Francisco de Medrano (1570-1607)

Textos


A FLORA

Tus ojos, bella Flora, soberanos,

y la bruñida plata de tu cuello,

y ese, envidia del oro, tu cabello,

y el marfil torneado de tus manos,

 

no fueron, no, los que de tan ufanos

cuanto unos pensamientos pueden sello,

hicieron a los míos, sin querello,

tan a su gusto victorioso llanos.

 

Tu alma fue la que venció la mía,

que, expirando con fuerza aventajada

por ese corporal apto instrumento,

 

se lanzó dentro de mí, donde no había

quien resistiese al vencedor la entrada,

porque tuve por gloria el vencimiento.

 


SONETO

 

Quien te dice que ausencia causa olvido

mal supo amar, porque si amar supiera,

¿qué, la ausencia?: la muerte nunca hubiera

las mientes de su amor adormecido.

 

¿Podrá olvidar su llaga un corzo herido

del acertado hierro, cuando quiera

huir medroso, con veloz carrera,

las manos que la flecha han despedido?

 

Herida es el amor tan penetrante

que llega al alma; y tuya fue la flecha

de quien la mía dichosa fue herida.

 

No temas, pues, en verme así distante,

que la herida, Amarili, una vez hecha,

siempre, siempre y doquiera, será herida.


El rubí de tu boca me rindiera,

a no haberme tu bello pie rendido;

hubiéranme tus manos ya prendido,

si preso tu cabello no me hubiera.
 
   Los del cielo por arcos conociera

si tus ojos no hubiera conocido;

fuera tu pelo norte a mis sentidos,

si la luz de tus ojos no lo fuera.
 
   Así le plugo al cielo señalarte,

que no ya sólo al norte y arco bello

tus cejas venzan y ojos soberanos;
 
   mas, queriendo a ti misma aventajarte,

tu pie la fuerza usurpa, y tu cabello

a tu boca, Amarili, y a tus manos.
 


No siempre fiero el mar zahonda al barco,

ni acosa el galgo a la medrosa liebre,

ni sin que ella afloje o él se quiebre,

la cuerda siempre trae violento al arco.
 
   Lo que es rastrojos hoy, ayer fue charco,

frío dos horas antes lo que es fiebre;

tal vez al yugo el buey, tal al pesebre,

y no siempre severo está Aristarco.
 
   Todo es mudanza, y de mudanza vive

cuanto en la mar aumento de la Luna,

y en la Tierra, del Sol, vida recibe.
 
   Y sólo yo, sin que haya brisa alguna

con que del gozo al dulce puerto arribe,

prosigo el llanto que empecé en la cuna.

 


SONETO III
    A S. PEDRO, EN UNA BORRASCA, VINIENDO DE ROMA

 

Pescador soberano, en cuyas redes
los monarcas mayores han estado
dichosamente presos, y cambiado
en gloria sus prisiones y en mercedes;

tú que abrir y cerrar el çielo puedes,
con poderosa llave, a tu ganado,
y alcaçar en la tierra has alcançado
con colunas de pórfido y paredes:

los ojos vuelve al mar enfureçido,
y pues tal vez osó mojar tu planta
aun siendo 'ollado de tu fee animosa,

su 'inchazón rompe, acalla su rüido,
y enseñado dicípulo, levanta
mi fee y mis pies con mano poderosa.

 


¿Qué busco, ciego yo, con tan mortales
y ansiosas bascas? ¿Pienso que podría
satisfacer la sed inmensa mía
un mar de aquestos bienes (¿diré? ¿o males?)?

¿No vi ya? ¿No probé cuán desiguales
son de aquello precioso que ofrecía
su vanamente hermosa flor, que el día
robó, descubridor de engaños tales?

Paremos ya, paremos: que el sosiego
en sólo aquel un Bien que sin mudanza
mueve cuanto ve el sol, hallar podremos.

Mas ay, que cuando verle pienso, y llego
yo a asirle, me deslumbra, y sin tardanza,
cual rayo pasa, y ciegos le perdemos.

 


SONETO XXVI
A LAS RUINAS DE ITÁLICA, QUE AHORAN LLAMAN SEVILLA LA VIEJA,

JUNTO DE LAS QUALES ESTÁ SU EREDAMIENTO MIRARBUENO

Estos de pan llevar campos ahora,
fueron un tiempo Itálica. Este llano
fue templo. Aquí a Teodosio, allí a Trajano
puso estatuas su patria vençedora.

En este çerco fueron Lamia y Flora
llama y admiraçión deel vulgo vano;
en este cerco el luchador profano
deel aplauso esperó la voz sonora.

¡Cómo feneçió todo, ay!; mas erguidas,
a pesar de fortuna y tiempo, vemos
estas y aquellas piedras combatidas.

Pues si vencen la edad y los estremos
deel mal, piedras calladas y sufridas,
suframos, Amarilis, y callemos.

 


A FERNANDO DE SORIA


Yo vi romper aquestas vegas llanas,
y crecer vi y romper en pocos meses
estas ayer, Sorino, rubias meses,
breves manojos hoy de espigas canas.

Estas vi, que hoy son pajas, más ufanas
sus hojas desplegar para que vieses
vencida la esmeralda en sus enveses,
las perlas en su haz por las mañanas.

Nació, creció, espigó y granó un día
lo que ves con la hoz hoy derrocado,
lo que entonces tan otro parecía.

¿Qué somos pues, qué somos? Un traslado
desto, una mies, Sorino, más tardía;
y ¡a cuántos sin granar, los ha segado!

 


No sé cómo, ni cuándo, ni qué cosa
sentí, que me llenaba de dulzura:
sé que llegó a mis brazos la hermosura,
de gozarse conmigo cudiciosa.

Sé que llegó, si bien, con temerosa
vista, resistí apenas su figura:
luego pasmé, como el que en noche escura
perdido el tino, el pie mover no osa.

Siguió un gran gozo a aqueste pasmo, o sueño
-no sé cuándo, ni cómo, ni qué ha sido-
que lo sensible todo puso en calma.

Ignorallo es saber; que es bien pequeño
el que puede abarcar solo el sentido,
y éste pudo caber en sola l'alma.