Ciclos y teorías

EL PAÍS - 2 de febrero de 2002


Luis Goytisolo


El empeño en encontrar una clave que dé coherencia a cuanto se relaciona con la vida, con su realidad más inmediata, con los acontecimientos que en torno a ella se suceden, es sin duda un impulso consustancial a la condición humana; se trata, en el fondo, de contrarrestar en la medida de lo posible el carácter provisional y fraccionado de la totalidad de nuestros conocimientos. A partir de esa necesidad, el ser humano descubre ciclos que pautan y estructuran la Historia. O reglas de oro que explican la naturaleza de esa réplica de la voluntad divina que es la creación artística y literaria. O anticipa una predicción del destino, sea personal o colectivo. Se buscan fórmulas -en lo posible numéricas- que, referidas al pasado, le den un sentido y, aplicadas a una realidad cualquiera, revelen su estructura. Se elaboran teorías que, de acuerdo con los presupuestos por ellas mismas establecidos, tienen su coherencia, pero que, desde cualquier otro punto de vista, son con frecuencia una verdadera tontería.

En el terreno de la Historia, a lo largo del último siglo ha proliferado el concepto de ciclo, sucesión de periodos que, a imagen y semejanza de los que caracterizan a los seres vivos -crecimiento, plenitud, decadencia- se quieren encontrar en el devenir histórico. Regidos a veces por la idea de progreso y a veces por la de una confortable repetición, la propia división de la Historia en Edades es la más extendida de tales concepciones. Una división útil si se toma la vida de Jesucristo como principal punto de referencia, a costa de que pierda toda validez fuera del Occidente cristiano. Si se tomase otra referencia, el papel de la palabra en la formación y desarrollo de la Humanidad, por ejemplo, todas esas Edades se verían integradas en una sola, la Era Verbal, que ahora empezaría a entrar en declive. Y si en lugar de centrarnos en ese dato lo hiciésemos en cualquier otro, el resultado sería de nuevo diferente. La arbitrariedad de la elección es inevitable y su validez en el tiempo, siempre limitada. Cabe descubrir, pongamos por caso, que desde un punto de vista histórico-cultural, la duración de cada periodo viene a ser de unos ciento cincuenta años: el Siglo de Oro, la música clásica o la novela moderna, como también el Renacimiento o la hegemonía política española o británica. Eso viene a ser así, y considerando cada periodo junto con las figuras aisladas que lo anuncian o preceden y las que lo siguen o prolongan, puede resultar útil a efectos didácticos. Pero sólo es válido para Occidente y referido a los tiempos modernos; para épocas anteriores, siglo y medio es muy poco y, referido al futuro, será probablemente demasiado.

En el ámbito literario, lo normal es que lo nuevo tropiece con la incomprensión. Como bien dice Julien Gracq: 'Una obra realmente nueva no es nueva sólo en relación a las obras que la preceden, sino también en relación a la perspectiva de investigación que las obras precedentes dibujan a ojos de la crítica, o más bien parecían dibujar'. Tal dificultad constituye el verdadero talón de Aquiles de la mayor parte de las teorías que pretenden explicar el fenómeno literario de forma poco menos que científica. Criterios teóricos que son válidos para una obra concreta, para una novela determinada, pierden tal condición cuando se pretende hacerlos extensivos a la novela como conjunto. De ahí la vulnerabilidad de quienes cultivan la teoría literaria frente a los críticos de lo concreto. Se estará o no de acuerdo con las opiniones literarias de Heidegger, Eliot o Proust, pero a ninguno de ellos se les puede atribuir ideas disparatadas; la teoría literaria, por el contrario, se ha extendido con demasiada frecuencia en clasificaciones irrelevantes y en el cultivo de la redundancia. ¿Qué luz aporta, por ejemplo, el uso que se ha hecho -propio de una moda- del concepto de 'metaficción', descubrir que es aplicable a una serie de novelas contemporáneas -Antagonía, entre ellas-, cuando también lo es al Quijote o a la obra de Proust o de Joyce?

La ciencia propiamente dicha, por su parte, se ha cuidado bien de rehuir los planteamientos generales y de ahondar en lo concreto, lo que la aproxima a la creación literaria en más de un aspecto. Si algo se le puede reprochar es que esa tendencia a sumirse en el detalle de una especialidad cualquiera le haga perder visión de conjunto tanto en lo que se refiere a la interrelación de los conocimientos como a su provisionalidad. La tendencia de la antropología, por ejemplo, a establecer paradigmas a partir de los pocos hallazgos de que dispone -una ínfima porción del pasado-, lo que la obliga, según aparecen nuevos hallazgos, a una rectificación casi constante. Ese olvido del espíritu por parte de la ciencia -¿qué biología es capaz de explicar la creación artística?- y de un vislumbre de totalidad están sin duda en el origen del gradual distanciamiento abierto entre científicos y escritores y artistas. Es significativo, en este sentido, el predicamento que entre determinados escritores (Mann, Jung, Jünger) ha conservado la astrología, inicialmente una ciencia -la ciencia madre-, y hoy reducida, cuando no es simple charlatanería, a un puro ejercicio de narcisismo. Un voluntarismo interpretativo al que no son ajenos, por otra parte, algunos investigadores de la teoría literaria y, más en general, de las ciencias humanas.

Caso aparte, o mejor, único, es el de las magnitudes cíclicas que maneja el hinduismo en su consideración del devenir de la Humanidad y del propio universo. Sus cuatro Edades -equivalentes a las de Oro, Plata, Bronce y Hierro de la Antigüedad clásica- tienen una duración total de cuatro millones trescientos veinte mil años. Al final de ese periodo, se extingue la vida, que sólo empieza a renacer al cabo de otros cuatro millones trescientos veinte mil años. El conjunto de ambos ciclos, esto es, ocho millones seiscientos cuarenta mil años, corresponde a un día y una noche de la existencia de Brahma, que a su vez dura cien millones de años de días y noches como éstos. Acabado también el gran ciclo de su existencia, se produce la disolución tanto del cosmos como del propio Brahma, que renacerán al cabo de un periodo de idéntica duración, es decir, algo más de trescientos once billones de años humanos. Magnitudes irrefutables por incomprobables, ya que se sitúan fuera o por encima de dioses y hombres, del Big Bang y del fin del mundo, toda vez que los convierte en hechos rutinarios, sólo que a una escala infinitamente superior a la nuestra.