Luis de Góngora y Argote (1561-1627)

Justo Fernández López


 

Vida

Luis de Góngora y Argote nació en Córdoba en 1561 y murió en su ciudad natal en 1627. Su padre era juez de bienes confiscados de la Inquisición, era un hombre erudito y poseía una copiosa biblioteca. La madre de Góngora pertenecía a ilustre familia cordobesa, al igual que su esposo. Góngora antepuso el apellido de su madre al de su padre.

Estudió Cánones en Salamanca entre 1576 y 1580, pero no llegó a graduarse. Recibió hasta las órdenes menores. Más tarde su tío le cedió el cargo de racionero de la catedral de Córdoba, y Góngora recibió las órdenes mayores. El obispo le amonesta porque “vive como un mozo, anda de acá para allá, trata con cosas ligeras y escribe coplas profanas”. Góngora se defendió diciendo que prefería “ser condenado por liviano que por hereje”. El obispo le prohibió seguir yendo a las corridas de toros.

Ya era conocido como poeta, en tertulias literarias de Madrid ya se leen composiciones suyas. En su juventud ya era bastante famoso puesto que Cervantes habla de él cuando Góngora sólo tiene 24 años.

En 1617 consigue entrar en la Corte, gracias al favor del primer ministro, el duque de Lerma. Luego es nombrado capellán de su Majestad, por lo que se ordena sacerdote a los cincuenta y cinco años. La falta de vocación religiosa del poeta fue evidente a lo largo de toda su vida y se mostró en su pasión por las mujeres y, sobre todo, por el juego, que fue la causa de su ruina final y de innumerables burlas durante sus años de estancia en Madrid. Asimismo, la supuesta ascendencia judía de la familia fue motivo de burla, especialmente para Quevedo, que identificó su nariz con la habitualmente supuesta a los judíos y calificó a su novedosa poesía de "judaizante".

A diferencia de la mayoría de sus contemporáneos, en Góngora, ni la religión ni el amor ocupan un lugar importante en su vida o en su poesía. Estaba dominado sólo por el sentimiento de la belleza; el amor y la naturaleza, asuntos de los que trató con perfecto dominio, más que sentimientos en él aparecen como pretextos para la creación poética.

La muerte de Felipe III, rey de España y Portugal (1598-1621), y sus deudas en la Corte por su afición al juego, agravaron su situación, por lo que a la caída de Lerma se verá obligado a buscar la sombra y el favor del omnipotente conde-duque de Olivares, quien  dirigió la política de la Monarquía Hispánica durante veinte de los años del reinado de Felipe IV (1621-1665), concretamente desde 1623 hasta 1643.

Son años difíciles: el Conde-Duque lo entretiene con promesas que nunca se materializan, lo amenazan con embargos, alguien (Quevedo según el anecdotario) compra su casa y le obliga a desalojarla.

Enfermo y sin recursos, intenta publicar sus poemas, dispersos hasta la fecha, pero no lo consigue. Una mejoría de la enfermedad le permite volver a Córdoba en 1626. Allí comenzó a tener desvanecimientos y dolores de cabeza y muere a los sesenta y seis años, víctima de una apoplejía.

Toda su vida se concentró en su actividad literaria: polémicas, amistades, enemistades literarias. Por el carácter innovador de su poesía, Góngora tuvo en vida defensores apasionados y críticos implacables. Los “mejores” enemigos fueron Quevedo y Lope de Vega. Lope admiraba a Góngora, pero éste le despreciaba. Góngora dominó a Lope, pero no fue así con Quevedo: la antipatía entre Góngora y Quevedo fue menos literaria y más profundamente personal. Ambos tenían un temperamento agresivo, retorcido e inclinado a la mordacidad. El agudo ingenio de Góngora para la sátira se estrellaba ante la ilimitada capacidad de Quevedo para la caricatura, por ejemplo con su alusión a la supuesta ascendencia judía de Góngora: “Yo te untaré mis versos con tocino porque no me los muerdas, Gongorilla”.

Góngora tuvo como partidarios al conde de Villamediana y a los humanistas Pedro de Valencia y fray Hortensio de Paravicino. Góngora era cabeza del estilo literario conocido por culteranismo, un término que poseyó en su origen carácter burlesco, formado a partir de la palabra culto y que, de hecho, supone la fase final de la evolución de la poesía renacentista española, instaurada por Garcilaso de la Vega.

OBRA

Como dramaturgo, Góngora escribió dos comedias que no triunfaron:

Las Firmezas de Isabela (1610)

El Doctor Carlino (1613)

La obra de Góngora se ciñe al verso, como poeta fue el máximo representante del culteranismo barroco en la poesía española y cima de la elegancia de la poesía barroca. Fue uno de los poetas más influyentes en la evolución estética de su tiempo y modelo de poetas posteriores. Su renovación del lenguaje poético, inspirada en cultismos léxicos y sintácticos procedentes del latín clásico, marcó una pauta en la lírica española. Góngora fomenta el proceso de “cultismo” llevando al extremo la preocupación por la belleza introducida por el poeta renacentista Garcilaso de la Vega (1501-1536). Escribe poesía hermética, rara, incomprensible; una poesía no realista, más bien aristocrática.

En su obra coexisten una manera popular y otra culta, que constituye la expresión más exaltada del barroco. Contribuyó como nadie a restituir su belleza formal a la poesía.

Se suele dividir la producción de Góngora en dos etapas o estilos distintos. Se trata de dos épocas supuestas: la del «príncipe de la luz» y la del «príncipe de las tinieblas», como había dicho Francisco de Cascales en sus Cartas filológicas. El primero era el poeta fácil, sencillo, popular, autor de romances y letrillas; el segundo el autor de poemas extravagantes, oscuros, ininteligibles, carentes de sentido, como el Polifemo, las Soledades, y el Panegírico al duque de Lerma

a) Obras populares o de inspiración popular: letrillas y romances (moriscos, amorosos, pastoriles y caballerescos) que tratan temas como la flaqueza de la mujer, la hipocresía, en un tono pesimista, amargo.

b) Obra cultista, difícil y casi hermática, iniciada en 1610 con la Oda a la toma de Larache, y continuada con el incremento constante de la oscuridad estilística en la Fábula de Polifemo y Galatea (1613), las Soledades (1613) y el Panegírico al duque de Lerma (1617).

Equidistante entre ambos aspectos, se podrían situar sus numerosos sonetos y canciones de estilo clásico, en los que no se advierte tanto el cultismo.

Las obras de Góngora constan de unos 94 romances auténticos (18 atribuibles), 121 letrillas (26 atribuibles), 167 sonetos (53 atribuibles), 33 composiciones diversas de arte mayor (versos largos), 3 largos poemas (Fábula de Polifemo y Galatea, Soledades, y Panegírico al duque de Lerma [su protector]), y dos obras dramáticas (Las firmezas de Isabela y El doctor Carlino), y 124 cartas. 

Los poemas menores de Góngora

Las letrillas y los romances de Góngora son lo más popular y conocido de su producción. Estas letrillas no carecen de cierto artificio y son a veces desvergonzadas y obscenas. Sus temas son las flaquezas de las mujeres, la hipocresía y presunción de los galanes, la ostentación de los advenedizos y las burlas a los médicos.

El mundo que se refleja en estas letrillas y romances de Góngora es un mundo amargo y pesimista que contrasta con el idealismo de sus grandes poemas. Populares con muchas letrillas que se convirtieron luego en expresiones populares: “Ándeme yo caliente y ríase la gente”, “Y digan que yo lo digo”, “Dineros son calidad – ¡verdad! – Más ama quien más suspira –¡mentira!”.

Es famosa la letrilla dedicada al Nacimiento de Jesús:

Caído se le ha un clavel hay a la Aurora del seno:

¡qué glorioso está el heno, porque ha caído sobre él.

Ninguna letrilla tan popular como la que alude a la brevedad de la vida:

Aprended, flores, de mí

lo que va de ayer a hoy;

que ayer maravilla fui,

y sombra mía aun no soy.

Los romances de Góngora son, con los de Lope de Vega y Francisco de Quevedo, los mejores de su época. Son satíricos [«Píramo y Tisbe»], burlescos, moriscos [«Servía en Orán al rey»], de cautivos, caballerescos [«Angélica y Medoro»], pastoriles, alegóricos, amorosos, descriptivos y de circunstancias. Con Lope y Quevedo, representa Góngora la cumbre del romance artístico.

Sus sonetos, también como los de Lope y Quevedo, son excelentes.  Predomina en ellos el artificio cerebral más que el sentimiento. Son de arquitectura perfecta. Bajo su aspecto formal, los mejores sonetos de Góngora son los mejores sonetos que se han escrito en castellano [«Mientras por competir con tu cabello»]. Su arquitectura es acabadísima. Góngora cultivó el soneto toda su vida. Muchos de sus sonetos están dedicados a elogiar a personas importantes. En algunos sonetos amorosos vibra una chispa de pasión. Los sonetos de los últimos años revelan el ensombrecimiento de la vida del poeta: el desengaño de sus pretensiones cortesanas, su cansancio, el presentimiento de la muerte. Los sonetos burlescos suelen ser muy desvergonzados. Los de sátira literaria son los de mayor interés: contra Lope y contra Quevedo.

Los grandes poemas de Góngora

Fábula de Polifemo y Galatea (1613)

Esta obra es el ejemplo característico del poema barroco. La fábula de Polifemo enamorado, que aparece en la Odisea de Homero, en Teócrito, Virgilio, Ovidio (libro 13 de sus Metamorfosis), era muy querida en el Barroco (ya el Renacimiento había retomado el tema). Hay también versiones italianas famosas de Marino y de Tommaso Stigliani, y en España, de Castillejo, Pérez Sigler, Sánchez de Viana, Gálvez de Montalvo, Barahona de Soto, Carrillo de Sotomayor [influye en Góngora] y Lope de Vega. 

El Polifemo funde en trágico contraste la horrible fealdad (un solo ojo) y la delicada ternura de un enamorado. Este contraste se adapta muy bien a las predilecciones del Barroco: amor al claroscuro, a los contrastes y contradicciones invencibles, amor a lo desmesurado; Polifemo es horriblemente tierno y tiernamente terrible. Este mito de adapta muy bien al sentir barroco, por el enfrentamiento de contrarios, sobre todo el de luz y sombra y el de lo bello y lo monstruoso. 

Dámaso Alonso llama esta obra «la obra más representativa del Barroco europeo».  Consta de 504 endecasílabos agrupados en 63 octavas reales, distribuidas a modo casi de viñetas en las que apenas el sentido de una se encabalga en la siguiente.

En este poema vemos el genio de Góngora con su profusión de cultismos, complicados hipérbatos, hipérboles desmesuradas y metáforas proliferadas. El poema es por sí mismo hiperbólico. Góngora apura e intensifica los colores y las metáforas hiperbólicas hasta el frenesí. No hay en el poema ningún sentimiento de simpatía por el gigante, como lo hay en el poema de Carrillo, sino estremecimiento, entusiasmo y refinamiento cerebral.

Este poema de Góngora es la cima de las imitaciones de la antigüedad de tradición renacentista en Europa. Al narrar el viejo tema –pasión del cíclope Polifemo por la ninfa Galatea, idilio de ésta con el joven Acis, venganza del gigante– Góngora crea una obra de brillante hermosura descriptiva, de construcción acabada, donde el arte del contraste y de lo hiperbólico queda sometido a formas rigurosas. La complicación sintáctica, sin embargo, no es tan grande como en la siguiente obra Soledades.

Soledades (1613)

Las Soledades iban a ser cuatro pero no pasaron de dos, y la segunda quedó sin terminar. Es una obra de mayor aliento y de plan más madurado. Es la obra más gongorina de todas. Góngora proyectaba cantar las soledades de los campos, de las riberas, de las selvas y de los yermos. Sólo compuso la primera y parte de la segunda, que constituyen un poema pictórico, panorámico, rico en color y matices. Escrito en silvas, y todavía discutido hoy, constituye una de las cumbres de la lírica de todos los tiempos.

En los otros poemas, el empleo de la octava real como forma métrica impedía sobrepasar los límites métricos y sintácticos. En las Soledades, Góngora emplea la forma métrica de la silva, cuyas estrofas, ampliables o reducibles a voluntad, permiten complejidades y proliferaciones sintácticas. Así resultan las Soledades suntuosas y recargadas como ninguna otra obra del poeta cordobés.

Góngora deseaba simbolizar en las Soledades las cuatro edades del hombre: la juventud, con amores, prados, juegos, bodas y alegrías; la adolescencia, con pescas, navegación, etc.; la virilidad, con monterías, cazas, prudencia y economía; la senectud, con política y gobierno. Rivas ve en las Soledades “los pasos de un peregrino en la solead: Soledad de los campos, Soledad de las riberas, Soledad de las selvas y Soledad del yermo.

Argumento: En la primera Soledad se nos presenta a un joven enamorado que, no correspondido por su amada, llega náufrago a la costa y es acogido por unos cabreros. Pasa con ellos la noche. A la mañana siguiente encuentra a un grupo de serranos y serranas que se dirigen a unas bodas. Al frente del grupo va un viejo que ha perdido un hijo en el mar y mira por ello al náufrago con particular simpatía. Invita al joven a que lo acompañe y asista a las bodas. El día concluye entre danzas y fuegos de artificio. A la mañana siguiente los novios, adornados de flores, se encaminan a la iglesia donde se efectúa la ceremonia nupcial. Después hay un banquete y competencia de juegos atléticos. Anochece. Con el nuevo día comienza la soledad segunda. El joven peregrino acompaña a unos pescadores y llega con ellos a una isla. El joven refiere sus cuitas amorosas. Comen en la isla sobre la hierba.  Se hace tarde.  Deciden ir de caza. Hay en todo el poema una exaltación de las fuerzas naturales y un menosprecio de la vida de la corte (beatus ille).

Góngora, como poeta andaluz que era, no presenta el mundo ni en ideas ni en valores morales, sino en realidades sensibles, todo el orbe material.

Panegírico al duque de Lerma (1617)

Es el último poema de Góngora. Se trata de un poema cortesano y adulador, consta de 632 versos, sin sombra de emoción. Poéticamente es un fracaso, ya que las galas del estilo gongorino se hacen pesadas por el escaso interés del tema.

Así que el Polifemo mira hacia la antigüedad grecolatina; las Soledades miran hacia la belleza natural, y el Panegírico corresponde a la poesía cortesana y suntuaria. 

El estilo de Góngora

Estilísticamente, la poesía de Góngora se caracteriza por la hinchazón formal. El estilo gongorino no procedía de poesía extranjera alguna, sino del modo de poetizar de la escuela sevillana y del grupo antequerano-granadino que, ya desde el propio Fernando de Herrera y a través de la obra de un Luis Carrillo y Sotomayor, un Juan de Arguijo o un Francisco de Rioja, va a llegar a su cima en la obra del cordobés. Junto con ello, el profundo conocimiento de las lenguas clásicas que tenía Góngora le permite establecer esas atrevidas perífrasis y violentos hipérbatos que causaron tanta admiración como críticas.

En la segunda mitad del siglo XVI se produce un proceso de intensificación en el sentido de lo culto que conoce en Fernando de Herrera (1534-1597) su posición más avanzada. Este proceso sigue en el XVII hasta desembocar en la figura más representativa de la poesía barroca: Luis de Góngora y su cultismo.

El siglo XVIII repudió a Góngora y su manierismo, pero el Romanticismo lo rehabilitó. Góngora tuvo siempre fama de autor complicado y de caprichosas e indescifrables vaciedades. Los simbolistas franceses lo reivindicaron (Paul Verlaine) y el modernista Rubén Darío lo absorbió y lo extendió por España. Para los simbolistas y los modernistas, Góngora poseía la atracción de lo hermético y era el mejor aliado contra el realismo decimonónico. Juan Ramón publica en la revista Helios en 1903 un número homenaje a Góngora. Por tanto en 1927, cuando llegó el tercer aniversario de la muerte de Góngora se produjo un fervoroso movimiento de admiración por parte de la generación de García Lorca. La razón por esta admiración de la generación del 27 por Góngora radica en el gusto por el arte deshumanizado y antirrealista, y en anhelo de intensa perfección formal. Pero la generación del 27 no imitó a Góngora, el poeta barroco fue solamente un estímulo para los poetas de la generación de Lorca. Una mayor necesidad de sinceridad poética y humana llevó pronto a la reacción contra Góngora.

Gongorismo y cultismo

El gongorismo es una manifestación particular del cultismo creciente en España desde el siglo XV y XVI. Fue la prolongación de la tendencia del Renacimiento de imitar a los clásicos en temas, léxico, sintaxis y metáforas mitológicas. En España el movimiento culto triunfa en la primera mitad del siglo XVI y se intensifica en la segunda mitad. El estilo de Góngora es la intensificación de este proceso llevado a su mayor sutileza: “poesía límite”. Se le reprochó a Góngora el haber tomado del latín un torrente de palabras extravagantes y haber abusado del vocabulario clásico.

El cultismo impregna toda la concepción poética de Góngora. Desde Antonio de Nebrija (1492) se venía afirmando la nobleza del español, su calidad de lengua imperial y universal que se podía parangonar con el latín, que se trataba de imitar como modelo. Por eso el cultismo calca la sintaxis latina y el léxico, acentúa el valor fonético del verso, usando esdrújulos frente a los graves versos castellanos: “cítaras, gémina, tálamo”. El cultismo gongorino tiene un valor expresivo e idiomático.

La sintaxis de Góngora

Góngora usa profusamente el hipérbaton: alteración del orden lógico de los términos en una oración. El hipérbaton es una figura muy frecuente en la literatura barroca y en aquellos poetas que intentan reproducir el orden de la sintaxis latina. En el deseo de emular el latín, el castellano adquirió una gran libertad para el orden de las palabras, una libertad mayor que en los otros idiomas románicos. Nadie ha sido tan arquitecto de sus poesías como Góngora. Góngora fue intensificando el uso del hipérbaton:

De este, pues, formidable de la tierra bostezo,

el melancólico vacío, a Polifemo,

de aquella sierra, bárbara choza es.

Léxico suntuario y colorista

Góngora recoge la tendencia al uso de materia suntuaria en metáforas y léxico que viene del poeta y humanista italiano Francesco Petrarca (1304-1374). El color se intensifica en la línea de poetas que va del poeta renacentista Garcilaso de la Vega (1501-1536) a Góngora pasando por Fernando de Herrera (1534-1597). Sonido, color y metáfora son las características del estilo gongorino.

Góngora intensifica aún más el empleo que el Renacimiento y el Barroco hacen de metáforas, imágenes, sinécdoques y metonimias. Todo el arte de Góngora es reducible a su intento de eludir la representación directa de la realidad, sustituyéndola por palabras que la sugieran. Imágenes y metáforas no son en Góngora ornato sino la materia poética misma, su mármol.

Góngora sigue la corriente renacentista de presentarnos una naturaleza estéticamente deformada en extremas estilizaciones. Intenta “superar perfecciones”. Así el cultismo de Góngora no es una escuela nueva, sino el final de esta corriente clasicista.

Temática y contenido

Góngora presenta una personalidad hermética, dura, incapaz de mostrar intimidad y sentimientos. Su obra es producto de trabajada reflexión y no de la inspiración. Ninguna introspección, ningún eco de las pasiones y sentimientos del poeta encontramos en su obra. Góngora ofreció sólo una visión “hermosa” de la naturaleza.

Deshumanización fue la palabra que inventó el filósofo y ensayista José Ortega y Gasset (1883-1955) para definir el arte moderno, lo que se puede aplicar también a Luis de Góngora. La poesía significó para Góngora un refugio frente a sus sentimientos: era un esteta. Góngora tiene ojos y oídos, no habla de sentimientos interiores, sino que apela a los sentidos. Es el menos sentimental de los poetas clásicos españoles. Algunos autores critican que en Góngora el mundo no tiene atmósfera y que la sintaxis de Góngora es demasiado maciza y prácticamente irrespirable.

Elementos culteranistas en Góngora

  • cultismo: voces cultas tomadas del latín y abuso de vocablos extravagantes;
  • abuso del hiperbatón: inversión del orden natural de palabras en imitación de la sintaxis latina;
  • léxico suntuario y colorista: comparación con materiales, sonidos, colores exquisitos;
  • figuras retóricas: metáforas, hipérbole, sinécdoque, imágenes;
  • culto a la belleza: visión estética de la naturaleza, deshumanización, cerebralismo.

La fama y la influencia de Góngora fue extraordinaria en el siglo XVII y continuó durante la primera mitad del XVIII. Tuvo enseguida comentaristas de sus obras, como si se tratara de un poeta clásico y antiguo. El influjo de Góngora sustituirá al de Garcilaso hasta entrado el siglo XVIII, cuando, por compensación, Góngora se convierta en la bestia negra de nuestros ilustrados, que abogan por un estilo claro como el de los poetas del XVI, aunque nunca logren su calidad. En 1737 Luzán publica su Poética (una preceptiva neoclásica), comenzando con ella una reacción contra Góngora, al que se identifica con la concentración de los defectos de mal gusto.

El Góngora del Polifemo y las Soledades fue muy mal entendido por la crítica. Su estilo suscitó inmediatamente la oposición. Una actitud que se prolongaría hasta finales del siglo XIX, cuando algunos simbolistas franceses, en especial Verlaine, y los poetas modernistas de habla española, inician la valoración del gongorismo. Una valoración que culmina en la generación de 1927, año del centenario de su muerte, cuando una nueva generación de poetas españoles, Jorge Guillén, Pedro Salinas, García Lorca, Alberti, le aclaman como a uno de sus maestros y como poeta-símbolo de su generación. Esta generación quedó así bautizada como Generación de 1927.

Aparte de la reivindicación poética, se comienza a hacer estudios fundamentales de las obras de Góngora. Dámaso Alonso, poeta también, publica su edición crítica de las Soledades, a la que siguen algunos estudios definitivos para la comprensión de Góngora.