Tomás de Iriarte (1750-1791)

Textos


 Del oro, como muchos, no dependo,  
 Fabio, pues ni le guardo ni codicio;  
 ni dependo jamás del vulgar juicio,  
 pues dar a luz mis obras no pretendo.  
 
 Del sexo mujeril casi no pendo, 
 pues amo por placer, no por oficio;  
 y aun menos de la corte y su bullicio,  
 pues de fingir y de adular no entiendo.  
 
 Solamente dependo de la muerte,  
 ya que discurso no hay ni diligencia 
 que de su despotismo nos liberte.  
 
 Mas la espero sin miedo y con paciencia,   
 vivo sin desearla; y de esta suerte,  
 amigo, se acabó la dependencia.
 


Metiose Amor a boticario un día,  
 bella Orminta, y compuso una receta  
 para curar a un mísero poeta  
 que herido de sus flechas padecía.  
 
 Mezcló la leche, el néctar, la ambrosía,
 la azucena, la rosa y la violeta;  
 el metal rubio del primer planeta,  
 el coral y las perlas que el mar cría.  
 
 Pero salió el remedio tan ardiente  
 como la misma fragua de Vulcano; 
 erró el traidor la dosis ciertamente;  
 
 sobre todo de sal cargó la mano;  
 enconose la herida de repente,  
 y no espero en mi vida verme sano.
 


SONETO

A un curioso que le pregunto qué gusto hallaba en leer las «Soledades», de Góngora

Si el hombre no sintiera picazones,

el placer de rascarse no tendría;

si hambre o sed no sintiera, el agua fría

no anhelaría, el buen vino, los jamones.

Porque hay sueño, le saben lo colchones,

y le sabe la lumbre si se enfría;

sírvenle, pues, de gusto y alegría

las que parecen duras precisiones.

Ama la libertad porque hay tiranos,

y porque hay tanta fea, las beldades;

la verdad, porque trata cortesanos.

Yo (que todo me vuelvo claridades),

por gustar más de versos virgilianos,

le las gongorinas Soledades.

 


El burro flautista

Esta fabulilla,
salga bien, ó mal,
me ha ocurrido ahora
por casualidad.

Cerca de unos prados
que hay en mi lugar,
pasaba un borrico
por casualidad.

Una flauta en ellos
halló, que un zagal
se dejó olvidada
por casualidad.

Acercose a olerla
el dicho animal,
y dio un resoplido
por casualidad.

En la flauta el aire
se hubo de colar;
y sonó la flauta
por casualidad.

Oh! dijo el borrico:
¡qué bien sé tocar!
¡Y dirán que es mala
la música asnal!

Sin reglas del arte,
borriquitos hay
que una vez aciertan
por casualidad.
 


El mono y el titiritero

 

El fidedigno Padre Valdecebro,
Que en discurrir historias de animales
Se calentó el celebro,
Pintándolos con pelos y señales;
Que en estilo encumbrado y elocuente
Del Unicornio cuenta maravillas,
Y el Ave-Fénix cree a pié juntillas,
(No tengo bien presente
Si es en el libro octavo , o en el nono)
Refiere el caso de un famoso Mono.

Éste, pues, que era diestro
En mil habilidades, y servía
Á un gran Titiritero, quiso un dia,
Miéntras estaba ausente su Maestro,
Convidar diferentes animales
De aquéllos mas amigos
A que fuesen testigos
De todas sus monadas principales.
Empezó por hacer la mortecina;
Después bailó en la cuerda a la arlequina,
Con el salto mortal, y la campana;
Luego el despeñadero,
La espatarrada, vueltas de carnero,
Y al fin el ejercicio a la Prusiana.
De estas y de otras gracias hizo alarde.
Mas lo mejor faltaba todavía;
Pues, imitando lo que su Amo hacía,
Ofrecerles pensó, porque la tarde
Completa fuese, y la función amena,
De la linterna mágica una escena.

Luego que la atención del auditorio
Con un preparatorio
Exordio concilió, según es uso,
Detrás de aquella máquina se puso;
Y durante el manejo
De los vidrios pintados
Fáciles de mover á todos lados,
Las diversas figuras
Iba explicando con locuaz despejo.

Estaba el cuarto a, oscuras,
Cual se requiere en casos semejantes;
Y aunque los circunstantes
Observaban atentos,
Ninguno ver podía los portentos
Que con tanta parola y grave tono
Les anunciaba el ingenioso Mono.

Todos se confundían, sospechando
Que aquello era burlarse de la gente.
Estaba el Mono ya corrido, cuando
Entró Maese Pedro de repente,
É informado del lance, entre severo
Y risueño le dijo: Majadero,
¿De qué sirve tu charla sempiterna,
Si tienes apagada la linterna?

Perdonadme, sutiles y altas Musas,
Las que hacéis vanidad de ser confusas.
¿Os puedo yo decir con mejor modo
Que sin la claridad os falta todo?
 


La ardilla y el caballo

 

Mirando estaba un ardilla
a un generoso alazán,
que dócil á espuela y rienda,
se adestraba en galopar.

Viéndole hacer movimientos
tan veloces y á compás,
de aquesta suerte le dixo
con mui poca cortedad:
     Señor mío,
     de ese brío,
     ligereza,
     y destreza
     no me espanto;
     que otro tanto
suelo hacer, y acaso más.
     Yo soi viva,
     soi activa;
     me meneo,
     me paseo,
     yo trabajo,
     subo y baxo,
no me estói quieta jamás.

El paso detiene entonces
el buen potro, y mui formal,
en los términos siguientes
respuesta á la ardilla da:
     Tantas idas
     y venidas,
     tantas vueltas
     y revueltas
     (quiero, amiga,
     que me diga),
¿son de alguna utilidad?
     Yo me afano;
     mas nó en vano.
     Sé mi oficio,
     en servicio
     de mi dueño,
     tengo empeño
de lucir mi habilidad.

Con que algunos escritores
ardillas también serán
si en obras frívolas gastan
todo el calor natural.

 


Los dos conejos

 

Por entre unas matas,
seguido de perros,
no diré corría,
volaba un conejo.

De su madriguera
salió un compañero
y le dijo: «Tente,
amigo, ¿qué es esto?»

«¿Qué ha de ser?», responde;
«sin aliento llego...;
dos pícaros galgos
me vienen siguiendo».

«Sí», replica el otro,
«por allí los veo,
pero no son galgos».
«¿Pues qué son?» «Podencos.»

«¿Qué? ¿podencos dices?
Sí, como mi abuelo.
Galgos y muy galgos;
bien vistos los tengo.»

«Son podencos, vaya,
que no entiendes de eso.»
«Son galgos, te digo.»
«Digo que podencos.»

En esta disputa
llegando los perros,
pillan descuidados
a mis dos conejos.

Los que por cuestiones
de poco momento
dejan lo que importa,
llévense este ejemplo.
 


Los dos conejos

 

Mas allá de las Islas Filipinas
Hay una que ni sé cómo se llama,
Ni me importa saberlo, donde es fama
Que jamas hubo casta de gallinas,
Hasta que allá un Viajero
Llevó por accidente un gallinero.
Al fin tal fue la cría, que ya el plato
Mas común y barato
Era de huevos frescos; pero todos
Los pasaban por agua (que el Viajante
No enseñó a componerlos de otros modos.)

Luego de aquella tierra un Habitante
Introdujo el comerlos estrellados.
¡O qué elogios se oyeron a porfía
De su rara y fecunda fantasía!
Otro discurre hacerlos escalfados...
¡Pensamiento feliz!... Otro, rellenos...
¡Ahora sí que están los huevos buenos!
Uno después inventa la tortilla;
Y todos claman ya ¡qué maravilla!

No bien se pasó un año,
Cuando otro dijo: sois unos petates;
Yo los haré revueltos con tomates:
Y aquel guiso de huevos tan extraño,
Con que toda la Isla se alborota,
Hubiera estado largo tiempo en uso,
A no ser porque luego los compuso
Un famoso Extranjero a la Hugonota.

Esto hicieron diversos Cocineros;
Pero ¡qué condimentos delicados
No añadieron después los Reposteros!
Moles, dobles, hilados,
En caramelo, en leche,
En sorbete, en compota, en escabeche.

Al cabo todos eran inventores,
Y los últimos huevos los mejores.
Mas un prudente Anciano
Les dijo un día: Presumís en vano
De esas composiciones peregrinas.
¡Gracias al que nos trajo las gallinas!

¿Tantos Autores nuevos
No se pudieran ir a guisar huevos
Mas allá de las Islas Filipinas?
 


El galán y la dama

Cierto galán a quien París aclama,
petimetre del gusto más extraño,
que cuarenta vestidos muda al año
y el oro y plata sin temor derrama,

celebrando los días de su dama,
unas hebillas estrenó de estaño,
sólo para probar con este engaño
lo seguro que estaba de su fama.

¡Bella plata! ¡Qué brillo tan hermoso!,
(dijo la dama), ¡viva el gusto y numen
del petimetre en todo primoroso!

Y ahora digo yo: Llene un volumen
de disparates un autor famoso,
y si no le alabaren, ya pues que queda.


El ratón y el gato
 

Cierto día dijo un ratón en su agujero:
no hay virtud más amable y estupenda
que la fidelidad: por eso quiero
tan de veras al perro perdiguero.
Un gato replicó: Pues esa virtud
yo la tengo también... Aquí se asusta
mi buen ratón, se esconde,
y torciendo el hocico, le responde:
¡Cómo la tienes tú!... Ya no me gusta.

Moraleja: La alabanza que muchos creen justa,
injusta les parece,
si ven que su contrario la merece.

 


El águila y el león

El águila y el león
gran conferencia tuvieron
para arreglar entre sí
ciertos puntos de gobierno.
Dio el águila muchas quejas
del murciélago, diciendo:
"¿Hasta cuándo ese avechucho
nos ha de traer revueltos?
Con mis pájaros se mezcla,
dándose por uno de ellos;
y alega varias razones,
sobre todo la del vuelo,
más si se le antoja, dice:
-hocico, y no pico, tengo;
¿como ave queréis tratarme?.
Pues cuadrúpedo me vuelvo.
Con mis vasallos murmura
de los brutos de tu imperio;
y cuando con éstos vive,
murmura también de aquéllos."
"Está bien, dijo el león;
yo te juro que en mis reinos
no entra más". "Pues en los míos,
respondió el águila, menos".
Desde entonces, solitario
salir de noche lo vemos;
pues ni alados ni patudos
quieren ya tal compañero.
Murciélagos literarios,
que hacéis a pluma y a pelo,
si queréis vivir con todos,
miraos en este espejo.
 


El lobo y el pastor

Cierto lobo, hablando con cierto pastor,
Amigo, le dijo yo no sé por qué
me has mirado siempre con odio y horror.
Me tienes por malo; no lo soy a fe.

¡Mi piel en invierno qué abrigo no da!
Achaques humanos cura más de mil:
y otra cosa tiene, que seguro está
que la piquen pulgas ni otro insecto vil.

Mis uñas no trueco por las del tejón,
que contra el mal de ojo tienen gran virtud.
Mis dientes ya sabes cuán útiles son,
y a cuántos con mi unto he dado salud.

El pastor responde: Perverso animal,
Maldigate el cielo, maldigate, amén!
Después que estás harto de hacer tanto mal,
¿qué importa que puedas hacer algún bien?
 


El asno y su amo

Siempre acostumbra hacer el vulgo necio
de lo bueno y lo malo igual aprecio.
Yo le doi lo peor, que es lo que alaba.

De este modo sus yerros disculpaba
un escritor de farsas indecentes;
y un taimado poeta que lo oía,
le respondió en los términos siguientes:

Al humilde jumento
su dueño daba paja, y le decía:
Toma, pues que con eso estás contento.
Díjolo tantas veces, que ya un día
se enfadó el asno, y replicó: Yo tomo
lo que me quieres dar; pero, hombre injusto,
¿piensas que sólo de la paja gusto?
Dame grano, y verás si me lo como.

Sepa quien para el público trabaja,
que tal vez a la plebe culpa en vano,
pues si en dándola paja, come paja,
siempre que le dan grano, come grano.
 


El jilguero y el cisne

Calla tú, pajarillo vocinglero
(dijo el cisne al jilguero:)
¿A cantar me provocas, cuando sabes
que de mi voz la dulce melodía
nunca ha tenido igual entre las aves?
El jilguero sus trinos repetía;
y el cisne continuaba: ¡Qué insolencia!
¡Miren cómo me insulta el musiquillo!
Si con soltar mi canto no le humillo,
dé muchas gracias á mi gran prudencia.
¡Ojalá que cantaras!
(le respondió por fin el pajarillo:)
¡Cuánto no admirarías
con las cadencias raras
que ninguno asegura haberte oído,
aunque logran más fama que las mías!...
Quiso el cisne cantar, y dio un graznido.
¡Gran cosa! Ganar crédito sin ciencia,
y perderle en llegando a la experiencia.
 


La abeja y los zánganos

A tratar de un gravísimo negocio
Se juntaron los Zánganos un día.
Cada cuál varios medios discurría
Para disimular su inútil ocio;
Y por librarse de tan fea nota
A vista de los otros animales,
Aun el mas perezoso y mas idiota
Quería, bien o mal, hacer panales.
Mas como el trabajar les era duro,
Y el enjambre inexperto
No estaba muy seguro
De rematar la empresa con acierto,
Intentaron salir de aquel apuro
Con acudir a una colmena vieja,
Y sacar el cadáver de una Abeja
Muy, hábil en su tiempo, y laboriosa;
Hacerla con la pompa mas honrosa
Unas grandes exequias funerales,
Y susurrar elogios inmortales
De lo ingeniosa que era
En labrar dulce miel y blanda cera.

Con esto se alababan tan ufanos,
Que una Abeja les dijo por despique:
¿No trabajáis mas que eso? Pues, hermanos,
Jamas equivaldrá vuestro zumbido
A una gota de miel que yo fabrique.

¡Cuántos pasar por sabios han querido
Con citar a los muertos que lo han sido!
¡Y qué pomposamente que los citan!
Mas pregunto yo ahora: ¿los imitan?