Lírica barroca no gongorina

Justo Fernández López


 

Frente a la lírica cultista de Luis de Góngota, prosigue durante el siglo XVII la lírica popular-tradicional de Lope de Vega. Además hay una reacción antigongorina que prolonga la dirección clasicista del siglo anterior. Estos poetas “clásicos” forman como dos grupos o escuelas agrupadas en Sevilla y Aragón.

 

LA ESCUELA SEVILLANA

 

Tema común de la escuela sevillana es el cansancio vital, el desengaño, siguiendo la vieja tradición de Séneca. Sensibilidad antes las ruinas, que cantan con nostalgia de poetas, pero que examinan con curiosidad de arqueólogos.

El estilo presenta gran equilibrio clásico, sin la pompa de una Fernando de Herrera (1534-1597), llamado el Divino, representante de la nacionalización del italianismo en la poesía castellana.

 

Francisco de Rioja (1583-1659)

Vida

Nació en Sevilla y murió en Madrid.

Si algo marcó la vida de este poeta sevillano fue su enorme amistad con el conde-duque de Olivares; quien lo nombró bibliotecario del rey Felipe IV, consejero del Tribunal de la Santa Inquisición, cronista de la corte en Castilla y canónigo de la Catedral de su ciudad natal.

Acompañó a su amigo el conde-duque de Olivares al destierro. Fallecido el Conde-Duque, se retiró a Sevilla cansado y desengañado de las fortunas de la Corte.

El Cabildo sevillano le designó entonces agente suyo en Madrid (1654), con cuyo cometido tuvo que volver a residir en la capital, y allí murió el 28 de agosto de 1659.

Obras

Con un estilo muy influido por Herrera, este poeta sevillano tiene el gusto por motivos arqueológicos y recuerdo de ciudades destruidas: A las ruinas de la Atlántida y A Itálica. Cultiva con maestría la silva: Al verano, Al clavel, A la rosa amarilla, Al jazmín, por lo que fue llamado el “poeta de las flores”. Su más famosa silva es A la rosa. Rioja veía en las flores un emblema de la fugacidad de las cosas humanas y, en particular, del amor, que caduca apenas ha nacido. Se le llamaba el poeta de las flores.

Escribió unos treinta sonetos amorosos, de aire gongorino algunos, moralizadores otros, y algunos sobre temas de carácter filosófico, cuyo tema central era la brevedad de la vida y la inestabilidad de la fortuna. No ocultaba su afición a la arqueología.

Unió la sencillez y la naturalidad con la suprema elegancia. Se puede observar en su poesía pensamientos delicados, forma estética perfecta y un lenguaje terso. Si bien porta todos los motivos del habitual desengaño barroco, apenas los declara y los transforma en una clara melancolía. Amaba la naturaleza y se concentraba en alabar sus pequeñas y decadentes bellezas. Su predilección por la temática menor tiene que ver con el coetáneo gusto por el bodegón.

 

Rodrigo Caro (1573-1647)

Vida

Nació en Utrera. Se graduó en Leyes en la Universidad de Osuna. Hacia 1620 se trasladó a Sevilla y allí ejerció varios cargos al servicio del obispado. Fue, como Francisco de Rioja, sacerdote. Fue secretario de don Gaspar de Borja, cardenal arzobispo de Sevilla. Fue abogado eclesiástico entre 1596 y 1620.

Tuvo relación, entre otros literatos, con Quevedo y con el cosmógrafo Moreno Vilches.

Como arqueólogo, fue uno de los primeros españoles que investigó los monumentos y las ruinas en España con métodos utilizados en la actualidad.

Murió en Sevilla a los 74 años de edad.

Obra

Su obra revela en general un interés por cuestiones ligadas a la historia, la arqueología, el folclore y la literatura. Su producción poética no fue muy extensa.

Su composición clasicista Canción a las ruinas de Itálica, que ha pasado a todas las antologías de poesía, le colocó entre los líricos más estimados de la escuela sevillana. Expresa el sentimiento de nostalgia ante la grandeza destruida. Como todos los poetas barrocos de la escuela sevillana, el tema de las ruinas arqueológicas le fascinaba. Podríamos decir que, en este poema, Caro encontró la forma perfecta de expresar sus pensamientos sobre el impacto que le produjeron las ruinas de este emblemático lugar del pasado.

Siguió el modelo de Fernando de Herrera pero no su gongorismo. Sus poemas son: Silva a Sevilla antigua y moderna  (1634) y Canción a las ruinas de Itálica, escrita en estancias, buen ejemplo de equilibrio renacentista, de lenguaje sobrio, de filiación estoica, de emoción contenida y que trata el tema de la vanidad y fragilidad de las cosas mundanas.

Un especial interés guardan sus Días geniales o lúdicros por la enorme cantidad de materiales folclóricos que contiene, ya que es un tratado sobre los juegos infantiles y adultos en general que incluye también festejos, supersticiones, creencias, fiestas de toros, costumbres y celebraciones populares, todo servido con una profunda erudición. Esta obra reúne una serie de características que la hacen excepcional dentro de su época y muy relevante por su carácter precursor de la etnología de los juegos y deportes.

 

Andrés Fernández de Andrada (1575-1648)

Vida

Nació en Sevilla y murió en México en la más absoluta pobreza e ignorado de todos. Fue capitán del ejército español. Apenas se sabe nada de su vida. Una sola composición ha bastado para situarlo entre los grandes poetas.

Obra

Se le conoce fundamentalmente como autor de una obra que figura en todas las antologías de poesía clásica española por su perfección, la Epístola moral a Fabio, cumbre de la epístola horaciana en España.

Fernández de Andrada pasó de ser un poeta ignorado en su época a ocupar un lugar dentro de las figuras más importantes de nuestra literatura, al reconocérsele la autoría del poema de la Epístola Moral a Fabio.

El destinatario del poema Epístola Moral a Fabio en tercetos encadenados fue el corregidor de la ciudad de México Alonso Tello de Guzmán, deseoso de pretender cargos en la Corte, y le invita a la búsqueda de la virtud, la resignación y el "áureo equilibrio", cantado ya por Horacio y Fray Luis de León.

Sus fuentes literarias vienen del Antiguo Testamento, Séneca y Horacio y representa el espíritu de tradición senequista y de ascetismo cristiano en España.

Las ruinas se convertirán en un tema muy importante en el siglo XVII, como símbolo de la fugacidad de las cosas terrenales. Las majestuosas construcciones de pueblos, que en otro tiempo dominaban el mundo, son ahora escombros, víctimas del paso del tiempo.

Fabio, las esperanzas cortesanas

prisiones son do el ambicioso muere

y donde al más astuto nacen canas.

El que no las limare o las rompiere,

ni el nombre de varón ha merecido,

ni subir al honor que pretendiere.

 


LA ESCUELA ARAGONESA

 

El grupo aragonés está formado por los hermanos Lupercio y Bartolomé Argensola. Los dos son representantes de la poesía académica y clasicista del Renacimiento. Tienen predilección por los valores clásicos y morales. Los dos hermanos tienen el talento de encajar el pensamiento en el verso.

El grupo aragonés son una prolongación del clasicismo renacentista, más que una reacción al culteranismo barroco. Lope de Vega alabó mucho la poesía de los hermanos Argensola, como representantes de una forma clásica de hacer poesía, como correctivo contra las exageraciones culteranas de Luis de Góngora, su enemigo, y frente al barroquismo que emergía en su época.

 

Lupercio Leonardo de Argensola (1559-1613)

Vida

Nació en Barbastro (Huesca) y murió en Nápoles (Italia). Fue el hijo mayor de Juan Leonardo, descendientes de italianos, y de Aldonza Tudela de Argensola, de la nobleza catalana. Su padre llegó a obtener la secretaría de Maximiliano II.

Estudió filosofía y leyes en las universidades de Huesca y Zaragoza. En 1586 entró al servicio de don Fernando de Aragón, duque de Villahermosa, de quien fue nombrado secretario. A la muerte del duque de Villahermosa obtuvo la secretaría de la emperatriz María.

En 1608, el conde de Lemos, nombrado virrey de Nápoles, le ofreció el cargo de secretario. En 1610 partió para Nápoles, donde fue uno de los fundadores de la Academia de los Ociosos.

Murió en Nápoles en 1613.

Antes de morir destruyó gran parte de su producción poética, de la que su hijo Gabriel Leonardo sólo pudo salvar una pequeña muestra que publicó, junto a las poesías de su hermano Bartolomé, en las Rimas (1634).

Obra dramática

Gran espíritu y gran señor, maestro en serenidad y en comprensión, con su hermano Bartolomé, Lupercio fue jefe de la llamada “escuela aragonesa”, fuerte reacción de la poesía tradicional española contra el culteranismo y el conceptismo.

Destaca por su obra poética, de corte clasicista, y por ser uno de los iniciadores del teatro clásico español, adscribiéndose a la escuela renacentista de fines del siglo XVI, con sus dos tragedias conservadas, escritas en su juventud y elogiadas por Cervantes en el Quijote (Quijote, I, XLVIII):

Isabela (1580)

Esta tragedia sitúa la acción en la Saraqusta del siglo XI. Dramatiza las persecuciones de los mozárabes por parte del rey moro Alboacén. Se ha pensado que la obra es una denuncia del integrismo religioso y la persecución y expulsión de los moriscos de la época contemporánea a Lupercio.

Alejandra (1580)

La Alejandra se sitúa en el antiguo Egipto y critica la vida de la corte, en consonancia con el tópico del «menosprecio de corte» y la crítica al mal gobierno de los reyes.

Lupercio Leonardo de Argensola consideraba inmorales las comedias de la época, pues para él la poesía debería debía transmitir máximas morales. Sus tragedias son cristianas, de carácter moralizador y siguen los modelos griegos.

Su teatro, de buena factura en el lenguaje y los diálogos, carece de la vigorosa acción dramática de las de Lope de Vega. Cervantes indica que fueron admiradas por el pueblo de Madrid en su representación, siendo además modélicas en su respeto a los preceptos aristotélicos.

Argensola fue un gran latinista, gran lector de los clásicos, sobre todo de Horacio, aunque también leía a los satíricos Marcial, Juvenal y Persio. Sus ideas poéticas se basan en la creencia de que la creación literaria debe ir unida a la ética y a la moral. Su máximo modelo es Horacio. De Horacio tomó ciertos temas, como el gusto por el aurea mediocritas, por la sátira de los vicios y por la gravedad. También toma algunos tópicos barrocos, como las ruinas y el tema tempus fugit.

Su estilo es sencillo y muy clásico, con escasez de los cultismos típicos del barroco. Muestra una gran sobriedad en el uso de adjetivos coloristas o sensuales.

Obra poética

Los temas de su poesía están presididos por la preocupación por la decadencia y el paso del tiempo, temas de la época. Alguno de sus sonetos, como aquel que empieza “Imagen espantosa de la muerte...”, pasa por ser de las poesías más perfectas y equilibradas de la lengua castellana.

Poemas amorosos

Para combatir el paso del tiempo y la decadencia recurre al pensamiento estoico, incluso en su poesía amorosa, exenta de sensualismo. Siguiendo la tradición petrarquista del siglo XVI, trata el amor desde el punto de vista neoplatónico o satírico, pero en algunos de estos poemas se mezclan temas barrocos como los de las ruinas, la vida y la muerte. Los poemas de este grupo están llenos de alusiones mitológicas. Son de gran perfección clásica algunas composiciones donde trata el tema del beatus ille de Horacio.

En la descripción de la belleza femenina sigue los tópicos de la época apoyados en la doctrina platónica de un amor intelectual, antisensualista.

Poemas morales, satíricos y burlescos

Los temas morales que toca Argensola son los habituales de su época: la providencia, el premio y el castigo, la Fortuna, el dominio de sí mismo, el desprecio de la riqueza, vida retirada. En estos poemas es indudable la huella de Horacio.

También mostró un gran dominio de la poesía satírica, siguiendo los modelos de Persio, Juvenal y Marcial. Su intención es escribir contra vicios y no contra personas, alabando la aurea mediocritas

Poemas de circunstancias

En este grupo se encuentran composiciones de tema religioso, entre los que destacan A la Asunción de Nuestra Señora. Otros poemas de circunstancias son los elogios que figuran al frente de los libros de Martín de Bolea, Juan Rufo o Cristóbal de Virués. De este grupo destaca el escrito para el libro Aranjuez del alma, de fray Juan de Tortosa, en el que se hace un elogio de Felipe II y de su hija.

 

Bartolomé Juan Leonardo de Argensola (1562-1631)

Vida

Nació en Barbastro (Huesca). Es hermano de Lupercio Leonardo de Argensola (1559-1613). Su apellido paterno era Leonardo, de origen italiano, y el materno era Argensola.

En 1579 publica unas octavas elogiando la Divina y varia poesía de fray Jaime Torres. Recibió el grado de bachiller en la Universidad de Zaragoza. Entre 1581 y 1584 estudió Derecho canónico y Teología en la Universidad de Salamanca. Durante este periodo tuvo ocasión de conocer a  Fray Luis de León (1527-1591), con quien compartía la afición por los clásicos. Se hizo sacerdote, para lo que necesitó una dispensa papal por tener solamente veintidós años. Llegó a capellán de la emperatriz María de Austria.

Hacia 1584-1586 entró al servicio del duque de Villahermosa. Intervino en los sucesos que acaecieron en Aragón con motivo de la huida de Antonio Pérez en 1591-1592.

Con el nombramiento del conde de Lemos como virrey de Nápoles en 1608, entró a su servicio Bartolomé. Con Lemos partió para Nápoles acompañado por un grupo de poetas y escritores: su hermano Lupercio, Mira de Amescua, Jerónimo de Barrionuevo- que, en la ciudad italiana, fundaron la Academia de los Ociosos.

Después volvió a Zaragoza. A la muerte de su hermano, acaecida en 1613, solicitó el puesto de Cronista Mayor de la Corona de Aragón. Fue luego nombrado canónigo de la catedral de Zaragoza.

Fue coetáneo de Miguel de Cervantes (quien le elogió en el «Canto de Calíope» de La Galatea), de Luis de Góngora y de Lope de Vega.

Murió en Zaragoza.

Obra

Su fecunda obra poética lo convirtió en uno de los poetas aragoneses más celebrados en el Siglo de Oro de las letras castellanas.  Nunca quiso imprimir en vida sus poesías. En 1634, su sobrino publicó en Zaragoza las Rimas de Lupercio y del Doctor Bartolomé Leonardo de Argensola, junto con las de su hermano.

La poesía de Bartolomé Leonardo de Argensola permaneció siempre fiel a los ideales clásicos, manteniéndose alejado de las polémicas literarias de su tiempo. De estilo correctísimo, de espíritu e inspiración sumamente equilibrados, sus poesías son una noble y bella reacción contra el culteranismo imperante en su época.

Como en su hermano, predominó en él la razón sobre la fantasía, y el intelecto sobre la sentimentalidad.

De su obra poética destacan los sonetos "Por verte, Inés, ¿qué avaras celosías", "Firmio, en tu edad ningún peligro hay leve", "Dime, Padre común, pues eres justo" o el satírico "A una mujer que se afeitaba y estaba hermosa" y las epístolas morales. Sus sonetos pasan por ser de los más pulidos y perfectos que se han escrito en castellano. Compuso también canciones, epigramas, sátiras, epístolas y tradujo salmos y odas de Horacio.

En su obra poética destaca su clasicismo, que entronca con la poesía latina, sin seguir las corrientes conceptistas ni gongoristas de la época. Junto con su hermano Lupercio se opuso a las novedades dramatúrgicas de Lope de Vega.

Conoció en profundidad a los autores clásicos: Juvenal, Persio y Marcial. Como su hermano, tomó como modelo al poeta lírico y satírico romano Horacio (65 a.C.-8 a.C.). Los “Horacios españoles” se llamó a los hermanos Argensola. Los dos hermanos fueron admiradores de Marcial, de quien aprendieron el gusto por el epigrama y la sátira. Siguiendo a Marcial, huyeron siempre de lo vulgar, así como de la afectación gongorina y el craso latinismo.

Escondió a su amada en los nombre tradicionales en la época: Filis, Cintia o Laura. Su poesía contiene un “sensualismo sabiamente reprimido”.

Los poemas satíricos fueron los que más fama le proporcionaron entre sus contemporáneos, por lo que Vélez de Guevara lo denominó “divino Juvenal aragonés”. De Juvenal recibió la fuerza para denunciar los vicios de sus contemporáneos, y la nostalgia por un pasado. Blecua afirma que Argensola creía  en la seriedad de la sátira, en su moralidad y en su posible eficacia correctora.

Su poesía moral sigue los temas más transitados por la literatura barroca: predominio de la razón sobre los sentidos, aviso sobre los peligros del mar, caducidad de la belleza femenina, el de la rosa y la brevedad de la vida, la calavera, el reloj.

Hay que destacar su "Elegía por la muerte de la reina doña Margarita", considerada por José Manuel Blecua como una de las más bellas y originales elegías del siglo XVII.

En prosa escribió una continuación de los Anales de Aragón (1630).

 


Un caso particular de poeta de imitación clásica, pero no latina, sino griega, es Esteban Manuel de Villegas.

 

Esteban Manuel de Villegas (1589-1669)

Vida

Nació en Mature, cerca de Nájera (Logroño). Estudió poco y mal, porque su familia tenía bienes de fortuna.

Cursó estudios de Gramática en Madrid, trasladándose después a la Universidad de Salamanca, donde obtuvo el título de Licenciado en Leyes, en el que nunca se ejercitó. En Madrid conocerá entre otros a Bartolomé Leonardo de Argensola, por quien Villegas tendrá una gran admiración que no será correspondida por el aragonés. Su creciente fama en círculos literarios de Madrid vendrá unida a sus discrepancias poéticas con autores ya consagrados como Cervantes, Lope de Vega o Góngora.

De origen hidalgo por parte de padre no tuvo empleo remunerado alguno, aunque lo intentase con recomendaciones en la Corte madrileña. Vivió de los préstamos rentistas de la familia en juros y censos. Adquirió fama de pleitista por los numerosos litigios judiciales a que se vio abocado. Arruinado, se dedicó a dar sablazos, a pedir empleos, a estudiar a los clásicos y a buscar un buen partido para el casorio.

Fue Tesorero de rentas en Nájera. A los treinta y ocho años se casó con doña Antonia de Leyva Villodas, najerina de quince años y de familia acomodada, que le dio siete hijos, de los que sólo le sobrevivieron dos mujeres.

No pudo ser, como quería, cronista de Indias, ni cobrar las rentas de un juro  (pensión perpetua sobre las rentas públicas) que poseía sobre el almojarifazgo de Sevilla (derecho que se pagaba por los géneros o mercaderías que salían del reino).

A los 71 años fue procesado por la Inquisición de Navarra por polemizar siete años antes con dos frailes sobre el verdadero sentido del libre albedrío de San Anselmo de Canterbury (1033-1109), apoyándose en su vasta formación humanista, pero enfrentándose así a la ortodoxia de una Iglesia oscurantista.

Pasó once meses en la prisión de Logroño, condenado por hereje, y a cuatro años de destierro. Habiendo implorado perdón y teniendo en cuenta su ancianidad, se le conmutó el castigo y pudo regresar a Nájera.

Era de un carácter solitario, indisciplinado, vanidoso, excéntrico, envidioso y despilfarrador. En su porte externo era tan ridículo, que parecía algo chiflado. Fue un hombre de retorcida condición, extrañas costumbres y de ilimitada petulancia. Siguió pleiteando por unas tierras hasta su muerte.

Murió en Nájara a los ochenta años.

Obras

Fue discípulo de Bartolomé de Argensola, pero compuso otro género de poesía menos severo que el de su maestro, buscando sus inspiraciones en los poetas griegos. Introdujo en castellano el verso sáfico y anacreóntico, y sus cantinelas llenas de gracia y cadencia tienen una versificación fácil y armoniosa.

Su obra más conocida es Las Eróticas o Amatorias, publicada en 1618, en las que se refleja la influencia de la obra de Góngora. Es un libro muy original para su tiempo. El libro posee dos partes; la primera está escrita en heptasílabos y es de temática anacreóntica; la segunda, en endecasílabos y es de tema histórico. Maneja las sílabas cuantitativamente y usa metros sáficos, adónicos, anacreónticos, etcétera, en lugar de las formas corrientes en español.

De su intención de introducir la métrica cuantitativa sólo le salió bien la introducción de la estrofa sáfica-adónica (tres endecasílabos, rematados con un pentasílabo), como en su famosa Oda al céfiro:

Dulce vecino de la verde selva,

huésped eterno del abril florido,

vital aliento de la madre Venus,

céfiro blando.

Villegas intentó adaptar al castellano el hexámetro clásico, pero, debido a su dificultad, no tuvo el éxito conseguido con el sáfico, ya que no logra hacer coincidir el acento métrico del verso con el acento morfológico de la palabra “trocando todo el sistema acentual de nuestra lengua" (García Calvo).

Villegas tradujo maravillosamente a Horacio, Tibulo, Anacreonte. Introdujo feliz e inimitablemente los metros latinos en el Parnaso castellano. Sus versiones de Anacreonte, Horacio y Boecio tuvieron gran influencia en autores del siglo XVIII como Meléndez Valdés o Iglesias de la Casa.

Esteban Manuel de Villegas fue un poeta delicadísimo, ingenioso, fecundo. Tal vez el más considerable de la reacción contra el gongorismo. Imitó a Anacreonte con el canto a los amores traviesos, placeres del campo, del vino o las delicias de la mesa. En su forma refinada, linda y sutil, no conoce rival en la lírica española.

Famosas son sus composiciones A un ruiseñor, A las estrellas, A sus amigos, A un arroyuelo, Al céfiro

Conocidísima es la cantilena:

Yo vi sobre un tomillo

quejarse un pajarillo,

viendo su nido amado,

de quien era caudillo,

de un labrador robado.

 

La poesía de Villegas preludiaba ya el espíritu del siglo XVIII y se constituyó en el gran precedente del Neoclasicismo del siglo XVIII, en el que ejerció gran influencia en la lírica, particularmente en Cadalso, Fray Diego González y Meléndez Valdés. En el siglo XVIII logró la fama que de la que no había disfrutado en vida.

Villegas también escribió un Antiteatro o Discurso contra las comedias, obra que no llegará a publicar.