Del Barroco al Rococó

Justo Fernández López


 

Se han considerado como representantes espirituales del siglo XVI, al gentilhomme; del XVII, al honnête homme, y del XVIII, al hombre ilustrado, es decir, al lector de Voltaire, al que se toma como modelo y como representante de la clase media.

El siglo XVIII, Siglo de la Razón o Siglo de las Luces, tiene a Francia (París) como fuente de inspiración para las artes y las letras. La política del rey Luis XIV (1643-1715) había convertido a Francia en una potencia y en el modelo en el que se fijan otros países europeos.

Durante el reinado de Luis XV (1715-1774), la grandiosidad versallesca dejará paso a un estilo decorativo recargado como el Barroco, pero más frívolo, el Rococó. Destacan en este estilo las artes industriales decorativas: muebles, tapicerías, porcelanas, cristal. En pintura Jean Antoine Watteau realiza cuadros de extrema delicadeza. El Barroco está al servicio del absolutismo y el Rococó al servicio de la aristocracia y la burguesía: reproduce la vida aristocrática libre de preocupaciones.

A partir de mediados de siglo, durante el reinado de Luis XVI (1774-1792), la grandiosidad del Barroco y el recargamiento decorativo del Rococó empezaban ya a cansar. En 1748 se descubrieron las ruinas de Pompeya y Herculano, y Europa volvió a sentirse atraída por la antigüedad clásica. Surge así el estilo artístico denominado Neoclasicismo. Durante la revolución francesa (1789-1799), Luis XVI fue derrocado y más tarde decapitado por decisión de las autoridades del régimen revolucionario.

«El siglo XVIII es dogmático –incluso en su Romanticismo hay un rasgo dogmático–, mientras que el siglo XIX es escéptico y agnóstico. Los hombres del siglo XVIII pretenden alcanzar en todo, incluso en su emocionalismo [Empfindsamkeit] y su irracionalismo, una doctrina formulable y una visión del mundo completamente definible; son sistemáticos, filósofos, reformadores; se deciden por o contra una cosa, y con frecuencia tan pronto por como contra ella, pero adoptan una actitud, siguen unos principios y se rigen por un plan tendente al perfeccionamiento de la vida y del mundo. Los representantes intelectuales del siglo XIX, por el contrario, han perdido  su fe en los sistemas y los programas y descubren el sentido y el objeto del arte en la entrega pasiva a la vida, a la acomodación al ritmo de la vida misma y en el mantenimiento de la atmósfera y el ambiente de la existencia. Su fe consiste en una afirmación irracional e instintiva de la vida; su moral, en un compromiso con la realidad. No quieren ni reglamentar ni superar la realidad; quieren vivirla y reflejar su experiencia de forma tan directa, fiel y completa como sea posible. Tienen un sentimiento invencible de que la existencia y el presente, los contemporáneos y el dintorno, las experiencias y los recuerdos se escapan de ellos constantemente, cada día y cada hora, y se pierden para siempre. El arte se convierte para ellos en una persecución del “tiempo perdido”, de la vida inabarcable y siempre fluyente.» [Arnold Hauser: Historia social de la literatura y el arte. Madrid: Ediciones Guadarrama, 1968, vol. II, p. 411-412]

El Barroco

«El Barroco significa un importante cambio en la relación entre arte y público: el fin de la “cultura estética” que se inició con el Renacimiento, y el comienzo de aquella estricta separación entre contenido y forma, en la que la perfección formal ya no sirve de disculpa a ningún desliz ideológico.

El espíritu aristocrático de la Iglesia se manifiesta a cada paso, a pesar de su deseo de influir en el amplio público. La Curia deseaba crear para la propaganda de la fe católica un “arte popular”, pero limitando su carácter popular a la sencillez de las ideas y de las formas; desea evitar la directa plebeyez de la expresión. Las santas personas representadas deben hablar a los fieles con la mayor eficacia posible, pero en ningún momento descender hasta ellos. Las obras de arte tienen que ganar, convencer, conquistar, pero han de hacerlo con un lenguaje escogido y elevado. Dado el nuevo objetivo propagandístico, no siempre se pueden evitar una democratización y un aplebeyamiento del arte;  los efectos son muchas veces tanto más gruesos cuanto más profundo y auténtico es el sentimiento religioso de que las obras brotan. Pero a la Iglesia le interesa no tanto la profundización como la expresión de la fe. En la medida en que mundaniza sus propósitos, se debilita el sentimiento religioso de los fieles. El influjo de la religión no pierde nada de su amplitud; al contrario, la piedad ocupa en la vida cotidiana más espacio que antes, pero se convierte en una rutina exterior y pierde su carácter estrictamente supramundano. [...]

El Manierismo debía ser estricto, ascético, negador del mundo; el Barroco puede seguir una dirección más liberal y más gozadora de los sentidos. La lucha con el protestantismo ha cesado; la Iglesia católica ha renunciado a los países perdidos y se ha sentido más segura en los conservados. Comienza ahora en Roma un período de la más rica, voluptuosa y fastuosa producción artística. [...] Hacia 1620 se ha impuesto en Roma el Barroco definitivamente.» (A. Hauser, o. cit., p. 111)

El Rococó o estilo Luis XV

Durante el reinado de Luis XV (1715-1774), la grandiosidad versallesca dejará paso a un estilo decorativo recargado como el Barroco, pero más frívolo, el Rococó. Destacan en este estilo las artes industriales decorativas: muebles, tapicerías, porcelanas, cristal. En pintura Jean Antoine Watteau realiza cuadros de extrema delicadeza. El Rococó empieza en 1720 y se desarrolla entre 1730 y 1770.

La evolución del arte cortesano, casi ininterrumpida desde el fin del Renacimiento, se detiene en el siglo XVIII y se disuelve por obra del subjetivismo burgués. La ruptura de la tradición cortesana acaece propiamente en el Rococó. En el primer Rococó desaparece la tendencia hacia lo monumental, lo solemne-ceremonial y lo patético, dejando lugar a la preferencia por lo gracioso e íntimo. Los elementos decorativos y convencionales tomados del Barroco se van disolviendo paulatinamente y son sustituidos por las características del gusto artístico burgués.

En el siglo XVIII, la burguesía consigue el poder económico, social y político, y se disuelve el arte representativo cortesano. Dos corrientes se oponen al ideal artístico cortesano del Barroco y el Rococó: el emocionalismo y naturalismo de Rousseau y el racionalismo y clasicismo de Lessing y Winkelmann. Al ideal artístico cortesano se opone ahora el idea de sencillez y la seriedad de un concepto puritano de la vida.

«Al finalizar el siglo no hay en Europa sino un arte burgués, que es el decisivo. Se puede establecer una dirección artística de la burguesía progresiva y otra de la burguesía conservadora, pero no hay un arte vivo que exprese el ideal aristocrático y sirva los propósitos cortesanos. [...] La evolución que alcanza su culminación política en la Revolución francesa [1789-1799] y su meta artística con el Romanticismo comienza en la Regencia [1715-1723], con la socavación del poder real como principio de autoridad absoluta, con la desorganización de la Corte como centro del arte y la cultura y con la disolución del clasicismo barroco como estilo artístico en el que las aspiraciones y la conciencia de poder del absolutismo habían encontrado su expresión inmediata. El proceso se prepara ya durante el reinado de Luis XIV. Las guerras interminables desquician las finanzas de la nación; el tesoro público se agota y la población se empobrece. [...] Hacia 1685 se cierra el período creador del clasicismo barroco; Le Brun pierde su influencia, y los grandes escritores de la época, Racine, Molière, Boileau y Bossuet, han dicho su última palabra, en todo caso, su palabra definitiva. Con la disputa de los antiguos y los modernos comienza ya aquella lucha entre tradición y progreso, antigüedad y modernidad, racionalismo y emocionalismo que encontrará su fin en el prerromanticismo de Diderot y Rousseau.» (A. Hauser, o. cit., p. 163-164)

La Regencia (1715-1723) de Felipe de Orleáns aparece como transición entre el barroco grandilocuente del estilo del reinado de Luis XIV (1643-1715) y el refinamiento del rococó del estilo del reinado de Luis XV (1715-1774). Felipe de Orleáns traslada la residencia de Versalles a París, lo que significa la disolución de la Corte. El joven rey vive en las Tullerías; el regente, en el Palais Royal; los miembros de la nobleza viven desparramados en sus palacios y se divierten en los bailes, el teatro y los salones de la ciudad. La “ciudad” desplaza a la Corte y se convierte en el centro cultural. La Corte en el viejo sentido, ya no volverá a existir. La Regencia decide el triunfo de las tendencias anticlasicistas y trae consigo una orientación nueva del gusto dominante. El cambio lo realiza la aristocracia de ideas liberales y sentimientos antimonárquicos y en parte también la alta burguesía. “Pero a medida que el arte de la Regencia evoluciona hacia el Rococó, adopta cada vez más características de un estilo cortesano aristocrático, aunque desde el primer momento lleva en sí los elementos de disolución de la cultura cortesana” (Hauser).

«La Regencia es un período de actividad intelectual extraordinariamente viva, que no solo ejerce la crítica de la época precedente, sino que es creador en gran medida y se plante cuestiones que han de ocupar a todo el siglo. La relajación de la disciplina general, la irreligiosidad creciente, el sentido más independiente y más personal de la vida van de la mano en el arte con la disolución del “gran estilo” ceremonial. Comienza esta con la crítica de la doctrina académica, que quiere presentar el ideal artístico clásico como un principio establecido por Dios en cierto modo, intemporalmente válido, de forma semejante a como la teoría oficial del Estado en la época presenta la monarquía absoluta. [...] El arte se hace más humano, más accesible, con menos pretensiones; ya no es para semidioses y superhombres, sino para comunes mortales, para criaturas débiles, sensuales, sibaritas; ya no se expresa la grandeza y el poder, sino la belleza y la gracia de la vida, y ya no quiere imponer respeto y subyugar, sino encantar a agradar.» (A. Hauser, o. cit., p. 173-174)

La grande manière y los grandes géneros ceremoniales decaen durante la Regencia. Las clases altas ya no creían en las formas sociales extremadamente artificiales y les daban el valor de meras reglas de juego. El amor era galantería; lo pastoril, una forma deportiva del arte erótico, que alcanzará la cima de su desarrollo en el siglo de la galantería. El Rococó no es un arte regio, como el del Barroco, sino una arte de la aristocracia y de la alta clase media, que se acerca al gusto burgués por las formas diminutas. Si el Barroco es un arte macizo, estatuario y espacioso, el Rococó da la impresión de débil, nimio y frívolo. El Rococó, con su sensualismo y su esteticismo, está entre el estilo ceremonial del Barroco y el lirismo romántico, es el mediador entre el Barroco cortesano y el prerromanticismo burgués.

«El Rococó desarrolla una forma extrema de “el arte por el arte”; su culto sensual de la belleza, despreocupado por la expresión espiritual, su lenguaje formal alambicado, virtuosista, cuidado y melodioso, sobrepasan todo alejandrinismo. Su “el arte por el arte” es hasta cierto punto más auténtico y más espontáneo que el del siglo XIX, pues no es un mero programa ni una mera exigencia, sino la actitud espontánea de una sociedad frívola, cansada y pasiva, que quiere descansar en el arte. El Rococó representa la última fase de una cultura social en la que el principio de belleza predomina de manera absoluta y en la cual lo “bello” y “artístico” son todavía sinónimos. En la obra de Watteau, de Rameau y de Marivaux, e incluso en la de Fragonard, Chardin y Mozart, todo es “bello” y “melodioso”. En Beethoven, David y Delacroix ya no ocurre así; el arte se vuelve activo, combativo, y el afán por lo expresivo viola la forma. Pero el Rococó es también el último estilo universal de Occidente. Después del Rococó no hay canon formal alguno, ya no hay una dirección estilística de validez general semejante. Desde el siglo XIX la voluntad individual de cada artista se hace tan personal que el artista tiene que luchar por conseguir sus propios medios de expresión y ya no es capaz de mantenerse en soluciones fijas y preparadas de antemano. [...] En la segunda mitad del siglo XVIII se ha realizado una transformación revolucionaria. La aparición de la burguesía moderno con su individualismo y su pasión por la originalidad ha suprimido la idea del estilo como comunidad espiritual consciente y deliberada, y ha dado el sentido actual a la idea de la propiedad intelectual.» (A. Hauser, o. cit., p. 196-197)

En la segunda mitad del siglo se realiza la ruptura con el Rococó, la fisura entre el arte de las clases superiores y el de las clases medias es evidente. La revolución ya estaba en marcha.