Emilio Luis de Góngora y Argote (1561 – 1627) 

Textos


Inscripción para el sepulcro de Dominico Greco

Esta en forma elegante, oh peregrino,

de pórfido luciente dura llave,

el pincel niega al mundo más süave,

que dio espíritu a leño, vida a lino.

Su nombre, aún de mayor aliento dino

que en los clarines de la Fama cabe,

el campo ilustra de ese mármol grave:

venéralo y prosigue tu camino.

Yace el Griego. Heredó Naturaleza

Arte; y el Arte, estudio; Iris, colores;

Febo, luces -si no sombras, Morfeo-.


Tanta urna, a pesar de su dureza,

lágrimas beba, y cuantos suda olores

corteza funeral de árbol sabeo.


Amarrado al duro banco

De una galera turquesca,

Ambas manos en el remo

Y ambos ojos en la tierra,

Un forzado de Dragut

En la playa de Marbella

Se quejaba al ronco son

Del remo y de la cadena:

«¡Oh sagrado mar de España,

Famosa playa serena,

Teatro donde se han hecho

Cien mil navales tragedias!,

»Pues eres tú el mismo mar

Que con tus crecientes besas

Las murallas de mi patria,

Coronadas y soberbias,

»Tráeme nuevas de mi esposa,

Y dime si han sido ciertas

Las lágrimas y suspiros

Que me dice por sus letras;

»Porque si es verdad que llora

Mi captiverio en tu arena,

Bien puedes al mar del Sur

Vencer en lucientes perlas.

»Dame ya, sagrado mar,

A mis demandas respuesta,

Que bien puedes, si es verdad

Que las aguas tienen lengua,

»Pero, pues no me respondes,

Sin duda alguna que es muerta,

Aunque no lo debe ser,

Pues que vivo yo en su ausencia.

»¡Pues he vivido diez años

Sin libertad y sin ella,

Siempre al remo condenado

A nadie matarán penas!»

En esto se descubrieron

De la Religión seis velas,

Y el cómitre mandó usar

Al forzado de su fuerza.
 


Ciego que apuntas y atinas,

Caduco dios, y rapaz,

Vendado que me has vendido,

Y niño mayor de edad,

Por el alma de tu madre

-Qué murió, siendo inmortal,

De envidia de mi señora-,

Que no me persigas más.

Déjame en paz, Amor tirano,
Déjame en paz.

Baste el tiempo mal gastado

Que he seguido a mi pesar

Tus inquïetas banderas,

Forajido capitán.

Perdóname, Amor, aquí,

Pues yo te perdono allá

Cuatro escudos de paciencia,

Diez de ventaja en amar.

Déjame en paz, Amor tirano,

Déjame en paz

Amadores desdichados,

Que seguís milicia tal,

Decidme:¿qué buena guía

Podéis de un ciego sacar?

De un pájaro ¿qué firmeza?

¿Qué esperanza de un rapaz?

¿Qué galardón de un desnudo?

De un tirano ¿qué piedad?

Déjame en paz, Amor tirano,

Déjame en paz

Diez años desperdicié,

Los mejores de mi edad,

En ser labrador de Amor

A costa de mi caudal.

Como aré y sembré, cogí;

Aré un alternado mar,

Sembré una estéril arena,

Cogí vergüenza y afán.

Déjame en paz, Amor tirano,

Déjame en paz

Una torre fabriqué

Del viento en la raridad,

Mayor que la de Nembrot,

Y de confusión igual.

Gloria llamaba a la pena,

A la cárcel libertad,

Miel dulce al amargo acíbar,

Principio al fin, bien al mal.

Déjame en paz, Amor tirano,

Déjame en paz

 


AL NACIMIENTO DE CRISTO NUESTRO SEÑOR

Caído se le ha un Clavel
Hoy a la Aurora del seno:
¡Qué glorioso que está el heno,
Porque ha caído sobre él!

Cuando el silencio tenía
Todas las cosas del suelo,
Y, coronada del yelo,
Reinaba la noche fría,
En medio la monarquía
De tiniebla tan cruel,

Caído se le ha un Clavel
Hoy a la Aurora del seno:
¡Qué glorioso que está el heno,
Porque ha caído sobre él!

De un solo Clavel ceñida,
La Virgen, Aurora bella,
Al mundo se lo dio, y ella
Quedó cual antes florida;
A la púrpura caída
Solo fue el heno fïel.

Caído se le ha un Clavel
Hoy a la Aurora del seno:
¡Qué glorioso que está el heno,
Porque ha caído sobre él!

El heno, pues, que fue dino,
A pesar de tantas nieves,
De ver en sus brazos leves
Este rosicler divino
Para su lecho fue lino,
Oro para su dosel.

Caído se le ha un Clavel
Hoy a la Aurora del seno:
¡Qué glorioso que está el heno,
Porque ha caído sobre él!

 


Da bienes Fortuna
que no están escritos:
cuando pitos flautas,
cuando flautas pitos.

¡Cuán diversas sendas
Se suelen seguir
En el repartir
Honras y haciendas!
A unos da encomiendas,
A otros sambenitos.
Cuando pitos flautas,
cuando flautas pitos.

A veces despoja
De choza y apero
Al mayor cabrero,
Y a quien se le antoja;
La cabra más coja
Pare dos cabritos.
Cuando pitos flautas,
cuando flautas pitos.

Porque en una aldea
Un pobre mancebo
Hurtó sólo un huevo,
Al sol bambolea,
Y otro se pasea
Con cien mil delitos.
Cuando pitos flautas,
cuando flautas pitos.

 


SONETO

La dulce boca que a gustar convida
un humor entre perlas destilado,
y a no invidiar aquel licor sagrado
que a Júpiter ministra el garzón de Ida,
¡amantes! no toquéis si queréis vida:
porque entre un labio y otro colorado
Amor está de su veneno armado,
cual entre flor y flor sierpe escondida.
No os engañen las rosas que al Aurora
diréis que aljofaradas y olorosas
se le cayeron del purpúreo seno.
Manzanas son de Tántalo y no rosas,
que después huyen dél que incitan ahora
y sólo del Amor queda el veneno.

 


SONETO

Mientras por competir con tu cabello
Oro bruñido al sol relumbra en vano,
Mientras con menosprecio en medio el llano
Mira tu blanca frente al lilio bello;

Mientras a cada labio, por cogello,
Siguen más ojos que al clavel temprano,
Y mientras triunfa con desdén lozano
Del luciente cristal tu gentil cuello,

Goza cuello, cabello, labio y frente,
Antes que lo que fue en tu edad dorada
Oro, lilio, clavel, cristal luciente,

No sólo en plata o vïola troncada
Se vuelva, más tú y ello juntamente
En tierra, en humo, en polvo, en sombra, en nada.
 


LETRILLA

 

Ande yo caliente,
Y ríase la gente.

Traten otros del gobierno
Del mundo y sus monarquías,
Mientras gobiernan mis días
Mantequillas y pan tierno,
Y las mañanas de invierno
Naranjada y aguardiente,
Y ríase la gente.

Coma en dorada vajilla
El príncipe mil cuidados
Como píldoras dorados;
Que yo en mi pobre mesilla
Quiero más una morcilla
Que en el asador reviente,
Y ríase la gente.

Cuando cubra las montañas
De plata y nieve el enero
Tenga yo lleno el brasero
De bellotas y castañas.
Y quien las dulces patrañas
Del rey que rabió me cuente,
Y ríase la gente.

Busque muy en hora buena
El mercader nuevos soles;
Yo conchas y caracoles
Entre la menuda arena,
Escuchando a Filomena
Sobre el chopo de la fuente,
Y ríase la gente.

Pase a media noche el mar,
Y arda en amorosa llama
Leandro por ver su dama;
Que yo más quiero pasar
De Yepes a Madrigar
La regalada corriente,
Y ríase la gente.

Pues Amor es tan cruel
Que de Píramo y su amada
Hace tálamo una espada,
Do se junten ella y él,
Sea mi Tishe un pastel,
Y la espada sea mi diente,
Y ríase la gente.

 


De un caminante enfermo que se enamoró donde fue hospedado

Descaminado, enfermo, peregrino,
en tenebrosa noche, con pie incierto
la confusión pisando del desierto,
voces en vano dio, pasos sin tino.

Repetido latir, si no vecino,
distinto, oyó de can siempre despierto,
y en pastoral albergue mal cubierto,
piedad halló, si no halló camino.

Salió el Sol, y entre armiños escondida,
soñolienta beldad con dulce saña
salteó al no bien sano pasajero.

Pagará el hospedaje con la vida;
más le valiera errar en la montaña
que morir de la suerte que yo muero.

 


LETRILLA

Aprended, flores, en mí

lo que va de ayer a hoy,

que ayer maravilla fui,

y hoy sombra mía aun no soy.

La aurora ayer me dio cuna,

la noche ataúd me dio;

sin luz muriera si no

me la prestara la Luna:

deja de acabar así.

Aprended, flores, en mí,...

Consuelo dulce el clavel

es a la breve edad mía,

pues quien me concedió un día,

dos apenas le dio a él:

efímeras del vergel,

yo cárdena, el carmesí.

Aprended, flores, en mí,...

Flor es el jazmín, si bella,

no de las más vividoras,

pues dura pocas más horas

que rayos tiene de estrella;

si el ámbar florece, es ella

la flor que él retiene en sí.

Aprended, flores, en mí,...

El alhelí, aunque grosero

en fragancia y en color,

más días ve que otra flor,

pues ve los de un Mayo entero:

morir maravilla quiero

y no vivir alhelí.

Aprended, flores, en mí,...

A ninguna flor mayores

términos concede el Sol

que al sublime girasol,

Matusalén de las flores:

ojos son aduladores

cuantas en él hojas vi.

Aprended, flores, en mí,…

[Esta cancioncilla, tomada con toda probabilidad de la poesía tradicional, fue integrada por Luis de Góngora en una letrilla dirigida a su amigo el marqués de Flores de Ávila. Con la palabra Flores, pues, Góngora invoca al mismo tiempo a su amigo y a las flores del campo, que, por lo efímero de su belleza, suelen simbolizar la transitoriedad de todo lo humano.]

 


MADRIGALES

1
De la purificación de Nuestra Señora

La vidrïera mejor
en sus brazos de cristal
entra al Sol hoy celestial
en la capilla mayor;
a cuyo resplandor,
sin que más luz espere,
Simeón fénix arde y cisne muere.

2

Inscripción para el sepulcro de Doña María de Lira

La bella Lira muda yace ahora
debajo de este mármol, que sin duda
lo ha convocado muda
como solía canora.
Si el Tajo arenas dora,
ilustre piedras: culto monumento
a este de las Musas instrumento.

3

Madrigal para inscripción de la fuente de quien dijo Garcilaso:
«En medio del invierno...», etc.

El líquido cristal que hoy de esta fuente
admiras, caminante,
el mismo es de Helicona;
si pudieres, perdona
al paso un solo instante:
beberás (cultamente)
ondas que del Parnaso
a su Vega tradujo Garcilaso.
 


SEGUIDILLAS Y CANCIÓN

Para Doña María Hurtado, en ausencia de Don Gabriel Zapata su marido

Mátanme los celos
de aquel andaluz:
hágame, si muriere,
la mortaja azul.

Perdí la esperanza
de ver mi ausente:
Háganme, si muriere,
la mortaja verde.

Madre, sin ser monja,
soy ya descalza,
pues me tiene la ausencia
sin mi Zapata.

La mitad del alma
me lleva la mar;
volved, galeritas,
por la otra mitad.

Muera yo en tu playa,
Nápoles bella,
y serás sepulcro
de otra sirena.

Pídenme que cante,
canto forzada;
¡quién lo fuera vuestro,
galeras de España!

Mientras hago treguas
con mi dolor,
si descansan los ojos,
llore la voz.

Ausente de mi vida,
tú en agua, yo navego
en lágrimas de fuego
después de tu partida.

Esta mi voz perdida
dulce te seguirá, pues dulce vuela;
suspiros no, que abrasarán tu vela.

No de tu media luna
ha sido, Amor, flechada
saeta más alada
que la ausencia importuna.

Defensa hay sola una
contra su penetrante vuelo, y esa
el duro es mármol de una breve huesa.
 


OCTAVAS

1

Octava fúnebre en el sepulcro de la Señora Reina Doña Margarita

En esta que admiráis de piedras graves
labor no egipcia, aunque a la llama imita,
ungüentos privilegian hoy süaves
la muerta humanidad de Margarita,
si de cuantos la pompa de las aves
en su funeral leños solicita
hay quien destile aroma tal, en vano
resistiendo sus troncos al gusano.

2

Tomando ocasión de la muerte del Conde de Villamediana, se burla del Doctor Collado, médico amigo suyo

Mataron al señor Villamediana.
Dúdase con cuál arma fuese muerto:
quién dice que fue media partesana;
quién alfanje, de puro corvo tuerto;
quién el golpe atribuye a Durindana,
y en lo horrible tuviéralo por cierto,
a no haber un alcalde averiguado
que le dieron con un doctor Collado.
 


ROMANCES

1

Los rayos le cuenta al Sol
con un peine de marfil
la bella Jacinta, un día
que por mi dicha la vi
en la verde orilla
de Guadalquivir.

La mano obscurece al peine
mas ¿qué mucho si el abril
la obscurecen los lilios
que blancos suelen salir
en la verde orilla
de Guadalquivir?

Los pájaros la saludan,
porque piensan (y es así),
que el Sol que sale en Oriente
vuelve otra vez a salir
en la verde orilla
de Guadalquivir.

Por solo un cabello el Sol
de sus rayos diera mil,
solicitando envidioso
el que se quedaba allí
en la verde orilla
de Guadalquivir.

2

La más bella niña
de nuestro lugar,
hoy viuda y sola
y ayer por casar,
viendo que sus ojos
a la guerra van,
a su madre dice,
que escucha su mal:

Dejadme llorar
orillas del mar.

Pues me distes, madre,
en tan tierna edad
tan corto el placer,
tan largo el pesar,
y me cautivastes
de quien hoy se va
y lleva las llaves
de mi libertad,

Dejadme llorar
orillas del mar.

En llorar conviertan
mis ojos, de hoy más,
el sabroso oficio
del dulce mirar,
pues que no se pueden
mejor ocupar,
yéndose a la guerra
quien era mi paz,

Déjame llorar
orillas del mar.

No me pongáis freno
ni queráis culpar,
que lo uno es justo,
lo otro por demás.
Si me queréis bien,
no me hagáis mal;
harto peor fuera
morir y callar,

Dejadme llorar
orillas del mar.

Dulce madre mía,
¿quién no llorará,
aunque tenga el pecho
como un pedernal,
y no dará voces
viendo marchitar
los más verdes años
de mi mocedad?

Dejadme llorar
orillas del mar.

Váyanse las noches,
pues ido se han
los ojos que hacían
los míos velar;
váyanse, y no vean
tanta soledad,
después que en mi lecho
sobra la mitad,

Dejadme llorar
orillas del mar.

3

Hermana Marica,
mañana, que es fiesta,
no irás tú a la amiga
ni yo iré a la escuela.

Pondráste el corpiño
y la saya buena,
cabezón labrado,
toca y albanega;

y a mí me podrán
mi camisa nueva,
sayo de palmilla,
media de estameña;

y si hace bueno
traeré la montera
que me dio la Pascua
mi señora abuela,

y el estadal rojo
con lo que le cuelga,
que trajo el vecino
cuando fue a la feria.

Iremos a misa,
veremos la iglesia,
darános un cuarto
mi tía la ollera.

Compraremos de él
(que nadie lo sepa)
chochos y garbanzos
para la merienda;

y en la tardecica,
en nuestra plazuela,
jugaré yo al toro
y tú a las muñecas

con las dos hermanas,
Juana y Madalena,
y las dos primillas,
Marica y la tuerta;

y si quiere madre
dar las castañetas,
podrás tanto dello
bailar en la puerta;

y al son del adufe
cantará Andrehuela:
No me aprovecharon,
madre, las hierbas;

y yo de papel
haré una librea
teñida con moras
porque bien parezca,

y una caperuza
con muchas almenas
pondré por penacho
las dos plumas negras

del rabo del gallo,
que acullá en la huerta
anaranjeamos
las Carnestolendas;

y en la caña larga
pondré una bandera
con dos borlas blancas
en sus tranzaderas;

y en mi caballito
pondré una cabeza
de guadamecí,
dos hilos, por riendas;

y entraré en la calle
haciendo corvetas,
yo y otros del barrio,
que son más de treinta.

Jugaremos cañas
junto a la plazuela,
porque Barbolilla
salga acá y nos vea;

Barbola, la hija
de la panadera,
la que suele darme
tortas con manteca,

porque algunas veces
hacemos yo y ella
las bellaquerías
detrás de la puerta.

4

En el caudaloso río
donde el muro de mi patria
se mira la gran corona
y el antiguo pie se lava,
desde su barca Alción
suspiros y redes lanza,
los suspiros por el cielo
y las redes por el agua,

y sin tener mancilla
mirábale su Amor desde la orilla.

En un mismo tiempo salen
de las manos y del alma
los suspiros y las redes
hacia el fuego y hacia el agua.
Ambos se van a su centro,
do su natural les llama,
desde el corazón los unos,
las otras desde la barca,

y sin tener mancilla
mirábale su Amor desde la orilla.

El pescador, entre tanto,
viendo tan cerca la causa,
y que tan lejos está
de su libertad pasada,
hacia la orilla se llega,
adonde con igual pausa
hieren el agua los remos
y los ojos de ella el alma,

y sin tener mancilla
mirábale su Amor desde la orilla.

Y aunque el deseo de verla,
para apresurarle, arma
de otros remos la barquilla,
y el corazón de otras alas,
porque la ninfa no huya,
no llega más que a distancia
de donde tan solamente
escuche aquesto que canta:

«Dejadme triste a solas
dar viento al viento y olas a las olas.»

Volad al viento, suspiros,
y mirad quién os levanta
de un pecho que es tan humilde
a partes que son tan altas.
Y vosotras, redes mías,
calaos en las ondas claras,
adonde os visitaré
con mis lágrimas cansadas,

«Dejadme triste a solas
dar viento al viento y olas a las olas.»

Dejadme vengar de aquélla
que tomó de mi venganza
de más leales servicios
que arenas tiene esta playa;
dejadme, nudosas redes,
pues que veis que es cosa clara
que más que vosotras nudos
tengo para llorar causas.

«Dejadme triste a solas
dar viento al viento y olas a las olas.»

5

Érase una vieja
de gloriosa fama,
amiga de niñas,
de niñas que labran.

Para su contento
alquiló una casa
donde sus vecinas
hagan sus coladas.

Con la sed de amor
corren a la balsa
cien mil sabandijas
de natura varia,

a que con sus manos,
pues tiene tal gracia
como el unicornio,
bendiga las aguas.

También acudía
la viuda honrada,
del muerto marido
sintiendo la falta,

con tan grande extremo,
que allí se juntaba
a llorar por él
lágrimas cansadas.
 


SOLEDAD PRIMERA

(Parte I)

Era del año la estación florida
En que el mentido robador de Europa
—Media luna las armas de su frente,
Y el Sol todo los rayos de su pelo—,
Luciente honor del cielo,
En campos de zafiro pace estrellas,
Cuando el que ministrar podía la copa
A Júpiter mejor que el garzón de Ida,
—Náufrago y desdeñado, sobre ausente—,
Lagrimosas de amor dulces querellas
Da al mar; que condolido,
Fue a las ondas, fue al viento
El mísero gemido,
Segundo de Arïón dulce instrumento.

Del siempre en la montaña opuesto pino
Al enemigo Noto
Piadoso miembro roto
—Breve tabla— delfín no fue pequeño
Al inconsiderado peregrino
Que a una Libia de ondas su camino
Fió, y su vida a un leño.
Del Océano, pues, antes sorbido,
Y luego vomitado
No lejos de un escollo coronado
De secos juncos, de calientes plumas
—Alga todo y espumas—
Halló hospitalidad donde halló nido
De Júplter el ave.

Besa la arena, y de la rota nave
Aquella parte poca
Que le expuso en la playa dio a la roca;
Que aun se dejan las peñas
Lisonjear de agradecidas señas.

Desnudo el joven, cuanto ya el vestido
Océano ha bebido
Restituir le hace a las arenas;
Y al Sol le extiende luego,
Que, lamiéndole apenas
Su dulce lengua de templado fuego,
Lento lo embiste, y con suave estilo
La menor onda chupa al menor hilo.

No bien, pues, de su luz los horizontes
—Que hacían desigual, confusamente,
Montes de agua y piélagos de montes—
Desdorados los siente,
Cuando —entregado el mísero extranjero
En lo que ya del mar redimió fiero—
Entre espinas crepúsculos pisando,
Riscos que aun igualara mal, volando,
Veloz, intrépida ala,
—Menos cansado que confuso— escala.

Vencida al fin la cumbre
—Del mar siempre sonante,
De la muda campaña
Árbitro igual e inexpugnable muro—,
Con pie ya más seguro
Declina al vacilante
Breve esplendor de mal distinta lumbre:
Farol de una cabaña
Que sobre el ferro está, en aquel incierto
Golfo de sombras anunciando el puerto.

«Rayos —les dice— ya que no de Leda
Trémulos hijos, sed de mi fortuna
Término luminoso.» Y —recelando
De invidïosa bárbara arboleda
Interposición, cuando
De vientos no conjuración alguna—
Cual, haciendo el villano
La fragosa montaña fácil llano,
Atento sigue aquella
—Aun a pesar de las tinieblas bella,
Aun a pesar de las estrellas clara—
Piedra, indigna tïara
—Si tradición apócrifa no miente—
De animal tenebroso cuya frente
Carro es brillante de nocturno día:
Tal, diligente, el paso
El joven apresura,
Midiendo la espesura
Con igual pie que el raso,
Fijo —a despecho de la niebla fría—
En el carbunclo, Norte de su aguja,
O el Austro brame o la arboleda cruja.