büchner, für Naturalismus und Expressionismus bis hin zu B. Brecht.

Si el movimiento Sturm und Drang no tuvo repercusión política alguna, tanto mayor fue su influencia en la literatura posterior, tanto para la clásica como para la romántica, así como para el naturalismo y el expresionismo, llegando incluso hasta el dramaturgo Bertolt Brecht (1898-1956). El Sturm und Drang fue revolucionario al hacer hincapié en la subjetividad personal y en el malestar del hombre en la sociedad en la sociedad de su tiempo, encorsetado por las diferencias sociales, las hipocresías morales y la ciega creencia en las normas. Este movimiento literario estableció a los autores alemanes como líderes culturales en Europa en un tiempo en el que Francia era considerada del centro de la creación literaria. El movimiento desarrolló el tema del genio de la juventud, en contra de los modelos clásicos, y promovió el entusiasmo por la naturaleza. Fue un preludio del romanticismo.

Las ideas del Sturm und Drang se dieron a conocer en Europa a través de la escritora francesa Germaine Necker, baronesa de Staël-Holstein, más conocida como Madame de Staël. Sus ensayos De la littérature considérée dans ses rapports avec les constitutions sociales (1800) y, sobre todo, De Allemagne (1810), divulgaron los principales temas del Romanticismo alemán.

ALEMANIA Y LA ILUSTRACIÓN

«A la Ilustración francesa corresponde en Alemania un movimiento semejante, pero no idéntico, que se llama ilustración o iluminación: Aufklärung. Consiste también en una popularización de la filosofía, en especial la de Leibniz, e igualmente de la inglesa. Pero en Alemania ese espíritu ilustrado es menos revolucionario y menos enemigo de la religión; la Reforma había realizado ya la transformación del contenido religioso alemán, y la Aufklärung no se encuentra con la larga tradición católica, como en Francia. Por lo demás, domina en Alemania el mismo espíritu racionalista y científico, y la corte prusiana de Federico el Grande, con la Academia de Ciencias de Berlín, es un gran centro de la ideología de la Ilustración. El popularizador de la filosofía de Leibniz fue Christian Wolff (1679-1754), introductor del alemán en las universidades y en la producción filosófica. La filosofía aprendida usualmente en Alemania en el siglo XVIII es la de Wolff; aquella frente a la que tendrá que tomar posición más inmediatamente Kant en su Crítica de la razón pura.» (Marías 1965: 263)

Según Arnold Hauser, la desgracia de Alemania consistió en que desaprovechó a su tiempo la Ilustración como escuela de política elemental de la burguesía moderna. Cuando la Ilustración se convirtió en un movimiento dominante en Europa, la intelectualidad alemana no estaba madura todavía para participar en él. En el siglo XVI, la burguesía alemana perdió su influencia económica y política; el comercio se desplazó del Mediterráneo al Atlántico; la Liga Anseática y las ciudades alemanas influyentes cedieron su hegemonía a las holandesas e inglesas. La ruina de las ciudades significaba la decadencia de la burguesía, de las que los príncipes territoriales alemanes ya no tenían nada que temer ni que esperar. Esto dio lugar a un nuevo proceso de aristocratización en Alemania. Mientras las monarquías occidentales se apoyaban en parte en la burguesía en su lucha contra la nobleza feudal, los príncipes alemanes, después de la dominación de las sublevaciones campesinas, eran dueños del país y no veían peligro en la nobleza, sino en los campesinos y en la burguesía, que amenazaban su predominio. Los príncipes territoriales alemanes, a diferencia de los reyes de Francia y de Inglaterra, eran grandes terratenientes con intereses feudales. A ellos el bienestar de la burguesía y de las ciudades les preocupaba poco.

La Guerra de los Treinta Años, conjunto de conflictos bélicos europeos que tuvieron lugar desde 1618 hasta 1648, tuvo su origen en el antagonismo religioso generado por la difusión de la Reforma protestante. Pero el carácter del conflicto fue cambiando y, al final, primaron las rivalidades dinásticas de los príncipes alemanes y la determinación de ciertas potencias europeas, sobre todo Suecia y Francia, de frenar la supremacía del Sacro Imperio Romano Germánico, que por entonces era, junto a la Monarquía Hispánica, el principal instrumento político de la poderosa Casa de Habsburgo. En cierto modo, esta situación se debía a la fragilidad de la Paz de Augsburgo, un acuerdo firmado en 1555 entre el emperador Carlos V y los príncipes luteranos alemanes.

«Esta guerra completó el hundimiento del comercio alemán, confirmó el particularismo alemán y fortaleció la soberanía de los príncipes territoriales. Alemania, los príncipes y la nobleza estaban siempre de acuerdo cuando se trataba de privar de sus derechos a las demás clases sociales. El pueblo era oprimido por los funcionarios de la Corona más que antaño por los intendentes de los señores feudales. Los campesinos no habían conocido en Alemania otra cosa que la servidumbre. En el siglo XVI, Carlos V, emperador del Sacro Imperio Romano Germánico (1519-1558), consigue consolidar el poder imperial, pero no tuvo éxito en su intento de quebrantar el poder de los príncipes territoriales y desaprovechó la ocasión de crear una Alemania unida. El emperador cedió las ventajas ajenas al patronato de la Reforma a los príncipes alemanes, a los que Martín Lutero (1483-1546) entregó el instrumento del poder espiritual, convirtiéndolos en cabezas de las Iglesias locales, con autoridad para guiar la vida de los súbditos también en lo espiritual. Los príncipes se apoderaron de los bienes de la Iglesia y tomaron en su mano la educación religiosa, predicando el deber de obediencia a la autoridad.

El despotismo de los pequeños Estados, al que no se oponía entonces ningún poder en el país, apartó igualmente de la Iglesia a las clases progresistas. El espíritu burgués de los siglos XV y XVI desaparece del arte y de la cultura alemanes, hasta el punto de que no puede hablarse de tales cosas después de la Paz de Westfalia [paz firmada en 1648 entre los principales contendientes de la guerra de los Treinta Años]. Todos los doscientos pequeños Estados pusieron su ambición en igualar al rey de Francia y a la corte de Versalles. Así surgen en la primera mitad del siglo XVIII los magníficos castillos de los príncipes alemanes”. Se desarrolla así una variedad alemana del Rococó francés e italiano.

La impotencia de la clase burguesa, su exclusión del gobierno del país, así como de toda actividad política, provocó una pasividad que se extendió a toda la vida cultural. La intelectualidad formada por funcionarios subalternos, maestros de escuela y poetas ajenos al mundo, se acostumbró a trazar una línea divisoria entre su vida privada y la política, y a renunciar de antemano a toda influencia práctica. La intelectualidad burguesa perdió de esta manera todo contacto con la realidad social y se hizo cada vez más aislada, más excéntrica e intransigente. Su pensamiento se hizo meramente contemplativo y especulativo, irreal e irracional; su modo de expresión se volvió caprichoso, encasillado, incomunicable, incapaz de tomar en consideración a los demás y opuesto a toda corrección venida del exterior. Se retiró a un nivel de vida “universalmente humano”, situado por encima de clases, estamentos y grupos; hizo de su falta de sentido práctico una virtud y la llamó idealismo, interioridad y superación de las limitaciones de tiempo y espacio, y, partiendo de sus trabas exteriores, la idea de la libertad interior y de la soberanía espiritual sobre la común realidad empírica. Así se llegó en Alemania a la separación completa de la literatura y la política y a la desaparición de aquel representante de la opinión pública tan conocido en el oeste de Europa: el escritor que es al mismo tiempo político, científico y publicista, buen filósofo y buen periodista.» (Hauser 1968: 279-280)

A finales del XVIII, la literatura alemana progresa. Si en 1773 había en Alemania tres mil autores, en 1787 había ya el doblo y ya muchos vivían del fruto de sus trabajos literarios. Aunque hasta la época romántica la mayoría debían buscar una ocupación burguesa: Gellert, Herder, Lavater eran teólogos; Hamann, Winckelmann, Lenz, Hölderlin y Fichte, profesores privados; Kant, Schiller, Görres, Schelling y los hermanos Grimm eran profesores universitarios; Novalis, A. W. Schlegel, Schleiermacher, Eichendorff y E. T. A. Hoffmann, funcionario públicos.

STURM UND DRANG

Con el Sturm und Drang la literatura alemana se hace totalmente burguesa, a pesar de que los jóvenes rebeldes atacan a la burguesía. Protestan contra los abusos del despotismo, luchan por los derechos de la libertad y se oponen a la Ilustración. Sin embargo, siguen perteneciendo a la burguesía. Desde el Sturm und Drang hasta el Romanticismo, la cultura alemana está sustentada por la burguesía. Alemania es un “país de la clase media”, con una aristocracia estéril y una burguesía que se impone intelectualmente, a pesar de su impotencia política. 

«Surge un nuevo tipo de intelectual que carece de vínculos, que está libre de tradiciones y convencionalismos, y que no puede ejercer sobre la realidad política y social la correspondiente influencia, o que, frecuentemente, tampoco quiere hacerlo. Lucha contra el racionalismo, del que es portador involuntario, y se convierte en cierto modo en campeón del conservadurismo contra el cual cree estar luchando. De este modo se mezclan características conservadores y reaccionarias con rasgos progresistas y liberales. [...] En su lucha contra la Iglesia, aliada con el absolutismo, la Ilustración se había vuelto insensible a todo lo que se relacionara con la religión y con las fuerzas irracionales en la historia, y los representantes del Sturm und Drang esgrimían estas fuerzas irracionales contra la realidad “desencantada”, a la que no se sentían ligados en modo alguno. Pero con esto no hacían más que responder a los deseos de las clases dominantes, que se esforzaban en distraer la atención para que no se fijase en la realidad, de la disfrutaban. Estas clases fomentaban toda mentalidad que presentara el significado del mundo como inexplicable e incalculable, y favorecían la espiritualización de los problemas, por medio de la cual podían ser encauzadas las tendencias revolucionarias dentro de la esfera intelectual, y la burguesía podía ser inducida a contenerse con una solución ideológica en vez de práctica. Bajo la influencia de esta droga la intelectualidad alemana perdió su sentido para el conocimiento positivo y racional y lo sustituyó por la intuición y la visión metafísica.

El irracionalismo fue, ciertamente, un fenómeno común a toda Europa, pero se manifestó en todas partes esencialmente como una forma de emocionalismo, y sólo en Alemania recibe el cuño especial de idealismo y espiritualismo; únicamente allí se convirtió en una concepción metafísica que despreciaba la realidad empírica y se basaba en lo intemporal e infinito, en lo eterno y absoluto. [...] Es cierto que la filosofía idealista alemana partía de la teoría del conocimiento antimetafísica de Kant, la cual tenía sus raíces en la Ilustración; pero su subjetivismo hacía derivar esta doctrina hacia un desprecio absoluto de la realidad objetiva, hasta situarse finalmente en la oposición decidida al realismo de la Ilustración. [...] El lenguaje científico alemán fue tomando paulatinamente aquel carácter frecuentemente vago, sugerente y de límites inciertos que lo distingue tan profundamente del estilo del lenguaje científico de la Europa occidental. Los alemanes pierden al mismo tiempo el sentido de la realidad simple, sobria y segura, que en Occidente se estimaba tanto, y su preferencia por las construcciones especulativas y las complicaciones se convierte en una auténtica pasión.

El hábito mental denominado “pensamiento alemán”, “ciencia alemana”, y “estilo alemán” no debe ser considerado como expresión de una característica nacional constante, sino simplemente como un modo de pensamiento y lenguaje que surge en un período determinado de la historia cultural alemana –es decir, en la segunda mitad del siglo XVIII– por obra de una determinada clase social, la intelectualidad burguesa, excluida del gobierno del país y prácticamente carente de influencia.» (A. Hauser,  p. 287-288)

El lenguaje esotérico de los poetas y filósofos alemanes se manifiesta en su individualismo exagerado y en su manía por la originalidad, su deseo de ser absolutamente diferentes de los demás.

«Las palabras de Mme. de Staël: trop d’idées nueves, pas assez d’idées communes, nos dan en la fórmula más breve el diagnóstico del espíritu alemán. Lo que les faltaba a los alemanes no es el pastel de los domingos, sino el pan nuestro de cada día. [...] Este individualismo y este afán de ser diferente no era otra cosa que una compensación por su exclusión de la vida política activa. Su lenguaje cifrado y su “profundidad”, su culto a lo difícil y complicado tenían también el mismo origen. [...] La intelectualidad alemana fue incapaz de comprender que el racionalismo y el empirismo eran aliados naturales de una clase media progresista. No podían hacer a las fuerzas conservadoras servicio más grande que desacreditar “el sobrio lenguaje de la razón”. Estos intelectuales se equivocaban en sus propósitos, por una parte porque los príncipes alemanes aceptaban en apariencia la Ilustración y adaptaban el racionalismo del viejo régimen absolutista al nuevo cultivo de la razón, y de otro lado debido a las tradiciones religiosas de los hogares de la pequeña burguesía, a menudo condicionados intelectualmente por la profesión de pastor del padre. La mayoría de los representantes de la intelectualidad habían heredado estas tradiciones, que experimentaban ahora un renacimiento prometedor a través del pietismo.» (Arnold Hauser, o. c.)

El pietismo protestante se inició en Alemania hacia 1670 como reacción evangélica contra el intelectualismo ortodoxo y el formalismo dominantes en las Iglesias luterana y calvinista. El pietismo daba más importancia a una piedad sencilla y activa que a la aceptación de proposiciones teológicas correctas.

«La experiencia religiosa era irracional en sí misma, y la artística se volvió irracional a medida que se alejó de los criterios estéticos de la cultura cortesana. El siglo XVIII es el primero en llamar la atención sobre la irracionalidad fundamental y la irregularidad de la creación artística. Esta época anti-autoritaria, opuesta de manera consciente y sistemática al academicismo áulico, fue la primera en poner en tela de juicio que las facultades reflexivas, racionales e intelectuales, la inteligencia artística y la capacidad crítica, tuvieran parte en la génesis de la obra de arte. [...] Las tendencias opuestas a la Ilustración se retiraron a las líneas de la estética, y, partiendo de aquí, conquistaron todo el mundo intelectual. La estructura armónica de la obra de arte se trasladó a todo el cosmos, y al creador del mundo se le atribuyó una especie de plan artístico, como ya había hecho Plotino. “Lo bello es una manifestación de las fuerzas secretas de la Naturaleza”, decía el mismo Goethe, y toda la filosofía natural del Romanticismo giraba en torno a esta idea. La estética se convierte en disciplina básica y en órgano de la metafísica. Ya en la teoría del conocimiento de Kant la experiencia era una creación del sujeto cognoscente, en analogía con la obra de arte, considerada desde siempre como producto del artista ligado a la realidad, pero señor de ella.» (A. Hauser, p. 290-291)

El discípulo de Christian Wolff (1679-1754), Alexander Gottlieb Baumgarten (1714-1762) creó con su Aesthetica (1750-1758) una nueva disciplina independiente que se constituye en la Ilustración alemana y que se cultiva de modo autónomo por primera vez. La Estética introducida por Baumgarten la volveremos a encontrar en la Estética trascendental de Kant. La Estética tendrá importancia en el Idealismo alemán y será el tema central del Romanticismo.

La objetividad se convirtió en dominio absoluto del yo creador. La experiencia de la que los filósofos derivaban sus sistemas fue el aislamiento, la soledad y la falta de influencia en la vida práctica. Su concepción estética del mundo era en parte un cerrarse contra el mundo en el que el “intelecto” había demostrado sus limitaciones y su impotencia. Para la Ilustración el mundo era algo plenamente explicable y fácil de entender; el Sturm und Drang lo consideraba como algo fundamentalmente incomprensible, misterioso y desprovisto de significado para la mente humana.

Herder, la figura más característica de la literatura alemana del siglo XVIII, expresa el conflicto en la concepción del mundo y la mezcla de corrientes progresistas y reaccionarias que dominan la sociedad de su tiempo. Herder cree poder hacer compatibles sus opiniones hostiles a la Ilustración con su entusiasmo por la Revolución francesa. La mayoría de los intelectuales alemanes comenzaron siendo seguidores entusiastas de la Revolución hasta después de la Convención, con la creación del Directorio (1795) y la toma del poder por Napoleón. 

«El clasicismo de Herder, Goethe y Schiller ha sido denominado Renacimiento alemán retardado y considerado como el paralelo al clasicismo francés. Sin embargo, se distingue de todos los movimientos semejantes de fuera de Alemania, ante todo, en que representa una síntesis de tendencias clasicistas y románticas y, sobre todo desde el punto de vista francés, parece totalmente romántico. Pero los clásicos alemanes, que pertenecieron casi todos en su juventud al Sturm und Drang y son inconcebibles sin el evangelio naturalista de Rousseau, representan al mismo tiempo una renuncia a la hostilidad romántica contra la cultura y al nihilismo de Rousseau. Viven en un frenesí de cultura y educación que no tiene igual en ninguna otra generación de escritores desde el Humanismo, y consideran a la sociedad civilizada, no al individuo aventajado, como la auténtica portadora de la cultura.» (A. Hauser, p. 301)

La educación estética es para Schiller el único antídoto contra el mal reconocido por Rousseau. Goethe llega a afirmar que el arte es el intento del individuo de “preservarse contra el poder destructor del conjunto”. Goethe fue uno de los más acérrimos representantes de la Ilustración en Alemania. A pesar de su conexión con el Sturm und Drang, sentía profunda aversión al romanticismo y al antirracionalismo: “antes la injusticia que el desorden”. La experiencia artística asume ahora la función que hasta ese momento sólo había podido llenar la religión: se convierte en un baluarte contra el caos.

«El ideal artístico del clasicismo alemán, de acuerdo con la repulsa de las clases dominantes contra todo lo caprichoso y anárquico, adopta una tendencia innegable a lo típico y lo generalmente válido, a lo regular y normativo, lo permanente y lo atemporal. En contraste con el Sturm und Drang, concibe la forma como al expresión de la esencialidad y la idea misma de la obra, y no la identifica ya con la armonía exterior de las proporciones, con la eufonía y la belleza de la línea. En lo sucesivo se entiende por forma “forma interior”, el equivalente microcósmico de la totalidad de la existencia.» (A. Hauser, p. 306-307)

Para el siglo XVIII la poesía era la expresión del pensamiento; el sentido y la finalidad de la imagen poética eran la explicación e ilustración de un contenido ideal. En la poesía romántica, por el contrario, la imagen poética no es el resultado, sino la fuente de las ideas. La metáfora se vuelve productiva, y tenemos el sentimiento de que el lenguaje se ha vuelto independiente y está componiendo por cuenta propia. Los románticos se abandonan al lenguaje y expresan de este modo su concepción antirracionalista del arte. Los románticos creían en un espíritu trascendente que constituía el alma del mundo y lo identificaban con la espontánea fuerza creadora del lenguaje. Dejarse dominar por él era considerado como signo del más alto genio artístico.

CLASICISMO DE WEIMAR (1786–1805)

El Clasicismo de Weimar (Weimarer Klassik o Weimarer Klassizismus) fue un movimiento cultural y literario europeo cuyas ideas centrales parten de la obra Goethe y de Schiller.

El comienzo del Clasicismo de Weimer coincide con el viaje a Italia de Goethe en 1786 y termina con la muerte de Schiller en 1805 o la de Goethe en 1832, aunque la última fase de la producción de Goethe no se suele incluir en el Clasicismo.

Goethe y Schiller contraponen al espíritu revolucionario e individualista del movimiento Sturm und Drang del que formaron parte en un primer momento, la imagen de una humanidad en evolución y cooperación entre naturaleza y cultura, individuo y sociedad. Postulan valores supratemporales y supranacionales.

La obra de teatro Ifigenia en Táuride de Goethe trataba la superación de prejuicios y con ello resulta un ejemplo para el ideal humanista clasicista. Su obra más importante es la tragedia Fausto (1808), al que siguió una segunda parte, Fausto II, en 1832.

Friedrich Schiller escribió obras teóricas (Über naive und sentimentalische Dichtung, «Sobre la poesía inocente y sentimental»). También trató cuestiones filosóficas en la lírica (como en su «Spaziergang», «Paseo»). Schiller escribió innumerables baladas (Die Bürgschaft, «El aval») y una serie de dramas históricos (Wallenstein).

La tensión entre las inquietudes del yo y los límites de la realidad exterior, que Goethe y Schiller intentaron superar, fue el tema central de la generación romántica que siguió al Sturm und Drang.

Así como Goethe y Schiller, a pesar de su clasicismo, tienen muchos elementos románticos, otros autores se debatieron entre una y otra tendencia: Jean Paul Richter; (1763‑1825), Friedrich Hölderlin (1770-1843) y Heinrich von Kleist (1777–1811).

Johann Christian Friedrich Hölderlin (1770-1843)

Considerado como uno de los más grandes poetas líricos alemanes, su obra tiende un puente entre la escuela clásica y la romántica. Su poesía permaneció olvidada muchos años. Tanto el filósofo de la historia y la cultura Wilhelm Dilthey (1833-1911) como el filósofo, poeta y filólogo Friedrich Nietzsche (1844-1900) trataron de difundir sin éxito la obra de Hölderlin. Pero no fue hasta 1909 que Nobert von Hellingrath descubrió en la Biblioteca de Stuttgart los últimos himnos de Hölderlin y sus traducciones de Píndaro. Hellingrath se puso en contacto con el Círculo de Stefan Georg (George-Kreis) que se ocupó de su publicación y las dio a conocer.

A partir de entonces, Hölderlin, hasta entonces apenas conocido, se convirtió en uno de los poetas más importantes de la literatura alemana, sobre todo en los años 20 y 30. En 1934/1935, imparte el filósofo Martin Heidegger (1889-1976) su primer curso sobre Hölderlin, al que seguirá una conferencia en Roma en 1936 sobre Hölderlin y la esencia de la poesía. Convirtiéndose Heidegger en un agente de difusión del gran poeta alemán, aunque interpretado por el filósofo de la Selva Negra con categorías ontológicas.

La obra de Friedrich Hölderlin tiende un puente entre las escuelas clásica y romántica. Para algunos autores es uno de los poetas románticos más importantes. Para otros pertenece al Clasicismo alemán, pues, lo mismo que Goethe y Schiller, tenía gran admiración por la cultura de la Grecia antigua. Ya hacia 1800, la obra de Hölderlin ocupaba una posición muy especial entre el Clasicismo de Weimar y la primera escuela romántica.

José Joaquín de Mora (1783-1864), replica a Juan Nicolás Boehl de Faber (1770-1836):

La moda de desacreditar las reglas eternas del gusto, y de sacudir el yugo de los preceptos, es un contagio tanto más fácil de comunicarse, cuantos más halagos presenta a la mediocridad verse libre de trabas y poder abandonarse a todos los desórdenes de la imaginación. Entre nosotros el peligro aún es mayor por el abandono en que yacen los estudios clásicos, estos preciosos gérmenes del saber, tan malamente zaheridos por los discípulos de la escuela romanesca.

«(Desde el principio, como puede verse, aparecen unidos en España los estudios clásicos y la crítica clasicista, origen de grandes confusiones. Nunca llegó a entenderse que hubiera poetas románticos con formación clásica, griega, como Hoelderlin, Shelley o Leopardi.).» (Llorens 1879: 16)

Hölderlin comenzó como un sucesor de Schiller y del clasicismo suabio. Pero no compartía la imagen ideal que muchos contemporáneos tenían de la cultura griega antigua, pues destacó el carácter anticlásico de la cultura griega, lo que le acercaba al Romanticismo. Entre sus obras poéticas sobresalen El archipiélago. En medio del camino de la vida y Patmos. Fue también autor de la novela epistolar Hiperión.

Era un gran conocedor de la lengua y de la literatura griegas, lo que le lleva a incluir muchos elementos clásicos en su poesía de corte romántico. Su poesía sigue la tradición clásica, pero la funde con la nueva corriente del romanticismo. Sus obras tratan del amor a la libertad, de los ideales revolucionario, de la mitología griega, de la nostalgia de los dioses griegos, la espera al “Dios que ha de venir”.

En Los dioses de Grecia (1788) describe Friedrich Schiller la nostalgia que embarga el sentimiento romántico de la pérdida de la Antigüedad clásica, la pérdida moderna del sentimiento de totalidad de una naturaleza en la que habitan los dioses en armonía con los hombres. Se ha perdido para siempre y solo se puede anhelar en la poesía. Para Hölderlin la poesía debe hacer posible el “retorno de los dioses”, la experiencia estética debe posibilitar este acontecimiento (Ereignis). El poeta es necesario para que los dioses regresen, sin él no existe lo divino. La poesía no es solamente un medio, es parte esencial del universo, es algo consustancial con los dioses. Los dioses necesitan que alguien les revele su existencia. En los dioses se conserva el espíritu de los héroes, son los vasos sagrados del vino de la vida.

En 1806, Hölderlin fue ingresado en una clínica psiquiátrica con síntomas de gran agitación motora, largos paseos sin rumbo, escasa orientación espacio-temporal, frecuentes accesos de ira y una incontrolable e ininteligible verborrea (probablemente, indicativos de una esquizofrenia catatónica). Tras ser declarado enfermo incurable, en mayo de 1807 fue puesto al cuidado de un ebanista de Tubinga, entusiasta de la lectura del Hiperión, quien lo acogió en su casa, haciéndose cargo de los gastos de manutención la madre del poeta. Allí permaneció hasta su muerte, en unas condiciones de locura pacífica que se prolongaron durante treinta y seis años.