¿Sirve de algo la literatura?

Salvador Clotas

En este número de LETRA INTERNACIONAL se ha incluido como adelanto de su próxima publicación el prólogo de un nuevo libro de Harold Bloom: Cómo leer y por qué. De la lectura de estas páginas se desprende que el autor insiste en su defensa a ultranza de los valores literarios y en su ataque a las instituciones universitarias norteamericanas por el desprecio que manifiestan hacia esos valores. Según afirma Bloom, a Thomas Mann, que no ha sido eliminado todavía de los programas, pueden haberle salvado sus inclinaciones homosexuales o a la pederastia ‑según sus propios diarios‑ no el haber escrito algunas de las grandes novelas del siglo XX, ni el hecho de que para sus lectores sea difícil ver un sanatorio para tuberculosos sin pensar en La montaña mágica. Esa capacidad de crear una realidad que se sobrepone a la propia realidad y la ilumina, es sin duda uno de los valores indiscutibles de la literatura y que no sólo se refiere a la creación de los grandes mitos, Ulises, El Quijote o Fausto, sino a realidades de otro orden como el sanatorio de Mann, los puertos de Conrad, la pensión familiar de Balzac o Galdós o tantas otras creadas por la literatura que enriquecen nuestra propia experiencia.

Además, por el título del libro es fácil adivinar que esta nueva entrega del autor tiene objetivos diterentes al polémico Canon. Como Bloom es, antes que nada, un inmenso lector ‑en cantidad y calidad‑ no hay duda que su experiencia y sus ideas sobre la lectura tendrán un enorme interés. Sostiene la tesis de que la lectura sirve para fortalecer nuestra personalidad y averiguar sus intereses, produce un placer individual y nada tiene que ver con el bien común. Naturalmente, se refiere a la lectura literaria que se realiza por placer, no a la que tiene como objetivo el aprendizaje o la información.

Estas tesis, no muy alejadas de las que sostiene George Steiner, han adquirido en España una virulenta actualidad. La decisión del gobierno catalán de suprimir la literatura en las pruebas de acceso a la universidad ha sacudido a la opinión pública y suscitado una gran polémica. ¿Deben los poderes públicos ocuparse de la lectura y de la enseñanza de la literatura? ¿Sirve para algo la literatura en el curriculum de los estudiantes técnicos o científicos? ¿Será mejor prohibirla, como han propuesto con inteligencia y mala leche Quim Monzó y Javier Cercas? Es muy posible que no se necesite conocer más Shakespeare que el que Hollywood nos da, ni haber leído a Cervantes o a Tolstoi para ser un buen médico, un excelente ingeniero o un informático de primera. Lo que se empobrece sin esas lecturas es la vida íntima, sentimental, social e intelectual. Y eso tiene sus consecuencias, incluso sociales. ¿Puede entenderse esa polémica decisión como un signo de modernidad puesto que hoy la formación y la información llegan a través de una pantalla y no de la lectura tradicional? Parece que la sociedad no lo ha entendido así. La administración culpable se ha apresurado a rectificar. Dos horas semanales más de literatura. Ahora cabe preguntarse si es esa la solución.

Por supuesto que soy partidario de mantener la literatura y la filosofía en los planes de enseñanza. Y no sólo por las sensatas palabras de Bloom. Hay también algunas razones de índole colectiva. Frente al escepticismo de Bloom, creo que la cultura y riqueza intelectual de los ciudadanos mejora la sociedad en su conjunto. Y para ello la literatura es esencial.

El fenómeno de la lectura y del interés por la literatura no puede ser sólo un problema de horas lectivas, lecturas obligatorias y memorística. Seguramente algo de todo esto es necesario, pero el impulso debe darse de una forma personalizada, con bibliotecas de aula que funcionen, con un profesorado más motivado y respetado, con unos medios que ayuden, y no sólo cuando un titular escandaloso anuncia que en algún rincón de Europa han empezado a eliminar la literatura y, por tanto, la lectura.

[Clotas, Salvador: “¿Sirve de algo la literatura?”. En: LETRA INTERNACIONAL 67, Verano 2000, p. 2]