Ventura de la Vega (1807-1965)

Textos


La cita

 

Nunca más bello color
dio al horizonte tu llama,
astro de eterno fulgor,
al esconder tu esplendor
la cumbre de Guadarrama.

Nunca tu aroma sentí
más delicioso que ahora,
linda rosa carmesí;
nunca más bella te vi
con las perlas de la aurora.

Arroyo, que turbio y feo
ayer te vi deslizar,
¿cómo tan limpio te veo,
que ya de tu fondo creo
las arenillas contar?

Galanos campos que hacéis
de toda esta pompa alarde,
¿a quién celebrar queréis?
¿O es por dicha que sabéis
que viene Laura esta tarde?
 


A don Alberto Lista en sus días

Oda
 

Del blando lecho de Titón hermoso
la sonrosada aurora
gallarda se lanzó: rauda traspasa,
precursora del astro refulgente,
los piélagos de Tetis,
y a los campos llegó que riega el Betis.

Oye la lira y el cantar sonoro
del inmortal Fileno,
que la inocencia lamentó perdida;
el vuelo enfrena, y al felice vate
que admiración inspira,
«¿Qué cantas, dice, en la templada lira?

¿Segunda vez, acaso, la inocencia,
de la tierra alejada
lamentas, o de nuevo el fiero trono
que la superstición erige altiva
y el negro fanatismo
lanzas a la mansión del hondo abismo?»

«No, le responde el vate, interrumpiendo
su dulcísimo canto:
el fiero monstruo que mi voz hundiera,
para siempre le hundió: la virtud pura
a la tierra tornada,
tiene en ella por fin digna morada.

Que Anfriso nace; y la virtud sublime,
la cándida inocencia
fugitivas doquier, buscando errantes
asilo do morar, vieron su pecho
y en su pecho anidaron,
y virtud e inocencia le inspiraron.

Este día feliz, cuyos albores,
bella Aurora, derramas,
le vio nacer: el caudaloso Betis,
torciendo ufano su corriente pura,
besar la cuna quiso
do reposaba el envidiado Anfriso;

y la orgullosa frente levantando,
de laurel coronada,
al sacro Tajo, al rápido Garona,
y al Ródano y al Po y al Manzanares
la vista audaz tendía,
clamando ufano: «¡La victoria es mía!»

En su cándida mente el mismo Apolo
la ternura derrama
de Anacreón, y del sublime Horacio
la poderosa enérgica armonía;
baja del Pindo y llega
y su templada cítara le entrega.

Anfriso canta; y Píndaro y Horacio
y cien vates y ciento
cantan, y ceden al cantor del Betis,
y la vencida cítara deponen;
y el coro de Helicona
su docta frente de laurel corona.

Ya las cuerdas hiriendo dulcemente,
las blandas guerras canta
de la madre de amor; ya mas robusta
la voz engrandeciendo, tu salida,
del día precursora,
mensajera del Sol, celeste Aurora.

Canta la tolerancia, y a sus ecos
la espelunca horrorosa
crugiendo se desploma y sus ruinas
y sus ministros bárbaros consume
la hoguera aborrecida
en su seno por siglos encendida.

Pregunta al justo quién el dulce encanto
de la virtud divina
en su pecho inspiró: pregunta al malo
quién su maldad impávido combate;
pregunta a los pastores
si amores sienten cuando canta amores.

A mi pecho pregunta, do se anida
inextinguible fuego
de sagrada amistad. Sí, caro Anfriso,
tuya es mi voz, mi dulce risa tuya,
tuyo mi triste llanto.
Mi voz remedo informe de tu canto.»

Dijo Fileno; y con el plectro de oro
hirió la acorde lira;
y en los senos del Betis cristalino
el canto resonó. La frente alzando
el Dios lo escucha atento:
callan las aves: enmudece el viento.
 


El canto de la esposa

Imitación del Cantar de los Cantares


LA ESPOSA

    
Ven a tu huerto, Amado;
que el árbol con su fruto te convida,
y el céfiro callado
espera tu venida:
tú al céfiro y al huerto das la vida.

La aurora nacarada
desdeña esquiva la purpúrea rosa,
a la tierra inclinada:
la abeja silenciosa
ni en torno gira, ni en la flor se posa.

Ni a su consorte halaga
el ruiseñor, sin ti cantando amores;
ni mariposa vaga
entre las gayas flores,
desplegando sus alas de colores.

Ven a tu huerto, Esposo;
ven a gustar las sazonadas pomas
en mi seno amoroso;
ven, que si tú no asomas,
sin ti mi seno es huerto sin aromas.

Ven, que por ese prado
el sol ardiente tus mejillas tuesta:
aquí el roble copado
blanda sombra nos presta,
y en mi regazo pasarás la siesta.

Yo duermo en mi morada;
mas del Esposo, el corazón velando,
espera la llegada.
Ya oí su acento blando;
el Esposo a mi puerta está llamando.

EL ESPOSO 

   
Abre, Esposa querida;
no te detengas, no, consuelo mío;
ábreme por tu vida;
que yerto estoy de frío,
mis cabellos cubiertos de rocío.

LA ESPOSA     


¡Ay que el desnudo pecho
temo al aire sacar, Esposo amado,
de mi caliente lecho!
¡Ay que el pie delicado
temo llegar al pavimento helado!

Sus dedos el Esposo
entró por los resquicios de la puerta:
a su tacto amoroso
mi corazón despierta,
y toda tiemblo avergonzada, incierta.

Alceme presurosa
para abrir al Esposo que esperaba,
y mirra muy preciosa
mi mano destilaba,
que corrió por los gonces de la aldaba.

Mas el Esposo amado
no me esperaba, ¡ay triste!, y era ido
celoso y despechado.
Mi acento dolorido
llámale, y no responde a mi gemido.

Los guardas me encontraron
que la ciudad custodian, y me hirieron,
y el manto me quitaron,
como sola me vieron,
y ramerilla pobre me creyeron.

Doncellas de Judea,
si por dicha encontráis mi fugitivo,
decidle que no sea
con su adorada esquivo,
que ya morada y lecho le apercibo.

¿Conocéis por ventura,
castas doncellas, a mi Esposo ausente?
Gallarda es su figura
como el cedro eminente,
y bruñido marfil su tersa frente.

Conoceréis quién sea,
si al verle os encendéis con fuego vivo.
Doncellas de Judea,
traedme al fugitivo;
que amor y esposa y lecho le apercibo.
 


Imitación de los Salmos
 

¡Ay! No vuelvas, Señor, tu rostro airado
a un pecador contrito.
Ya abandoné, de lágrimas bañado,
la senda del delito.

Y en ti, humilde, ¡oh mi Dios!, la vista clavo,
y me aterra tu ceño;
como fija sus ojos el esclavo
en la diestra del dueño.

Que en dudas engolfado, hasta tu esfera
se alzó mi orgullo ciego,
y cayó aniquilado cual la cera
junto al ardiente fuego.

Si en profano laúd lanzó mi boca
torpes himnos al viento,
yo estrellaré, Señor, contra una roca
el impuro instrumento.

Levántate del polvo, arpa sagrada
henchida de armonía.
Y tú, por el perdón purificada,
levántate, alma mía.

Y yo también al despuntar la aurora,
y por el ancho mundo
cantemos de la diestra vengadora
el poder sin segundo.

Te cantaré, ¡oh mi Dios!, cuando te plugo
bajo tu amparo y guía
a Israel acoger, que bajo el yugo
de Faraón gemía.

Del tirano en el pecho diamantino
pusiste fiero espanto.
Tembló: tu brazo conoció divino;
soltó tu pueblo santo.

El mar lo vio y huyó: de enjuta arena
ancha senda le ofrece:
síguelo Faraón... -La mar serena
lo traga, y desparece.

Violo el Jordán, y huyó: monte y collado,
cual tierno corderillo,
saltaron de placer: el risco alzado,
cual suelto cabritillo.

¡Oh mar! ¿Por qué tus aguas dividiste
y a Faraón tragaste?
¿Por qué, humilde Jordán, retrocediste?
Monte, ¿por qué saltaste?

Ante el Dios de Jacob tembló la tierra;
las trompetas sonaron;
parose el sol, y Gabaón se aterra;
¡y los tuyos triunfaron!

Y brotaste, Señor, de piedra dura
agua en mansa corriente,
y aplacó de tu pueblo su dulzura
allí la sed ardiente.

«Canta, Israel, al Justo, al Fuerte, al Santo,
al que enjugó tu lloro:
acompañe la cítara tu canto,
y el tímpano sonoro.»

Lánzase al hondo mar, con mente ciega,
osado el marinero,
y pide al polo el que la mar le niega
ya borrado sendero.

Huye a tu voz el céfiro suave;
y el hondo mar turbando
cruzan los vientos, y la triste nave
combaten rebramando.

Ya sube al firmamento, ya desciende
al abismo horroroso;
ruge el trueno: veloz el aire hiende
tu rayo fragoroso.

Gime el nauta y te implora, y aplacado
lo miras con ternura.
El vendaval es céfiro: el hinchado
mar, tranquila llanura.

«Canta, Isabel, al Justo, al Fuerte, al Santo,
al que enjugó tu lloro:
acompañe la cítara tu canto,
y el tímpano sonoro.»

Los tiranos del mundo en liga impía
para el mal se adunaron,
y a la incauta Israel: «¡Dios nos envía!»
desde el solio gritaron.

Y entre sí concertados: «Fiera lucha
al justo renovemos:
blasfememos, que Dios no nos escucha:
dios no ve: degollemos.»

Dijeron, y no son. -Su raza impía
cual humo se deshizo.
¿No oirá quien dio el oído? ¿No vería
el que los ojos hizo?

«Canta, Israel, al Justo, al Fuerte, al Santo,
al que enjugó tu lloro:
acompañe la cítara tu canto,
y el tímpano sonoro.»

Los impios que tus casas allanaron
de uno al otro horizonte,
y con hachas sus puertas destrozaron
como leña del monte;

los fuertes, que se alzaban cual montaña
que a las nubes se eleva,
desparecieron como débil caña
que el huracán se lleva.

Los robustos de Edón y los tiranos
de Moab ¿qué se hicieron?
El Señor los miró, y abrió sus manos,
¡y al abismo se hundieron!

«Canta, Israel, al Justo, al Fuerte, al Santo,
al que enjugó tu lloro:
acompañe la cítara tu canto,
y el tímpano sonoro.»
 


A mis amigos

 

No muera, amigos, en el pecho helado
tímido el fuego creador del genio:
llega el momento en que la lira el libre
cántico suene.

Ese que os hizo de abundante vena
rico presente la deidad del Pindo,
no es vuestro sólo; de la patria es feudo:
ella lo pide.

«¡Ay! ¡De la patria!..., preguntar os oigo:
¿Dó está la patria?... Al corazón no llega
del que contento en la cadena vive
himno sonoro.

Francia que el trono de ignominia, alzado
de Waterloo sobre los muertos héroes
fiero padrón de servidumbre indigna
rompe y sepulta.

Francia en buen hora renacer la dulce
lira contemple en que cantaba Horacio
rotos al bote de romana lanza
Partos y Medos.

Goce al cantor de las Mesenias, goce,
Alfonso, tu gigante numen;
Píndaros tenga la que tiene tantos
héroes cual hijos.

¡Ay de nosotros! -Sobre todos cruje
látigo alzado déspota altanero,
y hunde en el polvo y con la planta huella
liras y leyes.»

Sí; mas la Musa que inspiró el robusto
son que la trompa eternizó de Herrera,
cuando Lepanto enrojeció con turca
sangre sus olas;

y la que tierna suspiró en Rioja,
la que del Tormes encantó las aguas,
todas llorosas os demandan nuevas
aras y culto.

«Jóvenes, dicen, a la dulce sombra
de ese laurel que vuestra frente anhela,
santa amistad y poesía junten
vates hermanos.

Harto las iras de belleza ingrata
supo ablandar enamorado canto,
y vuestra lira enguirnaldó de rosas
alma ciprina.

Otros acentos las Pimpleas aman,
cuando despunta suspirada aurora,
pruebe a lanzar el inflamado plectro
ronca tirteida.

¿Veis? Ya Pirene de sus cumbres lanza
hijos de Iberia que a salvarla vienen.
¿Veis? Ya el tirano en su caduco trono
pálido tiembla.

¡Caros alumnos! A la nueva patria,
ya desligada de servil coyunda,
himnos de gloria y libertad la corva
cítara ensaye.»